Aclaración: para este artículo, se utiliza el término “moreno” para referirse a personas de tez marrón/olivácea, ignorando la connotación europea del término (persona blanca de pelo negro).

Uy, si yo era tan rubio cuando nací.”
90% de la población chilena.-

…fueron rubios y felices para toda la vida.
El célebre pensador Micky Vainilla.-

 

Recientemente, la población ha demostrado su descontento, aunque no por una reivindicación de identidad (pues no la tiene), sino por un afán igualitario y políticamente correcto: la gente que se pide para los castings debe ser europea.

Si bien lo anterior excluye al menos al 70% de la población chilena, es el mismo 70% excluido el que demanda la presencia de estos estereotipos.

Si alguien quiere vender un producto, tiene que publicitarlo, hacerlo atractivo y crear un efecto magnético sobre las masas de consumidores, los que estarán felices de gastar lo que no tienen para poder adquirir los maravillosos e inútiles productos que las casas comerciales tienen para ofrecer a las hordas ignorantes. Situándonos en nuestra realidad (Chile), hay que notar que las masas consumistas ignorantes son, en su mayoría, mestizas.

El público que podemos encontrar en Chile, en una muestra aleatoria, sería algo como esto:

Rostros típicos de Chile.

Como puede observarse, de todos los rostros mostrados, sólo el tercero de la primera fila y el primero de la segunda fila pueden considerarse como “criollos” (caucásicos), mientras que el resto de los rostros caen en las categorías “indígenas” y “mestizos”. Lo positivo de las proporciones de los grupos en la fotografía es su parecido a la realidad: los grupos criollo y originario son minorías, mientras que los rostros mestizos componen la mayoría.

Ahora bien, la publicidad en cualquier lado del mundo busca llegar a las masas, y la forma de llegar a éstas es que las mismas se vean reflejadas en los spots, afiches, pendones y toda la parafernalia comercial disponible para mostrar los productos.

En Chile, la publicidad se muestra (y, por tanto, muestra a Chile) así:

Como puede observarse, la realidad reflejada en la publicidad chilena no corresponde a una visión real, algo curioso, puesto que en un país donde desde las estructuras más altas del Estado, la educación, la política, el arte y, en general, todos los círculos que comprenden el cielo, purgatorio e infierno de la sociedad chilena, se habla de inclusión, integración, multiculturalismo y democracia, la publicidad se toma la atribución de auto-excluirse de la marea de la corrección política.

Mientras las clases altas chilenas (dominadas por un fuerte componente étnico europeo) intentan emular las costumbres y apariencias del bajo pueblo o de los pueblos indígenas (es decir, las clases y grupos “oprimidos”, según su forma de ver las cosas), el bajo pueblo y los ciudadanos de ascendencia indígena (exceptuando claro, a aquéllos que han despertado cierta consciencia identitaria, e. g., Coordinadora Arauco-Malleco, Wallmapuwen, etc.), tratan por todos los medios de imitar los modelos occidentales, aun cuando, examinándolo en profundidad, muchos están traicionando sus raíces (luchan durante siglos contra el colonizador, para terminar hablando, vistiendo y comportándose como él).

No es de extrañar, pese al nulo reflejo estadístico de la población chilena por parte de los publicistas, que no se muestre ningún individuo moreno en esta visión idealizada de la realidad chilena: la morenidad no vende. Así de sencillo. ¿Podría alguien negarlo?

Siglos de dominación cultural europea por sobre las masas mestizas e indígenas han dejado su huella, y la publicidad, con su falta de cuoteo en los grupos étnicos a exhibir, se ha permitido mostrar una realidad paralela al cotidiano, donde puede verse a gente que de europeo tiene la vestimenta (pues compran en las mismas tiendas de retail donde eurodescendientes llaman a las masas mestizas a comprar productos hechos en China), pero cuyos rostros en nada se parecen a los rostros de catálogo.

La realidad es como es, y la necesidad de aparentar lo que no se es seguirá provocando esta esquizofrenia mestiza, en la que las masas mestizas apuestan por la auto-negación, el opacarse y el sentirse avergonzadas del legado de sus antepasados, en vez de sentir orgullo por una herencia antigua y que clava sus raíces antes del origen de este país.

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