Olvidando a Pedro Lemebel
Habiendo fallecido Pedro Lemebel, con el revuelo esperable en las redes sociales (no sólo virtuales) en admiración, veneración y tributo a su obra, es lógico que también nosotros tributemos. Particularmente, no tengo nada contra la prosa de Pedro Lemebel que, sin ser excepcional como nos quiere hacer creer el oficialismo y la farándula artistoide, tampoco el bodrio que algunos quisieran ver en él.
Su inspiración fue bastante limitada: como todas las minorías, no amplió sus horizontes más allá del universo en el que se movía, por lo que si uno no tenía interés en leer sobre homosexualidad, travestismo, pobreza y uno que otro contenido de opresión social, entonces la obra de Lemebel inherentemente rechazaba al lector por falta de motivación.
En su obra, no existía la homosexualidad sino como una declaración de principios y una posición a la sociedad, y para ella, la única manera de entrar en «complicidad con la obra», era siendo partidario de la Izquierda victimista propia de los años 90s, pues realmente dudo que un admirador de Corea del Norte y de la Rusia Soviética fuera capaz de sentirse «tocado» desde la diferencia que buscaba plasmar su obra. Lemebel, el luchador social (en palabras de la presidente Bachelet) de las oportunidades y de la inclusión, con su obra, acentuó la diferencia y la envió al gueto.

Respecto a su transgresión, la verdad que fue bastante poca, y basta con ver cualquier desfile de travestis y luchadores por la diversidad para encontrar performances parecidas, y es que hay que reconocer que el país ha avanzado exactamente hasta donde la intelligentsia quería llevarlo: un entorno donde no sorprende absolutamente nada de lo que debería sorprendernos.
Pese a no ser artífice, Pedro Lemebel fue un constructor, ayudando a dar forma a esta sociedad de mente abierta que tenemos hoy, revestida con discursos de respeto al otro. En este sentido, emerge la figura sombría: Lemebel el colaborador de la nueva estructura opresiva, intolerante y totalitaria de la mentalidad chilena, donde sólo está permitido transgredir y ser fanático mientras provenga desde los reinos de la corrección política, jamás desde la incorrección.
Como ocurre luego de cualquier muerte, aparecen los admiradores «de siempre» que jamás estuvieron, transformando todo en un circo de lágrimas falsas, dedicatorias vacías, twitteos carentes de sentimiento y estados de facebook de fingido dolor, que no hace más que reforzar el incorrecto (como enemigo de la corrección, no de «equivocado») prejuicio sobre la lucha por reivindicar la debilidad, la pequeñez, la alienación, la horizontalidad y la necesidad constante de la autoafirmación en un mundo delicado e hipersensible.
El cambio y la verdad: Nietzsche y Occidente
Más malas noticias: Carlos Martel no va a resucitar. Carlomagno tampoco. Bueno, a decir verdad, ese hombre asesinó unos cuantos europeos también. Cristo tampoco va a resucitar. Creo que la mayoría de los europeos sí son Charlie, en rigor: todo Occidente es Charlie. Por eso: no me interesa Charlie ni Occidente. Si esto es una cruzada de cristianos contra musulmanes, no me interesa; del mismo modo que no me interesa el fanatismo musulmán.
Todo cambio es primero antropológico, vale decir: un cambio en el hombre. Las conductas, regidas por actitudes y valoraciones, se visten de religión, de ideología, pero responden a lo que el hombre es en su trama profunda de intereses. Occidente también es eso: un código de conducta asimilado durante miles de años. Una asimilación de dogmas, de conceptos, de conductas que responden a esos dogmas y conceptos. Lo que se nombra hoy con desprecio, las palabras que se utilizan para nombrar «el mal» son códigos que disparan conductas: que el hombre antiguo, es algo anterior al hombre «evolucionado»; que el «pagano» es un primitivo. Esto pese a que el hombre antiguo comprendía el universo de un modo mucho más amplio, y pese a que el cristianismo haya quemado todo el conocimiento y la comprensión humana anterior a él.
Todo cambio es un cambio antropológico. Lo demás es una pérdida de tiempo.
¿Qué la verdad? preguntó el romano. Todos aquí tenemos nuestra verdad. Supongo que eso habrá pensado. Los judíos quieren que ejecute a uno de ellos; aunque yo, como romano y bajo la ley romana, no le encuentro delito. Pero estoy en Judea, ¿y qué vale más en Judea para Roma? ¿La política de Roma con Judea? ¿O los problemas de los judíos con un alborotador judío? Nunca imaginó, que luego la verdad sería la del alborotador judío, en la propia Roma.
Retomando el milagro anunciado al principio: si esperan a las SS europeas no van a venir. La cosa es sencilla: cada uno está sólo con su tribu, y si no tiene tribu está completamente sólo. Formen clanes y confederen los clanes. Eso funcionó por milenios: se llamaba Roma (no sé si lo recuerdan). Quizá todavía funcione. Al menos es algo básico, orgánico, natural. Tenía razón Nietzsche, la decadencia comenzó después de los presocráticos.
Hoy de nuevo los romanos nos preguntamos «¿Qué es la verdad?» Y cumplimos así nuestro deber de romanos, nuestro destino.
Nietzsche: el más incomprendido de todos. La sociedad occidental no acepta lo evidente. Milenios de dogmas, conceptos y estructuras la han convertido en lo que es hoy. El salto propuesto por Nietzsche es demasiado alto. Cuando decimos que Occidente debe caer, no invocamos la destrucción y la muerte — aunque ronden y se manifiesten — sino la desaparición de un tipo de hombre. Oriente nos lleva en eso mucha ventaja: ellos al menos saben que existe el dolor. El hombre sin tal consciencia no es un hombre. Además señores, el hombre blanco ha sido «Oriente» por milenios, ya que no existía Occidente ni la llamada filosofía Occidental.
Cuando Schopenhauer, Nietzsche y Heidegger vuelven a las fuentes, no hacen más que volver a nuestra patria de origen.
El pan-criollismo como destino del hombre blanco americano
Para nosotros, el criollismo es el destino común de la descendencia europea en América. Para dejarlo más claro: del hombre blanco americano. Nuestra óptica, dentro de esos límites es también clara: no arrastramos los lastres que destruyeron y destruyen a Europa. Los enfrentamientos de aldea, de región, de principados o reinos, eso no tiene nada que ver con nosotros. Tenemos muchas desventajas, pero también una ventaja: todo hombre blanco americano en tanto criollo consciente, nos enriquece y puede ser nuestro hermano.
Nos aporta tanto el ruso, el lituano, el ucraniano, como nuestro origen español o la “italianidad” que por ejemplo en la Argentina es evidente. No seríamos lo que somos sin los irlandeses, sin los galeses, sin los alemanes, sin los portugueses. Todo suma a una identidad que no tiene urgencia en odiar a los suyos, sino al contrario. En este espacio infinito y con nuestra particular historia, ese tipo de odio es para nosotros extraño, incomprensible. Puede que sea la necesidad, o la secular relación con otras gentes lo que nos hace sentir así; lo cierto es que donde está todo por hacer hay algo atávico, elemental, profundo, que nos une. Esto no quiere decir que salgamos triunfantes de la contienda; pero al menos que la sangre derramada no sea entre nosotros.

Esto elemental que debe sentirse antes de explicarse, es un patrimonio que debemos defender y desarrollar. Estamos antes del capitalismo y quizá del cristianismo. No es que no nos hayan alcanzado, pero nos alcanzaron menos. Cuando uno pisa Europa se da cuenta de cuáles son las diferencias y hasta dónde llega el cambio antropológico en una sociedad distópica. Podemos concordar en la teoría, pero muchas veces a la hora de actuar nos damos cuenta que no actuamos igual: nuestros intereses, nuestro estilo, nuestra forma de ser son distintas. Hay un alma colectiva que acompaña la recreación de la etnia, pero debe ser un alma grande, no declamada sino ejercida en la acción cotidiana. Hay códigos no escritos, esos son los más importantes. ¿De qué sirve declamar ideologías, cuando al actuar lo más importante no es lo declamado, sino que termina siendo lo mismo que para los demás? Por eso desconfío de las etiquetas. Las ideologías suelen funcionar como funciona la crítica para la literatura: los que no la sienten ni la entienden son los que se dedican a ella.
Desde el Quebec hasta la Patagonia, podemos encontrar un tipo de personas que, aún sumidas en el caos y en la confusión, emergen cada tanto con su carácter más profundo. Nos resta saber hasta dónde ese carácter, esa identidad y ese destino pueden desarrollar suficiente poder y conciencia para sobrevivir.
No habrá otro 732
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«Si los europeos entregan armas [a los rebeldes], el patio trasero de Europa se convertirá en terrorista y Europa pagará el precio por ello.
— Bashar al-Assad en Frankfurter Allgemeine Zeitung.
«Me rebelo contra el destino. Protesto contra los venenos del alma y los deseos de individuos invasores de destruir las anclas de nuestra identidad.«
— Dominique Venner, «Las razones para una Muerte Voluntaria».
«Odio decir que te lo dije. Creo que ya te lo dije.«
The Hives, «Hate to say I told you so«
Dominado contra Dominado
No suelo escuchar radio, pero ante el llamado telefónico de un odioso amigo («en Palabras sacan Palabras de la Radio Futuro están hablando de la multiculturalidad»), no pude sino escuchar un programa con atención.
Para mi sorpresa, no se abordó el tema de la multiculturalidad desde una perspectiva políticamente correcta (es decir, ese particularismo insípido con gusto a psicología izquierdista), sino desde un incorrecto anti-republicanismo unitario, donde se culpaba a la naciente República de Chile como responsable de la gran mayoría de los conflictos interétnicos ocurridos en la actualidad.
El programa reconocía la realidad multicultural desde la Conquista, donde situaciones como los primeros cruces (de golpes, de genes, de palabras) entre europeos y pueblos originarios dieron origen a las cromatografías de identidades primigenias, las que fueron mutando en el tiempo, hasta tomar la forma que podemos testimoniar hoy.
Lo anterior no es nada nuevo, aunque sí rompe con el clásico cuento del origen de Chile ultramanoseado especialmente por los nacionalistas, quienes pretender ver en un choque étnico una maravillosa mezcla donde sale a relucir lo mejor de cada grupo, creando algo nuevo y uniforme.
Como consecuencia de esta distorsión poética de la realidad es que el unitarismo sea defendido con tanta alevosía, como si fuera algo positivo el que desaparezca lo anterior para crear algo nuevo o, mejor dicho, que desaparezca la pluralidad anterior para dar origen a una singularidad: la suma donde 1 + 1 = 1. Si matemáticamente a alguien no le calza esto, debe comprender que se trata de la disolución de las identidades para que sólo exista una.

Avanzado el programa, se tocó un tema casi tabú para la corrección política: los colonos europeos como víctimas del Estado. Aquí se le da un tono disruptivo a la conversación: se incluye la variable Estado en la fórmula, y se lo incluye como una variable distinta a la nación (jurídica, claro). Esto es algo fundamental para comprender el problema, pues la visión simplista reduce todo a un conflicto entre chilenos (o, mejor dicho, esa rara variedad de mestizos y blancos que están afectos al occidentalismo) y mapuches.
Los más apegados a una visión izquierdista (es decir, victimista) de la realidad, acusarán a todo lo Occidental de malo, y a lo europeo de usurpador, etnocida y ambicioso, donde los mapuches serían pobres víctimas en manos de malvados eurodescendientes.
Por otro lado, los apegados a una visión derechista liberal, patriota-demagógica y pseudo-nacionalista, acusarán a los mapuches de ser terroristas-extremistas, quemadores de bosques, acosadores de pobres colonos bienhechores que vinieron a engrandecer a Chile, inadaptados y antisociales que no acatan lo establecido por el Estado de Chile, que son chilenos como todos, que son flojos porque no trabajan la tierra y un sinfín de epítetos destinados para caracterizar su desadaptación a «la cultura de Chile.»
La visión de la realidad de Palabras Sacan Palabras se acerca mucho a la nuestra, al margen de las dos primeras: el unitarismo hegemónico Occidental liberal y su integración forzosa de pueblos diferentes es culpable de la creación del polvorín de odio, descontento y confusión interétnica (e intraétnica también). La naciente República de Chile «importa» colonos europeos para ocupar tierras donde anteriormente habitaban pueblos que no eran funcionales al naciente estado y a su idea unitaria, destinándole tierras de las cuales Chile no era dueño o, al menos, el dueño indiscutible, dejando a los colonos a la merced de su suerte. La represa de odio no se rompió de inmediato, pero sus fisuras comenzaron a hacerse más notorias con la vuelta a la Democracia. En relación al proceso de desadaptación progresiva del Pueblo Mapuche, no queda sino asumir que es algo lógico: décadas de imposición y dominación cultural occidental no pasan desapercibidos, y ante el peso de la bota gigantesca del cccidentalismo, lo deseable -para cualquiera que se diga defensor del nacionalismo e identidad de los pueblos- es que sacuda la comodidad desde sus cimientos, haciendo hervir al inconsciente colectivo de los pueblos. Negar esto es el primer paso para abrazar al mundo como una vulgar aldea global y uniforme.

De la misma forma en que dos perros son llevados a un corral para luchar hasta la muerte, eurodescendientes y mapuches fueron conducidos por la República (en nombre de las mejores intenciones, pues el liberalismo es básicamente bien intencionado, salvo que su visión de la realidad es un tanto idealizada, chocando mortalmente contra el muro del realismo racial) para despedazarse mutuamente. Al igual que los perros de pelea, en esta bomba de tiempo, ambos «bandos» enfrentados son, en esencia, inocentes, para disgusto de los observadores a los que se hizo referencia más arriba.
Dejando de lado la demagogia propia de los nacionalistas liberales así como la de los indigenistas, y tratando de ser lo más objetivos posibles, Matías Catrileo, Werner Luchsinger, Vivianne Mackay, Edmundo Lemun, y muchos otros tuvieron muertes inevitables en función del tiempo (el pasado es pasado), pero que, con un poco de inteligencia, comprensión, racionalidad, separatismo y visión racial, podría evitarse que nuestra realidad siga siendo una canción de Eskorbuto.
Perdida la esperanza
Perdida la ilusión
Los problemas continúan
Sin hallarse solución
El pasado ha pasado
Y por él nada hay que hacer
El presente es un fracaso
Y el futuro no se ve

No todos lo somos; no todos lo seremos

Chile es un país que, si bien es joven, ya tiene varios siglos de desarrollo a cuestas, y que, como todo buen hijo del Imperio Hispano, sufre los problemas propios del colonialismo realizado otrora por el pueblo español, donde la asimilación cultural y religiosa por parte del conquistado era tarea más importante que la preservación étnica del conquistador apostado en los nuevos territorios. (más…)
Riqueza mediante pobreza

Realmente creo que el mundo es mejor y mucho más interesante si hay muchas culturas con diferentes valores e ideales. Por esa medida, supongo que podrías llamarme multiculturalista.
Jack Donovan, «The Brotherhood», A Sky Without Eagles (2014)
La agenda de los políticos liberales, los medios de comunicación de masas y la industria del entretenimiento que promueven el multiculturalismo (que en mi opinión es de hecho una monocultura liberal) en las sociedades occidentales destruirá, en efecto, las culturas europeas.
Welf Herfurth, «Discussing Race In A Global World», A Life in the Political Wilderness (2011)
La morenidad no vende
Aclaración: para este artículo, se utiliza el término «moreno» para referirse a personas de tez marrón/olivácea, ignorando la connotación europea del término (persona blanca de pelo negro).
«Uy, si yo era tan rubio cuando nací.»
90% de la población chilena.-
«…fueron rubios y felices para toda la vida.»
El célebre pensador Micky Vainilla.-
Recientemente, la población ha demostrado su descontento, aunque no por una reivindicación de identidad (pues no la tiene), sino por un afán igualitario y políticamente correcto: la gente que se pide para los castings debe ser europea.
Si bien lo anterior excluye al menos al 70% de la población chilena, es el mismo 70% excluido el que demanda la presencia de estos estereotipos.
Si alguien quiere vender un producto, tiene que publicitarlo, hacerlo atractivo y crear un efecto magnético sobre las masas de consumidores, los que estarán felices de gastar lo que no tienen para poder adquirir los maravillosos e inútiles productos que las casas comerciales tienen para ofrecer a las hordas ignorantes. Situándonos en nuestra realidad (Chile), hay que notar que las masas consumistas ignorantes son, en su mayoría, mestizas.
El público que podemos encontrar en Chile, en una muestra aleatoria, sería algo como esto:

Rostros típicos de Chile.
Como puede observarse, de todos los rostros mostrados, sólo el tercero de la primera fila y el primero de la segunda fila pueden considerarse como «criollos» (caucásicos), mientras que el resto de los rostros caen en las categorías «indígenas» y «mestizos». Lo positivo de las proporciones de los grupos en la fotografía es su parecido a la realidad: los grupos criollo y originario son minorías, mientras que los rostros mestizos componen la mayoría.
Ahora bien, la publicidad en cualquier lado del mundo busca llegar a las masas, y la forma de llegar a éstas es que las mismas se vean reflejadas en los spots, afiches, pendones y toda la parafernalia comercial disponible para mostrar los productos.
En Chile, la publicidad se muestra (y, por tanto, muestra a Chile) así:



Como puede observarse, la realidad reflejada en la publicidad chilena no corresponde a una visión real, algo curioso, puesto que en un país donde desde las estructuras más altas del Estado, la educación, la política, el arte y, en general, todos los círculos que comprenden el cielo, purgatorio e infierno de la sociedad chilena, se habla de inclusión, integración, multiculturalismo y democracia, la publicidad se toma la atribución de auto-excluirse de la marea de la corrección política.
Mientras las clases altas chilenas (dominadas por un fuerte componente étnico europeo) intentan emular las costumbres y apariencias del bajo pueblo o de los pueblos indígenas (es decir, las clases y grupos «oprimidos», según su forma de ver las cosas), el bajo pueblo y los ciudadanos de ascendencia indígena (exceptuando claro, a aquéllos que han despertado cierta consciencia identitaria, e. g., Coordinadora Arauco-Malleco, Wallmapuwen, etc.), tratan por todos los medios de imitar los modelos occidentales, aun cuando, examinándolo en profundidad, muchos están traicionando sus raíces (luchan durante siglos contra el colonizador, para terminar hablando, vistiendo y comportándose como él).
No es de extrañar, pese al nulo reflejo estadístico de la población chilena por parte de los publicistas, que no se muestre ningún individuo moreno en esta visión idealizada de la realidad chilena: la morenidad no vende. Así de sencillo. ¿Podría alguien negarlo?
Siglos de dominación cultural europea por sobre las masas mestizas e indígenas han dejado su huella, y la publicidad, con su falta de cuoteo en los grupos étnicos a exhibir, se ha permitido mostrar una realidad paralela al cotidiano, donde puede verse a gente que de europeo tiene la vestimenta (pues compran en las mismas tiendas de retail donde eurodescendientes llaman a las masas mestizas a comprar productos hechos en China), pero cuyos rostros en nada se parecen a los rostros de catálogo.
La realidad es como es, y la necesidad de aparentar lo que no se es seguirá provocando esta esquizofrenia mestiza, en la que las masas mestizas apuestan por la auto-negación, el opacarse y el sentirse avergonzadas del legado de sus antepasados, en vez de sentir orgullo por una herencia antigua y que clava sus raíces antes del origen de este país.
¿Es Chile una sociedad racista?

Imagen típica de la publicidad chilena, y reflejo típico de la esquizofrenia de la realidad chilena.
La reciente polémica futbolística por «dichos racistas» en contra de un jugador vuelve a abrir una antigua discusión: ¿Es Chile una sociedad racista?
Paradójicamente, las respuestas en las redes sociales han sido tan «racistas» como los dichos expresados desde las tribunas hacia la cancha.
Una pequeña muestra:
Rodrigo Vasquez
Lo peor es que el norte està lleno de indios incas….
Juan Linares Ruiz
Son continuas las manifestaciones racistas, es el síndrome de Hitler que padecen las razas mas puras del mundo…
Marcelo Di Peto
Claro, porque los chilenos son rubios…
Johnny Vargas
Ni que fueramos tan blancos los chilenos XD somos un chiste!! Defendemos a los mapuches y nos burlamos de los negros, súper consecuente Jajajja
De forma casi inconsciente, la sociedad tiene implantada en su mente una jerarquía del prejuicio, donde un gradiente de melanina define quién discrimina a quien. Así, el que tiene más melanina, pierde, y será discriminado por quien tenga menos. Además, es socialmente justificado (de buena o mala gana) que alguien más claro desprecie a alguien más oscuro, pero no viceversa. Por esta razón, siempre salen las voces del argumentum ad hominem atacando al atacante, invitándolo a un auto-examen colorimétrico, en vez de hacer una condena al hecho prejuicioso per se.
De lo anterior, se desprende que el racismo sería un tipo de dudoso privilegio blanco, donde un no-blanco no podría ser etiquetado de «racista», puesto que no estaría permitido que alguien oscuro despreciara a alguien claro. Lo gracioso que esto último no lo pienso yo desde mi perspectiva racista, sino una sociedad que crecientemente repite un discurso más y más inclusivo y tolerante («todos somos iguales»… pero sólo algunos pueden mirar en menos a otros).
Este racismo cromático, basado meramente en el color, i. e., no en la raza propiamente tal, es tan antiguo como odioso dentro de la cultura chilena del prejuicio, pero no es suficiente para acusar a la sociedad chilena de «racista».
El típico «yo soy racista contra los (grupo humano a elección)» no es suficiente para considerar al racismo como presente puesto que el hecho de ser racista contra es suficiente para quitar al racismo de la ecuación, puesto que «racismo» se está usando como un sinónimo para «prejuicio», por lo que alguien, si quisiera y lo sintiera, podría ser «racista» contra los gays, racista contra los «pobres», «racista» contra los Testigos de Jehová y así, hasta el infinito, y ninguna de esas aseveraciones tendría grado alguno de racismo.
Si a la palabra racismo se la aislara de las cargas prejuiciosas no raciales, aún no sería suficiente para acusar a la sociedad chilena, puesto que el racismo involucra un factor dependiente del uno, más que del otro. Llevando esta crítica a la modernidad por las vías de la modernidad y lo aceptado, habría que hacer revisión de lo que dice un diccionario sobre el racismo, más que hacer revisión de complejas teorías raciales políticamente incorrectas. La Real Academia Española dice:
racismo.
1. m. Exacerbación del sentido racial de un grupo étnico, especialmente cuando convive con otro u otros.
2. m. Doctrina antropológica o política basada en este sentimiento y que en ocasiones ha motivado la persecución de un grupo étnico considerado como inferior.
Más que una exaltación del sentido racial, en Chile podemos atestiguar una exaltación del sentido territorial, puesto que la diversidad racial y el mestizaje presente en Chile, impiden una autoafirmación racial suficiente como para situarse entre grupos. Por otro lado, el triunfo de una cosmovisión europea o, mejor dicho, de una hegemonía estética europea/occidental por sobre las mayorías mestizas, logró instalar cierto discurso pro-europeo, aun cuando la realidad racial y cultural no se ve reflejada en este discurso, creando una distorsión de la realidad que hace que el grueso de la población aspire a un ideal lejano. Respecto a esto, cito un párrafo de un interesante ensayo:
Se trata de travestis raciales, mestizofrénicos, o simplemente, mestizos e indígenas culturalmente colonizados.
La identificación que la población no-blanca de Chile siente con la imagen europea se aprecia de manera explícita en la publicidad comercial. No debe existir ningún fenómeno más pragmático y menos ideológico que el mercado actual: éste decide, hace y deshace según las utilidades que obtenga. [1]
Esta colonización cultural presente en Chile, es atacada en países como Perú, donde un realismo racial duro y definitivo (pese a que su discurso sea «anti-racista) puso en su lugar a los publicistas de una compañía de retail.
El uso de insultos relacionados con el color (la forma más básica del prejuicio racial) pese a su odiosidad, sin embargo, no es suficiente para catalogar de «racista». ¿Cómo podría existir racismo, es decir, la exacerbación del sentido racial, en una sociedad cuya mayoría rinde culto a los cuerpos de las inmigrantes de raza negra con la que, incluso, no tiene reparos en tener descendencia? Este comportamiento se asemeja mucho al de Donald Sterling, al que se le etiqueta de «racista» por sus dichos, al mismo tiempo que él mismo no hace defensa de su sentido racial. Una imagen dice más que mil palabras.

Dueño blanco y «racista» de los Clippers con su novia no-blanca.
Ante la pregunta ¿Es Chile una sociedad racista?, un rotundo «No» sería la respuesta, pues ante la falta de un grupo homogéneo sobre el cual basar sentimientos de afirmación y exacerbación racial, no podría existir racismo alguno; mientras que una sociedad multicultural de prejuicio, odiosidades y desintegración serían el reflejo de una condición que se supone (para las mentes liberales) tendría que ser la solución al problema que es en si mismo: el odio resultante del multiculturalismo no se soluciona con más multiculturalismo.
Los ideales de Thermidor se destruyen bajo la realidad desprendida de Thermidor.
Notas.
1. Garrido, A. «Entre raza y clase social: Hacia la etnogénesis criolla.»
¿Por qué no se van?

Bóers
Nuestro deber es definirnos primero como herederos de la memoria Europea, aunque puede que vivamos fuera de Europa; en Australia, Chile y Estados Unidos, o en otro planeta. Uno debe admitir que todos nosotros “buenos europeos” en el sentido nietzscheano de la palabra, podemos cambiar nuestra religión, nuestros hábitos, nuestras opiniones políticas, nuestra tierra, nuestro territorio, nuestra nacionalidad e incluso nuestros pasaportes.
Pero nunca podremos escapar de nuestra herencia europea.
Tomislav Sunic, “L’occidentalisme contre l’Europe.”








