Artículos

La morenidad no vende

Francisco Javgzo

Aclaración: para este artículo, se utiliza el término «moreno» para referirse a personas de tez marrón/olivácea, ignorando la connotación europea del término (persona blanca de pelo negro).

«Uy, si yo era tan rubio cuando nací.»
90% de la población chilena.-

«…fueron rubios y felices para toda la vida.»
El célebre pensador Micky Vainilla.-

 

Recientemente, la población ha demostrado su descontento, aunque no por una reivindicación de identidad (pues no la tiene), sino por un afán igualitario y políticamente correcto: la gente que se pide para los castings debe ser europea.

Si bien lo anterior excluye al menos al 70% de la población chilena, es el mismo 70% excluido el que demanda la presencia de estos estereotipos.

Si alguien quiere vender un producto, tiene que publicitarlo, hacerlo atractivo y crear un efecto magnético sobre las masas de consumidores, los que estarán felices de gastar lo que no tienen para poder adquirir los maravillosos e inútiles productos que las casas comerciales tienen para ofrecer a las hordas ignorantes. Situándonos en nuestra realidad (Chile), hay que notar que las masas consumistas ignorantes son, en su mayoría, mestizas.

El público que podemos encontrar en Chile, en una muestra aleatoria, sería algo como esto:

Rostros típicos de Chile.

Como puede observarse, de todos los rostros mostrados, sólo el tercero de la primera fila y el primero de la segunda fila pueden considerarse como «criollos» (caucásicos), mientras que el resto de los rostros caen en las categorías «indígenas» y «mestizos». Lo positivo de las proporciones de los grupos en la fotografía es su parecido a la realidad: los grupos criollo y originario son minorías, mientras que los rostros mestizos componen la mayoría.

Ahora bien, la publicidad en cualquier lado del mundo busca llegar a las masas, y la forma de llegar a éstas es que las mismas se vean reflejadas en los spots, afiches, pendones y toda la parafernalia comercial disponible para mostrar los productos.

En Chile, la publicidad se muestra (y, por tanto, muestra a Chile) así:

Como puede observarse, la realidad reflejada en la publicidad chilena no corresponde a una visión real, algo curioso, puesto que en un país donde desde las estructuras más altas del Estado, la educación, la política, el arte y, en general, todos los círculos que comprenden el cielo, purgatorio e infierno de la sociedad chilena, se habla de inclusión, integración, multiculturalismo y democracia, la publicidad se toma la atribución de auto-excluirse de la marea de la corrección política.

Mientras las clases altas chilenas (dominadas por un fuerte componente étnico europeo) intentan emular las costumbres y apariencias del bajo pueblo o de los pueblos indígenas (es decir, las clases y grupos «oprimidos», según su forma de ver las cosas), el bajo pueblo y los ciudadanos de ascendencia indígena (exceptuando claro, a aquéllos que han despertado cierta consciencia identitaria, e. g., Coordinadora Arauco-Malleco, Wallmapuwen, etc.), tratan por todos los medios de imitar los modelos occidentales, aun cuando, examinándolo en profundidad, muchos están traicionando sus raíces (luchan durante siglos contra el colonizador, para terminar hablando, vistiendo y comportándose como él).

No es de extrañar, pese al nulo reflejo estadístico de la población chilena por parte de los publicistas, que no se muestre ningún individuo moreno en esta visión idealizada de la realidad chilena: la morenidad no vende. Así de sencillo. ¿Podría alguien negarlo?

Siglos de dominación cultural europea por sobre las masas mestizas e indígenas han dejado su huella, y la publicidad, con su falta de cuoteo en los grupos étnicos a exhibir, se ha permitido mostrar una realidad paralela al cotidiano, donde puede verse a gente que de europeo tiene la vestimenta (pues compran en las mismas tiendas de retail donde eurodescendientes llaman a las masas mestizas a comprar productos hechos en China), pero cuyos rostros en nada se parecen a los rostros de catálogo.

La realidad es como es, y la necesidad de aparentar lo que no se es seguirá provocando esta esquizofrenia mestiza, en la que las masas mestizas apuestan por la auto-negación, el opacarse y el sentirse avergonzadas del legado de sus antepasados, en vez de sentir orgullo por una herencia antigua y que clava sus raíces antes del origen de este país.

¿Es Chile una sociedad racista?

Francisco Javgzo

Imagen típica de la publicidad chilena, y reflejo típico de la esquizofrenia de la realidad chilena.

La reciente polémica futbolística por «dichos racistas» en contra de un jugador vuelve a abrir una antigua discusión: ¿Es Chile una sociedad racista?

Paradójicamente, las respuestas en las redes sociales han sido tan «racistas» como los dichos expresados desde las tribunas hacia la cancha.

Una pequeña muestra:

Rodrigo Vasquez
Lo peor es que el norte està lleno de indios incas….

Juan Linares Ruiz
Son continuas las manifestaciones racistas, es el síndrome de Hitler que padecen las razas mas puras del mundo…

Marcelo Di Peto
Claro, porque los chilenos son rubios…

Johnny Vargas
Ni que fueramos tan blancos los chilenos XD somos un chiste!! Defendemos a los mapuches y nos burlamos de los negros, súper consecuente Jajajja

 

De forma casi inconsciente, la sociedad tiene implantada en su mente una jerarquía del prejuicio, donde un gradiente de melanina define quién discrimina a quien. Así, el que tiene más melanina, pierde, y será discriminado por quien tenga menos. Además, es socialmente justificado (de buena o mala gana) que alguien más claro desprecie a alguien más oscuro, pero no viceversa. Por esta razón, siempre salen las voces del argumentum ad hominem atacando al atacante, invitándolo a un auto-examen colorimétrico, en vez de hacer una condena al hecho prejuicioso per se.

De lo anterior, se desprende que el racismo sería un tipo de dudoso privilegio blanco, donde un no-blanco no podría ser etiquetado de «racista», puesto que no estaría permitido que alguien oscuro despreciara a alguien claro. Lo gracioso que esto último no lo pienso yo desde mi perspectiva racista, sino una sociedad que crecientemente repite un discurso más y más inclusivo y tolerante («todos somos iguales»… pero sólo algunos pueden mirar en menos a otros).

Este racismo cromático, basado meramente en el color, i. e., no en la raza propiamente tal, es tan antiguo como odioso dentro de la cultura chilena del prejuicio, pero no es suficiente para acusar a la sociedad chilena de «racista».

El típico «yo soy racista contra los (grupo humano a elección)» no es suficiente para considerar al racismo como presente puesto que el hecho de ser racista contra es suficiente para quitar al racismo de la ecuación, puesto que «racismo» se está usando como un sinónimo para «prejuicio», por lo que alguien, si quisiera y lo sintiera, podría ser «racista» contra los gays, racista contra los «pobres», «racista» contra los Testigos de Jehová y así, hasta el infinito, y ninguna de esas aseveraciones tendría grado alguno de racismo.

Si a la palabra racismo se la aislara de las cargas prejuiciosas no raciales, aún no sería suficiente para acusar a la sociedad chilena, puesto que el racismo involucra un factor dependiente del uno, más que del otro. Llevando esta crítica a la modernidad por las vías de la modernidad y lo aceptado, habría que hacer revisión de lo que dice un diccionario sobre el racismo, más que hacer revisión de complejas teorías raciales políticamente incorrectas. La Real Academia Española dice:

racismo.
1. m. Exacerbación del sentido racial de un grupo étnico, especialmente cuando convive con otro u otros.
2. m. Doctrina antropológica o política basada en este sentimiento y que en ocasiones ha motivado la persecución de un grupo étnico considerado como inferior.

Más que una exaltación del sentido racial, en Chile podemos atestiguar una exaltación del sentido territorial, puesto que la diversidad racial y el mestizaje presente en Chile, impiden una autoafirmación racial suficiente como para situarse entre grupos. Por otro lado, el triunfo de una cosmovisión europea o, mejor dicho, de una hegemonía estética europea/occidental por sobre las mayorías mestizas, logró instalar cierto discurso pro-europeo, aun cuando la realidad racial y cultural no se ve reflejada en este discurso, creando una distorsión de la realidad que hace que el grueso de la población aspire a un ideal lejano. Respecto a esto, cito un párrafo de un interesante ensayo:

Se trata de travestis raciales, mestizofrénicos, o simplemente, mestizos e indígenas culturalmente colonizados.

La identificación que la población no-blanca de Chile siente con la imagen europea se aprecia de manera explícita en la publicidad comercial. No debe existir ningún fenómeno más pragmático y menos ideológico que el mercado actual: éste decide, hace y deshace según las utilidades que obtenga. [1]

Esta colonización cultural presente en Chile, es atacada en países como Perú, donde un realismo racial duro y definitivo (pese a que su discurso sea «anti-racista) puso en su lugar a los publicistas de una compañía de retail.

El uso de insultos relacionados con el color (la forma más básica del prejuicio racial) pese a su odiosidad, sin embargo, no es suficiente para catalogar de «racista». ¿Cómo podría existir racismo, es decir, la exacerbación del sentido racial, en una sociedad cuya mayoría rinde culto a los cuerpos de las inmigrantes de raza negra con la que, incluso, no tiene reparos en tener descendencia? Este comportamiento se asemeja mucho al de Donald Sterling, al que se le etiqueta de «racista» por sus dichos, al mismo tiempo que él mismo no hace defensa de su sentido racial. Una imagen dice más que mil palabras.

Dueño blanco y «racista» de los Clippers con su novia no-blanca.

Ante la pregunta ¿Es Chile una sociedad racista?, un rotundo «No» sería la respuesta, pues ante la falta de un grupo homogéneo sobre el cual basar sentimientos de afirmación y exacerbación racial, no podría existir racismo alguno; mientras que una sociedad multicultural de prejuicio, odiosidades y desintegración serían el reflejo de una condición que se supone (para las mentes liberales) tendría que ser la solución al problema que es en si mismo: el odio resultante del multiculturalismo no se soluciona con más multiculturalismo.

Los ideales de Thermidor se destruyen bajo la realidad desprendida de Thermidor.

Notas.

1. Garrido, A. «Entre raza y clase social: Hacia la etnogénesis criolla.»

¿Por qué no se van?

Francisco Javgzo

Bóers

Nuestro deber es definirnos primero como herederos de la memoria Europea, aunque puede que vivamos fuera de Europa; en Australia, Chile y Estados Unidos, o en otro planeta. Uno debe admitir que todos nosotros “buenos europeos” en el sentido nietzscheano de la palabra, podemos cambiar nuestra religión, nuestros hábitos, nuestras opiniones políticas, nuestra tierra, nuestro territorio, nuestra nacionalidad e incluso nuestros pasaportes.
Pero nunca podremos escapar de nuestra herencia europea.

Tomislav Sunic, “L’occidentalisme contre l’Europe.”

(más…)

Maestros de la venganza

Francisco Javgzo

Maestros de la venganza, maestros de la revancha
Incitadores del caos, mensajeros de la rabia (más…)

La destrucción de lo establecido como terrorismo

Francisco Javgzo

Se nos había quedado algo en el tintero, respecto al Proyecto de Nueva Ley Antiterrorista.

Si usted entra al sitio web del Ministerio de Justicia, se topará con una noticia titulada Ministros del Interior y Justicia entregan a Comisión de Constitución del Senado Proyecto de Nueva Ley Antiterrorista. De ésta, extraigo el siguiente párrafo. Las negritas son mías:

La nueva ley contempla hasta tres años para las indagaciones y el Ministerio Público deberá guardar secreto de la investigación. También, incorpora las figuras de “asociación criminal terrorista” –cuya finalidad sea cometer crímenes de lesa humanidad y genocidio- y “delincuencia terrorista”, al tiempo que persigue crímenes cuyo propósito sea “socavar o destruir el orden institucional democrático, imponer exigencias a la autoridad política o arrancar decisiones de ésta”.

No estando familiarizado en lo absoluto con el derecho, ni la ley, ni mucho menos con el respeto a las normas (exceptuando los semáforos), no me es muy difícil de imaginar lo grave que es para cualquier estructura que se desacaten las reglas que ayudan a normar dicha estructura, sobre todo si se trata de una estructura coercitiva que deba ser impuesta sobre el individuo.

Si «terrorismo» se utilizaba para designar a las actividades violentas que, con o sin el afán de perseguir un objetivo claro, sembraban terror sobre la población o sobre un sector de ésta, lo cierto es que el terrorismo tiene siempre una direccionalidad bottom-up, jamás top-down, y cómo no, si es desde las estructuras que funcionan top-down que se hacen las acusaciones de terrorismo.

El terrorismo top-down, que no necesariamente es implícito (hay quienes no tienen mayor reparo en ejercerlo y demostrarlo), se manifiesta a través de formalidades que parecen hermosas en la mente humana: orden, orden establecido, paz, orden institucional democrático. De esta manera, y gracias a un gradiente de poder detentado, es siempre el individuo, grupo, facción que desafía al orden establecido el que puede ser tratado como «terrorista», jamás el Gobierno o Estado que ejerza medidas que infundan terror, así como el terror top-down para combatir el terror bottom-up se vuelve una medida necesaria y justificada por la población, por lo que se le desprende de su condición «terrorista».

Si «terrorismo» se utilizaba para designar a las actividades violentas que, con o sin el afán de perseguir un objetivo claro, sembraban terror sobre la población o sobre un sector de ésta, ahora ya no es necesario sembrar el terror, sino que basta con socavar el orden institucional democrático. Esta máxima, inofensiva para algunos (sobre todo para aquellos conservadores que están felices y satisfechos con el orden establecido, i.e., conservadores del liberalismo), esconde bajo su sombra una trampa, cual «efecto paraguas»: no se explicita que sea la violencia el método de demanda ante la autoridad (el clásico monopolio de la violencia por parte del Estado), sino que apunta a un ambiguo término «crímenes», que puede incluir cuantas acciones sean consideradas como tales en función del tiempo.

Si lo que ayer era legal (o, mejor dicho, no era ilegal), mañana perfectamente puede ser ilegal.

Si la Democracia se ha vuelto la verdad absoluta y la regla con que todo se mide, significa que la Democracia es lo establecido. Si la Democracia es la verdad y también lo establecido, entonces cuestionar dicha verdad puede dejar en tela de juicio su condición de absoluto, y de esta manera, puede ser amenazada su estabilidad. No es necesario atentar sólo físicamente contra el orden establecido para socavarlo, también hay formas más «sutiles» de causar efervescencia, o sencillamente de demostrar el descontento frente al orden establecido.

¿Quién asegura que los paros y huelgas no vayan a ser considerados como terrorismo en un futuro no muy lejano?

¿Quién asegura que un espacio cibernético como éste no vaya a ser considerado como terrorista en el futuro, debido a que nos manifestamos en contra del multiculturalismo y multirracialismo fomentado por el orden institucional democrático?

La libertad está en proceso de extinción. Esperemos que el Estado tenga reales razones para temer.

Negación 3PT

Francisco Javgzo

Ya en un espacio más «dicharachero» como éste como en uno más serio como en nuestros textos creados como think tank, hemos analizado, contrastado, refutado y hasta desdeñado algunas conexiones entre el nacionalismo clásico y el identitarismo, las ideas de tercera posición (entendiendo como tal, para este artículo, a esa mezcolanza extraña que se produce al profesar una vorágine de tercerposicionismos que finalmente se manifiestan como nutzismo, aunque en realidad es de todo un poco, ergo, nada) frente a nuestra realidad, el oxímoron «nacionalista» liberal y, últimamente, la relación entre el nacionalismo clásico y el separatismo, hijos ambos del pensamiento liberal, con el fin de hundir al nacionalismo clásico en el olvido.

Ahora es el turno del nacionalismo clásico sudamericano para que sea olvidado por la tercera posición.

Ya refutamos antes la aplicabilidad de la tercera posición en nuestra realidad-país, debido a un irrenunciable requisito étnico-biológico que está ausente, ahora es el momento de visibilizar la incoherencia del nacionalismo comprendido por la tercera posición, y el nacionalismo comprendido por el liberalismo (nacionalismo clásico).

Respecto a la idea de nación, el identitarismo/Nueva Derecha y la tercera posición (entendamos como tal, el nazifascismo genérico, excluyendo las ideas que no comulgan con lo étnico) concuerdan que debe existir una realidad sanguínea, conditio sine qua non es posible que exista una nación en lo absoluto. De esta manera, es usual que a este tipo de nacionalismo, para diferenciarlo de su homólogo liberal, se le llame «etnonacionalismo», nombre que veremos más frecuentemente en los movimientos indianistas.

Ahora bien, no es necesario profundizar mucho para encontrar que la batería ideológica del Tercer Reich y el Fascismo italiano no sólo era contraria al liberalismo, sino también a sus creaciones, incluyendo la concepción de Nación y Estado modernos:

con igual claridad se perfilan los contornos de una nueva organización de Europa: unos contornos que ya no siguen las fronteras que les asignaba una concepción nacionalista. [1]

Para la tercera posición, la nacionalidad no es el contrato voluntario que da forma y origen a la nacionalidad jurídica del liberalismo, pues el vínculo existe desde el momento de la concepción del individuo o incluso antes, pues obedece a un conjunto de factores biológicos y culturales que terminan en la concepción del individuo, por lo que la línea divisoria entre el ser y el no ser de la nacionalidad está marcado por un fuerte componente que no admite travestismo: banderas, fronteras, constituciones y marcos jurídicos pueden mutar tantas veces como el individuo quiera, basta sólo moverse; mientras que la etno-realidad del individuo es algo actual, innegable e irrenunciable.

Desde este ángulo, es sencillamente incompatible conjugar una idea liberal (la del nacionalismo) con la tercera posición (el nacionalismo étnico). Por dar un ejemplo burdo, si un tercerposicionismo chileno, aunado bajo la bandera chilena y la defensa del territorio chileno como valor irrenunciable y un tercerposicionismo argentino, aunado bajo la bandera argentina y la defensa del territorio argentino como valor irrenunciable, pese a tener la misma etnia, se vieran enfrentados por una disputa territorial, podrían ocurrir las siguientes situaciones:

A. Cada ismo se decanta en favor de su territorio y su Estado-Nación, prevaleciendo entonces su parte liberal, ergo, su idea etnonacionalista no vale nada;

B. Cada ismo se decanta en favor de su etnia, prevaleciendo entonces su parte iliberal, ergo, su idea de nacionalismo clásico y su aparataje simbólico no vale nada.

Podrá parecer incorregiblemente excluyente, pero lo cierto es que las síntesis forzadas entre liberalismo-iliberalismo conducen, tarde o temprano, a la autodestrucción y desmembramiento del leivmotiv mismo de los tercerposicionismos. Y es que, simplemente, ambas ideas no son sólo esquizoides de unir, sino que también son contrarias.

Si antes descartamos explícitamente una síntesis entre nacionalismo clásico e identitarismo/NR, ahora, además, queda en manifiesto la contradicción entre las leyes de Thermidor y las leyes de la Sangre.

Los padres de la Patria quisieron un país libre donde todo aquél que quisiera entrar y defender los valores y símbolos patrios, fuera considerado no sólo amigo, sino que uno de nosotros, por lo que las discriminadoras (pues se es o no se es) ideas de la tercera posición se vuelven las más grandes blasfemias ante la sombra proyectada desde el pasado.

La sola justificación de que uno (etnonacionalismo) es un derivado del anterior (nacionalismo clásico) no sólo hace llorar sangre a los próceres de uno u otro lado, sino que finalmente terminará por condenar a quien defiende tal potpurrí, a un abismo de tropiezos ideológicos y de formas que constantemente se repelen con el fondo.

1. «Idea y aspecto del imperio». Cuaderno de la SS. N°7. 1943

Nacionalismo es Separatismo

Francisco Javgzo

El nacionalismo moderno es un derivado y consecuencia del pensamiento liberal, donde la nacionalidad se reduce a un mero contrato unilateral donde el individuo decide el tiempo de su pertenencia a una institución intangible, aunque manifiesta a través del territorio y los alcances de éste.

Todos los estados soberanos de América, quiéranlo aceptar algunas personas o no, son producto del pensamiento liberal, manifestado a través de la exacerbación de la libertad que deviene en el separatismo, esto es, la decisión individual en el colectivo de pertenecer o no pertenecer.

De esta manera, fruto del pensamiento liberal, es que las élites decidieron desvincularse de España y el Reino Unido, por dar ejemplos. Probablemente, no hubo una separación inmediatamente territorial, ya que los estados separatistas estaban ubicados en otro continente, pero el hecho de desentenderse jurídicamente de una institución mayor marca una gesta de separatismo.

Los nacionalistas clásicos, es decir, cimentados en fundamentos ideológicos liberales, generalmente tienden a defender la idea del nacionalismo concreto, que vendría a ser la nación (jurídica, claro, pues es un contrato unilateral que mantiene el individuo con el país) como hecho consumado, o sea, la nación formada. Antes de eso, el que se considerará posteriormente como nacionalista, dentro del marco del colonialismo se autoconsiderará como patriota, puesto que defiende el suelo donde habita como el ideal supremo por defender. Ya que dentro del marco jurídico no se considera como independiente hasta que exista una aceptación/reconocimiento bilateral, el patriota no proclamará su nación hasta que la independencia sea un hecho. Esto, debido a que el liberalismo reconoce la nacionalidad como hecho externo, no como realidad interna, a pesar de que el individuo pudo haberse reconocido como perteneciente a tal nacionalidad al margen de ser o no visibilizado por otras instituciones jurídicas (Estados).

Anterior al nacionalismo moderno, entonces, está el Separatismo, pues antes de que se formara la nueva nación jurídica, estaba la voluntad de no pertenecer a la nación establecida, y esa voluntad se manifiesta en el deseo de romper el vínculo, i.e., intenciones separatistas. Una generación de nacionalistas, entonces, estuvo precedida por generaciones de separatistas.

Curiosa es la relación dialógica de amor/odio entre Nacionalismo y Separatismo. El Separatismo es la manifestación de una voluntariedad de individuos de no pertenecer a algo, para pertenecer a otra cosa, para luego instituirse como algo formal y establecido (la nación jurídica), mientras que para el Nacionalismo no existe amenaza más grande que la del Separatismo.

Para el Nacionalismo, el surgimiento del Separatismo hace descargar todo el anti-liberalismo que porta algo que, por esencia, es liberal, pues si por acuerdos es que las masas (comandadas, obviamente, por élites) decidieron pertenecer a algo, lo lógico sería que con el mismo sistema de pensamiento se permitiera el término del acuerdo si es que un grupo así lo decidiera, algo que, como hemos atestiguado, no ocurre.

De esta manera, es común que nacionalistas locales apoyen a nacionalistas de otros lados en su lucha contra los grupos separatistas (sean catalanes, sean mapuches, sean ucranianos ruso-parlantes), puesto que estos grupos encarnan la ruptura de su idea de unión, pese a que también hayan surgido desde una idea rupturista.

Lo débil del nacionalismo clásico respecto al separatismo es que, una vez este último se ha consolidado como Estado independiente y con un nacionalismo propio, pasa a ser reconocido por el mismo nacionalismo que alguna vez lo vetó. Estas incongruencias ideológicas del nacionalismo clásico son las mismas que causarán su ruina como idea, que se mantendrá como una eterna relación dialógica de autonegación y autoafirmación, conducentes a una anulación de la transcendencia de lo «nacional» en favor de lo individual.

Patriotismo/Nacionalismo o Identitarismo

Aarón Garrido

NextTime

La decimonónica y romántica (en sentido estricto) fórmula “Sangre & Suelo” representa bastante bien los principales factores que han intervenido en la génesis de las razas humanas. Por ejemplo, la raza blanca, como hoy la conocemos, existe gracias a la continuidad genética que permitieron los cruces intra-raciales (Sangre), pero también debido a que esto ocurrió por milenios en un contexto glaciar, que tuvo enorme influencia en su alimentación, desarrollo de aptitudes físicas, y adopción de una determinada ética. (más…)

Kratos en kratei

Francisco Javgzo

The apes in their cages surrounded by thorns
That are forcing us to live here

Sepultura, «From the past comes the storms«

Respecto a si en Chile se vive algún tipo de supremacismo, esto es, la vía iliberal donde un grupo humano se posiciona por sobre los demás (no necesariamente en desmedro del resto), la respuesta sería sí.

Ahora bien, si este supremacismo es de carácter racial, como bien podría pensar algún comunero mapuche al observar –desde lo rural– a la clase gobernante chilena, la respuesta sería no, debido a que si bien los gobernantes y la “plana mayor” de Chile corresponden a individuos de raza blanca, lo cierto es que la raza blanca está presente en todas las clases sociales (variando en las proporciones, claro), aun cuando los estrados medio y bajo no tengan mayor peso en la toma de decisiones de gran alcance, ni tampoco en sus organizaciones comunales (si es que éstas existiesen).

Aquí viene lo paradójico: los pilares del supremacismo en Chile descansan sobre una relación dialéctica entre liberalismo e iliberalismo, ya que es completamente iliberal (o anti-liberal) el posicionarse sobre otros e imponer la voluntad de un grupo por sobre la del resto (como ya hemos visto que hace el anti-liberal y autoritario Lobby LGBT), a la vez que la libertad para elegir el separatismo es propio del liberalismo.

La clase –digamos– dirigente, exhibe no sólo un sistema de cruzas e influencias que en nada ha variado desde el Renacimiento, sino que sencillamente se ha instaurado como un tipo de nobleza no-formal, pero no por ello menos real. En efecto, la facultad subyacente reivindicada por la clase dirigente de definir quien entra y quien no entra en sus círculos, es la misma capacidad que se le niega al resto de las personas de origen europeo en Chile, la misma capacidad que está bajo ataque bajo el bombardeo constante de la corrección política y sus sirvientes: los medios de comunicación masivos y el Estado.

Sin ningún tipo de reparo, han creado –de forma abstracta, claro– un país dentro del país, donde el país interior (el suyo) sobrevive a través de un uso sin remordimientos del sistema neoliberal del país exterior (la porquería que nos dejan para que nos callemos). Lo gracioso es que la estructura está diseñada para que el país multicultural exterior termine creyendo que necesita las migajas del país interior y, peor aún, creyendo que el país exterior es todo cuanto sus ojos ven.

Por ejemplo, a la lucha incansable (y hasta «nacionalista») por los recursos naturales presentes en Chile, se antepone un violento golpe de realidad: los recursos no sólo no pertenecen a las masas, sino que tampoco son necesarios para la subsistencia y, es más, la explotación de éstos va en desmedro de la sociedad y la naturaleza.

¿Alguien piensa que la explotación de litio puede que la levadura de la economía chilena se levante? Y si alguien piensa así, ¿puede alguien creer que se va a ver beneficiado en su individualidad gracias a la explotación de estos recursos? Actualmente, la minería en Chile, por conceptos de royalty, deja cifras que corresponden a las migajas de las migajas de las ganancias de la explotación minera, produciendo que esta misma explotación, con su inyección de recursos para un sector del país que no es mayoritario, provoca que el costo de la vida sea cada vez más alto, poniendo en peligro los trabajos más tradicionales, el desarrollo local y la pequeña y mediana empresa.

La supremacía iliberal se defiende, cínicamente, a través de argumentos liberales, obligando a aceptar la aplanadora de la estructura pública para proteger los intereses de privados (¿alguien podría explicar eso?). Mientras nadie vela por los particulares que día a día sufren por las alzas del metro, la misma estructura que se supone favorece la colectividad favorece a los privados (i.e., particulares) para que persigan a todos aquéllos que se las han ingeniado para sortear –de forma poco honesta, claro está– los callejones cuasi-monopólicos de los precios. Al mismo tiempo, y propio de la misma esquizofrenia, el Gobierno, como vil perro policía al servicio del país interior, lanza discursos por un país (exterior) mejor y más justo.

¿Dialéctica liberal/iliberal, o esquizofrenia interior/exterior?

El odio como manifestación de la inferioridad

Francisco Javgzo

El ser humano que se siente inferior siempre responde y se rige mediante el odio. El que se siente pobre y desdichado, direccionará sus frustraciones contra lo que considere enemigo, y se sumirá en un combate que supera la razón, mezclando un presente de resentimiento con respuestas instintivas y básicas de defensa, siendo el odio la dinamita de descompresión de la inferioridad.

El pobre odiará al rico porque lo culpará de su desgracia actual, el antisemita odiará al judío de una forma muy parecida a la del comunista, pues verá en él a la fuente de su desgracia. En algún lado, otros odiarán a los comunistas porque temerán a ser despojados de sus pertenencias.

El ser humano que se sienta por sobre otros, no tendrá odio, sino desprecio a lo que no considerará a su altura. Tanto odio como desprecio parten de una condición fundamental de desigualdad, aunque el primero está destinado desde abajo hacia arriba, y el segundo desde arriba hacia abajo.

El fracaso de los movimientos de masas que tratan de apostar a alternativas nacionalistas, patriotas o cualquiera que parte de una identificación nosotros/ellos, comienza desde el momento en que eligen fundamentos vacíos para justificar su existencia, dando más importancia al ellos que al nosotros. Por ejemplo, un movimiento que nazca a partir del odio contra extranjeros, perderá su razón de ser cuando los extranjeros se vayan, por lo que no se justificará su permanencia en el tiempo, porque, como movimiento, era un fin en sí mismo.

Ser anti algo en un clásico de las tendencias modernistas, y es esta misma condición la que hace que estas tendencias no tengan ni pies ni cabeza. En ese sentido, los grupos odiados tienen todo por ganar, puesto que al no estar sujetos ni justificados por el odio, su existencia tendrá una razón de ser mayor a la de los grupos de odio. Un grupo de extranjeros de una nacionalidad o comunidad determinada, bajo el ataque de los grupos de odio, reforzarán más los lazos que los unen, y darán mayor prioridad a eso que los une más que a eso que los separa, puesto que, para ellos, se vuelve una cuestión de supervivencia.

En los grupos bajo ataque, el odiar al que odia se vuelve menos importante que el amar al semejante, pues en la unión de estos estará la fortaleza que no se tiene como individuo, apostando a una especie de amor por lo propio: viendo reflejado el mismo rostro y los mismos valores en los miembros de la comunidad, el individuo extrapolará su instinto de supervivencia aún más allá de las fronteras del odio que exhiben sus enemigos.

La unión en el odio está condenada a fracasar, porque todo lo que tienen por defender del nosotros está en función de ellos y por lo que tienen por perder frente a ellos, mientras que ellos viven por ellos, y cada paso que avanzan sobre el nosotros es un paso que ganan para ellos, para nadie más.