Cristianismo e Identidad Europea

Nota del Autor:
El siguiente texto es mi declaración de apertura para un debate con Jonas de Geer sobre Cristianismo y renacimiento europeo celebrada en Estocolmo, Suecia, el sábado 18 de Abril de 2015. Mis declaraciones posteriores fueron extemporáneas. Si el debate fue grabado, lo haré disponible en Counter-Currents. (más…)
La Tragedia de Occidente: Expandirse y Morir
Ryan Andrews

Comenzó con la Ilustración. Las condiciones sociales necesarias pudieron haberse desarrollado en los siglos anteriores y quizás las condiciones biológicas necesarias se desarrollaron milenios antes de eso, pero nuestra historia real, per se, comienza con la Ilustración. (más…)
El concepto de raza de Julius Evola: Un racismo de tres grados
Artículo publicado originalmente como “Julius Evola’s Concept of Race: A Racism of Three Degrees”, por Michael Bell, en Counter-Currents. Traducción por A. Garrido.
Desde el surgimiento de la antropología física, la definición del término “raza” ha sufrido varios cambios. En 1899, William Z. Ripley declaraba que, “La raza, propiamente hablando, es responsable sólo de aquellas peculiaridades, mentales o corporales, que son transmitidas con constancia a lo largo de líneas de descendencia física directa” [1].
En 1916, Madison Grant la describió como la “inmutabilidad de caracteres somatológicos o corporales, con que está estrechamente asociada la inmutabilidad de predisposiciones físicas e impulsos” [2]. De él se hizo eco una década más tarde el antropólogo alemán Hans F. K. Günther, quien en su Elementos Raciales de la Historia Europea dijo: “Una raza se manifiesta en un grupo humano que se delimita de todo otro grupo humano a través de su propia adecuada combinación de características corporales y mentales, y a su vez produce sólo su tipo”[3].
Según el psicólogo evolucionista canadiense nacido en Inglaterra, J. Philippe Rushton:
Cada raza (o variedad) se caracteriza por una más o menos distinta combinación de rasgos morfológicos, conductuales, psicológicos heredados…La formación de una nueva raza tiene lugar cuando, a lo largo de varias generaciones, los individuos de un grupo se reproducen más frecuentemente entre sí que con individuos de otros grupos. Este proceso es más aparente cuando los individuos viven en áreas geográficas diversas y por lo tanto evolucionan adaptaciones reconocibles únicas (tales como el color de piel) que son ventajosas en sus entornos específicos [4].
Estos ejemplos indican que, dentro del contexto académico (donde aquellos que aún creen en la “raza” están luchando una batalla perdida contra los hierofantes de la antropología cultural), una raza es simplemente un grupo humano con rasgos físicos y mentales comunes distintos que son heredados.
Entre los racialistas blancos, donde la raza tiene más que una importancia meramente científica, una dimensión más profunda ha sido añadida al concepto: la del espíritu. En La Decadencia de Occidente, Oswald Spengler expone la idea de las “formas del alma” apolíneas, fáusticas y mazdeistas, que pueden ser entendidas como tipos raciales espirituales [5]. En su muy influyente tomo spengleriano Imperium, Francis Parker Yockey elaboró su noción, afirmando que mientras existen individuos genéticamente relacionados dentro de cualquier grupo humano particular, la raza en sí es espiritual: se trata de un profundo sentido de identidad conectado con un impulso de perpetuar no sólo genes, sino que toda una forma de vida. “La raza impulsa hacia la auto-preservación, la continuación del ciclo de generaciones, incremento de poder” [6]. La raza espiritual es un impulso hacia el destino colectivo.
El lado espiritual de la raza, sin embargo, nunca fue sistemáticamente explicado en la misma medida que el físico. Su existencia fue, en cambio, meramente sugerida y dada por sentado. Fue sólo en los escritos del muy pasado por alto tradicionalista radical y esoterista italiano Julius Evola, que la dimensión espiritual fue finalmente articulada en detalle. Uno que ha estudiado la raza desde perspectivas biológicas, psicológicas y sociales debiera recurrir los escritos de Evola para una lección que culmine el tema. Los escritos de Evola proveen una riqueza de información que uno no puede conseguir en otro lugar. A través de un cuidadoso análisis de la literatura antigua y mitos, junto con antropología, biología, historia y materias relacionadas, Evola ha construido una comprehensiva explicación del espíritu racial.
Mi propósito aquí es simplemente esbozar la doctrina de raza de Evola. Ya que la vida y carrera de Evola han sido detenidamente examinadas en otra parte [7], el único dato biográfico relevante aquí es que los pensamientos de Evola sobre raza fueron oficialmente adoptados como política por el Partido Fascista de Mussolini en 1942 [8].
Cuerpo y Mente
La definición precisa de “raza” de Evola es similar a la de Yockey: es una esencia interna que una persona debe “tener”; esto será explicado más adelante. Mientras tanto, un buen punto de partida es la comprensión de Evola de los distintos grupos humanos.
Evola está de acuerdo con los antropólogos físicos en que existen distintos grupos con rasgos físicos comunes producidos por un genotipo común: “la forma externa…que, de nacimiento en nacimiento, deriva del “gen”… se llama fenotipo [9]”. Él se refiere a estos grupos como “razas del cuerpo”, y coincide con Günther en que ejemplos adecuados incluyen a los nórdicos, mediterráneos, bálticos orientales, orientálidos, negroides, y muchos otros [10].
Evola describe a la “raza del alma” como los rasgos colectivos mentales y conductuales de una estirpe humana, y el “estilo” exterior a través de los cuales éstas se exhiben. Cada raza tiene esencialmente las mismas predisposiciones mentales; todos los pueblos humanos, por ejemplo, desean satisfacción sexual de una pareja. Sin embargo, cada estirpe humana manifiesta externamente estos instintos internos en una manera diferente, y es este “estilo”, como Evola lo llama, el componente clave de la “raza del alma”.
Para ilustrar este punto, compare al strategos espartano (alma nórdica) con el shofet cartaginés (alma levantina) [11]: el espartano considera heroico pelear mano-a-mano con escudo y lanza y cobarde atacar a la distancia con proyectiles, mientras que el cartaginés encuentra natural emplear elefantes y equipo de gran asedio para consternar absolutamente y dispersar a sus enemigos para una victoria conveniente.
El nombre de estas razas del alma corresponde con los del cuerpo, por consiguiente un alma nórdica, un alma mediterránea, un alma levantina, etc. Evola dedica un capítulo completo en El hombre entre las ruinas a comparar el alma “nórdica” o “ario-romana” con la “mediterránea”. El alma nórdica es la de “la raza del hombre activo, del hombre que siente que el mundo se presenta a él como material de posesión y ataque” [12]. Es el carácter por excelencia del “tipo fuerte y silencioso”:
Entre ellos deberíamos incluir el auto-control, una audacia iluminada, un discurso conciso, una conducta determinada y coherente, y una actitud dominante fría, exenta de personalismo y vanidad… El mismo estilo es caracterizado por acciones deliberadas, sin grandes gestos; un realismo que no es materialismo, sino más bien amor a lo esencial…La disposición a unir, como seres humanos libres y sin perder la propia identidad, en vista de una meta superior o por una idea. [13]
Evola también cita a Helmuth Graf von Moltke (el anciano) sobre el ethos nórdico: “Habla poco, haz mucho, y se más de lo que aparentas ser” [14].
El alma mediterránea es la antítesis de la nórdica. Este tipo de persona es un vano, ruidoso, presumido que hace cosas sólo para hacerse notar. Tal persona podría incluso hacer grandes hazañas a veces, pero ellas no son hechas principalmente por su valor positivo, sino simplemente para llamar la atención. Además, el mediterráneo hace de la sexualidad el punto focal de su existencia [15]. El parecido de esta imagen al americano promedio narcisista, obsesionado-con-sexo-y-celebridad de hoy – ya sea genéticamente nórdico o mediterráneo – llama la atención. No hay más que mirar American Idol o navegar a través de perfiles de Myspace.com para ver esto.
La raza del espíritu
El más profundo y por lo tanto más complicado aspecto de la raza para Evola es el del “espíritu”. Él lo define como “la actitud variante de una estirpe humana hacia el mundo espiritual, supra-humano y divino, tal como se expresa en la forma de sistemas especulativos, mitos, y símbolos, y la diversidad de la propia experiencia religiosa” [16]. En otras palabras, es la manera en que los diferentes pueblos interactúan con los dioses mientras se transmiten a través de sus culturas; una “cultura” incluiría rituales, arquitectura de templo, el rol de un sacerdocio (o la completa falta del mismo), jerarquía social, el estatus de las mujeres, simbolismo religioso, sexualidad, arte, etc. Esta cultura, o visión del mundo, sin embargo, no es simplemente el producto de causas sociológicas. Es el producto de algo innato dentro de una estirpe, “una fuerza meta-biológica, que condiciona tanto las estructuras físicas como psíquicas” de sus miembros individuales [17].
La fuerza “meta-biológica” en cuestión tiene dos formas diferentes. La primera corresponde a una identificación o un inconciente colectivo, un tipo de mente-espíritu grupal que se divide en espíritus individuales y entra al cuerpo de un miembro del grupo al nacer. Evola lo describe como “subpersonal” y perteneciente “a la naturaleza y al mundo infernal” [18]. Los pueblos más ancestrales, según explica, representaban esta fuerza simbólicamente en sus mitos y sagas; ejemplos incluirían los tótems animales de los aborígenes americanos, el ka de los egipcios faraónicos, o los lares de los pueblos latinos. La naturaleza “infernal” del último ejemplo era enfatizada por el hecho de que se creía que los lares eran regidos por una deidad subterránea llamada Mania [19]. Cuando una persona moría, este elemento metafísico sería absorbido de vuelta en el colectivo de donde vino, sólo para ser reciclado en otro cuerpo, pero desprovisto de cualquier recuerdo de su vida anterior.
La segunda forma, superior a la primera, es una que no existe en cada estirpe naturalmente, o en cada miembro de una determinada estirpe; es una fuerza de otro mundo que debe ser dibujada en la sangre de un pueblo a través de la práctica de ciertos ritos. Esta acción corresponde a la noción hindú de “realización del ser”, o experimentar una unidad con la fuente divina de toda la existencia y el orden (Brahman). Esta tarea sólo puede ser lograda por unos pocos dotados, que al hacer esta conexión divina se someten a una transformación interior. Ellos se vuelven concientes de los principios inmutables, en el nombre de los cuales ellos avanzan para forjar su parentesco étnico en estados holísticos – versiones microcósmicas del principio trascendente del orden mismo. Así, los brahmanes y kshatriyas de la India, los patricios de Roma, y los samurai de Japón tenían una “raza del espíritu”, que es esencialmente “tener raza” en sí. Otros podrán tener las razas del cuerpo y el alma, pero la raza del espíritu es la raza par excellence.
La trascendencia experimentada diferentemente por grupos étnicos diferentes. Como resultado, diferentes entendimientos de lo inmutable surgen alrededor del mundo; de estas diferencias emergen varias “razas del espíritu”. Evola se enfoca en dos en particular. El primero es el “espíritu telúrico” caracterizado por una profunda “conexión con el suelo”. Esta raza alaba a la Tierra en sus varias manifestaciones culturales (Cybele, Gaia, Magna Mater, Ishtar, Inanna, etc.) y una asociación de “demonios”. Su visión de la vida después de la muerte es fatalista: el espíritu individual es engendrado desde la Tierra y luego retorna a la Tierra, o al eterno reino de Mania, después de la muerte, sin ninguna otra posibilidad [20]. Su sociedad es matriarcal, con los hombres a menudo tomando los apellidos de sus madres y siendo la descendencia familiar trazada a través de la madre. Además, las mujeres a menudo sirven como altas sacerdotisas. El sacerdocio, de hecho, recibe preeminencia, donde el elemento guerrero aristocrático es subordinado, si es que existe en absoluto.
Esta raza ha tenido representantes en todas las tierras de Europa, Asia, y África que fueron primero pobladas por pre-arios: los íberos, etruscos, pelásgico-minoicos, fenicios, los pueblos del Valle del Indo, y todos los otros de origen mediterráneo, oriental y negroide. Las invasiones de estirpe aria introducirían a estos pueblos un espíritu racial diametralmente opuesto: la raza “solar” u “olímpica”.
La segunda raza adora al celestial dios del orden, manifestado como Brahman, Ahura-Mazda, Tuisto (el antecedente de Odín), Cronos, Saturno, y las varias deidades solares de América hasta Japón. Su método de adoración no es la auto-postración y humildad practicada por semitas, o las extáticas orgías de los mediterráneos, sino la acción heroica (para los guerreros) y la contemplación meditativa (para los sacerdotes), ambas de las cuales establecen un enlace directo con lo divino. Las sociedades olímpicas son jerárquicas, con una casta sacerdotal en la parte superior, seguida por una casta guerrera, luego una casta de comerciantes, y finalmente una casta trabajadora. El gobernante mismo asume el rol dual de sacerdote y guerrero, que demuestra que el sacerdocio no ocupa el timón de la sociedad como lo hacían entre los pueblos telúricos. Finalmente, la vida después de la muerte no era vista como una inescapable disolución en la nada, sino que como una de dos potenciales conclusiones de una prueba. Aquellos que vivan de acuerdo a los principios de su casta, sin extraviarse mucho del sendero, y quienes lleguen a “darse cuenta del ser”, experimentan una unidad con Dios y entran al celestial reino que está más allá de la muerte. Aquellos que vivan una vida indigna, una existencia inquieta que sitúa todo el énfasis en las cosas materiales y físicas, sin darse cuenta de la presencia del ser divino dentro de toda vida, sufren la “segunda muerte” [21], o el regreso a la mente-espíritu racial colectivo mencionado antes.
La raza olímpica ha aparecido a lo largo de la historia en las siguientes formas: en América como los Incas; en Europa y Asia como los pueblos hablantes del indo-europeo; en África como los egipcios; y en el lejano Este como los japoneses. Generalmente, esta raza del espíritu ha sido transportada por oleadas de pueblos fenotípicamente nórdicos, que se explicarán más adelante.
Génesis racial
De considerable importancia para la cosmovisión racial de Evola es su explicación de la historia humana. Contrario a las visiones de la mayoría de los antropólogos físicos y arqueólogos, e incluso de muchos intelectuales racialistas blancos, la humanidad no evolucionó de un primitivo ancestro simio, y luego se bifurcó en diferentes poblaciones genéticas. La evolución en sí es una falacia para Evola, quien creía que estaba arraigada en la igualmente falsa ideología del progresismo: “No creemos que el hombre deriva del simio por evolución. Creemos que el simio se deriva del hombre por involución. Estamos de acuerdo con De Maistre en que los pueblos salvajes no son pueblos primitivos, sino que los remanentes degenerados de razas más antiguas que han desaparecido” [22].
Evola argumenta en muchos de sus trabajos, como Bal Ganghadar Tilak y René Guénon antes que él, que los pueblos arios del mundo descienden de una raza que una vez habitó el Ártico. En una “prehistoria distante” esta tierra fue el asentamiento de una súper-civilización – “súper” no por sus logros materiales, sino por su conexión con los dioses – que ha sido recordada por varios pueblos como Hiperbórea, Airyana-Vaego, Mount Mero, Tullan, Eden, y otras etiquetas; Evola usa interpretación helena “Hiperbórea” más que el resto, probablemente para mantenerse consecuente y evitar confusión con sus lectores. Los hiperbóreos mismos, según explica, fueron los portadores originales de espíritu racial olímpico.
Debido a un horrible cataclismo, el asentamiento primordial fue destruido, y los hiperbóreos fueron forzados a migrar. Una fuerte concentración de refugiados terminó en un ahora perdido continente en algún lugar en el Atlántico, donde establecieron una nueva civilización que corresponde a la “Atlántida” de Platón y la “Tierra Occidental” de los Celtas y otros pueblos. La historia se repite a sí misma, y finalmente este asentamiento fue también destruido, enviado una oleada de migrantes hacia el Este y hacia el Oeste. Como Evola señala, esta particular oleada “[correspondió] al hombre de Cro-Magnon, quien hizo su aparición hacia el final de la era glaciar en la parte occidental de Europa”, [23] proporcionando así cierta evidencia histórica a su relato. Esta estirpe “puramente aria” finalmente se convertiría en la raza proto-nórdica de Europa, que luego evolucionaría localmente en una multitud de estirpes nórdicas que viajaron a lo largo del mundo y fundaron las más grandes civilizaciones, desde el Perú Inca hasta el Japón Sintoista.
Evola destina menos tiempo a trazar la génesis de los pueblos no-blancos, a los que constantemente se refiere como razas “autóctonas”, “bestiales”, y “sureñas”. En su trabajo seminal Revuelta contra el mundo moderno, él dice que “las razas proto-mongoloides y negroides…probablemente representaron los últimos residuos de los habitantes de un segundo continente, ahora perdido, que estaba localizado en el Sur, y que algunos han designado como Lemuria”.[24] En contraste con los superiores nórdico-olímpicos, estas estirpes fueron adoradores telúricos de la Tierra y sus demonios elementales. Los semitas y otras razas mezcladas, Evola afirma, son productos del mestizaje entre colonos atlantes y estas razas lemurianas. Civilizaciones tales como las pre-helénicas, Mohenjo-Daro, egipcios pre-dinásticos, y fenicios, entre incontables otras, fueron fundadas por estos pueblos mezclados.
Racialismo en práctica
Los movimientos racialistas desde la Alemania nacionalsocialista hasta la América contemporánea, han tendido a enfatizar la preservación de los tipos raciales físicos. Mientras los fenotipos fueron importantes para Evola, su principal meta para el Racialismo fue salvaguardar el espíritu racial olímpico del hombre europeo. Fue desde este espíritu que las más grandes civilizaciones indo-europeas recibieron la fuente de su liderazgo, los principios alrededor de los que centraron sus vidas, y así el manantial de su vitalidad. Mientras de Gobineau, Grant, y Hitler argumentaron que la pureza de sangre era el factor determinante en la vida de una civilización, Evola sostuvo que “Sólo cuando la ‘raza espiritual’ de una civilización está desgastada o rota, comienza su decadencia”[25]. Cualquier pueblo que se dirija a mantener un ideal racial físico sin sustancia espiritual interna es una raza de “animales muy hermosos destinados a trabajar”, [26] pero no destinados a producir una alta civilización.
La importancia de los fenotipos es descrita así: “La forma física es el instrumento, expresión, y símbolo de la forma psíquica” [27]. Evola sintió que sólo sería posible descubrir el deseado tipo espiritual (olímpico) a través de una examen sistemático de los tipos físicos. Incluso para Evola, un barón siciliano, el mejor lugar para mirar en este sentido era el “cuerpo ario o ario-nórdico”; como menciona en varias ocasiones, era, después de todo, esta raza la que transportó la tradición olímpica a lo largo del mundo. Él llamó a este proceso de selección física “racismo de primer grado”, que era la primera de tres etapas.
Una vez que el fenotipo nórdico apropiado era identificado, varias pruebas “adecuadas” que comprendían el racismo de segundo y tercer grado serían implementadas para determinar el alma y espíritu racial de una persona [28]. Evola nunca trazó un programa específico para esto, pero hace alusiones en sus trabajos a evaluaciones en que las opiniones políticas y raciales de una persona serían tomadas en cuenta. En su Elementos de Educación Racial, él afirma que “El que dice sí al racismo es aquel en que la raza aún vive”, y quien tiene raza está intrínsecamente en contra de los ideales democráticos. Él también compara el verdadero racismo con el “espíritu clásico”, que está arraigado en la “exaltación de todo lo que tiene forma, rostro e individualización, en oposición a lo que es sin forma, vago, e indiferenciado”[29]. Tener en mente que para Evola, “tener raza” es sinónimo con tener “raza olímpica” del espíritu. Al descubrir una mentalidad que se ajusta al criterio para alma y espíritu, una subsecuente educación de “disciplinas apropiadas” sería llevada a cabo para asegurar que el espíritu racial dentro de esta persona sea “mantenido y desarrollado”. Mediante tales rituales, conducidos en una amplia escala, una nación puede determinar aquellas personas dentro de ella que encarnan el ideal racial y la capacidad para el liderazgo.
Proteger y desarrollar a los nórdicos-olímpicos era principal para Evola, pero su Racialismo tenía otras metas. Él buscaba producir un “tipo unificado”, o una persona en quien las razas del cuerpo, alma, y espíritu coincidieran unas con otras y trabajaran juntas armoniosamente. Por ejemplo: “Un alma que experimenta al mundo como algo ante lo que toma activamente una posición, que considera al mundo como un objeto de ataque y conquista, debería tener un rostro que refleje mediante rasgos marcados y atrevidos su experiencia interior, un delgado, alto, inquieto, erguido cuerpo – un cuerpo ario o nórdico-ario”`[30].
Esto era importante porque “no es imposible que las apariencias físicas peculiares de una raza determinada puedan ser acompañadas por rasgos psíquicos de una raza diferente” [31]. Para Evola, si la gente elige parejas sólo en base a las características físicas, existe una buena posibilidad de que diferentes elementos mentales y espirituales se entremezclen y generen una confusión peligrosa; habrían nórdicos con características mentales semíticas y predisposiciones espirituales asiáticas, alpinos con proclividades nórdicas y actitudes religiosas fatalistas, y así sucesivamente. Tal mezcla era lo que Evola consideraba un tipo mestizo, en quién los “mitos cosmopolitas de la igualdad” se vuelven mentalmente manifestados, pavimentando así el camino a la bestia de la democracia y el comunismo para impregnar a la nación y tomar el control.
Evola se preocupaba más del tipo racial aristocrático, pero no quería que la población se convirtiera en una masa bastardizada: “Debemos comprometernos a la tarea de aplicar a la nación en su conjunto el criterio de coherencia y unidad, de correspondencia entre los elementos externos e internos” [32]. Si la aristocracia tenía como sus súbditos una mancha sin espíritu, un pueblo internamente roto, la nación no tendría ninguna esperanza. Para el Estado fascista, él promovió una campaña educacional para asegurar que las personas de Italia seleccionaran a sus parejas apropiadamente, buscando tanto apariencias como comportamiento; los no-europeos serían, por supuesto, excluidos por completo. El sistema escolar desempeñaría su rol, así como la literatura popular y el cine [33].
Otra manera para desarrollar la “raza interna” es a través del combate. No el combate en el sentido moderno de presionar un botón y arrasar instantáneamente a miles de personas, sino que el combate como se desenvuelve en las trincheras y en el campo de batalla, cuando es hombre contra hombre, así cómo el hombre contra sus demonios internos. Evola escribe “la experiencia de la guerra, y los instintos y corrientes de fuerzas profundas que emergen a través de tal experiencia, dan al sentido racial una correcta y fecunda dirección”[34]. Mientras tanto, el cómodo estilo de vida burgués y su visión del mundo pacifista conducen a la paralización de la raza interior, que en última instancia se extinguirá si de ahí en adelante es infligido daño exterior (mediante la entremezcla con elementos inferiores).
Conclusión
Los racialistas americanos tiene mucho que ganar de una introducción al pensamiento de Evola sobre la raza. En el contexto americano, el Racialismo está virtualmente desprovisto de cualquier elemento espiritual elevado; muchos racialistas incluso se sienten orgullosos de esto. Existen, sin duda, muchos racialistas que se consideran devotos católicos o protestantes, y puede que incluso lo sean. Sin embargo, a la realidad de la raza como fenómeno espiritual se le da poca atención, si es que alguna en absoluto. Por alguna razón, los racialistas americanos están convencidos de que la grandeza de la civilización occidental, evidenciada por su literatura, arquitectura, descubrimientos, invenciones, conquistas, imperios, tratados políticos, logros económicos, y similares, se encuentra solamente en las características mentales de su pueblo. Por ejemplo, los romanos erigieron el Coliseo, los ingleses inventaron el capitalismo, y los griegos desarrollaron el teorema de Pitágoras, simplemente porque todos ellos tenían altos C.I. Cuando uno compara los logros de diferentes pueblos occidentales, y aquellos de Occidente con Oriente, sin embargo, esta explicación parece inadecuada.
La inteligencia por si sola no puede explicar los diferentes estilos que son transmitidos a través de formas culturales de diferentes pueblos; el orden corintio de los griegos por un lado, y las mezquitas árabes y minaretes por otro, no son resultados del mero intelecto. Las explicaciones sociológicas tampoco funcionan; los egipcios y mayas vivieron en entornos inmensamente diferentes, sin embargo ambos evocaron su estilo a través de pirámides y jeroglíficos. La única explicación para estos fenómenos es que hay algo más profundo dentro de un pueblo, algo más profundo y más poderoso que estructuras corporales y predisposiciones mentales. Como Evola dilucida a través de su multitud de trabajos – ellos mismos resultado de intenso estudio de textos antiguos y modernos de cada disciplina imaginable – la raza tiene un aspecto “súper-biológico”: una fuerza espiritual. Los pueblos antiguos entendieron esta realidad y lo transmitieron a través de sus mitos: los romanos usaron los lares; los mayas usaron símbolos animales totémicos; los persas usaron los fravashi, que fueron sinónimos de las valkirias nórdicas [35]; los egipcios usaron el ka; y los hindúes en el Bhagavad-Gita usaron al señor Krishna.
Para mejor entender el lado espiritual de la raza, el mejor lugar para mirar es Julius Evola. A través de sus trabajos, que han influenciado mucho a la Nueva Derecha Europea, Evola disecciona y examina el concepto de Vokgeist, o espíritu racial. Es la fuerza supernatural que anima los cuerpos de una raza determinada y estimula las conexiones en sus cerebros. Es la sustancia de la que surgen las culturas, y de la cual una aristocracia se materializa para elevar a aquellas culturas a altas civilizaciones. Sin ella, una raza es simplemente una tribu de autómatas que se alimentan y copulan:
Cuando el elemento súper biológico que es el centro y medida de la verdadera virilidad está perdido, la gente puede llamarse a sí misma hombres, pero en realidad no son más que eunucos y su paternidad simplemente refleja la calidad de animales que, cegados por instinto, procrean al azar a otros animales, que a su vez son meros vestigios de la existencia [36].
En ningún lugar las ideas raciales de Evola serían más valiosas que en los Estados Unidos, una tierra en que la idea de realidades trascendentes es objeto de burla, si no es violentamente atacada. Incluso los racialistas americanos, que ven con nostalgia los tiempos “mejores” cuando la gente era más “tradicional”, son completamente inconscientes de cómo la tradición aria, en su forma más pura, entiende el concepto de raza. Muchas de estas personas afirman ser “arios” mientras que a la vez se llaman a sí mismos “ateos” o “agnósticos”, a pesar de que en sociedades ancestrales, uno necesitaba practicar los ritos religiosos necesarios y sufrir ciertos juicios antes de tener el derecho a intitularse uno mismo como ario. De ahí la necesidad para estos “ateos arios” de familiarizarse con Julius Evola.
Notas
- William Z. Ripley, The Races of Europe: A Sociological Study (New York: D. Appleton and Co., 1899), 1.
- Madison Grant, The Passing of the Great Race (North Stratford, N.H.: Ayer Company Publishers, Inc., 2000), xix.
- H. F. K. Günther, The Racial Elements of European History, trad. G. C. Wheeler (Uckfield, Sussex, UK: Historical Review Press, 2007), 9.
- J. Philippe Rushton, “Statement on Race as a Biological Concept,” 4 Noviembre, 1996, http://www.nationalistlibrary.com/index2.php?option=com_content&do_pdf=1&id=1354
- Oswald Spengler, The Decline of the West, 2 vols., trad. Charles Francis Atkinson (New York: Knopf, 1926 & 1928), vol. 1, cap. 6 and 9; cf. vol. 2, ch. 5, “Cities and Peoples. (B) Peoples, Races, Tongues.”
- Francis Parker Yockey, Imperium (Newport Beach, Cal.: Noontide Press, 2000), 293.
- Ver introducción a Julius Evola, Men Among the Ruins, trad. Guido Stucco, (Rochester, Vt.: Inner Traditions International, 2002).
- Evola, Men Among the Ruins, 47.
- Julius Evola, The Elements of Racial Education, trad. Thompkins and Cariou (Thompkins & Cariou, 2005), 11.
- Evola, Elements of Racial Education, 34–35.
- Para más sobre la “raza del alma” Levantina ver Elements of Racial Education, 35.
- Evola, Elements of Racial Education, 35.
- Evola, Men Among the Ruins, 259.
- Evola, Men Among the Ruins, 262.
- Evola, Men Among the Ruins, 260. Las descripciones de Evola sobre las proclividades nórdicas y mediterráneas muestra la fuerte influencia de The Racial Elements of European History de Günther
- Evola, Elements of Racial Education, 29.
- Julius Evola, Metaphysics of War: Battle, Victory & Death in the World of Tradition, ed. John Morgan y Patrick Boch (Aarhus, Denmark: Integral Tradition Publishing, 2007), 63.
- Julius Evola, Revolt Against the Modern World, trad. Guido Stucco (Rochester, Vt.: Inner Traditions International, 1995), 48.
- Evola, Revolt Against the Modern World, 48.
- Evola, Elements of Racial Education, 40.
- Evola, Revolt Against the Modern World, 48.
- Julius Evola, Eros and the Mysteries of Love, trad. anonymous (Rochester, Vt.: Inner Traditions International, 1991), 9.
- Evola, Revolt Against the Modern World, 195.
- Evola, Revolt Against the Modern World, 197.
- Evola, Revolt Against the Modern World, 58.
- Evola, Revolt Against the Modern World, 170.
- Evola, Elements of Racial Education, 30.
- Julius Evola, “Race as a Builder of Leaders,” trad. Thompkins and Cariou, http://thompkins_cariou.tripod.com/id7.html.
- Evola, The Elements of Racial Education, 14, 15.
- Evola, The Elements of Racial Education, 31.
- Evola, “Race as a Builder of Leaders.”
- Evola, Elements of Racial Education, 33.
- Evola, Elements of Racial Education, 25.
- Evola, Metaphysics of War, 69.
- Evola, Metaphysics of War, 34.
- Evola, Revolt Against the Modern World, 170.
Fuente: TOQ, vol.9, no. 2 (Primavera 2009).
El Sueño Fascista, Parte 3
Artículo publicado originalmente como “The Fascist Dream, Part 3”, por Maurice Bardèche, en Counter-Currents. Traducción por A. Garrido.
Parte 3 de 3
Nota del Editor:
“El Sueño Fascista” es la tercera parte y final de Qu’est-ce que le fascisme? (¿Qué es el Fascismo?) De Maurice Bardèche (Paris: Les Sept Couleurs, 1961).
El propósito del Estado fascista es dar forma al hombre de acuerdo a un modelo particular. A diferencia de los Estados democráticos, los Estados fascistas no vacilan en enseñar sobre moral. Los fascistas piensan que la voluntad y energía disponibles para la nación son su capital más preciado. Ellos hacen su más alta prioridad incentivar las cualidades colectivas que dan forma y preservan la energía nacional. Buscan desarrollar cualidades nacionales tales como la disciplina, el gusto por el orden, el amor al trabajo, el sentido del deber y del honor. En la práctica de tareas cotidianas, estos principios morales nacionales son expresados en un sentido de responsabilidad, un sentido de solidaridad, conciencia de los deberes del mando, el sentimiento de estar en el hogar en un orden aceptado y en una tarea importante.
Estos sentimientos no son enseñados en escuelas con frases escritas en pizarrones. Si la educación es para despertarlos en un niño, es el propio régimen el que debe desarrollarlos en los hombres, con justicia en la distribución del ingreso nacional, por el ejemplo que establece, por las tareas que éste desarrolla.
La disciplina no surge en la acción con el toque de una varita mágica o en respuesta a un llamamiento grandilocuente: es una señal de la estima que un pueblo da a aquellos que lo dirigen, y un régimen debe ganar esto cada día mediante la seriedad de sus acciones y la sinceridad de su amor al país. La disciplina de una nación es un arma que es forjada como la disciplina de un ejército. Se entiende que es un tesoro que debe ser protegido. Pero es por sobre todo la recompensa de hombres que se entregan completamente a su trabajo y son ejemplos de coraje, abnegación y honestidad.

Esta cohesión de la voluntad nacional es, además, posible sólo en un país limpio. Ningún régimen debería estar más preocupado por el honor, honestidad, salud moral que un régimen autoritario, y debe primero que todo ser implacable en consideración a sus propios funcionarios. Esto no siempre ha sido visto en el pasado. Pero hay muchas otras cosas que no siempre hemos visto en el pasado. Tal auto-disciplina es la única cosa que legitima la disciplina que uno exige de los demás.
Pero la política de limpieza es más que sólo eso. Es también sobre la eliminación sistemática de todo lo que desincentiva, mancha y desagrada. No estoy hablando de revistas pornográficas cuya supresión los devotos y moralistas creen que salvará a la nación. Principalmente, hablo de las fortunas amasadas sin trabajo, éxito injustificado, ladrones triunfantes y sinvergüenzas, el espectáculo que es infinitamente más desmoralizante y dañino que las nalgas de chicas de portada. No quiero el reino de la virtud, mucho menos del orden moral. Pero considero que es obvio que uno no puede pedir a un pueblo que ame su trabajo y que lo haga con seriedad y precisión sin remover de circulación social a aquellos que insultan nuestro trabajo y nuestra conciencia mediante su manera de hacerse ricos.
El fascismo no solamente propone otra imagen de la nación sino que del hombre. El fascismo premia algunas cualidades humanas sobre todas las demás porque las mismas parecen dar fuerza y duración al Estado así como significado a las vidas individuales. Estas son las cualidades que han sido requeridas en todos los tiempos de los hombres que participan en empresas difíciles y peligrosas: coraje, disciplina, el espíritu del sacrificio, energía – virtudes requeridas de los soldados en combate, pioneros, marineros en peligro. Estas son cualidades peculiarmente militares y, por así decirlo, animales: nos recuerdan que la primera tarea del hombre es proteger y someter, un llamado que la gregaria y pacificada ciudad nos lleva a olvidar, pero que es despertado por el peligro y cada logro difícil donde el hombre de nuevo encuentra sus adversarios naturales: tormentas, catástrofes, desiertos.
Las cualidades humanas del hombre han engendrado otras que son inseparables de él, porque pertenecen a un código de honor que fue establecido en el peligro: ellas son la lealtad, fidelidad, solidaridad, abnegación. Estas cualidades son los fundamentos de las relaciones entre hombres en todos los tiempos, incluso en horas de incertidumbre y abandono. Constituyen un sistema de compromisos mutuos sobre los que todos los grupos de hombres pueden vivir. El resto de la moralidad es nada más que una serie de aplicaciones, que siempre varían con el tiempo y lugar.
Estas cualidades que son funcionales, por así decirlo, y que el sueño fascista toma como esencial, a su vez dan lugar a otras que son su refinación, que siempre con tiempo y lugar, y que se vuelven esenciales a su vez, en la medida que el animal humano es más conciente de quién es y de lo que merece. Estas cualidades son lujos que las sociedades militares se dieron a sí mismas mientras tomaban forma y constituían su jerarquía. Ellos incluyen el orgullo, escrupulosidad en votos, generosidad, respeto a un adversario valiente, protección del débil y desarmado, desprecio a los mentirosos y respeto a aquellos que luchan justo.
Estas cualidades cívicas todavía agitan oscuras palpitaciones cuando nuestras ciudades decadentes honran a aquellos que, en el pasado, hicieron su negocio para luchar y ser plenamente hombres. Ellos se encontraron tanto en el ejército como en órdenes religiosas, entre los príncipes sarracenos y samurai. Ellos constituyen, en el fondo, el único código que las sociedades militares han reconocido según su vocación; ellos son esenciales al honor del soldado.
Se nos dice que más tarde los monjes guerreros se convirtieron en matones y sodomitas, barones ladrones, y príncipes degolladores. ¿Cuándo la riqueza y sobre todo el poder no han degradado? Es la idea lo que importa. Esta hermosa bestia humana, esta saludable bestia humana soñaba el fascismo.
Sin duda es triste que el lodo de la guerra lo haya hecho casi irreconocible, que la furia de la guerra lo haya borrado como una estatua en el desierto, azotada por los vientos de la venganza y el odio. No digo “esto es lo que fue”. Digo “esto es lo que podría haber sido y a veces fue”. Esto es el sueño fascista, que fue el sueño en el corazón de unos pocos.
La derrota del fascismo no debería hacernos olvidar que la imagen existe, que aún permanece grande, y que otros pueden encontrarla de nuevo bajo nuevos nombres. El mismo término fascismo sin duda se hundirá, porque está demasiado cargado con calumnias, porque está perdido en un mar de sombras bajo una niebla maligna. ¿Pero qué importa la palabra? Todos sabemos que la orden espartana, el hombre espartano, es el único escudo que permanecerá cuando la sombra de la muerte se levante sobre Occidente. Lenin profetizó que el fascismo sería la última forma adoptada para la supervivencia por las sociedades que no se rindan sin pelear contra la dictadura comunista. Si Occidente ya no tiene fuerza, si desaparece como un hombre viejo que se ahoga, no podemos hacer nada por él. Pero si se levanta para defenderse, la profecía de Lenin se hará realidad. Bajo un nombre diferente, un rostro diferente, y sin duda sin proyecciones del pasado, en la forma de un niño que no reconocemos, la cabeza de una joven Medusa, el orden espartano renacerá: y paradójicamente, sin duda, será la última defensa de la Libertad y la buena vida.
El Sueño Fascista, Parte 2
Artículo publicado originalmente como “The Fascist Dream, Part 2”, por Maurice Bardèche, en Counter-Currents. Traducción por A. Garrido.
Parte 2 de 3
Nota del Editor:
“El Sueño Fascista” es la tercera parte y final de Qu’est-ce que le fascisme? (¿Qué es el Fascismo?) De Maurice Bardèche (Paris: Les Sept Couleurs, 1961).
El Fascismo opone otra imagen del hombre a la del hombre democrático, otra concepción de la libertad a la de la jactanciosa libertad democrática.
La democracia no pone límites a la libertad más allá de prohibir dañar a otros. Los demócratas son rápidos en descubrir que uno puede dañar al gobierno sin dañar a otros, y sus códigos están llenos de ofensas políticas. Pero nunca han admitido que sin dañar a otros individualmente, uno todavía puede dañar a la nación como un todo a través del abuso de la libertad.
El Fascismo se opone a este anárquico concepto de libertad con una concepción social de la libertad. Éste no permite lo que daña a la nación. Permite todo lo demás. Es erróneo creer que está en el espíritu del fascismo limitar la libertad individual o la libertad de pensamiento. Nada tiene cambios en la vida cotidiana de un país cuando éste se vuelve fascista: al contrario del famoso dicho, cuando alguien toca el timbre a las siete en punto, debe ser el lechero.
Pero el fascismo no permite a alguien labrar imperios capturando las mentes de los tontos. El público no es un estanque donde puedes pescar todo el año y donde piratas bien equipados tienen el derecho a arrastrar fortunas con sus redes. Cualquiera puede pensar lo que quiera y decirlo. Pero la desviación de la voluntad del pueblo debe ser castigada en un país bien regulado, igual como al ladrón de electricidad. No es razonable que la ley proteja a los conejos pero no a nuestras mentes.
La anárquica libertad de la democracia no sólo permite la desviación de la voluntad popular y su explotación por intereses privados, ésta tiene consecuencias aún más graves. Abre la vida en todos lados a cada inundación, a cada miasma, a cada viento sucio, sin barreras, hasta la decadencia, explotación, y sobre todo mediocridad.
Nos hace vivir en una estepa que cualquiera puede invadir. Hay una palabra para el orden puramente negativo: la defensa de la libertad. Pero esta libertad es como una droga que pruebas una vez, es un crisma que se recibe, y entonces el hombre es abandonado indefenso en la estepa. Los monstruos pueden hacer sus nidos en esta estepa: ratas, sapos, serpientes lo convierten en una alcantarilla. Estos enjambres tienen derecho a crecer, como ortigas y maleza.
La libertad permite todo. Toda la suciedad de la que otros se quieren deshacer tiene el derecho absoluto de establecerse en la estepa, de hablar, de recurrir a la ley, y también de mezclar nuestra sangre con sueños negroides, bocanadas de brujería, pesadillas caníbales – flores monstruosas alfombrando insondablemente cerebros extranjeros. El surgimiento de una raza mestiza en una nación es el verdadero genocidio moderno, y las democracias modernas lo promueven sistemáticamente.
En cuanto a la mediocridad, surge como un insidioso veneno en aquellos pueblos que han recibido educación pero no metas e ideales. Es la lepra espiritual de nuestro tiempo. Nadie cree nada; todos temen ser embaucados. El Estado democrático a nadie le da una misión. No da más que una voz vacía, una libertad sin contenido, sin rostro, que malgastamos en placeres sórdidos. Todos están encadenados por su propio egoísmo. Todos están disgustados al ver su propia imagen, y la de su lamentable felicidad, en su vecino. Y odian estos espejos de su miseria.
¿Puede el fascismo ser una fe? Ésa es una palabra grande. Nuestras religiones están muriendo; no tienen sangre; el hombre espera nuevos dioses. Ninguna imagen de la ciudad puede reemplazar a los dioses. Pero el destino de los hombres puede aún ser una razón para vivir. Si nuestras vidas están condenadas a la noche, la alegría de construir, la alegría de la devoción, la alegría del amor, y también el sentimiento de haber cumplido fielmente nuestros deberes humanos siguen siendo un ancla a la que podemos aferrarnos. Estas vías que hemos trazado para nosotros mismos han salvado a los hombres de nuestro tiempo que no se resignan a la mediocridad y el asco.
El sueño fascista ve estas rutas a la alegría como abiertas para todos los hombres. No hay verdadero fascismo sin una idea que muestre todas las posibilidades de una gran obra. Y el verdadero fascismo es precisamente involucrar a toda la nación en esta obra, movilizar a la totalidad de ella, para hacer de cada trabajador un pionero y soldado de esta tarea y así darle el orgullo de haber peleado en su fila. El espíritu del fascismo consiste sobre todo en dotar a cada uno con la grandeza de la tarea cumplida por todos y así darle una alegría interior, un compromiso profundo, una meta vital que iluminará y transformará sus vidas.
Es falso pensar que esta idea debe ser expresada por una política de conquista. Ésa es la forma fácil y vulgar de grandes empresas que ya no pertenecen a nuestro tiempo. La creación de infraestructura nacional, la realización de un orden social justo y un pueblo saludable, la transformación de nuestras vidas de acuerdo al mundo moderno, la propagación de nuestra influencia y ejemplo son hermosas y difíciles tareas a las que cada uno puede contribuir a su propia manera.
Cuando todo es una aventura, esto comunica el espíritu de la aventura. Transformar Corrèze puede ser tan emocionante como organizar un servicio de correo aéreo, pero es necesario inyectar la idea de que esto es una empresa emocionante. El fascismo reconoce esta irremplazable mística del logro. Es un signo de degeneración cuando la adoración a un hombre sustituye la tarea a ser cumplida y cuando la nación se nutre con nada más que palabras, autoridad sin programa, retratos disfrazados de principios: es nada más que un burro con un policía siguiéndolo detrás.
Así el fascismo conduce a una moralidad social diferente que la democracia, y busca desarrollar un tipo humano que las democracias ignoran o combaten.
Los demócratas creen en la bondad natural del hombre, en el progreso como el curso de la historia. Piensan que todas las partes de la personalidad merecen igual desarrollo. Para ellos, el Estado no hace morales a los hombres, solamente les enseña a leer; la educación es una panacea que puede obrar milagros. La democracia no interviene para establecer su propia imagen del hombre. Su fino ideal en ningún lado existe. Uno no puede siquiera decir que los hombres a cargo eligen temas acordes a su agenda, como líderes de seminarios. La democracia está sólo interesada en los diplomas. La democracia distribuye premios por excelencia. Ella sitúa a sus mejores alumnos en el Panteón. Pero en 100 años, no ha producido a un solo héroe.
Los fascistas no creen en la bondad natural del hombre; no creen que el progreso sea la irreversible dirección de la historia. Ellos tienen esta ambiciosa idea de que el hombre tiene el poder para crear, por lo menos en parte, su propio destino. Ellos creen que las revoluciones de la historia, por supuesto, tienen causas y preparaciones de todos los tipos, pero que están finalmente determinadas y dirigidas por la energía de un hombre o de un grupo, sin la cual estas revoluciones ni siquiera habrían ocurrido. Así consideran las victorias y derrotas como el resultado de una mezcla de causas remotas, las oportunidades del momento, y la tenaz voluntad de los hombres, que no puede ser equiparada, y no abandonan la esperanza de que el hombre pueda, mediante la fuerza de la prudencia y la energía, resistir a los eventos. En particular, creen que el rumbo responsable es desarrollar a su pueblo las cualidades que les permitirían sobrevivir y no ceder ante la adversidad.
El Sueño Fascista, parte 1
Artículo publicado originalmente como “The Fascist Dream, Part 1”, por Maurice Bardèche, en Counter-Currents. Traducción por A. Garrido.
Parte 1 de 3
Nota del Editor:
“El Sueño Fascista” es la tercera parte y final de Qu’est-ce que le fascisme? (¿Qué es el Fascismo?) De Maurice Bardèche (Paris: Les Sept Couleurs, 1961).
La dictadura es perenne. Los romanos suspendían las libertades de la república cuando la patria estaba en peligro. La convención hizo lo mismo. El régimen de la “patria en peligro” es uno autoritario impuesto en casos graves para asegurar la independencia y la salvación del país. Naciones en guerra, ciudades bajo asedio, un país dividido por la por la guerra civil eran necesariamente gobernados de acuerdo a métodos autoritarios independiente del personal político en posición en el momento.
Estos métodos se caracterizan por limitaciones a las libertades tradicionales y en particular una cierta disciplina en la libertad de discusión. Esta disciplina, de acuerdo a cada caso, puede ser voluntaria o impuesta. El propósito de estos regímenes autoritarios interinos es, por la duración de la crisis, unir como un haz todas las fuerzas del país y no permitir a los intereses privados o influencias extranjeras desviar en beneficio particular las fuerzas necesarias para la defensa común.
Esta autoritaria conducción de la nación que la gente acepta, y que incluso a veces pide, en tiempos de crisis, ¿puede convertirse en un método estándar de gobierno, cuando el peligro ha pasado? El Fascismo es una respuesta afirmativa a esta pregunta. Los partidos fascistas afirman que el habitual abuso de la libertad es lo que conduce a los períodos de peligro cuando la independencia y vida de la nación están en riesgo. Ellos sienten la necesidad de prevenir el retorno de estos períodos de crisis y aceptar cierta disciplina nacional como normal. También creen que las actuales condiciones de la vida política ponen a todos los países en un constante estado de peligro y que las medidas necesarias para asegurar su independencia y salvación deben ser tomadas ahora, si no quieren estar desarmados cuando los peligros surjan.
El Fascismo es, primero que todo, un tratamiento pragmático sugerido por la propia crisis, o la amenaza de una crisis. Esto surgió en todos los países del mundo, y por eso es que tiene tantas caras diferentes. Esta reacción defensiva toma su forma e inspiración de la imagen que los hombres más concientes y vigorosos de cada país tienen de su pasado y del genio de su raza. Todo fascismo es una reacción al presente, y toda reacción fascista es una resurrección del pasado. El Fascismo es, en su esencia, nacionalista, por lo que sus aspiraciones son a menudo intraducibles para extranjeros, y a veces inexportables. Y esto explica la idea que incluso objetivos oponentes al fascismo tienen de él, es decir que sólo puede promover la conciencia nacional, que es inútil para extranjeros, y que sólo puede conducir a una política de prestigio, expansión egoísta, y conquista.
Este es el más común malentendido sobre el fascismo – por lo menos de los que vale la pena de examinar. Y los hechos parecen sostener esta interpretación, ya que los dos más famosos ejemplos de fascismo de pre-guerra pueden ser citados en apoyo de esta concepción.
Pero esta tesis no toma en cuenta los cambios que la idea fascista sufrió durante la guerra mientras el rostro del mundo moderno aparecía más claramente. Además, no toma en cuenta el contenido real, que reemplazó las diversas versiones instintivas del fascismo y que también emergió bajo la presión de la guerra y en reacción al mundo moral en que hemos vivido desde el fin de las hostilidades.
La evolución del fascismo durante la guerra ha escapado a casi todos los observadores, quienes estaban ansiosos en condenar y escasamente interesados en la historia exacta. En el comienzo de la guerra, el fascismo era nacionalista, arrogante, imperturbable. Afirmaba el triunfo de ciertas cualidades humanas sobre cierta mediocridad humana. Impuso este triunfo sobre todas las quejas; nada prometió; le importaba poco ser admirado o supuestamente imitado.
Pero entonces el gigantesco personaje de la guerra, la aparición de los dos grandes polos de los tiempos modernos desde la niebla en que eran apenas diferenciables, hizo a los fascistas darse cuenta tanto de la fragilidad del fascismo como de su significado. Entonces el gobierno de Hitler habló a Europa: éste apareció como un futuro, como una recompensa, como una rehabilitación. Apenas importa si era sincero o intentaba engañar. Para aquellos que pelearon y vivieron por el fascismo, la idea fascista tenía un dramático nuevo contenido, que no tenía antes.
Se les dijo que el fascismo era la mejor defensa contra el comunismo y también la lucha contra el liberalismo destructor. Pero ahora sabían que el fascismo era una lucha vital, una defensa desesperada. Sabían que una victoria fascista era la única oportunidad para establecer un tercer orden, un tercer mundo y que la derrota del fascismo condenó a los hombres, por quién sabe cuánto, a una estéril oposición de democracia liberal y comunismo.
Sabían también que la idea de unidad europea no era meramente un tema de propaganda: esta unidad es necesaria; es la única vía para salvarnos de los dos monstruos que han aparecido; y si el fascismo pierde la guerra, sabían que esta unidad no sería realizada, para Europa sería una tierra conquistada; se convertiría en parte de los Estados Unidos o de la Rusia Soviética; se convertiría en una tierra dependiente, un nuevo tipo de colonia; nunca tendría la oportunidad de hacer realidad su concepción original de la política, esta nueva idea del hombre que sólo ella podía sostener.
Que Ribbentrop mintió, que Goebbels mintió, que ellos seguían soñando en anexiones y hegemonía, es de ninguna importancia. Esta idea fascista cambió y tomó su forma definitiva sin ellos. Surgió entre aquellos que pelearon, aquellos que cayeron, aquellos que pronto serían proscritos y condenados. Surgió del sacrificio y luego de la persecución. Es el bautismo de las ideas por la historia. El Fascismo podría no haber sobrevivido a la victoria del fascismo. Su paradójica resurrección hoy día, su resurrección con un nuevo rostro, bajo tantos nuevos rostros, es el resultado de esta espontánea vida en combate, en el crisol, en la destrucción. “Si un grano de trigo muere, yo te digo…”[1]. El grano de trigo está muerto, podrido cada día, y hoy la tierra está seca, la tierra se está levantando con una nueva vida que reconocemos.
La guerra también enseñó a los fascistas por qué ellos son fascistas. La propaganda de los vencedores pretendía mostrar “la verdadera cara del fascismo”: destacaron el gueto de Varsovia y los campos de exterminio; exhibieron miles de cadáveres y demandaron justicia. Pero el fascismo no es responsable de los cadáveres, ni de la guerra, ni especialmente de la ilegal y subterránea guerra que por primera vez fue empleada contra civiles en lugar de combatientes. Liberamos al fascismo de los métodos de exterminio que han sido usados equivocadamente bajo horrendas condiciones mostrando que el fascismo no resulta en racismo y así los fascistas no necesitan aceptar la responsabilidad por una política a la que su doctrina no conduce.
En cuanto a los crímenes de guerra que no son consecuencia de una interpretación aberrante del racismo, sino que son atribuidos a la brutalidad del fascismo: las democracias y los países comunistas han mostrado a través de su conducta de guerra que estos no pertenecen a un campo, sino que todos los lados cometieron crímenes. Por otra parte, la invención de la guerra subversiva y la interferencia ilegal con civiles mediante actos de guerra se origina en los procedimientos de defensa que las autoridades militares han aceptado para la protección de sus tropas, y esta reacción de las autoridades no es peculiar a los países fascistas. Los ejércitos de los países democráticos, situados en las mismas circunstancias, tuvieron que defenderse a sí mismos también, contrario a sus mejores naturalezas, por métodos que hacen doler la conciencia de cada soldado, pero son una inevitabilidad de la guerra subversiva. Ejemplos que podrían ser citados están presentes en la mente de todos: sólo prueban que ninguna nación, ningún régimen, puede escapar al destino de la represión cuando el adversario hace la autodefensa inevitable. Esto está confirmado por los hechos que aprendimos de que las campañas sobre atrocidades no son nada más que instrumentos de propaganda. Uno siempre protesta contra los males que uno ha sufrido e ignora aquellos que uno comete. Estas atrocidades son ciertamente una de las más graves manchas de nuestro tiempo. Pero el uso hecho de ellas por intelectuales deshonestos e hipócritas no es menos vil.
Mientras los adversarios del fascismo pretenden que la guerra mostró “la verdadera cara” de hombres que piensan diferente a ellos, los fascistas por su parte descubrieron las concepciones del hombre y el orden por las que están peleando. En particular, entendieron que no pelearon por la resurrección del Sacro Imperio Romano o por las legiones del César, y que los caballeros teutónicos, centuriones, samurai, y cruzados fueron sólo versiones geográficas y accidentales de la imagen que portaban dentro de ellos. Entendieron lo que arriesgaban perder en la derrota, lo que estaban en proceso de perder, comparando sus propias ideas de la vida y el hombre con aquellas ofrecidas por la democracia liberal y el comunismo. Se volvieron concientes del hombre fascista, un tipo moral demasiado nuevo para haber encontrado a su historiador. El hombre fascista estaba en ellos. Él ha sido fundido en la oscuridad por la inmensa sombra de la estatua de la Gestapo que ha sido levantada con gran fanfarrea para situarse en el lugar público de la historia. Hoy, el hombre fascista está de vuelta. Y la Gestapo ha cambiado de lado.
Esta nueva imagen del hombre es lo esencial. Las características del fascismo, hemos visto, son discutibles, y sólo un pequeño número de aquellas que hemos examinado han sido mantenidas en una lógica definición del fascismo. El partido único, métodos policiales, propaganda, cesarismo, la misma presencia de un Führer no son necesariamente atributos del fascismo; aún menos una alianza con la política reaccionaria, la negación del control y membresía abierta a las masas, la inevitabilidad de operaciones de prestigio e incursiones militares.
Una firme y estable dirección de la nación, la primacía del interés nacional sobre el interés privado, la necesidad de una lealtad disciplinada aceptada por el país, son los verdaderos fundamentos políticos del fascismo, aquellos que emergen de su definición misma. El poder podrá ser ejercido en un estado fascista por un comité central, un consejo, o una junta así como por un líder designado; tal mando no necesita ser brutal o abusivo. Puede también ser tolerante y flexible. El instrumento político esencial del fascismo es el rol que concede a una minoría de militantes desinteresados y comprometidos capaces de liderar mediante el ejemplo de sus propias vidas y portar el mensaje de un gobierno justo, leal y honesto. Los famosos métodos fascistas son así constante e incesantemente reevaluados. Más importante que los mecanismos es la idea de que el fascismo tiene del hombre y la libertad.
Notas
1. Juan 12:24
¿Son blancos los judíos?

Así, en la “Ilustración oscura”, vemos a la galería una vez más debatiendo la vieja y aburrida pregunta: ¿Son blancos los judíos? La mentalidad juvenil que el “movimiento”, y sectores asociados del “realismo racial” tienen sobre esta pregunta está basada en la simplista idea de que:
– Si los judíos son “blancos” debemos aceptarlos, lo que no queremos hacer.
– Si los judíos no son “blancos” entonces podemos rechazarlos, lo que sí queremos hacer.
El Liberalismo y La Píldora Roja

Internet posee una notable capacidad para crear movimientos inmensamente caprichosos que desaparecen igual de rápido, pero dejan ligeras alteraciones a la conciencia de grupo.
El “racismo” no existe
El «racismo» es un término inventado con una ideología política implícita. Es un término binario, lo que implica un negativo y por reflejo, que todo lo que no es, es bueno. (más…)










