Francisco Albanese

Bóers

Nuestro deber es definirnos primero como herederos de la memoria Europea, aunque puede que vivamos fuera de Europa; en Australia, Chile y Estados Unidos, o en otro planeta. Uno debe admitir que todos nosotros “buenos europeos” en el sentido nietzscheano de la palabra, podemos cambiar nuestra religión, nuestros hábitos, nuestras opiniones políticas, nuestra tierra, nuestro territorio, nuestra nacionalidad e incluso nuestros pasaportes.
Pero nunca podremos escapar de nuestra herencia europea.

Tomislav Sunic, “L’occidentalisme contre l’Europe.”

Ante la irrenunciable y sumamente necesaria reivindicación del legado europeo (que ya veremos que no es sólo cultural, sino prioritariamente biológica, pues la primera es resultado de la última) para un identitarismo criollo sano y coherente, es común que las fuerzas respaldadas por un pensamiento liberal (autodefinidas como “nacionalistas”) respondan con un ya clásico ¿por qué no se van del país?

El solo hecho de mencionar al país dentro de la respuesta-reflejo argumental es un indicador de que la configuración doctrinal subyacente obedece a un pensamiento liberal, puesto que se coloca al país como el bien supremo y construcción más alta, a lo cual se puede uno aferrar (es decir, “quedarse y aceptarlo”) o renunciar (irse, desplazarse a otro país).

Los países son construcciones socio-culturales que, tarde o temprano, tienden a volverse un fin en si mismos, y actualmente son estrictamente funcionales a la idea liberal de nación. En efecto, muchas veces, es el país el que es enemigo de la nación como ente biológico-cultural, no otras naciones, como puede atestiguarse -por excelencia- en América.

El apego a la idea de Europa por parte del Identitarismo/Nueva Derecha, trasciende a la idea de la Europa territorial, si bien en ésta última se asentó originalmente la primera. Hoy, probablemente, Europa viva más fuera de su territorio que dentro de él, desde el sentido de la auto-consciencia.

Tal como el mismo Jorge Luis Borges mencionó alguna vez, “los árboles no dejan ver el bosque”, y es la misma condición de exilio que presentan tanto los criollos como los bóers (por dar ejemplos), que, aún llevando siglos fuera de Europa territorial, siguen viviendo la Europa sanguínea (tangible) y espiritual (intangible) donde quiera que se encuentren, contemplándola incluso mejor que aquéllos que tienen el privilegio de vivir sobre su suelo.

Por supuesto que el europeo en el exilio presenta diferencias respecto al europeo nativo; algo lógico, teniendo en cuenta los siglos que han transcurrido separados de la Europa territorial. Entonces, ¿cuál es el hogar del europeo, del criollo, del bóer? ¿Dónde puede ir cuando se les pregunta por qué no se van del país?

El europeo puede andar por donde quiera, lanzándose, incluso, a la conquista del espacio (“en otro planeta”, como ya dijera Tomislav Sunic), y, aún así, seguiría siendo europeo, pues lo que lo hace ser no es una vestimenta adquirida y puesta de forma voluntaria, sino sus genes, lo que carga dentro de si y lo hace distinto en un mundo uniformador. La presencia de estos genes es vital, puesto que la cultura, como Spengler apuntara, es la expresión espiritual unificada de un pueblo (i.e., el stock génico), por lo que la parte biológica sería fundamental, mientras que la cultura algo accesorio y hasta ajeno en algunos casos (por ejemplo, pueblos indígenas americanos “europeizados”).

“¿Por qué no se van?”

Porque siempre estamos en nuestro país. Porque nuestro país no es postizo. Porque nuestro país seguirá existiendo aunque se derrumben todas las estructuras político-administrativas que sostienen a los países modernos.

Mientras seamos lo que somos, estaremos en nuestro hogar.

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