Choque de civilizaciones y leyenda gris
En un intento de disimular la realidad, las voces que buscan dar tintes poéticos al pasado para legitimar el futuro, en un intento por conciliar el Encuentro de Dos Mundos, decidieron denominar al 12 de Octubre como el «Día de la Raza». Probablemente, en su origen hispano, dicha denominación sí cargaba con aspectos de identificación.
Las expresiones y significados no son siempre universales, y lo que en Iberia podía entenderse como la presencia de una misma raza tanto en la península como al otro lado del mar, en América venía a tener un nuevo significado. Y es que del choque de una cultura contra varias, así como la interacción entre dos razas, podía originar cualquier cosa menos una raza, pero -desde la corrección política- se insiste constantemente en la originación de una nueva raza a partir del choque de civilizaciones. O eso, o la invasión sangrienta y genocida.
Como buen apegado a la objetividad descarnada y dura, la historia la acepto tal como es, y me cuesta hacer juicios en retrospectiva porque es inútil y porque, además, es sumamente tendencioso.
Analizaré la siguiente imagen, con la que concuerdo y no concuerdo.

Si América fue o no descubierta, depende de la mirada del observador. Probablemente, los que ya vivían en América descubrieron Europa cuando los navegantes llegaron a la orilla, de la misma forma, América sí fue descubierta por el mundo, quitando el velo que estaba más allá del horizonte. De la oscuridad del desconocimiento, a la luz del imaginario. Otros pueblos europeos estuvieron antes en América, pero ninguno de ellos mostró América al resto del mundo, por lo que no hubo un descubrimiento del velo. Sí, claro, en América existía conocimiento, y cultura, y todo eso que la Izquierda nos dice siempre, pero yo no lo he puesto en duda.
Denominar «invasión» al proceso de colonización también es una cuestión de perspectiva. Yo mismo utilizo dicha expresión cuando me veo rodeado de colonizadores negros. Al «jugar de local», obviamente le daré una connotación negativa al alóctono.
El saqueo es propio del ser humano y, siendo más exacto, del hombre. El saqueo y la destrucción, como símbolos del triunfo, son más antiguos que cualquier ideología izquierdista llorona y rasga-vestiduras que podamos conocer. ¿Alguien imagina el desastre de Curalaba sin mapuches incendiando todo y destruyendo todo lo del invasor/colonizador que encuentran a su paso? ¿Alguien puede imaginar a los griegos entrado a Troya, si no es a sangre y fuego, para luego irse dejando atrás la ciudad en llamas?
Sí, muchos conquistadores estaban ávidos de oro, aunque en esos tiempos era de lo más normal estar ávido de algo. De oro, de mujeres, de conquistar, de aplastar. Ahí (en el tiempo), es decir, aquí (en el espacio), donde la corona y el gobierno no mandaban más que en lo nominal, es donde nació el libertarismo y el europeo pudo volver a la esencia de los bosques, volver a los tiempos donde el único derecho humano era el luchar por sobrevivir. Una tierra habitada, pero ajena, impulsaba las reacciones a la defensiva y, muchas veces, a la ofensiva. Agentes externos llegando en oleadas impulsaban las reacciones a la defensiva y, muchas veces, a la ofensiva. C’est la nature qui a raison.

Sí, es cierto: en América existían civilizaciones. Habían imperios enormes, y complejos entramados sociales, sistemas jurídicos y avances tecnológicos. En América, probablemente, había muchísimo más conocimiento respecto a materias astronómicas que en Europa. Cuando los defensores de los pueblos autóctonos, así como las voces de la Izquierda, claman por una América civilizada pre-colombina, tienen razón. Pero hay algo que hay que hacer notar desde la búsqueda de la objetividad y la verdad sin adornos: en América existían civilizaciones, y con ello la violencia, el abuso, la imposición, la esclavitud, el genocidio, el imperialismo y tantos otros sustantivos que desde la Academia nos dicen que son propios de Europeos, jamás de pueblos originarios. América no era una tierra de salvajes incivilizados, sino una tierra de salvajes civilizados, no muy distinta a Europa en estadio evolutivo.
La acción europea, muchas veces destructiva, sanguinaria y cruel, fue una realidad, ¡pero qué va!, la Historia es como es, no como la Izquierda quiere que sea. Ni leyenda negra, ni leyenda blanca. Siendo más exactos, el proceso de Descubrimiento/Visibilización, Conquista/Sometimiento y Colonización/Invasión (para todos los gustos) de América se asemeja más a una leyenda gris, pues no es la inocente historia que quieren proclamar algunos, ni la sangrienta saga que quieren retratar otros.
La diversidad en América es un hecho, y nada se saca con llorar sobre la leche (sangre) derramada. Estamos aquí, vinimos para quedarnos. No negamos el pasado, y si nuestros ancestros cometieron actos no muy aprobables, lo aceptamos. No somos unos cínicos para reivindicar lo bueno sin lo malo, si, a pesar de todo, somos herederos de toda la Historia, no de las cosas que sean «lindas».
Somos más concientes de la importancia de la supervivencia de los pueblos, y por ello nos rebelamos ante las leyendas que hablan de un pasado atroz y también ante un pasado paradisíaco, pero, además, nos rebelamos contra los mitos instaurados desde las cúpulas de poder, los mismos mitos que hablan del popurrí de identidades presentes en América como si del surgimiento de una raza nueva se tratase.
Somos los hijos de la sangre europea nacidos en suelo americano. Acepten nuestra presencia o esperen nuestra resistencia.
Repensando la inmigración
Hace algunos días, El Ciudadano publicó un artículo relacionado con la inmigración, el que seguramente fue un supositorio de merkén para los más apegados a los asuntos territoriales y sentimentales clásicos. Dicho artículo, contestaba a (o, mejor dicho, destruía) los prejuicios habituales sobre la inmigración, usando estadísticas y otros datos.
No rebatiré los puntos planteados en el artículo, puesto que los números son claros, aunque me gustaría hacer algunos alcances y, además, mirar desde mi perspectiva de descendiente de inmigrantes a algo que va más allá de un tema de nacer aquí o nacer allá. Tomaré alguno mitos.
Son demasiados los extranjeros en nuestro país. Nos están invadiendo.
350 mil inmigrantes viven actualmente en Chile, lo que sería suficiente para llenar una ciudad promedio. El tema de fondo es el ser inmigrante, puesto que acá en Chile basta que se nazca acá, o se regale la nacionalidad por gracia para ser parte del conglomerado. Desde una mirada poderosamente objetiva, y tomando en cuenta la historia de las movilidades de masas humanas, en Chile no hay 350 mil inmigrantes, sino millones. Incluso, los más originarios pudieron haber tenido cierto origen extranjero. Lo más gracioso es cuando los patrioteros de siempre hablar de aumentar la natalidad. Seamos sinceros: aumentar la natalidad es propio de mestizos, y de grupos humanos que sobreviven por número. Quienes -independiente si sean «nativos» o inmigrantes- pertenezcan a etnias de origen europeo, siempre darán preferencia a la calidad por sobre la cantidad, y no tendrán más hijos de los que pueden crecer bien. No se trata de llenar de críos de forma vulgar para que compitan con los hijos de los inmigrantes no blancos, se trata de que las etnias blancas nunca han sido numerosas. Si bien el tema transciende a un asunto netamente económico, lo cierto es que esto último juega un papel muy importante. ¿Parir y parir y pedir subsidios al Estado? Gracias, pero nosotros no.
Inmigración: 1 – Nacionalismo Clásico: 0.
Los inmigrantes que llegan al país son de bajo nivel educativo.
¿A alguien le importa el nivel educativo por sobre el origen étnico? Si es así, está mal. Es decir, si llega un miembro de ellos con un Premio Nobel bajo el brazo, ¿merecería estar con nosotros más que uno de nosotros sin premio, de bajo nivel educativo o sencillamente pobre? Yo apuesto por nosotros, pero en Chile no importa el origen bio-cultural del nosotros, sino que sencillamente el que el individuo nazca dentro de un límite, por eso cualquiera puede ser bienvenido si es que «aporta».
No podemos caer en un caso de eugenesia contra identidad, típico del patrioterismo clásico. «Traigamos buenos elementos, educados». Implícitamente, este pensamiento promueve el mestizaje y el multiculturalismo, que es lo que realmente tiene arruinado a este país, no la inmigración. En el nosotros del Ius sanguinis, tanto lo bueno como lo malo pertenece al mismo acervo, por lo que debemos hacernos cargo de todo. De eso se trata de ser una comunidad. Deshacerse de los elementos «malos», e importar los «buenos», es sistematizar al grupo humano, y con ello, destruir su identidad en pos de una mejoría.
Son responsables del aumento de la delincuencia.
Aquí hay un punto interesante, y si a alguien le causa molestia, es porque su sitio no está entre los partidarios de la identidad. Quizás la delincuencia no es tan alta en las estadísticas (y, por observación participante, sería lógico que los hechos delictuales perpetrados por extranjeros sean más numerosos en las zonas fronterizas, por razones obvias), aunque de todas maneras prefiero que sean delincuentes, antes que personas «de bien». Chile no sólo es un país multicultural, sino que sencillamente perdió la batalla contra el control migratorio. Asumiendo que la mayoría de los inmigrantes no son de origen europeo, ciertamente los prefiero de delincuentes y habitantes del ghetto, antes de ciudadanos de bien, integrados en la sociedad. El multiculturalismo es una porquería, el multiculturalismo no sirve, pero si no se ve el lado oscuro del multiculti, las masas no se percatan de la bomba de tiempo en la que están parados.
Por otro lado, si esos pocos que cometen delitos no lo hicieran, la gente no miraría mal al grupo completo, y con ello, la tasa de mestizaje aumentaría. Claro que esto es válido si los miembros del nosotros del Ius soli fueran los mismos del nosotros del Ius sanguinis. Si no, bueno, un poco de melanina a la ensalada genética puede que le dé un sabor a café.
Llenan las escuelas y le quitan los vacantes a nuestros hijos.
¿Alguien ha visto los programas educativos chilenos? Sus constantes apologías al mestizaje (no muy alejadas del nacionalismo clásico), al igualitarismo, a la inclusión y la integración, tarde o temprano terminarán haciendo que sean los mismos chilenos lo que exijan políticas de fronteras abiertas y es obvio, si cerrar o no cerrar fronteras y otorgar papeles o no de residencia se vuelven ideas inútiles cuando el caldo de cultivo completo está educado en la aceptación y sumisión al mundo globalizado. Y no han sido necesariamente los gobiernos de la Concertación los que han promovido esto, como le encantaría decir a los defensores de la derecha casposa y rancia.
Es cierto que otras banderas flamean en los colegios chilenos, pero ¿qué más se puede esperar si la misma bandera chilena representa los valores de inclusión y unidad? Que hoy flameen banderas de otros países en recintos que se suponen chilenos no es una ofensa, sino es coherente con la idea multiculti planteada poéticamente desde los mitos fundacionales.

Los inmigrantes no tienen derechos, ya que no son ciudadanos. No pueden quejarse.
¿A quién le importan los derechos? O sea, ¿basta que un inmigrante (que en realidad, es un colonizador no eurodescendiente) tenga sus «papeles al día» para dejar de ser blanco de los dardos de los defensores del suelo?
Legal, ilegal, regular, irregular. Todo eso da igual. Los inmigrantes no son el problema, sino que son un mero indicador de un problema mayor. Cuando hubo un input masivo de inmigrantes europeos durante el siglo XIX y XX, muchos de ellos no tenían papel alguno, y realmente poco les importaba el entramado jurídico. Tan poco como nos debe importar a nosotros. Un papel más o un papel menos son herramientas que validan la misma estructura que nos va dejando aislados y desamparados en «nuestro propio» país.
Citando a Alex Kurtagic, debemos comprender que «el debate sobre la inmigración es una pérdida de tiempo«. En una discusión, cualquier liberal medianamente educado puede destruir sin mucha dificultad los argumentos de cualquier patriotero. En su campo, no hay cómo ganarles. Pues es tiempo de sacarlos de su campo e invitarlos a contemplar la destrucción originada no por la inmigración per se, sino por el preciado multiculturalismo que tanto se empeñan en defender.

Confesiones de un patriota odioso
Si hubiera vivido en 1810 y hubiera sido algo así como una persona blanca e influyente, hubiera hecho lo imposible por participar de la Primera Junta de Gobierno.
Y cómo no, hasta el día de hoy suena ridículo jurarle fidelidad a un rey que si está encarcelado no es precisamente por ser fuerte, y que tampoco me consta que fuera lo suficientemente poderoso en su mismisidad como para venir a mandarme. ¿Jerarquía? Sí, quizás la respetaría si fuera desde un punto natural, pero definitivamente no respetaría a alguien que de designio divino tiene poco y nada, y, puesto que no creo en Cristo, difícil me parece que haya bajado de una nube para decirle a un tipo que él es el depositario del derecho divino para mandar a un montón de cabrones.
Al rey tribal podría –como dicen mis amigos argentinos– bancarlo, pero el rey perfumado y elegante no podría siquiera inspirarme para mantener la seriedad al ver su real sello impreso en esperma de vela.
Era el advenimiento de la era del populacho, de la colectividad, de la revancha disfrazada de justicia social, de las masas de gente con conciencia de clase destruyéndolo todo, y por otro lado, el pálido recuerdo de un mandato que aunque de naturaleza decadente (desde el punto de vista de los estadios de evolución de las civilizaciones), glorioso y concreción misma del poder bélico, daba sus últimos estertores.
Hubiera sido patriota, sí, porque hubiera sido independentista en lo económico, pues si al rey no se le veía nunca por estos lares, ridículo me parecía tener que pagar los impuestos que me exigía la corona, y es muy probable que me juntara con otros amigos vestidos de indios a tirar el té en el Río Mapocho.
Y hasta ahí hubiera llegado mi independentismo.
Para qué mentir y decir «no, hubiera sido un realista descarnado y hubiera luchado por eliminar de raíz todo germen republicano» si, para qué estamos con cosas, en ese tiempo no existían las bolas de cristal para predecir el futuro, y aún existiendo, es probable que hubiera militado en algún grupo de carácter ilustrado y agnóstico. Es muy probable que hubiera sido producto de mi época, y por muy reaccionario que sea hoy, en esa época hubiera sido revolucionario. Obvio: ser reaccionario hoy es defender ideales ancestrales, pero como lo revolucionario hoy es tiene el asqueroso olor a añejo que deja el perfume de liberalismo conservador, lo reaccionario hoy tiene el espíritu tira-piedras que tenía lo revolucionario en 1810.
Si hubiera sabido en qué iba a degenerar la reivindicación libertaria-independentista dos siglos después, probablemente hubiera envenenado a todos los de la Junta, aunque poco y nada hubiera cambiado en el futuro: en ambos bandos eran criollos los que estaban al mando, ninguno de los cuales se preocupó de lo realmente importante y que fue lo que nos hubiera condenado a la destrucción sin importar si hubiera ganado el bando realista o el patriota: el pecado original de Chile no fue expiado jamás, y la justificación eterna del multiculturalismo de la «nación chilena» para unos y la capitanía general de otros, iba a terminar por corroer cualquier intento de orden que se quisiera establecer desde una jerarquía decadente y sin visión de futuro.
Conoce al nuevo jefe, igual que al viejo jefe.
Los maestros absolutos del rock dándonos cátedra de lo significativo que fue la Primera Junta de Gobierno.
La multicultura de la basura
Si alguien ha llegado hasta aquí, no es por mera curiosidad. Curiosidad sería ver un volante pegado en la calle y ver superficialmente la página.
Si alguien llegó hasta aquí, es porque sabe en su interior que hay algo mal con su exterior, y sabe que hay algo que no ajusta. Sabe, o al menos, sospecha, que la sociedad multicultural como tal, no funciona.
No hay que ir demasiado lejos para poder dar testimonio, y tampoco tenemos que tener mayor formación académica para percatarnos de ciertas cosas que acontecen a nuestros alrededores. No es tan difícil, de hecho, basta sólo caminar unos pasos y salir de la casa.
Abramos las puertas de nuestras casas y veamos la realidad: vivimos en medio de un basurero. La sociedad multicultural es un basurero. No quiero dejar que mi coprolalia me supere (recordemos que ya antes comparé la corrección política con una chaqueta llena de mierda, la democracia chilena con un duopolio de excrementos y nuestra realidad con un gallinero), pero aquí no hay una comparación, sino definitivamente una igualación. Las calles están cubiertas con papeles y restos de comida, cajas de todo tipo, condones usados, toallas higiénicas, botellas, latas, colillas de cigarro, y todo desecho imaginable. No es una exageración, es lo que puede verse en la mayoría de las calles de las ciudades y pueblos chilenos.
En mis viajes al extranjero y recorridos por comunidades indígenas mucho más pobres en comparación a nuestros estándares, me ha tocado ver muchas pobrezas y carencias, pero no así basura. Por otro lado, no sería en absoluto mentira el afirmar que las ciudades más limpias del sur de Chile sean aquéllas pobladas en su mayoría por gente de origen europeo. Claramente, existen diferencias socioeconómicas profundas entre estos ejemplos, pero sale a relucir un elemento en común: ambos ejemplos presentan sino una uniformidad racial, una dominancia racial casi total respecto de los otros grupos humanos con los que hipotéticamente podrían compartir espacio.
En caso de que la pobreza económica fuera sinónimo de falta de cultura cívica, i.e., tirar un papel al piso, tal como sucede en los sectores más pobres del país, podríamos esperar que comunidades de etnias indígenas estuvieran tan sucias como los sectores mencionados anteriormente, cosa que no sucede.
La presencia de dominancia mestiza o de ninguna dominancia en absoluto, pero sí mucha heterogeneidad, i.e., gente de muchos grupos humanos distintos cohabitando, sin formarse barrios de grupos en particular (juntos y, además, revueltos), marca una tendencia notable en los sectores más sucios, pudiendo establecerse una correlación bastante incorrecta políticamente hablando: la baja claridad de pertenencia a una identidad étnica en particular es directamente proporcional a la cantidad de basura presente en los lugares donde estas poblaciones habitan.
Bien, hasta aquí tenemos el qué, pero aún no tenemos el por qué.
Solemos vivir en basureros urbanos o, al menos, en lugares muy sucios, pese a que se ha implementado un sinnúmero de programas de educación ambiental, de disposición de la basura y de cultura cívica. Cosas básicas, ni siquiera hablamos de reciclaje ni producción limpia. Usualmente, deberíamos esperar que los programas que se han guiado a la infancia y primeros estadios de vida tengan que surtir algún efecto en el tiempo, y bajo esta excusa terminamos justificando la suciedad pues «aún no se ha internalizado el problema.» Ahora, siendo objetivos, los niños que fueron intervenidos cuando se implementaron los primeros programas ya son adultos, y no son precisamente ejemplos de cultura cívica o de ciudadanos de barrios sin suciedad. Digamos que se asemejan más a las imágenes que siguen a continuación.


¿Cuál es el problema con los planes de educación ambiental, entonces?
Los grupos etarios no están equivocados, y de hecho, son los correctos, pues los estadios tempranos de la vida son ideales para cultivar las conductas y formas que queremos que se vean reflejadas en los individuos adultos. El problema es que la implementación de programas no puede tener una arista étnico/racial, salvo sólo si los lugares más limpios fueran el reflejo de las comunidades indígenas que tanto gustan a la gente de izquierda, misma gente que no teme a destruir estas mismas comunidades mediante el mestizaje y la imposición de sus vicios occidentales (o interculturalismo, como les gusta llamarlo).
El sentimiento de pertenencia a una comunidad, si no hay conciencia respecto a la amenaza que enfrenta la propia identidad (e.g., un refugiado tutsi), puede desarrollarse en el caso de vivir entre medio de semejantes, y verse uno mismo reflejado en los rostros de los demás, de la misma forma que los niños ven sus rostros en las caras de sus parientes y amigos. Aunque mitos liberales quieran imponernos que «todos tienen dos ojos, una nariz y una boca», igualando a todos los seres, lo cierto es que los niños no temen a discriminar a la hora de elegir a sus amigos, dejándose llevar por el instinto. Este sentido de pertenencia es menos conciente que el sentido de pertenencia de una identidad amenazada o minoritaria (prácticamente, no hay una necesidad de reconocer un nosotros y un ellos, pues sólo se contempla el nosotros), pero se traduce en sentimientos de cercanía instintiva, algo así como una hermandad, una verdadera comunidad.
La idea de comunidad involucra metas, valores y objetivos en común, así como también responsabilidades en común. El verse reflejado en el resto, hace que el ser responda ante un estímulo que afecte a la comunidad como si fuera propio. Lo que impacta en su comunidad, impacta en el individuo; botar basura en el lugar donde vive la comunidad, es botar basura en el lugar donde vive una parte del individuo, es afear el entorno, su entorno. Comunidades eurodescendientes y comunidades indígenas presentan un sentido de responsabilidad para con el resto, trascendiendo nivel socioeconómico, etario, etc., por lo que no es de extrañar que sus barrios y ciudades sean más limpios que los del resto de la sociedad.
La idea de comunidad para la sociedad multicultural (liberal o no) se ha visto reducida a una mera comprensión de la sociedad en su conjunto, confinada dentro de un espacio físico o territorio, donde el solo hecho de pertenecer a ese suelo es suficiente para ser considerado parte de la comunidad. El gran problema de la pertenencia al suelo, sin una pertenencia sanguínea al grupo humano que está sobre el sustrato, es que todo el entorno se transforma en res nullius, esto es, «cosa de nadie». Es de todos, ergo, es de nadie. Pertenece a todos, le pertenece a nadie. Puede ensuciarse, puesto que como es un bien público, es cosa del público el mantenerlo limpio, «no es cosa mía».
Mientras no se supere el multiculturalismo y la atomización de la sociedad en islas de individualismo, difícilmente se podrá superar el tema de la basura. Chile no es la «cultura de la basura», sino la multicultura de la basura. De la misma manera, los programas de educación ambiental estarán condenados a fallar mientras sigan estando elaborados basándose en una visión igualitaria y homogenizante del mundo, construidos desde el desarraigo de las identidades en pro de un mundo uniforme y sin diversidad.
Ius Soli: hombres ordinarios
Artículo 10. Son chilenos:
1º. Los nacidos en el territorio de Chile, con excepción de los hijos de extranjeros que se encuentren en Chile en servicio de su Gobierno, y de los hijos de extranjeros transeúntes, todos los que, sin embargo, podrán optar por la nacionalidad chilena;
2º. Los hijos de padre o madre chilenos, nacidos en territorio extranjero. Con todo, se requerirá que alguno de sus ascendientes en línea recta de primer o segundo grado, haya adquirido la nacionalidad chilena en virtud de lo establecido en los números
1º, 3º ó 4º;
3º. Los extranjeros que obtuvieren carta de nacionalización en conformidad a la ley.
4º. Los que obtuvieren especial gracia de nacionalización por ley.
CONSTITUCIÓN POLÍTICA DE LA REPÚBLICA DE CHILE
Sionismo 1.0 contra Sionismo 2.0

Como no soy ningún puritano ni mojigato, puedo decir las cosas como son y sin temor de alejar a la gente, ya que tengo poco y nada que perder: me caen mal los judíos. Los encuentro chamullentos, charlatanes, flojos y creo que son capaces de inventar las más intrincadas bases teóricas y postulados exo y esotéricos con tal de no tomar jamás una pala para trabajar como lo hace gran parte de la humanidad a pie. (más…)
Simios, Unidos, ¡FUERTES!
Soy un gran fan del séptimo arte, por lo que el estreno de Dawn of the Planet of the Apes, la segunda parte de esta revitalización de El Planeta de los Simios era algo obligatorio para mí.
Aunque mi versión favorita es aquélla con Charlton Heston, esta saga moderna me causó una buena impresión, y ésta en particular me hizo pensar en un libro mientras la veía: The Way of Men, de Jack Donovan. (más…)
Hibridez y no equivalencia
Publicado originalmente en Identitas vol. 1 (2014)

Cada ser determinado genéticamente posee la plataforma sobre la cual se irá hilando su historia de vida, expresando o reprimiendo determinadas características según la estimulación pertinente. (más…)
De lo artificial y lo natural
No soy fanático del fútbol, no comparto la defensa cuasi-religiosa que muchos hacen de dicho deporte, tampoco conozco su historia, y ni siquiera se suficiente sobre el juego en si. Pero a diferencia de otros que se encuentran en igual situación, no desprecio a este deporte ni a sus seguidores; es el caso del clásico chacal de las redes sociales y su eterna lucha contra lo “mainstream” (un hipster, lo llamarían ahora), que jugando a ser Zaratustra nietzscheano, despotrica contra todo lo que le resulte “demasiado popular” y agreda su sensibilidad exclusivista.
He visto algunos partidos a lo largo del desarrollo de Brasil 2014, y desde la cómoda distancia emocional en que me encuentro respecto del fútbol y los hechos que lo rodean, puedo decir que me parece tan solo un deporte más. Es cierto, es uno donde se lucra con todo, donde el movimiento de millonarias sumas facilita el lavado de dinero, y que esta controlado por verdaderas mafias internacionales, pero lo mismo ocurre con la industria farmacéutica y sus laboratorios – los mismos que no destinan sus investigaciones a curar enfermedades, sino que a volverlas crónicas y rentables – sin que pudiera decirse que la medicina sea mala en si misma y deba ser abolida.
A unos les gusta, a otros no; ni milagro ni maldición, solo un deporte más.
Pero si bien es cierto que este deporte no esta dotado de un contenido ético intrínseco y universal – siendo más bien neutral –, resulta revelador el rol que ha comenzado a desempeñar desde el siglo pasado.
En el Occidente moderno, el Marxismo cultural, mediante un lento pero efectivo proceso de deconstruccion (que en términos ultra-simplificados, consiste en desarmar algo y reordenar sus piezas de otra manera para crear algo nuevo), ha socavado los fundamentos de las instituciones naturales y civiles que históricamente permitieron la sana expresión de la naturaleza comunitaria del ser humano. Así, la familia, el matrimonio, el Estado, las Fuerzas Armadas, el trabajo, la Nación y la raza, han sido vaciados de su contenido original, corrompidos y convertidos en funcionales al Sistema, o bien, derechamente negados en su existencia misma.
En las sociedades del Occidente moderno, el fútbol opera como una válvula de escape que permite canalizar las naturales expresiones de empatia, solidaridad y agresividad. Desde luego, el Sistema esta completamente conforme con dicha válvula, pues le resulta inofensiva y completamente controlable a la hora de expresar esos incorregibles caprichitos humanos que son el instinto de supervivencia y conservación, y que ha arrastrado la especie durante toda su evolución.
El Sistema no nos quiere empaticos con el resto, por eso nos ofrece una sociedad y modelo económico que premia el individualismo y las zancadillas entre pares, y mucho menos quiere que dicha empatia alcance magnitud de masas. Salvo quienes en los partidos de fútbol apuestan dinero (o comida, conozco un caso), el espectador promedio no obtiene beneficio material alguno cuando mira un juego, y sin embargo experimenta el sentir de su equipo, y celebra y/o sufre por aciertos y/o errores ajenos: los de los 11 jugadores a los que mira desde las galerías o mediante una pantalla. Y no hablamos de un estado de animo fugaz, sino de eufóricas celebraciones o trágicas depresiones que pueden llegar a durar semanas, aun cuando el espectador jamás corrió dentro de la cancha, ni anoto los goles, ni fue goleado por el equipo contrario. Hablamos de una sintonia emocional fuerte donde se experimenta la dicha y la desgracia del otro, es decir, empatia pura y dura.
Junto con experimentar el sentir ajeno, el fútbol también permite la expresión de una identificación social común entre quienes se reconocen seguidores del mismo equipo. Así es como se genera una verdadera uniformacion social y consentida entre los hinchas, partiendo por un nivel de organización y paralización social evidente (en Chile la puntualidad de los fanáticos llega a ser escalofriante), pasando por la elaboración y entonación de cantos alentando al propio equipo, rostros y cabellos pintados, hasta una nutrida gama de productos alusivos al encuentro deportivo, donde es posible encontrar cornetas, silbatos, banderas, gorras, anteojos, camisetas para humanos, camisetas para mascotas (el señor vendedor ambulante también tiene que comer), y un largo etcétera.
Suena a demagogia, pero es una hecho comprobable: al hincha promedio le deja de importar la clase social, profesión, sexo, “genero” (para los que se creen esa mierda), aspecto físico, o cualquier otra condición. Le basta saber que apoyas y alientas al mismo equipo y para que te reconozca como uno de los suyos y quiera celebrar y sufrir contigo.
Dos desconocidos caminando por la calle pueden llegar a saludarse, bromear amigablemente, compartir y hasta iniciar amistades solamente por encontrarse uno o ambos portando el símbolo del club deportivo que les gusta, siendo que en otras circunstancias – por lo menos en Chile -, ni siquiera se habrían mirado a los ojos, y de haberlo hecho, se habrían sentido incómodos y hasta desafiados. Aquí es cuando aflora la solidaridad entre pares (hinchas de un mismo equipo, en este caso). Un fenómeno que tampoco le agrada mucho al Sistema, pues si la empatia permitía que se experimentara el sentir ajeno, la solidaridad va más allá, y mueve a actuar conforme a dicho sentir tomando acciones en beneficio del prójimo.
Y en un deporte capaz de desatar las más extremas pasiones, no podía faltar la arcaica pero siempre efectiva violencia. Y así como existe una solidaridad que aflora naturalmente del encuentro entre pares futboleros, también es sabido el alto grado de brutalidad que puede desatarse si barras rivales se llegan a encontrar. Aquí es donde la domesticación y amaneramiento social se van directamente a la mierda y el sentido de tribu, clan, o Männerbund, si se quiere, pueden llegar a alcanzar manifestaciones desconcertantes para una sociedad moderna. Salvo excepciones, puede que los hinchas rivales jamás se hayan hecho daño, ni se conozcan, o ni siquiera se hayan visto antes, justificando el odio mutuo con el “injusto” resultado de algún partido pasado (que nuevamente, ellos mismos no jugaron), pero basta la simple presencia de ellos dentro de un mismo espacio para que se sientan recíprocamente ofendidos, lo que luego se materializa en agresiones verbales, y finalmente, físicas. Evidentemente, lo descrito no es el comportamiento general entre los amantes del fútbol o dentro de algún equipo en especifico, pero sin duda representa la manifestación más extrema, emblemática y también oscura, de las pasiones que se canalizan mediante el fútbol. Sin embargo, es en este aspecto donde el Sistema me parece que esta más conforme, pues considerando que este busca autoperpetuarse y asegurar que su proceder no se vea entorpecido ni mucho menos detenido, enmarcar la violencia clánica dentro de un espectáculo deportivo y canalizarla hacia hinchas de equipos rivales o policías, le resulta mucho más conveniente a que ella tome su curso natural y se dirija contra políticos, banqueros, empresarios, judíos influyentes, lideres LGTB, judíos no influyentes, inmigrantes, homosexuales, o alguna mezcla de todos ellos. En ese sentido, la canalización que hace el Sistema mediante el fútbol le resulta bastante bien, salvo cuando se le escapa ligeramente de las manos y al calor de los sucesos del partido afloran los clásicos insultos étnicos y/o raciales contra jugadores y árbitros…y que siempre nos alegran las tardes.
Ahora bien, me pregunto: en lugar de materializarse en relaciones entre equipos e hinchadas, ¿podría esta empatia, solidaridad y agresividad inspirarse en otros factores y dirigirse en favor de otro tipo de personas? ¿Podría la propia Nación (entendida como etnia) o raza sustituir al equipo de fútbol, y los pares étnicos o raciales ocupar el lugar de los hinchas? Pues aunque muchos no lo crean, los fenómenos propios de la identificación que una persona experimenta con un factor u otro son prácticamente iguales: empatia entre personas presentes y distantes por el éxito y/o sufrimiento ajenos, solidaridad manifestada en acciones concretas de apoyo, agresividad a la hora de defender a los semejantes, y la parafernalia que siempre fascina: canciones, banderas, símbolos, fechas de encuentros y celebraciones, etc.
En suma, la Nación/raza funciona casi igual que el fútbol para estos efectos, y aparentemente daría lo mismo cual de ellos termine siendo el canalizador de estas expresiones de los instintos humanos básicos. Daría lo mismo, salvo si consideramos el miserable detalle de que la existencia de una persona esta atada vital y generacionalmente a sus componentes bio-psico-culturales, y no a una camiseta, equipo, o deporte.
El destino de un equipo de fútbol depende en gran medida de su director técnico, de los jugadores que lo integran, de los rivales a los que enfrente, del entorno donde deba jugarse, y por supuesto, del dinero disponible. El destino de una Nación o raza, se juega todos los días con las decisiones que toma cada uno de sus integrantes.
A muchos les podrá parecer que estoy haciendo comparaciones entre dos cosas que no guardan la más mínima relación, y es que, ¿cómo la preferencia por una Nación/raza puede verse enfrentada por otra a favor de un equipo de fútbol? Simple: porque mediante la canalizacion de la empatia, solidaridad y agresividad, se esta contribuyendo omisivamente a la lenta destrucción de las unidades sociales adaptativas mediante las que el ser humano ha evolucionado y que, en ultimo termino, son expresiones de la Naturaleza.
La culpa no es del fútbol, que como dije al principio, es solo un deporte más. La culpa tampoco es de los hinchas, ni siquiera de los más fanáticos. La culpa es de los que experimentando una carencia identitaria (síndrome muy presente en nuestras sociedades), han optado por el fácil camino de satisfacerla sirviéndose de identidades artificiales, y que en este caso consiste en la adhesión a clubes deportivos o a selecciones “nacionales”. Identidades artificiales que se proyectan en cada espacio de la vida personal del individuo, y terminan reordenando las prioridades y desviando esfuerzos que bien podrían concluir en una obra trascendente.
En una sociedad cada vez más aburguesada, la empatia, solidaridad y agresividad se vuelven joyas valiosisimas por su creciente escasez, e indispensables para el éxito de un movimiento como el nuestro. En este contexto, fenómenos como el fútbol nos vienen a decir – en una clave muy particular – que aun existen expresiones de ética altruista, y que por tanto, la Modernidad hasta el momento no ha conseguido totalmente la atomización, universalización y emasculación social.
Para nuestra desgracia y bendición, existen criollos en esta situación (que no representan la mayoría, como es de esperarse en un país como Chile). Desgracia, porque llevan toda una vida invirtiendo energía, tiempo y recursos al servicio de algo que comenzó siendo una afinidad deportiva, pero que devino en una identidad artificial que sustituyo a cualquier otra; y bendición, porque ellos están dotados de la materia prima espiritual necesaria para el éxito de la supervivencia criolla.
Si el Sistema pudo desviar el altruismo de estas personas para dirigirlo hacia un fin ideologicamente inofensivo, es posible, más no fácil, realizar el proceso inverso, y como no podía ser de otra forma, sera en manos de criollos empaticos, solidarios y agresivos que descanse dicha misión.
Psicología izquierdista bajo el rompepelotas
Los izquierdistas tienden a odiar cualquier cosa que tenga una imagen de ser fuerte, buena y exitosa. Odian a Estados Unidos, odian a la civilización occidental, odian a los hombres blancos, odian la racionalidad.
Ted Kaczysnki, «La sociedad industrial y su futuro».
Me gusta el fútbol. Suelo jugar al fútbol. Veo fútbol.
Enciendo la televisión y veo disturbios en las noticias. Enciendo el computador y leo los comentarios hechos por superhéroes cibernéticos salvando al mundo de sus cómodos asientos. (más…)








