Francisco Albanese

Hay unas cuantas cosas que los identitarios blancos/criollos deben comprender sobre la cuestión mapuche.

1. No hay una sola solución porque no hay un solo problema.

Si hubiera sólo un problema, bastaría resolver éste y se acabaría todo, pero como hay en realidad muchos (de los cuales algunos son contrarios), entonces no hay una gran solución que englobe todo. Algunos quieren participación política, otros no la quieren. Algunos quieren tener algo totalmente independiente del Estado de Chile, otros quieren reconocimiento pero aún estar enmarcados dentro del Estado, y así.

2. No son todos lo mismo.

No, definitivamente no son todos lo mismo. Son muy diversos, tienen distintas ideas políticas, distintos intereses, y distintas comunidades. El mito de que son todos lo mismo hace creer que todos quieren lo mismo, y, por tanto, que existe una solución para eso.

3. Existen muchas identidades territoriales, pero pertenecen todos al mismo pueblo.

Yo desciendo de italianos y vascos, él de alemanes y suizos, otro de catalanes y croatas, pero, en términos generales, puede decirse que todos poseemos sangre europea. Bueno, el mismo caso se da con el pueblo mapuche: algunos pueden ser lafquenches, williches, pikunches, etc., pero siguen perteneciendo al pueblo mapuche, con sus diferencias particulares pero unidos con características comunes y transversales.

4. No hay nadie detrás de ellos.

Esto responde a la típica tesis argentina que dice que tras los mapuches están los ingleses, y la típica tesis reaccionaria chilena que dice que tras los mapuches están los comunistas. Muchos de los que sostienen estas ideas incluso podrán exponer “pruebas” tales como que en Bristol hay una base que busca desestabilizar el Cono Sur a través del apoyo a los mapuches (http://www.irizar.org/british-invasions.58.html), aunque en realidad se trata de una idea típica de relacionar cosas al enemigo visceral. Que busquen apoyo económico (o del tipo que les sirva) no hace que sirvan a tal o a cual entidad, no hay que ser reduccionistas.

5. No van a dividir el país.

Ésta es una idea clásica que provoca paranoia más allá de las cabezas calientes de los que esparcen esta idea. Se dice que los mapuches quieren para ellos una porción de terreno gigantesca que dividiría gran parte de Chile y Argentina. Aún así si pretendieran todo ese territorio (en sus sueños, uno podría pretender el mundo si quiera), ¿con qué podrían conquistarlo, con poderes mágicos?

6. No son pirómanos, terroristas ni vándalos.

Efectivamente, hay algunos más radicalizados que sí pueden verse envueltos en algún tipo de escalada, pero en realidad son una minoría, o una minoría de una minoría. Tal como hay blancos de todo tipo, es de esperar que haya mapuches de todo tipo, de todo pensamiento. La prensa y los latifundistas generalmente tratan de englobarlos a todos dentro de lo mismo, pues es conveniente para sus fines: los primeros pues venden noticias, los últimos pues tienen conflictos territoriales y legales algunas veces.

7. No son todos “mestizos”.

Una forma típica de ridiculizar a los que se identifican con el pueblo mapuche es relativizar su origen o su “pureza”. Con esto, tratan de hacer olvidar la pertenencia del pueblo mapuche a un determinado pool génico, dejándolos como cualquier ciudadano común y corriente, sin identidad. Ya discutí antes este argumento típico en mi artículo El Relativismo de la “Impureza”. Probablemente, muchos de ellos tengan genes residuales no-mapuche, pero la presencia mayoritaria de genes de un pool influirá en los intereses étnico-genéticos, marcando una tendencia respecto en la afinidad entre los pueblos más semejantes (en términos genéticos), y la no afinidad entre los pueblos con mayor distancia genética. Probablemente, todos estos pueblos sean impuros cualitativamente hablando, pero sus intereses genéticos hablarán sobre su pertenencia. Son los intereses genéticos étnicos los que los hacen ser mapuches, no sus apellidos, no sus vestimentas y –definitivamente– no lo que diga un ignorante cualquiera.

8. No son un fenómeno actual.

Quizás algunos abuelos puedan contarnos que antes nadie decía ser mapuche, y que es una reivindicación de última hora, casi una moda. En realidad, luego de siglos de imposición y muchos años de guerra cultural, hubo generaciones y generaciones de mapuches que quisieron ser blancos porque ser blanco y negar el origen era considerado algo “bueno”, pero esto no podía mantenerse siempre, o no podía ser una tendencia generalizada. La guerra cultural europeizante es una realidad, y podemos verla en muchos ejemplos, algunos activos (obligación a hablar el español), algunos pasivos (que un individuo elija vestirse como occidental, abandonando su herencia). Décadas de imposición y dominación cultural occidental no pasan desapercibidos, y ante el peso de la bota gigantesca del cccidentalismo, lo deseable -para cualquiera que se diga defensor del nacionalismo e identidad de los pueblos- es que sacuda la comodidad desde sus cimientos, haciendo hervir al inconsciente colectivo de los pueblos. Negar esto es el primer paso para abrazar al mundo como una vulgar aldea global y uniforme.

Quizás, en Chile, con la idea mesticista extendida desde la educación primaria, antes nadie decía ser mapuche, lo que no significaba que el pueblo y sus genes no existieran. Pues tampoco nadie decía ser blanco. Pese a todo, ambas identidades son una realidad, y el reconocerse como tal en el nuevo siglo es primordial, por encima de cualquier opción política.

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