Si hubiera vivido en 1810 y hubiera sido algo así como una persona blanca e influyente, hubiera hecho lo imposible por participar de la Primera Junta de Gobierno.

Y cómo no, hasta el día de hoy suena ridículo jurarle fidelidad a un rey que si está encarcelado no es precisamente por ser fuerte, y que tampoco me consta que fuera lo suficientemente poderoso en su mismisidad como para venir a mandarme. ¿Jerarquía? Sí, quizás la respetaría si fuera desde un punto natural, pero definitivamente no respetaría a alguien que de designio divino tiene poco y nada, y, puesto que no creo en Cristo, difícil me parece que haya bajado de una nube para decirle a un tipo que él es el depositario del derecho divino para mandar a un montón de cabrones.

Al rey tribal podría –como dicen mis amigos argentinos– bancarlo, pero el rey perfumado y elegante no podría siquiera inspirarme para mantener la seriedad al ver su real sello impreso en esperma de vela.

Era el advenimiento de la era del populacho, de la colectividad, de la revancha disfrazada de justicia social, de las masas de gente con conciencia de clase destruyéndolo todo, y por otro lado, el pálido recuerdo de un mandato que aunque de naturaleza decadente (desde el punto de vista de los estadios de evolución de las civilizaciones), glorioso y concreción misma del poder bélico, daba sus últimos estertores.

Hubiera sido patriota, sí, porque hubiera sido independentista en lo económico, pues si al rey no se le veía nunca por estos lares, ridículo me parecía tener que pagar los impuestos que me exigía la corona, y es muy probable que me juntara con otros amigos vestidos de indios a tirar el té en el Río Mapocho.

Y hasta ahí hubiera llegado mi independentismo.

Para qué mentir y decir “no, hubiera sido un realista descarnado y hubiera luchado por eliminar de raíz todo germen republicano” si, para qué estamos con cosas, en ese tiempo no existían las bolas de cristal para predecir el futuro, y aún existiendo, es probable que hubiera militado en algún grupo de carácter ilustrado y agnóstico. Es muy probable que hubiera sido producto de mi época, y por muy reaccionario que sea hoy, en esa época hubiera sido revolucionario. Obvio: ser reaccionario hoy es defender ideales ancestrales, pero como lo revolucionario hoy es tiene el asqueroso olor a añejo que deja el perfume de liberalismo conservador, lo reaccionario hoy tiene el espíritu tira-piedras que tenía lo revolucionario en 1810.

Si hubiera sabido en qué iba a degenerar la reivindicación libertaria-independentista dos siglos después, probablemente hubiera envenenado a todos los de la Junta, aunque poco y nada hubiera cambiado en el futuro: en ambos bandos eran criollos los que estaban al mando, ninguno de los cuales se preocupó de lo realmente importante y que fue lo que nos hubiera condenado a la destrucción sin importar si hubiera ganado el bando realista o el patriota: el pecado original de Chile no fue expiado jamás, y la justificación eterna del multiculturalismo de la “nación chilena” para unos y la capitanía general de otros, iba a terminar por corroer cualquier intento de orden que se quisiera establecer desde una jerarquía decadente y sin visión de futuro.

Conoce al nuevo jefe, igual que al viejo jefe.

Los maestros absolutos del rock dándonos cátedra de lo significativo que fue la Primera Junta de Gobierno.

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