Francisco Albanese

En O porquê do identitarismo racial “brasileiro” não fazer sentido algum, Victor Calvacanti discute el oxímoron entre la idea de identidad racial e identidad brasileña, algo que guarda algunos paralelismos con la situación que se experimenta en este sector.

Personalmente, conozco gente con pasaporte brasileño de ascendencia germana, otros cuantos africanos, un par de italianos, y una enorme cantidad de gente con una notoria mezcla genética, casi siempre con dominancia africana, aunque no lo suficiente para identificar a dichos individuos como africanos. Con esta diversidad de pueblos y colores, se hace imposible identificar una nacionalidad brasileña propiamente tal, a menos, claro, que comprendamos que cualquiera que porte alguna identificación brasileña puede ser brasileño, algo que – por otro lado – desvirtuaría toda idea de identidad.

Igualar ideas como la nacionalidad jurídica con la identidad termina por disolver y relativizar conceptualmente la identidad, volviéndose un concepto tan vacío como lo es actualmente la idea de “nación”.

Si pudiéramos ordenar desde lo más general a lo más específico, la secuencia lógica sería identidad racial, identidad étnica e identidad tribal, donde la identidad racial estaría limitada solamente por los márgenes donde se enmarca una determinada raza, por lo que llamarse a sí mismo “identitario racial brasileño”, donde brasileño indicaría o una pertenencia territorial o una pertenencia a algún entramado jurídico, sería una extraña forma de exclusión. Lo racial clama por una cuestión genética solamente, mientras que lo territorial clama por una cuestión de suelo.

Como planteé anteriormente, identidad es autonomía, pero también es exclusión. Difícilmente puede existir un identitarismo racial si se incluyera a otros grupos raciales. Efectivamente, podría hablarse de un identitarismo étnico para aquellos eurodescendientes (i.e., con una identidad racial definida) que han estado históricamente relacionados con dicho territorio, con un idioma en particular y un destino en común, aunque hablar de dicha identidad como “brasileña” terminaría involucrando a grupos que no tienen mayor relación entre sí, perdiéndose el derecho a excluir.

Para que exista un identitarismo racial brasileño, de la misma forma si se quisiera hablar de un identitarismo racial chileno, debería cumplirse una conditio sine qua non hay identitarismo: homogeneidad. Si en Brasil no hay homogeneidad, entonces no puede haber un identitarismo racial brasileño. La única manera para que pudiera existir eso, sería esperar miles de años hasta que el melting pot haya logrado fusionar a todos los pueblos (identidades) en una sola materia uniforme y se logre al fin una “raza brasileña”.

Probablemente, Brasil posea una idiosincrasia, una cultura que sea transversal a todos los grupos (quizás un modo de proceder al que los pueblos se han acostumbrado por una cuestión de adaptación al modo de vida), aunque, por lo general, los modos de vida que aúnan (a través del mestizaje racial y cultural) a los distintos pueblos que habitan a los países de América del Sur no sólo no son los mejores, sino que son causantes del estancamiento de dichos países en el Tercer Mundo. Abordándolo desde la preservación de las particularidades étnicas, este intento de repartición (socialismo genético y cultural) es poco ético, y abordándolo desde una mirada exclusivamente productiva, es notablemente injusto, pues el problema de la superación de la pobreza recae en los grupos más privilegiados (los sectores blancos del Sur de Brasil) [1], los cuales no tienen mayor relación con los sectores pobres que el hecho de pertenecer a la misma entidad jurídica, es decir, Brasil.

Todos esos grupos que quieran reivindicar la idea de identidad racial, necesariamente tendrán que comenzar a levantar banderas nuevas y propias que estén por encima de la bandera verde y amarilla, pues una bandera que representa la inclusión de todos los pueblos en una sola idea, es todo menos identitaria.

Notas.

1. La relación entre sector privilegiado y sectores pobres en Brasil se asemeja bastante a la relación entre Primer Mundo y Tercer Mundo:

Mientras que Occidente — ocupándose a sí mismo con carreras, estatus social, educación y otros rasgos individualistas — no sólo mantiene su natalidad bajo control sino que, de hecho, revirtió su crecimiento y experimentó una disminución de la población, el resto del planeta comenzó a crecer como la levadura. Con las cepas de cultivo de la Revolución Verde, el motor de combustión interna y el trabajo de los médicos y agencias de ayuda occidentales, estas poblaciones florecieron a nuevos niveles, más allá de lo que es sostenible para aquellas zonas. Robert Grisham, Cuando lleguen las guerras por alimento. Amerika.

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