Dugin sobre Etnicidad vs. Raza, Parte 2

Artículo publicado originalmente como “Dugin contra Racism”, por Giuliano Adriano Malvicini, en Counter-Currents. Traducción por A. Garrido.

El ethnos continúa existiendo como el sustrato de las sociedades tradicionales. Por ejemplo, el ethne pre-indoeuropeo continúa existiendo como la tercera función de las sociedades indo-europeas. Dugin explica el surgimiento de las civilizaciones tradicionales a través de la emergencia del pastoralismo nomádico, esto es, la aparición, desde sociedades agrícolas autóctonas, de pequeños grupos nómades de pastores guerreros.

 

Domesticando animales que eran más grandes y fuertes que ellos, estos pastores desarrollaron tecnologías de “poder pastoril”, que hizo posible a unos pocos regir las masas. Trataron a los grupos étnicos que conquistaban “como ganado”. De esta manera, estos señores de la guerra y conquistadores, cuando finalmente se establecían en territorios conquistados ya habitados, se convertían en las primeras elites políticas. Estas bandas de guerreros fueron la Männerbund, el núcleo del estado pre-moderno.

 

El origen del Estado, entonces, se encuentra en guerras y conquista y la apropiación de territorios ya habitados. Cuando el ethnos libera guerra contra sus vecinos, los extermina o asimila (asesinando y a veces canibalizando a los hombres, tomando sus mujeres como esposas, y adoptando a sus niños). El pastor-guerrero, en cambio, conquista y subyuga al ethnos conquistado, gobernando, explotando, pero también protegiéndolo (como lo haría con la propiedad del ganado), mientras que al mismo tiempo mantiene una separación racial estricta del grupo conquistado (“el rebaño”). La elite de este nuevo tipo de sociedad es “racista”. Como pastores, aplican técnicas pastoriles de crianza a los seres humanos. La conquista, para ellos, significa aprovechar y “montar” las fuerzas que han sido superadas, en lugar de aniquilarlas. Esto también significa que históricamente, el conflicto de clases tiene su origen en el conflicto étnico.

 

El surgimiento del estado marca el surgimiento de una sociedad étnicamente heterogénea, estratificada y no-orgánica, radicalmente diferente en naturaleza al ethnos. Dugin propone la palabra griega “laos” para distinguir esta etapa del “ethnos” (Aunque Dugin falla en citar la fuente, su discusión sobre el “laos” proviene fuertemente del brillante trabajo sobre etnología de la guerra del etnólogo nacionalsocialista Wilhelm E. Mühlmann, Krieg und Frieden: Ein Leitfaden der politischen Ethnologie [1940].)

 

La armoniosa y orgánica unidad del ethnos ahora está perdida. La tensión y violencia de la conquista son inherentes en el nuevo orden social, que está estructurado por jerarquía y patriarcado. La relación con “el otro” ha sido introducida en su corazón. Esto significa que un elemento de crisis, entropía y desorden ha entrado en el núcleo de la sociedad y desde ahora amenazará constantemente su estabilidad y cohesión. El “otro” conquistado, es incluido en la sociedad, pero al mismo tiempo excluido. Es mantenido a distancia por la clase dominante. Surge una sociedad estratificada estructurada por un sistema de castas.

 

Ya que la cohesión del ethnos es mantenida a través del matrimonio entre diferentes clanes endogámicos dentro de la tribu, y basados en equilibrio y polaridad, no existe necesidad de ley o jerarquía. Su cohesión es mantenida por mitos normativos, que son en sí un tipo de exégesis del espacio simbólico. La justicia es concebida como un equilibrio mantenido por medio de un intercambio simbólico y especie de reversibilidad “igualitaria” de las relaciones sociales. Aquellos que matan deben ser (simbólicamente) matados, aquellos que comen deben ser (simbólicamente) comidos, retornando a la economía circular del cosmos. Esta es la razón para la iniciación, por ejemplo – el cazador o guerrero debe ser simbólicamente matado para poder matar sin perturbar el equilibrio. Todas las obligaciones sociales son entendidas como formas de deuda simbólica (deudas de honor).

 

La estabilidad y cohesión de las civilizaciones tradicionales, por el contrario, tiene que ser asegurada  por la ley y la autoridad del Estado. Las civilizaciones carecen de la cohesión natural y orgánica del ethnos. Por esto es que los incansable y nómades conquistadores-pastores son civilizadores – fundando y construyendo las instituciones legales, políticas y religiosas de las civilizaciones tradicionales pre-modernas. Es en este punto que la estructura jerárquica tripartita de las sociedades indo-europeas emerge. Es el comienzo del tipo de sociedad tradicional aria descrita por Evola, y los clásicos, occidental, activo, “fálico y masculino logos” fundado sobre la exclusión del caótico “otro” femenino. Este logos masculino es precedido por el más primordial, ctónico, femenino, pasivo e inclusivo “logos caótico” del ethnos. Este logo caótico es identificado con el ethne (Rusia) eurasiático, caracterizado por fuerzas étnicas “caóticas” y dionisíacas. La involución o entropía de Occidente es causada por el endurecimiento del logos clásico, mientras que supuestamente se desprende a sí mismo de su elemento nativo, el logos dionisíaco, eurasiático, y caótico. El “logos caótico” más primordial trasciende e incluye al logos fálico dentro de sí, en la misma manera que Eurasia incluye a Europa.

Con esta nueva relación con un “otro” en la forma del ethnos subyugado, una crisis, una grieta ha sido introducida en la sociedad. Esta crisis o grieta es expresada en términos ideológicos y metafísicos como la división del cosmos en un mundo material, temporal, múltiple y sensible por un lado, y un mundo supra-sensible, eterno, unitario y trascendente, por otro. Por una parte, tiempo y devenir, en los que los seres surgen y decaen, son creados y destruidos. Por otro, el reino más allá del tiempo, de la permanencia, estabilidad, inmortalidad e incorruptibilidad. En lugar de la polaridad y complementariedad del cosmos del ethnos, ahora se alza un agudo dualismo metafísico entre orden trascendente por un lado, y desorden inmanente, entropía e involución, por el otro.

 

La superación de esta grieta traumática entre Ser y devenir, tiempo y eternidad y la reintegración del todo sagrado ahora se vuelve un horizonte escatológico, o límite, de historia. El laos no es ahistórico como el ethnos, pero el horizonte de su historia no es el infinito, lineal, secular progreso y crecimiento económico, sino que un mito mesiánico. Los miembros de las nuevas elites comienzan a interpretarse a sí mismos como sujetos de la historia, como teniendo una misión histórica y destino: por ejemplo, como los fundadores y constructores de imperios. A menudo, hay imperios uniendo Oriente y Occidente, como en el caso del homónimo de Dugin, Alejandro Magno. Otros ejemplos podrían probablemente ser la Horda Dorada de Genghis Khan, o las conquistas islámicas. Estas ambiciones imperiales siempre permanecen arraigadas en proyectos mesiánicos, en mitos escatológicos, y el imperio en sí permanece anclado en un centro sagrado – Roma en el caso del Imperio Romano, o en el caso de las conquistas islámicas, la Meca. La ciudad de convierte en imago mundi, un microcosmos del imperio, que a su vez, como el ethnos, es identificado con el mundo como tal. Para los romanos, el imperio era el mundo, y el emperador personificaba el centro, el centro sagrado de la soberanía.

El individuo heroico se convierte  en el sujeto normativo del laos. En un sentido, este es el surgimiento de un tipo de individualismo – no el individualismo burgués de la modernidad, sino que un individualismo asceta, heroico y aristocrático del “hombre diferenciado”, correspondiente a un mito heroico normativo. Este nuevo individuo de elite, este nuevo “sujeto” de la historia es representado no sólo por el héroe, sino que también por el rey, el filósofo y – en el Judaísmo e Islam – por los profetas. Son los “guardianes” de Platón, o los “pastores del Ser” de Heidegger. Ya que la clase dominante está compuesta por ex pastores nómades en lugar de granjeros, el modelo del gobernante es el pastor. Él reúne al disperso y múltiple rebaño del “laos” alrededor del polo del Ser y la tradición. El modelo es pastoral recolector, en lugar de agrario cosechador. El pastor toma sobre sí la misión conservadora de batallar contra la diáspora, muerte, caos, ilusiones, y el insidioso proceso de decaimiento y pérdida de significado. Ellos ven como de su responsabilidad librar guerra contra la falsedad, ilusión, muerte, la nada y la entropía del tiempo, que dispersa, disuelve y fluye. El tiempo es el río del olvido, Lethe. La palabra griega para verdad es a-letheia, “inolvidable”. Este tipo de individualidad heroica es similar a la figura de Heidegger del auténtico Dasein resuelto. Su individualidad e integridad está basada en la abierta confrontación con la muerte, transformando el límite de la muerte de un pasivo proceso de entropía en una activa decisión, una responsabilidad, fundado un “posible ser-como-un-todo”.

Por otro lado, el campesinado – la tercera función de la sociedad indo-europea – continúa viviendo su cíclica vida ahistórica, arraigada en un paisaje y centrado en la fertilidad y reproducción. Continúa existiendo como un ethnos, viviendo en un estado prelapsario de inocencia, una “edad dorada”. Ve los tributos que paga a sus nuevos gobernantes como sacrificios, y a los predatorios gobernantes como figuras sagradas. La elite, sin embargo, al separarse a sí misma de del cósmico todo social y entrar en una asimétrica e irreversible relación con “el otro”, ha pasado a un tiempo asimétrico e irreversible: la historia y la tensión escatológica de ser-hacia-la-muerte. Desde ese momento esta tensión comienza a relajarse, la desintegración es inevitable.

Ya que el ethnos está siempre trabajando para permanecer idéntico a sí mismo, no tiene relación con el “otro”. El ethnos está reunido alrededor de su centro sagrado, y no se define a sí mismo en oposición a “otro”. A diferencia del logos occidental, el logos del ethnos no está fundado en oposiciones binarias y exclusión, sino que sobre inclusión y asimilación (que puede tomar la forma física de un devorar caníbal del otro). En este sentido, la sociedad étnica es totalitaria y abierta, pero en un sentido completamente diferente que la “sociedad abierta” popperiana del Liberalismo moderno. Cualquiera puede ser asimilado en el ethnos, y el ethnos resuelve “el problema del otro” a través de asimilación – ya sea física, por guerras de aniquilación que culminan en la canibalización de los miembros de otros grupos étnicos, o mediante iniciación, esto es, el asesinato simbólico del individuo, para que él o ella puedan renacer como miembros de la tribu. Por lo tanto, pertenecer al ethnos de ninguna manera es un hecho racial o biológico, sino que un fenómeno social, simbólico y cultural. Aunque ethne general se define a sí mismo por la idea de un origen común, este origen común, Dugin lo enfatiza cuidadosamente, es un mito. Es una construcción social en lugar de un hecho biológico. La noción de etnocentrismo de Dugin no sólo es no-racista, no-nacionalista y sin-sangre, su noción de “ethnos” está también limpiada (o podríamos también decir, desencarnada, abstraída, y vaciada) de cualquier contenido racial. Como el concepto de “género”, es un concepto puramente social en lugar de biológico.

 

La conexión entre ethnos y canibalismo no debería sorprender a ninguno familiarizado con el mito griego. El ethnos está viviendo en “la edad dorada”, y la edad dorada es el reino de Saturno, Cronos (tiempo), quien come a sus propios hijos. El canibalismo del ethnos, en otras palabras, es el canibalismo del tiempo cíclico, que devora todo lo que engendra. En cierto punto, una transición toma lugar desde el reino de Cronos al reino de Zeus. Esta transición marca el comienzo de la civilización tradicional, olímpica y heroica. Dugin parece creer que la concepción circular del tiempo en las sociedades arcaicas es conservada en las prácticas religiosas de las civilizaciones tradicionales. Sin embargo, sería más correcto ver la heroica concepción tradicional del tiempo como lo inverso a la temporalidad del ethnos. Las sociedades tribales primitivas ven las estructura circular del tiempo positivamente, como garantizando la homeostasis del cosmos. Elementos que los separan a sí mismos del todo, tomando una existencia independiente y potencialmente fragmentando al todo, son constantemente reasimilados por el devorador círculo del tiempo. En la cosmovisión heroica, esta concepción es invertida. Cronos, en lugar de un gobernante y preservador de la paradisíaca edad dorada, se convierte en una figura completamente negativa, un monstruo  voraz que debe ser superado por un celestial héroe olímpico (Zeus). El tiempo circular ya no es visto como la conservación del cosmos en cuanto inmortal totalidad sagrada. El tiempo, en cambio, es visto como una prisión, el estómago de Cronos. El tiempo es ahora existencia condicionada, el reino en que los seres surgen y perecen, son engendrados y destruidos en una circulación sin fin. El significado del tiempo es invertido, y es visto como entropía, un hambriento vacío, una figura de muerte y terror cósmico, y la tarea del asceta y el héroe es superarlo, pasar más allá el anillo de fuego.

Así, hay una división en el sendero a la inmortalidad. Por un lado, está el camino de los padres o ancestros (pitryana), el pacífico sendero de la fertilidad y reproducción, el sendero del “ethnos” de Dugin, asociado con la religiosidad ctónica. Nuevas generaciones continúan y repiten la vida del os ancestros. Cuando el nieto se convierte en hombre, él reencarna al abuelo. Por otro lado, está el camino de los dioses (devayana), el camino del ascetismo y la iniciación, de guerreros y sacerdotes. Este el sendero heroico y viril de la acción y conocimiento (gnosis). Ve a la muerte sobre el campo de batalla como una forma de iniciación, y el sendero al conocimiento siempre pasa a través de la confrontación con la muerte. El sendero heroico es un individual sendero aristocrático, a la salvación o autorredención activa: la liberación de una existencia condicionada por el tiempo. La libertad del individuo por supuesto no es simplemente dada como “derecho humano” – la libertad, individuación y personalidad son conquistas. Ellas son ganadas a través de una lucha con la muerte y las fuerzas entrópicas. Cuando el individuo triunfa sobre las fuerzas de la muerte, él es divinizado, o incluso superior a los dioses.

El asceta y el héroe desprecian aquello que simplemente viene y se va – el cuerpo, lo físico, el mundo sensorial, apariencias y devenir – y luchan por superar el tiempo entrópico, alcanzando el estado de inmortalidad. En su trabajo sobre yoga, Mircea Eliade mostró que la ascética auto-liberación del individuo respecto del tiempo es lograda convirtiéndose en un microcosmos. Sólo convirtiéndose en el cosmos y el tiempo cósmico, puede el individuo superar el tiempo dentro de sí mismo. Por esto es que los hindúes Aghoi, adeptos al sendero del a mando izquierda, practican canibalismo ritual – el Aghori se identifica con el devorador círculo del tiempo mismo – él se vuelve el cosmos. A través del despertar de Kundalini, la columna vertebral en sí se convierte en el pilar del mundo, el axis mundi. Así, el individuo completamente realizado es “hombre cósmico”, aislado e incondicionado en el mismo sentido que el cosmos en sí es aislado e incondicionado. En la medida que el héroe logra auto-realización a través del sendero de la acción, nace la idea del imperio. El imperio es una totalidad cósmica. Éste establece un centro (un polo) y abarca al mundo. El imperio supera el tiempo y trae la historia a un fin. Todos los imperios son, en su dimensión metapolítica y esotérica, escatológicos. Para Dugin, la relación entre geografía sagrada y geopolítica es análoga a la relación entre tiempo sagrado (mítico) y tiempo histórico. El intento de teologizar la geopolítica coincide con un intento de abolir el tiempo histórico en tiempo mítico. El eurasiático “imperio del fin” de Dugin es un proyecto escatológico.

El surgimiento de individualidad heroica coincide con el surgimiento de formas políticas de soberanía. El soberano es un sujeto de la historia y una figura revolucionaria conservadora. Él trasciende el orden normal de las cosas y al hacerlo, lo suspende y lo conserva. Esta conservación es una re-fundación. El ethnos ya era “conservador revolucionario” en su dinámica: el cosmos del ethnos debe ser periódicamente destruido en un tipo de “revolución conservadora” (tomando la palabra “revolución” en su sentido etimológico) para ser renacido o revitalizado, igual que el ciclo del año es renovado en su punto más oscuro, el solsticio de invierno, el abismo oscuro del que el Sol retorna. Esta renovación se efectúa a través de la sacrificial entrega de ofrendas.

El surgimiento de una sociedad estratificada también coincide con el surgimiento de distintas esferas políticas y económicas. La esfera económica es el hogar, el oikos, un espacio cerrado, protegido de la irrupción de fuerzas caóticas elementales. En el ethnos, el chamán es el guardián del oikos, curando sus crisis y mediando sus relaciones con las fuerzas del caos. En el laos, las funciones políticas protegen la esfera económica, pero también la limitan y trascienden. Ellos  protegen y delimitan en la manera que los pastores trazan los límites del pastizal.

La grieta cósmica o crisis inherente en el “laos”, sin embargo, no puede ser finalmente curada. Es progresivamente profundizada, saliendo de un proceso de entropía o involución que culmina con la modernidad. Como parte del movimiento entrópico, la figura del burgués emerge, una ambigua e inauténtica figura, similar al “das Man” de Heidegger. Para Dugin, el burgués no corresponde a la tercera función de las sociedades indo-europeas, sino que es un tipo de figura vacilante, intermediaria, delegando el combate a la aristocracia por un lado, y la producción al campesinado, por el otro. El burgués se caracteriza, como el das Man, por su evasión a la confrontación decisiva con la muerte – él no desafía a la muerte. En algún momento, el burgués usurpa la posición del aristócrata. Sin embargo, la relación entre elites sociales y grupo subyugados continúa siguiendo el patrón de nómades agresivos vs. Campesinos pasivos. Esta relación no está sólo expresada en la distinción entre hombres libres y esclavos, la estructura de castas o estructura de clases de la sociedad, sino que también en la visión expresada en el Talmud sobre los gentiles como animales sin los mismos derechos que los miembros de la tribu nómade de los judíos (no sólo los indo-europeos, sino que también los judíos son ejemplos de pastores nómades conquistadores). En la moderna sociedad capitalista, las elites sociales son todavía depredadoras, las masas subyugadas todavía son un rebaño de ganadería.

 

Por lo tanto, en el modelo de Dugin, así como existen tres teorías políticas, existen tres tipos históricos de sociedad: arcaica, tradicional (pre-moderna) y moderna – el “ethnos”, el “laos”, y la sociedad civil (con la nación como un intermediario transicional entre el “laos”y la sociedad civil post-nacional). Cada uno de estos tres tipos de sociedad parece corresponder a una de las teorías políticas modernas. Si la sociedad arcaica es un tipo de comunismo primordial, la sociedad tradicional es jerárquica, patriarcal, imperialista y dominada por la clase guerrera, y claramente corresponde al Fascismo. Es dominada por la figura heroica del “soldado político”, en lugar del político. La sociedad civil moderna, dominada por la clase mercantil, el individuo burgués ilustrado, corresponde al Liberalismo. La sociedad postmoderna es la transición a un cuarto tipo de sociedad, que quizás corresponde a la cuarta teoría política.

La crisis de la unidad orgánica del “ethnos” conduce a la formación del “laos” y la fundación de sus instituciones de sociedades tradicionales aristocráticas. La crisis y desintegración del laos conduce al surgimiento del moderno “demos” y al nacionalismo burgués. El centro sagrado del ethnos está perdido, y el individuo soberano se convierte en el nuevo centro, con “sagrados” e inalienables “derechos humanos”. El Liberalismo es también organizado por la relación entre un centro y una periferia, pero al final del ciclo la estructura del ethnos es completamente invertida – el centro de la sociedad moderna es aquel que previamente fue profano y negativo, y elementos del sagrado todo y formas no-individuales de existencia sobreviven como elementos marginales, residuales, espectrales o “demoníacos”.

Finalmente, la crisis y desintegración del individuo burgués en el período postmoderno conduce a una posterior disolución de todas las formas de identidad, culminando en la “muerte del hombre”, transhumanismo, y realidad virtual, la liberación de fuerzas sub-individuales de la identidad individual y – a través de híbridos y cyborgs – de los límites de la humanidad misma. Esto, probablemente, es el último final del ciclo y la culminación del nihilismo moderno. Humanidad, razón, e identidad individual, que originalmente marcaron el horizonte del proyecto moderno de “emancipación”, finalmente se convierten en límites que deben ser superados, para así alcanzar la total, perversa polimorfa, “esquizofrénica” y “acéfala” liberación del deseo y “otredad”.

En otras palabras, la libertad es un principio de caos, una entrópica fuerza corrosiva que destruye al liberalismo desde el interior. El momento en que el Liberalismo supera a todos sus adversarios políticos, debe ser protegido del poder que él mismo desató. El individuo ya no puede “liderar” las fuerzas destructivas liberadas por la modernidad. La modernidad entra en su fase crítica, la postmodernidad. El lugar del individuo es evacuado, un nuevo espacio es despejado, nuevas posibilidades son abiertas, una nueva pregunta toma forma: la pregunta por el sujeto de la cuarta teoría política. La cuarta teoría política emerge en el momento en que los “sujetos” de las anteriores tres teorías políticas son disueltos. El individuo se revela ser, en su esencia, el vacío central, una nada. El nuevo sujeto será el nuevo centro que será capaz de funcionar como un punto de orientación. El sujeto de la cuarta teoría política debe ser capaz de responder al desafío de liderar las potencialidades creativas no-realizadas que quedan en el Liberalismo, pero también en el Comunismo y Fascismo. Los restantes representantes del Fascismo y Comunismo, cree Dugin, son incapaces de hacerlo, atrapados como están en actitudes reactivas de resentimiento, nostalgia retrospectiva, e inercia.

Dugin sobre Etnicidad vs. Raza

Artículo publicado originalmente como “Dugin on Ethnicity vs Race”, por Giuliano Adriano Malvicini, en Counter-Currents. Traducción por A. Garrido.

Ya que el Liberalismo, como una ideología fundada sobre los derechos del individuo, llama por la “liberación de todas las formas de identidad colectiva en general, [y por lo tanto es] completamente incompatible con el ethnos y el etnocentrismo, y es una expresión de un teóricamente sistemático y tecnológico etnocidio”, el “etnocentrismo” y la afirmación positiva de la identidad “étnica” son vistas por Dugin como una potencial base para la resistencia al Liberalismo. Por esto él argumenta que el “etnocentrismo” puede ser visto como un componente positivo del Nacionalsocialismo, si es neutralizado purgándolo de cualquier connotación racial o nacional.

 

La noción de Dugin de “ethnos” no tiene nada que ver con la raza – él deja muy claro que es un concepto puramente cultural, lingüístico y sociológico sin base biológica. Como podremos ver, el concepto de Dugin de “etnocentrismo”, que él dice es derivado del sociólogo alemán Wilhelm Mühlmann (quien, sin embargo, fue un nacionalsocialista y racialista convencido – en el sentido de que aceptó la realidad biológica de la raza como un factor en la génesis de las culturas), difiere del significado comúnmente aceptado de este término.

 

En cuanto al concepto de “ethnos” en sí, en La Cuarta Teoría Política él sólo lo toca de pasada, definiéndolo como “una comunidad de lenguaje, creencia religiosa, vida diaria, e intercambio de recursos y metas”. Sin embargo, él lo desarrolla mucho más completamente en una serie de conferencias sobre “etno-sociología” (un término que significa lo mismo antropología cultural o social, etnología o antropología estructural), que puede ser visto en Youtube. Esta serie de conferencias clarifica lo que Dugin realmente quiere decir con el término ethnos. Éste también presenta categorías de pensamiento características de sociedades arcaicas no-occidentales, que son presentadas como parte del proyecto de Dugin para encontrar una alternativa al destructivo y nihilista “logos occidental”.

La primera parte del trayecto de Dugin es una visión general muy resumida de diferentes escuelas nacionales de antropología social, que él ve como una importante disciplina periférica que tiene el potencial para desafiar y subvertir la hegemonía occidental cultural (i.e. “racismo” occidental). Aquellos familiarizados con el trabajo de Kevin MacDonald y su libro The Culture of Critique serán golpeados por la muy positiva evaluación de Dugin de figuras como el antropólogo judío-americano Franz Boas, quien es famoso por haber intentado desacreditar el concepto de raza.

 

Dugin está especialmente interesado en la escuela francesa de antropología estructural, fundada por el antropólogo judío-francés Claude Lévi-Strauss, quien fue estudiante del lingüista judío-ruso Roman Jakobson. Esta conexión es importante para Dugin, ya que Jakobson no sólo fue uno de los fundadores del la escuela estructuralista en la lingüística, sino que también un eurasianista. La antropología estructuralista es también un vínculo importante entre el estudio de formas pre-modernas de racionalidad y el pensamiento postestructuralista, y entre el pensamiento conservador “holista” y el relativismo postmoderno. El método estructuralista – viendo a la cultura como un sistema de relaciones sincrónicas – es asimilado por Dugin a la visión holística orgánica de la sociedad, característica de pensadores conservadores.  Dugin también dice que su concepto de “ethnos” está basado en el trabajo del etnólogo ruso Sergey Shirokogorov, quien estudió las tribus arcaicas que viven en la tundra siberiana. El trabajo de Shirokogorov también funciona como un vínculo entre el concepto de “ethnos” y la ideología política del Eurasianismo.

 

Dugin ha propuesto al “ethnos” y a la “civilización” como posibles sujetos de la “cuarta teoría política”. Para Dugin, el “ethnos” y no el individuo, es el “átomo” social (la más simple, más básica forma de ser social). El “ethnos”, sin embargo, sólo es encarnado completamente por sociedades cazadoras-recolectoras primitivas y sociedades agrarias neolíticas. Nuevamente, el ethnos no es un grupo racial. La esencia del “ethnos”, como Dugin define el término, no es un hecho biológico, sino que una estructura social, simbólica y lingüística. Él siempre es cuidadoso en enfatizar que el ethnos es un fenómeno cultural, no definido por relaciones de sangre o raza. Es similar al concepto fenomenológico de un mundo vital “pre-lógico” (Lebenswelt). El “mundo vital” es un horizonte de entendimiento compartido de la comunidad. La noción de mundo vital permite a Dugin vincular el concepto de “ethnos” al concepto de Dasein de Heidegger como ser-en-el-mundo. Esto es importante porque el Dasein se supone que es el “sujeto” de la cuarta teoría política. El ethnos, entonces, es aparentemente una forma en que el Dasein existe.

 

Aunque la noción de ethnos sólo es completamente aplicable a sociedades arcaicas, continúa existiendo como un sustrato residual en la sociedades modernas, en la forma de los intemporales símbolos y arquetipos del inconsciente colectivo. En las sociedades modernas, el mundo vital étnico se ha desintegrado y la sociedad cada vez más ha involucionado en un sistema económico gobernado por una racionalidad tecnológica puramente instrumental. Tomando al ethnos como paradigma de interpretación, es establecido como el tipo “normal” de sociedad, y la sociedad moderna es vista como una desviación de, o una distorsión del estándar original. Los métodos de la antropología social, desarrollados específicamente para el estudio de sociedades primitivas, pueden por lo tanto ser usados como una herramienta crítica en la interpretación de las sociedades modernas – algo ya intentado por figuras postmodernas como Jean Baudrillard. Las no-individualistas y no-utilitarias economías del don de las sociedades primitivas, basadas en el intercambio simbólico, son incluso presentadas, aunque en términos excesivamente vagos y generales, como la posible base de un sistema económico alternativo.

 

El ethnos en sí mismo no puede ser propiamente entendido usando métodos históricos. Esto es porque las sociedades primitivas arcaicas son ahistóricas, o prehistóricas. Ellas carecen de registros escritos. Ellas viven en un tiempo mítico en lugar de un tiempo histórico – tiempo mítico en el sentido de Mircea Eliade, el tiempo del eterno retorno a lo mismo. El ethnos (sociedad primitiva) no es una comunidad histórica sino que una estructura social que se reproduce a sí misma indefinidamente. Esto significa que debe ser estudiado usando los métodos del estructuralismo, que fueron inicialmente desarrollados dentro de los campos de la lingüística pero después aplicados a las ciencias sociales. Los estructuralistas ven a las sociedades primitivas como sistemas de oposiciones simbólicas que deben ser estudiados holística y sincrónicamente, como un lenguaje. No pueden ser interpretadas adecuadamente en términos causales, ya sea como resultado de evolución biológica (Dugin rechaza las interpretaciones evolucionistas de la cultura por estar contaminadas por la “racista” doctrina moderna del progreso) o surgiendo de procesos históricos. El ethnos es simplemente un supuesto fenomenológico. Aunque frecuentemente parece ser una construcción puramente teórica y artificial, Dugin insiste en que está empíricamente validado por estudios etnológicos de sociedades arcaicas.

 

En lugar de términos históricos, el ethnos debe ser interpretado en términos espaciales (sincrónicos). La estructura espacial del ethnos, sin embargo, es primero que todo una expresión del paisaje específico en que éste habita. El paisaje no debería ser entendido en términos simplemente materiales o naturalistas. El paisaje del ethnos es un paisaje sagrado. No es solamente un entorno natural de un grupo tribal, sino que el espacio mítico, simbólico en el que el entorno natural está inscrito. El concepto de “naturaleza”, incluso en su forma romántica anti-moderna, ya presupone la separación del hombre y alienación del cosmos como totalidad primordial. El mundo del hombre primitivo e inocente, del ethnos, es un todo anterior a las oposiciones como artificial y natural, sujeto y objeto, simbólico y real, lenguaje y cosas, pensamiento y experiencia, el individuo y la sociedad (y en este sentido, comparte características con el mundo postmoderno, en el que los vínculos entre lo virtual y lo real, lo natural y lo tecnológico, son borrados).

Lo que Heidegger llama “un mundo” es un espacio de posibilidades en lugar de una colección de objetos observados desde afuera. No hay existencia independiente, sujeto trascendental que posteriormente cruza en el mundo, ni mundo objetivo que enfrente a una individuo abstracto separado. Ser-en-el-mundo viene primero, y el sujeto y su “información-sensible” sólo se abstraen de él. La oposición filosófica de sujeto y objeto oculta la unidad primordial de ser-en-el-mundo, que es irreductible a la relación sujeto-objeto. El ser-en-el-mundo concreto es estudiado fenomenológicamente, descubriendo su estructura temporal y espacial.

 

La polaridad fundamental del ethnos no está entre el sujeto y el objeto, sino que entre lo sagrado y lo profano. La polaridad entre lo sagrado y lo profano corresponde con la polaridad entre lo excepcional y lo normal. Lo profano es lo normal, y lo sagrado es una crisis en el curso normal de los eventos – una excepción que suspende la oposición que estructura la realidad social, trascendiéndolas y trazando sus límites. Lo sagrado es tanto peligroso como salvífico (“Wo aber Gefahr ist, wächst/Das Rettende auch” – Hölderlin). Lo sagrado marca los límites incruzables de la vida comunitaria – incruzable en la medida que aquel que lo cruza, deja de ser parte de la comunidad, o se convierte a otra. Lo sagrado es un paradigma común a la naturaleza y la sociedad designando al todo primordial que las trasciende e incluye. Lo sagrado es la base de las normas en el sentido de que es un límite que une y reúne a todas las regiones separadas del mundo, determinado sus “medidas”. La dimensión de lo sagrado probablemente pertenece a la estructura del Ser en sí mismo, por lo que nunca puede ser completamente eliminado, incluso en la más secularizada de las sociedades modernas – sólo puede ser desplazada y distorsionada.

 

El espacio del ethnos se estructura por la relación entre un centro sagrado (polo) y un margen profano. Aquí, Dugin parece inspirarse en el trabajo de Mircea Eliade sobre el simbolismo del centro. De acuerdo con Eliade, el espacio sagrado está basado, orientado y ordenado en torno a un punto central marcado por la “hierofanía”: una revelación de lo sagrado. El centro es simbólicamente designado por la erección de un axis mundi, un eje que conecta las varias dimensiones o regiones del cosmos. El espacio, entonces, no es homogéneo, sino que diferenciado por un central eje sagrado vertical o núcleo, y una periferia horizontal profana o margen. Las cosmogonías tradicionales frecuentemente describen al cosmos como creciendo desde un punto central. Como Eliade lo define, el centro es cualquier punto en el cual un movimiento vertical entre diferentes planos ontológicos o regiones cósmicas – entre espacio profano y sagrado, entre cielo y tierra, dioses y mortales, el reino de los vivos y de los muertos – pueda ocurrir. Es el polo, el pilar mundial, la montaña sagrada – Yggdrasil, Olympus, Meru, Irminsul. Escalar la montaña, un árbol o pilar cósmico es un pasaje de un plano a otro. Yggdrasil conecta los nueve mundos entre sí y hace posible viajar entre ellos. El centro sagrado es también la columna vertebral de yogi, el polo sacrificial védico, el tótem, un lingam, o un árbol sagrado. Es el símbolo de reunión de la cruz cristiana. Es el altar sobre el cual la muerte sacrificial redentora de Cristo es recreada. Iglesias y templos son orientadas alrededor de la centralidad del altar. Una piedra angular o la columna central de un edificio es otra encarnación del centro sagrado. El eje une dentro de si mismo el simbolismo de trascendencia y de fundación. Es la columna que apoya la “casa del Ser”. El centro hace posible para el hombre habitar en el mundo (la palabra inglesa “home” es un cognado de la palabra del Viejo Nórdico heimr, “mundo”), es el polo que reúne, unifica, y ordena al cosmos. De acuerdo a Eliade, su contraparte “temporal” es el sol en su cenit – que para Nietzsche era un símbolo de revelación de la unidad de Ser y convertirse en eterna recurrencia cósmica.

Mientras las sociedades modernas giran en torno al polo del “sagrado” individuo inviolable, cada ethnos es reunido alrededor de un eje sagrado no-individual. El ethnos se ve a sí mismo viviendo cerca del centro sagrado del mundo. Es la proximidad a este punto de origen, esta fuente de poder y polo de atracción que arraiga al ethnos en un paisaje. No está definido primeramente por fronteras – por la exclusión de un “otro”, un enemigo – sino por la atracción centrípeta de un polo de trascendencia.

 

Cada civilización, mientras abarca varias etnias, también está organizada alrededor de un polo, que probablemente forma uno de los polos de la multipolaridad. Dugin dice que el símbolo del Eurasianismo, ocho flechas irradiando desde un punto central, es un símbolo del “ethno-centro”, un polo sagrado. Las flechas irradiantes no son sólo un símbolo de ambiciones rusas de expansión imperial. También simbolizan el origen de la Tradición en el Heartland eurasiático, y su subsecuente difusión a lo largo del resto del mundo. Dugin afirma que “excavaciones en Siberia oriental y Mongolia prueban que exactamente aquí estuvieron las más antiguos centros de civilización”. Finalmente, y agregando un toque posmoderno, el símbolo del Eurasianismo es también una “caosfera”, un símbolo de caos inventado por el autor británico de ciencia ficción y fantasía Michael Moorcock en su novela de 1970 The Eternal Champion. Esto es probablemente una alusión al “logo caótico” de Dugin, y tal vez también para el “anarquismo de derecha” y su concepción del “anarco” soberano.

 

Cada ethnos es un “logos”. Como Heidegger famosamente señaló, la palabra griega logos (discurso) está relacionada con el verbo legein, un término agrario que significa “reunión”, “cosecha” (el ethnos, recuerde, es una sociedad cazadora-recolectora o agraria arcaica). El logos reúne junto todo lo que ha sido hecho distinto al ser nombrado, incluyendo a los muertos y a los dioses, en un único espacio o “lugar” (Ort). En este sentido, el lenguaje es la “casa del Ser”. Es un ordenamiento de espacio y tiempo, inscribiendo al paisaje y al ciclo de las estaciones en sí mismo por medio de un calendario, un mapa y una taxonomía. Espacio, tiempo, hombre y naturaleza están reunidos en una única, permanente e idéntica figura: un mundo. Dugin identifica a esta figura con el ethnos, que se esfuerza por conservar y reproducirse a sí mismo como un mundo, pero no como una entidad biológica (aunque él no deja claro por qué la conservación biológica de la raza no es una parte necesaria de la conservación del ethnos como mundo). Él también identifica al ethnos con un lenguaje específico.

 

Ya que cada ethnos es un “logos” – en el sentido de una estructura de lenguaje, de pensamiento, y de relaciones sociales – esto se convierte en la base para un tipo de de relativismo cultural y lingüístico. No hay sólo una razón universal de la Ilustración occidental.  Existen muchas diferentes “racionalidades” válidas (aunque “razón”, “racionalidad”, y “lógica” ya son desviaciones del significado original de “logos”). La cuarta teoría política rechaza “la hegemonía epistemológica” de Occidente. Las concepciones occidentales de razón, ilustración y “emancipación” no son la meta universal hacia la que la “humanidad” conciente o inconcientemente se está esforzando, con las diferencias étnicas y culturales vistas como meros obstáculos particulares para ser superados en el camino. La dominancia de la forma occidental de racionalidad tiende a excluir todas las otras formas de racionalidad y negar su legitimidad. Dugin, como otros postmodernistas, quiere relativizar el logos occidental como sólo uno de muchos logoi posibles, sin ninguna pretensión a un estatus privilegiado. La relación entre estos logoi es no-jerárquica, anárquica, y pluralista. En la medida que un sujeto es un tipo de racionalidad, existen muchos diferentes tipos de sujetos – no sólo la moderna, occidental e ilustrada versión de la humanidad, definida por la racionalidad occidental. En otras palabras, Dugin reitera las críticas postmodernas a la cultura occidental, todas las cuales son familiares ad nauseam para cualquiera que haya asistido a una universidad occidental. La hegemonía política global de occidente está fundada en la hegemonía de la razón occidental. La racionalidad occidental (racionalidad tecnológica) no sólo permitió al hombre occidental subyugar si entorno natural, le permitió a occidente subyugar al resto del mundo. Forzó a otros pueblos a elegir entre adoptar el modelo occidental ellos mismos, o permanecer sujetos coloniales de Occidente.

 

De acuerdo a la ideología de la Ilustración, la razón es universal, y es la característica definitoria de la naturaleza humana universal, del hombre como animal rationale. La razón es lo que todos los seres humanos tienen en común, una norma común sobre la base de la cual los conflictos pueden ser neutralizados y meditados, y el mundo finalmente armonizado. Este es el telos – la meta y el punto final – de la historia, y el sendero hacia su ilustración universal progresiva, superando gradualmente los demonios oscuros y espectros del mito y la irracionalidad, y en el proceso, uniendo a la humanidad. Cuando esta meta y punto final ideal es alcanzado, el conflicto, y por lo tanto la política en cualquier sentido real, cesará de existir.

El enfoque de la cosmovisión multipolar no está sobre la razón universal, sino que sobre el específico mundo de cada ethnos, que es anterior a la separación entre razón e intuición, logos y mito. Cada ethnos se identifica a sí mismo con el mundo (el cosmos), o por lo menos se ve a sí mismos como el centro del mundo, en la medida que cree que habita en la proximidad del “centro sagrado”. El ethnos es una sociedad arraigada en espacio-tiempo mítico, una geografía sagrada.

 

Fuera del cosmos del ethnos, existe sólo un caos elemental, un abismo, el residuo de la creación. El caos no puede ser eliminado, sólo mantenido a raya y circunscrito por un límite. El caos no puede manifestase a sí mismo directamente. Sólo puede manifestarse mediante la adopción de una figura paradójica de la forma: enmascarándose como una “nada que es”. Se apodera o tomar posesión de un individuo, quien entonces se convierte en su recipiente y personificación (como en el caso de la posesión chamánica, o la figura totémica representando al fundador de la tribu). Allí, las fuerzas anónimas del “exterior” están socializadas y pueden dirigir a la comunidad, tomando en la personae (la “máscara”) de demonios, espíritus o dioses. A través de esta personificación, lo sagrado se convierte en un “sujeto” que puede participar en intercambio simbólico con la comunidad. El chamán o curandero es la figura central de la sociedad tribal o “étnica”, quien comunica y media entre el ethnos y el más allá – el sagrado reino de los muertos, demonios, o dioses. El chamán es tanto una figura liminal como “conservadora”, un guardián que trabaja para conservar el orden cósmico, librando guerra contra demonios y espíritus malignos del exterior caótico. Su trabajo consiste en tratar con varias crisis que el ethnos y sus miembros atraviesan periódicamente. El chamán no sólo cura individuos en la tribu, sino que sobre todo cura a la tribu misma y al cosmos, haciendo un todo, restaurando el orden cósmico fundado sobre límites sagrados. Él o ella lo hace pasando de un plano ontológico a otro, escalando el axis mundi, el pilar, montaña o árbol-mundial sagrado.

 

Eliade creía que el chamanismo se originó en Eurasia. Eliade también ve al chamán como un tipo de proto-soberano, en el sentido de que él es capaz de obligar y desobligar mágicamente. Él ocupa una posición “liminal” – dirigiendo a las crisis dentro del orden normal de la tribu y el cosmos, pero haciéndolo en la medida en que se comunica con el peligroso caótico exterior. Él posee rasgos similares a aquellos que de acuerdo a Carl Schmitt definen a la soberanía – el poder de suspender o transgredir el orden normativo, no para destruirlo, sino que para reafirmarlo, para preservarlo de la disolución y el caos.

 

El chamán representa la primordial lucha o conflicto permanente, la actividad y dinamismo que subraya la estructura estática del ethnos. La dinámica del ethnos, sin embargo, es opuesta a lo nuevo. Éste ve todo cambio como una crisis, como entropía, erosionando la estabilidad del cosmos. El ethnos es inherentemente conservador y anti-histórico, en el sentido de que el sólo propósito de su actividad es mantener la homeostasis. Trabaja para mantener su identidad consigo. Su principal preocupación es su auto-reproducción (otra vez, esto no es en el sentido de la preservación biológica y auto-reproducción de la raza). Al reproducirse a sí mismo, el ethnos ritualmente restaura y mantiene el orden y equilibrio del cosmos y el flujo de su economía circular. Su existencia está centrada en el ciclo de las estaciones, de sembrar y cosechar, parto y muerte. El tiempo del ethnos, por tanto, no es lineal e irreversible (histórico), sino que recurrente, circular y reversible. Usando la terminología de Armin Mohler, podríamos también llamar al ininterrumpido, holístico tiempo-espacio del ethnos, una “esfera” (“kugel”).  Es el todo que aún no ha sido dividido en los dualismos del tiempo y la eternidad, materia y espíritu, hombre y naturaleza, individuo y sociedad, etc.

 

Ya que el tiempo del ethnos es el eterno retorno a lo mismo, la muerte misma no es un acontecimiento irreversible. El alma de los ancestros retorna en sus descendientes. El individuo como un ser mortal históricamente único, no existe. Los niños son asimilados en la tribu mediante iniciación. Cuando son iniciados en la adultez, se convierten en reencarnaciones de sus ancestros. La “persona” existe sólo como un tipo de máscara, una personificación de los muertos. La individualidad no tiene significado positivo para el ethnos. En este sentido, el ethnos es a la inversa de la sociedad moderna, en la cual el individuo es incentivado a definirse a sí mismo en oposición al a comunidad. En lugar del individuo, es el ethnos como un todo el que es la unidad normativa, “el hombre”. En otras palabras, podría ser visto como un tipo de “sujeto”.

 

A este punto, sin embargo, se vuelve poco claro qué puede tener esto que ver con el Dasein, ya que el Dasein es definido precisamente por su historicidad, finitud, y mortalidad. Para Heidegger, los hombres son, en su más profunda y fundamental esencia, mortales. La mortalidad del Dasein es primordial, no la consecuencia de la pérdida de la fe del moderno hombre occidental, del materialismo o del nihilismo. En un sentido, la esencia del hombre – Dasein – es finitud, y para Heidegger es crucial que la finitud no sea simplemente una característica humana, sino que parte de la esencia del Ser mismo. El Dasein, como finitud, pertenece a la estructura del Ser mismo, por lo que la pregunta por el Dasein es necesariamente un paso en la aproximación a la pregunta del Ser. Heidegger elabora su concepto de Dasein no como una antropología filosófica, sino que como una parte de su proyecto ontológico. Dugin habla sobre el Dasein pero relativiza el término, reduciéndolo a un concepto antropológico y separándolo de la pregunta del Ser. Al hacer esto, Dugin efectivamente vacía al término de significado.

 

Como una consecuencia, Dugin falla en entender que para Heidegger, la esencia del nihilismo como el olvido del Ser tampoco no es simplemente un error humano – y mucho menos un error de sólo la humanidad occidental – sino que la esencia de auto-ocultamiento del Ser mismo. La esencia del nihilismo para nada no es algo “creado” por seres humanos. Además, sólo el nihilismo plenamente efectivo que coincide con el fin de la metafísica occidental y el dominio planetario de la tecnología moderna abre la posibilidad de una formulación más auténtica de la pregunta del Ser. Contrario a lo que los tradicionalistas creen, el nihilismo no puede ser superado mediante un retorno a la metafísica, ya que el nihilismo es en sí mismo la realización final de la metafísica. La esencia de la metafísica es el movimiento de la trascendencia (übersteigen) de los seres por Ser.

 

Heidegger deja claro que no cree que el nihilismo pueda superado simplemente recurriendo a tradiciones orientales. Él escribió: “Soy un convencido de que el cambio sólo puede ser preparado desde el mismo lugar en el mundo donde el moderno mundo tecnológico se originó. No puede ocurrir por la adopción de…experiencias orientales del mundo. La ayuda de la tradición europea y una nueva apropiación de esa tradición son necesarias por un cambio de pensamiento. El pensamiento sólo será transformado por un pensamiento que tenga el mismo origen y destino”. En este sentido, la posición de Heidegger es considerablemente más sofisticada que la de Dugin. Dugin en cambio cree que todo lo que necesitamos hacer para salir del “logocentrismo” masculino y nihilismo occidentales es “explorar otras culturas, en lugar de la occidental, para intentar encontrar diferentes ejemplos de filosofía inclusiva, religiones inclusivas, y a sí sucesivamente”.

 

La historicidad (Geschichtlichkeit) del Dasein está fundada sobre el irreversible e irrepetible evento (Geschehnis) que el Dasein en sí es. El Dasein no es sólo mortal, sino que también “natal” (gebürtig). La natalidad es la esencia de la historicidad Geschichtlichkeit). El nacimiento es un “evento” (Geschehnis) en el sentido de que ontológicamente, es un comienzo absoluto (aunque biológicamente, es por supuesto un evento natural, parte de un nexo de causas y efectos). El hombre tiene historia porque el hombre – en cuanto Dasein – es en sí historia, porque él es en sí un evento. La existencia auténtica es en sí historia, en el sentido de una crisis, una decisión, una discontinuidad, una ruptura en el tiempo.

 

La muerte, para Heidegger, no es simplemente un acontecimiento natural, una consecuencia del hecho de que nuestros cuerpos son parte del mundo natural y están condicionados por sus ciclos de crecimiento y entropía. Al contrario, la mortalidad del hombre lo separa (en cuanto Dasein) del reino natural. Ésta tiene el poder de arrancar al Dasein de los automatismos de relaciones sociales inauténticas, el comercio de la vida cotidiana y las imposturas de la falsa subjetividad. Heidegger llama a este sonambulismo, existencia inauténtica, “das Man”. Das Man no es responsable de su existencia. En cambio, él observa la existencia desde el exterior, como un tipo de espectáculo. Das Man nunca se siente “dirigido” por la muerte, que siempre le preocupa a “otra persona”. En un sentido, “el sujeto” – humanidad abstracta – es das Man – un libre ego flotante desprovisto de concreta, histórica y finita existencia. Ser-hacia-la-muerte, por otro lado, aísla al Dasein, lo libera y despierta de la existencia inauténtica. Ser-hacia-la-muerte es libertad en el sentido de que la relación del Dasein con la nada es una trascendencia, un movimiento que va más allá de la totalidad de todo lo que existe y puede existir. El Dasein es libre en una manera fundamentalmente diferente del “sujeto” de la filosofía idealista, un sujeto que es libre porque está incondicionado. La finitud es para Heidegger no sólo un  contingente, naturalmente presupuesto límite a la libertad, poder, y vida. La finitud de Heidegger es ontológica, no natural. En este sentido, su pensamiento difiere fundamentalmente del Tradicionalismo, que ve a la mortalidad caracterizando la inferior, física y natural existencia. La mortalidad del Dasein no es “natural”. Es completamente diferente de la mortalidad de un animal. La finitud del Dasein, ser-hacia-la-muerte, es una libertad y una “trascendencia” en el sentido de “ir más allá”. Pero la “trascendencia” del Dasein no es la trascendencia de un sujeto suspendido sobre una concreta existencia, o de un ser inmortal.

El límite que aísla, abre, y libera al Dasein no es simplemente negativo o privativo, sino que positivo y activo – activo en el sentido de un poder, un movimiento de trascendencia que es también una decisión y una ruptura en el tiempo. El límite señala más allá de sí mismo, a lo que trasciende, vence, o “supera”. Por eso es que la individualidad del auténtico Dasein no debería ser malentendida como la libertad arbitraria del existencialismo, o el egoísmo hedonista del individualismo liberal. La finitud del Dasein se da significado sólo como un problema, una pregunta, una responsabilidad. Sólo como responsabilidad la existencia humana tiene significado, sólo como responsabilidad trasciende a sí misma. La libertad auténtica del Dasein tampoco es una libertad incondicionada del tiempo y la historia, sino que es historicidad misma (Geschichtlichkeit) como un evento (Geschehnis).

 

Heidegger vería la historicidad del primitivo, tribal Dasein sólo existiendo como algo  sin desarrollar o pre-consciente. Sólo el hombre occidental tiene una experiencia más profunda de la esencia fundamentalmente histórica del Dasein como un evento (Geschehnis), que corresponde a Ser como un evento (Ereignis).  Sin embargo, esta experiencia ha permanecido impensada y filosóficamente no elaborada, porque el pensamiento ha permanecido atrapado por las categorías de la metafísica, subjetivismo y humanismo cristiano. Dugin, sin embargo, intenta relativizar la noción de Heidegger s sobre el Dasein, afirmando que sólo se aplica a los europeos occidentales, Al hacerlo, sin embargo, Dugin se muestra más relativista postmoderno que heideggeriano. Dando completa prioridad ontológica al lenguaje, él hace al concepto de Dasein sea efectivamente sin sentido. Para Heidegger, el hombre no existe como Dasein porque tenga un lenguaje, sino que tiene un lenguaje porque existe como Dasein. En otras palabras, el hombre no tiene una relación con el Ser porque tenga un lenguaje, sino que tiene un lenguaje porque la esencia del hombre es Dasein, y Dasein es una relación con (o responsabilidad por) el Ser. El Dasein es ontológicamente anterior al lenguaje y a la vida social. La estructura existencial del Dasein no puede en sí ser determinada por la estructura del lenguaje y la sociedad. La posición de Heidegger es en un sentido absolutamente opuesta a la del relativismo, que hace a la realidad – incluyendo al hombre mismo – completamente una creación del hombre. Sin decir que también se opone al comunismo, que interpreta la emancipación de la humanidad como una auto-producción del hombre.

 

Ya que el ethnos, de acuerdo a Dugin, no conoce el histórico tiempo irreversible – sólo el tiempo cíclico, el eterno retorno a lo mismo – es inherentemente opuesto no sólo a todo lo nuevo, sino que a todas las formas de acumulación. El ethnos destruye ritualmente (sacrifica) los recursos acumulados que podrían poner en peligro su homeostasis y equilibrio simbólico. No sólo un déficit, sino que también un exceso de producción es visto como peligroso y problemático. En este sentido, su economía es anticapitalista. Interrumpe constantemente el tiempo lineal de la acumulación. La acumulación es vista como un tipo de “culpa”, como una deuda a los dioses que puede ser pagada. El ethnos se esfuerza por conservar un equilibrio social y cósmico, así como un equilibrio entre la sociedad y la naturaleza. La sociedad es naturalizada y la naturaleza es socializada. Juntos forman un todo sagrado, una economía circular o “circuito”.

 

El ethnos, entonces, es una forma de primordial, comunismo prehistórico en que el trabajo es juego y el hombre vive en perfecta armonía con su entorno natural. Es un sonido ecológico, totalidad social armoniosa y cósmica, una edad dorada anterior a la caída del hombre en la historia, un paraíso en que la entrópica y destructiva fuerza del tiempo es derrotada, o por lo menos mantenida bajo control. El ethnos no conoce la tensión social de la jerarquía y estratificación, y no existe división del trabajo, excepto entre sexos. La relación entre sexos, sin embargo, es también equilibrada y no patriarcal. El espacio-tiempo del ethnos, como señalamos antes, es reversible, y funciona para sus relaciones sociales, también. No existen relaciones asimétricas, jerárquicas, sólo un equilibrio mantenido a través de intercambio simbólico. En otras palabras, el ethnos es una sociedad democrática e igualitaria (por lo menos a nivel simbólico). Como encarnación de la edad de oro, representa la perfección primordial del hombre. El hombre del ethnos, en otras palabras, es una suerte de salvaje noble (un concepto moderno, ¡si alguna vez hubo uno!) que puede ser opuesto a la decadencia de la sociedad occidental desde la revolución científica.

 

La restauración de esta unidad primordial, trayendo la historia lineal y la acumulación capitalista a un fin en un holocausto revolucionario, es según Dugin la inconciente, mítica y escatológica dimensión del comunismo. La revolución abole el tiempo lineal, que es identificado con entropía, acumulación y usura. Dugin aparentemente piensa que la violencia de las revoluciones comunistas debería ser interpretada como un tipo de destrucción sacrificial de la riqueza acumulada. La acumulación capitalista es un exceso que debe ser sacrificialmente destruido a través de la liquidación de la burguesía en cuanto clase.

 

La edad moderna es la edad de las revoluciones, pero como Jünger observó, la violencia de las revoluciones – incluyendo el Terror de la Revolución Francesa – podría ser interpretada como un retorno de las fuerzas elementales reprimidas bajo la máscara de la modernidad ilustrada. Así como los dioses, espíritus, y demonios se comunican con la tribu personificándose en el chamán, el caos elemental se muestra bajo la máscara, la “persona” del moderno, supuestamente racional, y revolucionario sujeto. Por esto es que para Dugin, el único problema real con el comunismo fue que falló en entenderse a sí mismo. Su auto-interpretación, su “círculo hermenéutico” debe ser destrozado. El comunismo cometió un error considerado al sujeto político. Éste vio a la clase, en lugar de al arcaico ethnos, como sujeto. Vistió la máscara de una ideología moderna, progresista y secular. Por esto es que los marxistas no pudieron entender por qué las revoluciones comunistas tuvieron lugar en agrarias sociedades subdesarrolladas, y no, como Marx había predicho, en sociedades industrialmente desarrolladas como Alemania.

 

El comunismo auténtico, Dugin argumenta, es el “nacional comunismo” (representado por Stalin, por ejemplo), o comunismo agrario (representado por Pol Pot). El “Nacional comunismo” (o “nacional gauchismo”, como Dugin también lo llama) es interpretado como una revuelta contra el mundo moderno occidental, una revuelta arraigada en las tradiciones étnicas locales. El Nacional comunismo es un híbrido de la racionalidad occidental del Marxismo, y la fuerza movilizadora de los mitos étnicos no-occidentales. Dugin señala al carácter “nacional comunista” de las revoluciones marxistas exitosas, reconociendo elementos nacionalistas como factor y virtud determinantes, proveyendo a estas revoluciones con éxito y estabilidad mediante historias nacionales arcaicas de la movilización del Marxismo como mito escatológico nacionalmente interpretado” (The Fourth Political Theory, p. 128).   El “Nacional comunismo”, Dugin nos dice, “rigió en URSS, China comunista, Corea del Norte, Vietnam, Albania, Camboya, y también en muchos movimientos comunistas del Tercer Mundo, desde el Chiapas mexicano y el Sendero Luminoso peruano hasta el Partido de los Trabajadores Kurdos y el socialismo islámico (p. 128). En el nacional comunismo/gauchismo, el Marxismo funciona como un marco filosófico universal que permite movimientos nacionales – locales por su naturaleza – comunicarse entre sí e “incluso reivindicar amplitud universal y planetaria; transformando, gracias a la racionalidad socialista calentada por el nacionalismo, en un proyecto mesiánico” (p. 130). En su opinión, “el Nacional gauchismo” pudo ciertamente tener un futuro global, en la medida que entre muchos segmentos de la humanidad las energías arcaica, étnicas y religiosas están lejos de haberse agotado, lo que puede decirse de los ciudadanos del occidente moderno, ilustrado y racional” (p. 131). En realidad, la masiva inmigración no-blanca a occidente, atraída por su “paraíso” terrenal o “edad dorada” de riqueza material, tolerancia religiosa, modernidad, y sistemas de bienestar social generosos, hace tiempo que dejó claro que los pueblos no-blancos no son los sujetos de una revuelta contra la dominación global de las fuerzas subversivas, sino que simplemente uno de los instrumentos de una globalista, colectivista y etnocida revolución antropológica.

 

Dugin parece equiparar al Occidente blanco con la burguesía, y a los pueblos no-blancos (o rusos en la medida que son “no completamente blancos”) con el sujeto revolucionario. Él cree que la primera revolución comunista exitosa tuvo lugar en Rusia porque el “ethnos” había retenido más de su vitalidad primitiva allí que en el Occidente moderno (recuerde, Dugin ve a los rusos como no-blancos, una mezcla de sangre eslava, turca y mongola). Su concepto del ethnos le permite interpretar el atraso de Rusia como un rasgo positivo, en lugar de una fuente de vergüenza. Se hace obvio que el chauvinismo ruso de Dugin es una sobrecompensación para lo que realmente es un complejo de inferioridad. El atraso de Rusia es interpretado como la prueba de que se ha protegido exitosamente de la infección de los “males” de la modernidad occidental. La revolución comunista fue en su esencia una revuelta del eurasiático ethnos ruso contra las elites de orientación occidental. El bolchevismo fue una re-asiatización de Rusia. En lugar de tomar a Occidente como una norma, lo que sólo puede conducir a devaluar la historia de Rusia y otras naciones no-occidentales como marginales y atrasadas, Dugin quiere revertir la relación, restaurando Eurasia a la dignidad de ser el “centro sagrado” y marginalizar a Occidente a su “profana periferia”.

 

Dugin asigna un rol mesiánico central a Rusia análogo al rol mesiánico que los revolucionarios conservadores alemanes asignaron a Alemania como el centro sagrado o eje de Europa. Eurasia no es sólo un lugar de las grandes decisiones geopolíticas de nuestro tiempo, es un centro sagrado también en el sentido de un punto crucial de cruce, una intersección y mediador entre Oriente y Occidente, Europa y Asia. Un rol similar es asignado a Irán, Hungría y Turquía como mediadores eurasiáticos entre Oriente y Europa. Los eurasianistas se declaran cercanos al izquierdista Partido de los Trabajadores Turcos, y Turquía es vista por ellos como parte de Europa por razones puramente geopolíticas.

 

Uno de los asociados italianos de Dugin, Claudio Mutti, el mismo un converso al Islam, argumenta que la ocupación masiva del territorio alemán por inmigrantes turcos será un factor positivo a favorecer la integración de Turquía y Alemania en un imperio eurasiático común. Esto puede estar conectado con la idea de que los rusos son una fusión de sangre eslava y turca. O puede ser que aquí, como parece ser la regla para los eurasianistas, las consideraciones geográficas y geopolíticas toman completa prioridad sobre factores raciales, al punto de negar completamente a estos últimos.

 

Vemos las implicaciones de la concepción de Dugin sobre el ethnos no constituida por raza o por historia, sino que por un espacio. Aquí, por alguna razón, Dugin repentinamente no es un constructivista social. El determinismo geopolítico es sustituido por el determinismo materialista racial o histórico. Los factores geopolíticos son vistos como más decisivos que ambos factores raciales y económicos. El nacionalismo racial es rechazado como “utópico” o “reaccionario”. El tema de la raza no es visto como de decisiva importancia crítica – lo que es decisivo para los eurasianistas – lo que determina la distinción entre amigo y enemigo – es la lucha contra Occidente.

 

Esta completa precedencia dada al suelo a expensas de la sangre, hace la relevancia del Eurasianismo para los nacionalistas europeos hoy en día – para quienes la inmigración es la cuestión existencialmente decisiva – muy dudosa. La ocupación masiva del suelo europeo por inmigrantes africanos y de Medio Oriente no los hace europeos y nunca lo hará. Esto no es sólo porque carezcan de una relación profunda con el suelo y tradiciones europeas, sino que también porque son racialmente extranjeros. Negros y árabes en Europa pueden ser “occidentalizados”, pero eso sólo significa globalizados, esto es, americanizados. El homo americanus es el tipo “humano” normativo de la era postmoderna. La discusión de Evola sobre Estados Unidos al final de Revuelta Contra el Mundo Moderno sigue siendo válida: el individualismo estadounidense, desprovisto de cualquier punto de referencia trascendente, conduce fatalmente a un colectivismo y promiscuidad racial que son equivalentes espontáneos al colectivismo soviético.

 

Dugin intenta interpretar la visión profana y lineal visión de la historia del Marxismo en términos del cíclico tiempo mítico, volviendo la revolución política comunista a una revolución cósmica cíclica, un retorno a una utópica edad dorada. Así como él intenta traducir el tiempo histórico en tiempo mítico, él intenta traducir espacio geopolítico en geografía sagrada. En la maniquea y aburridamente propagandística narrativa de los eurasianistas, el Oriente es el paraíso (Edén) y el Occidente es el infierno.

 

La geografía sagrada sobre la base del “simbolismo del espacio” considera tradicionalmente al Oriente como la “tierra del espíritu”, la tierra del paraíso, la tierra de la completa abundancia, la tierra nativa sagrada en su más completo y perfecto tipo. El Occidente tiene el significado simbólico opuesto. Es el “país de la muerte”, el “mundo sin vida”…El Occidente es el “imperio del exilio”, “la fosa de los rechazados”, de acuerdo a la expresión de los místicos islámicos. El Occidente es el “anti-Oriente”, el país de…la decadencia, degradación, transición de lo manifiesto a lo no-manifiesto, de la vida a la muerte, de la plenitud a la necesidad, etc.

Por otra parte, el Occidente es un polo de atracción magnético atrayendo hacia sí los elementos decadentes.

A lo largo del eje Oriente- Occidente hubo pueblos y civilizaciones atraídos, poseyendo caracteres jerárquicos – cercanos al Oriente, cercanos a lo sacro, a la tradición, a la riqueza espiritual. Cercano a Occidente, aquellos de un más decaído, degradado y moribundo espíritu…

La geografía sagrada afirma unívocamente la ley del “espacio cualitativo”, en que el Oriente representa los simbólicos “ontológico más” y el Occidente el “ontológico menos”. De acuerdo a la tradición china, el Oriente es el Yang, el principio masculino, el brillante y solar, y el Occidente es el Yin, el principio femenino, oscuro y lunar”. “El Oriente geopolítico representa en sí la recta oposición al Occidente geopolítico… en lugar de “democracia” y “derecho humano” el Oriente gravita en torno al totalitarismo, socialismo y autoritarismo, i.e. en torno a varios tipos de regímenes sociales, cuya única característica común es que el centro de sus sistemas no es el “individuo”, “hombre” con sus “derechos” y sus peculiares “valores individuales”, sino que algo supra-individual, supra-humano – ya sea “sociedad”, “nación”, “pueblo”, “idea”, “cosmovisión”, “religión”, culto al líder”, etc. El Oriente opuso a la democracia liberal occidental los más variados tipos de sociedades no-liberales y no-individualistas – desde monarquía autoritaria hasta teocracia o socialismo. Por otra parte, desde un punto de vista puramente tipológico y geopolítico, la especificidad política de esto es que el régimen era secundario en comparación con la cualitativa división entre orden “occidental” (= “individualista – mercantil”) y el orden “oriental” (= “supra-individualista – basado en la fuerza”). Formas representativas de tal civilización anti-occidental fueron la URSS, la China comunista, Japón alrededor de 1945 o el Irán de Khomeini (“De la Geografía Sagrada a la Geopolítica”).

 

Aquí, Dugin se desvía completamente del tradicionalismo al confundir fuerza bruta con autoridad supra-individual, en lo que equivale a la inversión de la doctrina tradicional de la autoridad en una especie de culto a la fuerza material (‘might makes right’). Él también se desvía completamente del tradicionalismo al interpretar las formas comunistas de totalitarismo y colectivismo, así como el no-estratificado y no-jerárquico colectivismo de las sociedades primitivas, como “supra-individual” y trascendente. Evola, quien nunca defendió el totalitarismo (que consideró como un fenómeno terminal), vio al totalitarismo y al colectivismo como el opuesto de lo supra-individual y trascendente – como sub-personal y no-indiferenciado (ver Revuelta Contra el Mundo Moderno, capítulo 37).

 

Ernst Jünger, en su período Nacional Bolchevique/Nacional Revolucionario, creía que no sólo el individualismo burgués, sino que también la otra cara de la misma moneda, el colectivismo sin forma de las masas sería superado por el surgimiento de un nuevo “tipo” de hombre, al que él llamó “el Trabajador”, quien sería capaz de liderar las fuerzas movilizadas por la tecnología moderna. Pero Dugin simplemente adopta, revirtiéndolo, la liberal reducción de Popper del Fascismo y Comunismo a un solo término “totalitarismo”, reduciendo movimientos radicalmente heterogéneos a lo mismo, simplemente porque rechazan al Liberalismo. En este sentido, él realmente interpreta al Fascismo no tanto desde el punto de vista de la izquierda, como desde el punto de vista del Liberalismo.

Desde un punto de vista tradicional, por otra parte, el Nacionalismo, Fascismo y Nacionalsocialismo son fenómenos negativos en la medida que son colectivistas, esto es, en la medida que las fuerzas elementales de la raza permanecen en un nivel puramente material y humano, y no son purificadas a través de su integración con una dimensión espiritual. Análogamente, el rechazo tradicionalista del individualismo burgués no es el rechazo al valor del individuo como tal, sino que sólo de su desprendimiento de un punto de referencia trascendente y su reducción a un plano puramente humano y material.

El ethnos, entonces, no es lo que tradicionalistas como Evola llaman una solar sociedad tradicional. Por otra parte, dado que el ethnos es en su esencia ahistórico y carece de una relación con el otro, Dugin no ha clarificado suficientemente cómo puede ser un sujeto político e histórico. Tampoco es claro cómo Dugin propone unir el concepto Dasein de Heidegger como historicidad con la posición anti-histórica del tradicionalismo. Él ha, sin embargo, propuesto otro posible sujeto político e histórico: la civilización.

Dugin contra el Racismo

Giuliano Adriano Malvicini

La mayoría de los nacionalistas blancos son conscientes a este punto que Alexander Dugin no es uno de los nuestros. (más…)

Patriotismo/Nacionalismo o Identitarismo

Aarón Garrido

NextTime

La decimonónica y romántica (en sentido estricto) fórmula “Sangre & Suelo” representa bastante bien los principales factores que han intervenido en la génesis de las razas humanas. Por ejemplo, la raza blanca, como hoy la conocemos, existe gracias a la continuidad genética que permitieron los cruces intra-raciales (Sangre), pero también debido a que esto ocurrió por milenios en un contexto glaciar, que tuvo enorme influencia en su alimentación, desarrollo de aptitudes físicas, y adopción de una determinada ética. (más…)

Kratos en kratei

Francisco Javgzo

The apes in their cages surrounded by thorns
That are forcing us to live here

Sepultura, «From the past comes the storms«

Respecto a si en Chile se vive algún tipo de supremacismo, esto es, la vía iliberal donde un grupo humano se posiciona por sobre los demás (no necesariamente en desmedro del resto), la respuesta sería .

Ahora bien, si este supremacismo es de carácter racial, como bien podría pensar algún comunero mapuche al observar –desde lo rural– a la clase gobernante chilena, la respuesta sería no, debido a que si bien los gobernantes y la “plana mayor” de Chile corresponden a individuos de raza blanca, lo cierto es que la raza blanca está presente en todas las clases sociales (variando en las proporciones, claro), aun cuando los estrados medio y bajo no tengan mayor peso en la toma de decisiones de gran alcance, ni tampoco en sus organizaciones comunales (si es que éstas existiesen).

Aquí viene lo paradójico: los pilares del supremacismo en Chile descansan sobre una relación dialéctica entre liberalismo e iliberalismo, ya que es completamente iliberal (o anti-liberal) el posicionarse sobre otros e imponer la voluntad de un grupo por sobre la del resto (como ya hemos visto que hace el anti-liberal y autoritario Lobby LGBT), a la vez que la libertad para elegir el separatismo es propio del liberalismo.

La clase –digamos– dirigente, exhibe no sólo un sistema de cruzas e influencias que en nada ha variado desde el Renacimiento, sino que sencillamente se ha instaurado como un tipo de nobleza no-formal, pero no por ello menos real. En efecto, la facultad subyacente reivindicada por la clase dirigente de definir quien entra y quien no entra en sus círculos, es la misma capacidad que se le niega al resto de las personas de origen europeo en Chile, la misma capacidad que está bajo ataque bajo el bombardeo constante de la corrección política y sus sirvientes: los medios de comunicación masivos y el Estado.

Sin ningún tipo de reparo, han creado –de forma abstracta, claro– un país dentro del país, donde el país interior (el suyo) sobrevive a través de un uso sin remordimientos del sistema neoliberal del país exterior (la porquería que nos dejan para que nos callemos). Lo gracioso es que la estructura está diseñada para que el país multicultural exterior termine creyendo que necesita las migajas del país interior y, peor aún, creyendo que el país exterior es todo cuanto sus ojos ven.

Por ejemplo, a la lucha incansable (y hasta «nacionalista») por los recursos naturales presentes en Chile, se antepone un violento golpe de realidad: los recursos no sólo no pertenecen a las masas, sino que tampoco son necesarios para la subsistencia y, es más, la explotación de éstos va en desmedro de la sociedad y la naturaleza.

¿Alguien piensa que la explotación de litio puede que la levadura de la economía chilena se levante? Y si alguien piensa así, ¿puede alguien creer que se va a ver beneficiado en su individualidad gracias a la explotación de estos recursos? Actualmente, la minería en Chile, por conceptos de royalty, deja cifras que corresponden a las migajas de las migajas de las ganancias de la explotación minera, produciendo que esta misma explotación, con su inyección de recursos para un sector del país que no es mayoritario, provoca que el costo de la vida sea cada vez más alto, poniendo en peligro los trabajos más tradicionales, el desarrollo local y la pequeña y mediana empresa.

La supremacía iliberal se defiende, cínicamente, a través de argumentos liberales, obligando a aceptar la aplanadora de la estructura pública para proteger los intereses de privados (¿alguien podría explicar eso?). Mientras nadie vela por los particulares que día a día sufren por las alzas del metro, la misma estructura que se supone favorece la colectividad favorece a los privados (i.e., particulares) para que persigan a todos aquéllos que se las han ingeniado para sortear –de forma poco honesta, claro está– los callejones cuasi-monopólicos de los precios. Al mismo tiempo, y propio de la misma esquizofrenia, el Gobierno, como vil perro policía al servicio del país interior, lanza discursos por un país (exterior) mejor y más justo.

¿Dialéctica liberal/iliberal, o esquizofrenia interior/exterior?

El odio como manifestación de la inferioridad

Francisco Javgzo

El ser humano que se siente inferior siempre responde y se rige mediante el odio. El que se siente pobre y desdichado, direccionará sus frustraciones contra lo que considere enemigo, y se sumirá en un combate que supera la razón, mezclando un presente de resentimiento con respuestas instintivas y básicas de defensa, siendo el odio la dinamita de descompresión de la inferioridad.

El pobre odiará al rico porque lo culpará de su desgracia actual, el antisemita odiará al judío de una forma muy parecida a la del comunista, pues verá en él a la fuente de su desgracia. En algún lado, otros odiarán a los comunistas porque temerán a ser despojados de sus pertenencias.

El ser humano que se sienta por sobre otros, no tendrá odio, sino desprecio a lo que no considerará a su altura. Tanto odio como desprecio parten de una condición fundamental de desigualdad, aunque el primero está destinado desde abajo hacia arriba, y el segundo desde arriba hacia abajo.

El fracaso de los movimientos de masas que tratan de apostar a alternativas nacionalistas, patriotas o cualquiera que parte de una identificación nosotros/ellos, comienza desde el momento en que eligen fundamentos vacíos para justificar su existencia, dando más importancia al ellos que al nosotros. Por ejemplo, un movimiento que nazca a partir del odio contra extranjeros, perderá su razón de ser cuando los extranjeros se vayan, por lo que no se justificará su permanencia en el tiempo, porque, como movimiento, era un fin en sí mismo.

Ser anti algo en un clásico de las tendencias modernistas, y es esta misma condición la que hace que estas tendencias no tengan ni pies ni cabeza. En ese sentido, los grupos odiados tienen todo por ganar, puesto que al no estar sujetos ni justificados por el odio, su existencia tendrá una razón de ser mayor a la de los grupos de odio. Un grupo de extranjeros de una nacionalidad o comunidad determinada, bajo el ataque de los grupos de odio, reforzarán más los lazos que los unen, y darán mayor prioridad a eso que los une más que a eso que los separa, puesto que, para ellos, se vuelve una cuestión de supervivencia.

En los grupos bajo ataque, el odiar al que odia se vuelve menos importante que el amar al semejante, pues en la unión de estos estará la fortaleza que no se tiene como individuo, apostando a una especie de amor por lo propio: viendo reflejado el mismo rostro y los mismos valores en los miembros de la comunidad, el individuo extrapolará su instinto de supervivencia aún más allá de las fronteras del odio que exhiben sus enemigos.

La unión en el odio está condenada a fracasar, porque todo lo que tienen por defender del nosotros está en función de ellos y por lo que tienen por perder frente a ellos, mientras que ellos viven por ellos, y cada paso que avanzan sobre el nosotros es un paso que ganan para ellos, para nadie más.

Liberalismo: expectativa y realidad

Francisco Javgzo

After all, “liberal education” is not supposed to mean education by a bunch of dogmatic liberals who all think alike. Liberal education is an education that expands the horizons of students by exposing them to a variety of different viewpoints.

Greg Johnson, The Persecution of Kevin MacDonald

Poniéndome el parche antes de la herida, debo decir que no soy liberal, aunque eso no me impide reconocer algunas de las bondades que puede presentar el liberalismo, y es que el liberalismo, debido a su énfasis en la individualidad y el individualismo, debería proporcionar y garantizar un caldo de cultivo perfecto para toda libertad de pensamiento, donde no debería existir ninguna fuerza externa que manipule las libertades individuales.

Además, el liberalismo debiera garantizar el derecho inviolable a la libertad de expresión, pues no debiera existir ninguna macroestructura por sobre el individuo que le niegue a éste el libre ejercicio de la identificación y reivindicación de las ideas con las que se sienta cómodo.

De un país que fuera auténticamente liberal, deberíamos esperar que proliferaran en completa libertad todo tipo de alternativas y opciones, estén en pro de algo, o en contra de algo. De esta manera, cualquier iniciativa totalitaria, nazi, comunista, fascista, democrática, cristiana, atea, reggae, abortista, gay, reggaetonera, etc., podría tener sus facciones a favor como en contra, y todo con permiso garantizado y validado por la simple existencia de la libertad individual.

En Chile sabemos que no hay tal libertad.

Que el MOVILH pueda hacer de las suyas dentro del marco de la legalidad, expresarse y creer en lo que creen, es un ejemplo vivo de un país liberal. Que nadie pueda hacer nada, decir nada contra el MOVILH y que, inclusive, existan programas gubernamentales diseñados para cambiar la mentalidad de las personas para que defiendan lo que el Lobby LGBT quiere, es lo más anti-liberal y totalitario que puede haber.

Sintetizando un poco la idea, tenemos:

Expectativa del Liberalismo: sistema basado en la libertad del individuo para expresarse, asociarse, pensar, etc.

Realidad del Liberalismo: sistema basado en la libertad del individuo para expresarse, asociarse, pensar, etc. siempre y cuando sus ideas sean amigables con los valores de Izquierda.

Entonces, de lo que se supone que debe ser un sistema que materialice la Libertad como el bien más preciado, no nos queda más que una dictadura despótica cimentada sobre una batería de valores que son considerados como el bien. De esta manera, el espectro de la tolerancia se ve estrechado dentro de lo que se considera bueno, y todo lo que se considera malo, i.e., valores no amigables con la Izquierda, quedan proscritos, invisibilizados y sacados del marco de la legalidad.

Si alguien, luego de la noticia sobre Nicolás y sus dos papás reaccionó mal y con intolerancia, lo cierto es que, desde una perspectiva liberal, está en su justo derecho, tanto como el MOVILH estaría en su derecho a producir dicho cuento. Pero ya vemos que al materializar lo que estaba  en la expectativa para llevarlo a la realidad, muchos terminaron perdiendo su libertad en el camino, en el nombre de la misma.

La igualdad como distopía

Francisco Javgzo

“How in the hell could a man enjoy being awakened at 8:30 a.m. by an alarm clock, leap out of bed, dress, force-feed, shit, piss, brush teeth and hair, and fight traffic to get to a place where essentially you made lots of money for somebody else and were asked to be grateful for the opportunity to do so? ”

? Charles Bukowski, Factotum

El Dador de Recuerdos («The Giver»), dirigida por Phillip Noyce, es una película basada en la novela distópica escrita originalmente por Lois Lowry, del mismo nombre. Desgraciadamente, no he leído el texto original, por lo que me limitaré sólo a comentar la película.

Un futuro post-algo (no cuesta mucho imaginar que se trata de algún evento apocalíptico o bélico) da origen a una comunidad aparentemente perfecta, donde no existe la guerra, ni el dolor, ni el sufrimiento, ni ninguna de las cosas que han aquejado a la humanidad desde el amanecer de los tiempos.

La película es presentada en blanco y negro, pero a medida que avanza van apareciendo colores, lo cual tiene una razón: la comunidad, en su búqueda de un mundo mejor y más pacífico donde no exista la envidia y la codicia, ha suprimido la diferencia y con ello, las cualidades que hacen la diferencia en las cosas. Han dejado atrás el afán de poseer lo ajeno y su consecuencia -la competencia,  la violencia y la guerra- a través de la creación de un mundo plano en el que no existe ningún tipo de grupo, tribu, raza ni individualidad, siendo entronizada la Igualdad y la sistematización de esta sociedad perfecta: naces, creces, la Comunidad te encomienda una labor según tus capacidades y habilidades, y luego, cuando eres viejo y después de una vida útil al servicio de la Comunidad, eres liberado.

Para los progresistas más interesados en las cuestiones semánticas, una pregunta nace: ¿cómo puede ser una distopía una sociedad basada en la igualdad y la no violencia?

En esta utopía distorsionada, no hay mayor diferencia entre la belleza y la fealdad, puesto que como impera la Igualdad, no existe la diferencia ni los matices, ni siquiera las dicotomías, sino que sólo una gran y plana totalidad llena todos los aspectos de la vida de la Comunidad, en la que tampoco hay insatisfacción ni descontento, pues todas las formalidades son estrictamente observadas y cumplidas.

Sí, la Comunidad logró un sistema perfecto, cordial, basado en las buenas relaciones y súmamente óptimo en cuanto al funcionamiento de la sociedad, pero el costo fue alto: anulando las emociones (esa oscuridad caótica primigenia que infunde imperfección) han vuelto la vida en una maquinaria, deshumanizando al ser humano. No existe el odio que conduce a la violencia a la que la Comunidad teme, pero tampoco existe el amor, pues una cosa no es sin la otra. En esta sociedad, ha suprimido «el caos del amor  loco» (citando a Alejandro Jodorowsky en «El Incal»).

¿Y qué es el equilibrio sino un balance entre el caos? La Comunidad perfecta es una manifestación del desequilibrio absoluto, de la destrucción de la individualidad en nombre del «bien mayor», que en realidad es una distorsión. ¿Cómo puede existir comunidad (i.e., una unión de individuos basada en valores en común) si es que la individualidad ha sido relegada al abismo del olvido y las cosas peligrosas?

En escritos anteriores, he planteado la peligrosidad del res nullius, donde lo que es cosa de todos, se vuelve cosa de nadie. En esta distopía existe una supresión absoluta de la individualidad y una exaltación de la comunidad (o, mejor dicho, la sociedad), creando un mundo demente y deshumanizado, desequilibrado, donde lo límbico y lo neocortical son reducidos a meros recuerdos del pasado para estos Golems modernos (aunque ninguno recuerda nada, por algo existe un «Receptor de recuerdos», que es el encargado de llevar todos los recuerdos de la memoria colectiva de eras anteriores y humanas). Por otro lado, nuestro mundo, nuestro Occidente, ha degenerado en una distopía no muy distante a una deshumanización por res nullius (recordemos tan sólo «El Mundo Feliz» del que nos hablara en su momento Aldous Huxley): existe una supresión absoluta de la comunidad y una exaltación de la individualidad a través de una distorsión de la realidad, donde la aldea global es presentada como una «Comunidad Global», que de comunidad tiene poco y nada. En la distopía en la que vivimos, tampoco existe el equilibrio, y la vida se ha vuelto un festín de emociones vacías y metas que llevan al ser humano a un olvido y «superación» de su animalidad: estamos en presencia de una máquina totalitaria deshumanizante (el Liberalismo) como elemento supresor de las verdaderas libertades personales, falsificadora de la realidad.

Mirando nuestro alrededor y nuestra alienada individualidad, podemos percatarnos el «mundo feliz» no está tan distante como lo pensamos alguna vez.

¿Qué más da?

Sebastián Vera

Me enoja el hecho de que dentro de la consulta ciudadana desarrollada en la ciudad de Santiago se incluya dentro de las opciones el cambio de nombre del cerro Santa Lucía y me enoja aún más el hecho de que esa posibilidad pueda verdaderamente concretarse, pero siempre las cosas, antes de masturbar la mente imaginando  sangrientas vendettas, hay que evaluarlas con la mente lo más fría posible. (más…)

Choque de civilizaciones y leyenda gris

Francisco Javgzo

En un intento de disimular la realidad, las voces que buscan dar tintes poéticos al pasado para legitimar el futuro, en un intento por conciliar el Encuentro de Dos Mundos, decidieron denominar al 12 de Octubre como el «Día de la Raza». Probablemente, en su origen hispano, dicha denominación sí cargaba con aspectos de identificación.

Las expresiones y significados no son siempre universales, y lo que en Iberia podía entenderse como la presencia de una misma raza tanto en la península como al otro lado del mar, en América venía a tener un nuevo significado. Y es que del choque de una cultura contra varias, así como la interacción entre dos razas, podía originar cualquier cosa menos una raza, pero -desde la corrección política- se insiste constantemente en la originación de una nueva raza a partir del choque de civilizaciones. O eso, o la invasión sangrienta y genocida.

Como buen apegado a la objetividad descarnada y dura, la historia la acepto tal como es, y me cuesta hacer juicios en retrospectiva porque es inútil y porque, además, es sumamente tendencioso.

Analizaré la siguiente imagen, con la que concuerdo y no concuerdo.

Si América fue o no descubierta, depende de la mirada del observador. Probablemente, los que ya vivían en América descubrieron Europa cuando los navegantes llegaron a la orilla, de la misma forma, América sí fue descubierta por el mundo, quitando el velo que estaba más allá del horizonte. De la oscuridad del desconocimiento, a la luz del imaginario. Otros pueblos europeos estuvieron antes en América, pero ninguno de ellos mostró América al resto del mundo, por lo que no hubo un descubrimiento del velo. Sí, claro, en América existía conocimiento, y cultura, y todo eso que la Izquierda nos dice siempre, pero yo no lo he puesto en duda.

Denominar «invasión» al proceso de colonización también es una cuestión de perspectiva. Yo mismo utilizo dicha expresión cuando me veo rodeado de colonizadores negros. Al «jugar de local», obviamente le daré una connotación negativa al alóctono.

El saqueo es propio del ser humano y, siendo más exacto, del hombre. El saqueo y la destrucción, como símbolos del triunfo, son más antiguos que cualquier ideología izquierdista llorona y rasga-vestiduras que podamos conocer. ¿Alguien imagina el desastre de Curalaba sin mapuches incendiando todo y destruyendo todo lo del invasor/colonizador que encuentran a su paso? ¿Alguien puede imaginar a los griegos entrado a Troya, si no es a sangre y fuego, para luego irse dejando atrás la ciudad en llamas?

Sí, muchos conquistadores estaban ávidos de oro, aunque en esos tiempos era de lo más normal estar ávido de algo. De oro, de mujeres, de conquistar, de aplastar. Ahí (en el tiempo), es decir, aquí (en el espacio), donde la corona y el gobierno no mandaban más que en lo nominal, es donde nació el libertarismo y el europeo pudo volver a la esencia de los bosques, volver a los tiempos donde el único derecho humano era el luchar por sobrevivir. Una tierra habitada, pero ajena, impulsaba las reacciones a la defensiva y, muchas veces, a la ofensiva. Agentes externos llegando en oleadas impulsaban las reacciones a la defensiva y, muchas veces, a la ofensiva. C’est la nature qui a raison.

Sí, es cierto: en América existían civilizaciones. Habían imperios enormes, y complejos entramados sociales, sistemas jurídicos y avances tecnológicos. En América, probablemente, había muchísimo más conocimiento respecto a materias astronómicas que en Europa. Cuando los defensores de los pueblos autóctonos, así como las voces de la Izquierda, claman por una América civilizada pre-colombina, tienen razón. Pero hay algo que hay que hacer notar desde la búsqueda de la objetividad y la verdad sin adornos: en América existían civilizaciones, y con ello la violencia, el abuso, la imposición, la esclavitud, el genocidio, el imperialismo y tantos otros sustantivos que desde la Academia nos dicen que son propios de Europeos, jamás de pueblos originarios. América no era una tierra de salvajes incivilizados, sino una tierra de salvajes civilizados, no muy distinta a Europa en estadio evolutivo.

La acción europea, muchas veces destructiva, sanguinaria y cruel, fue una realidad, ¡pero qué va!, la Historia es como es, no como la Izquierda quiere que sea. Ni leyenda negra, ni leyenda blanca. Siendo más exactos, el proceso de Descubrimiento/Visibilización, Conquista/Sometimiento y Colonización/Invasión (para todos los gustos) de América se asemeja más a una leyenda gris, pues no es la inocente historia que quieren proclamar algunos, ni la sangrienta saga que quieren retratar otros.

La diversidad en América es un hecho, y nada se saca con llorar sobre la leche (sangre) derramada. Estamos aquí, vinimos para quedarnos. No negamos el pasado, y si nuestros ancestros cometieron actos no muy aprobables, lo aceptamos. No somos unos cínicos para reivindicar lo bueno sin lo malo, si, a pesar de todo, somos herederos de toda la Historia, no de las cosas que sean «lindas».

Somos más concientes de la importancia de la supervivencia de los pueblos, y por ello nos rebelamos ante las leyendas que hablan de un pasado atroz y también ante un pasado paradisíaco, pero, además, nos rebelamos contra los mitos instaurados desde las cúpulas de poder, los mismos mitos que hablan del popurrí de identidades presentes en América como si del surgimiento de una raza nueva se tratase.

Somos los hijos de la sangre europea nacidos en suelo americano. Acepten nuestra presencia o esperen nuestra resistencia.