Artículo publicado originalmente como “The Fascist Dream, Part 1”, por Maurice Bardèche, en Counter-Currents. Traducción por A. Garrido.

Parte 1 de 3

Nota del Editor:

“El Sueño Fascista” es la tercera parte y final de Qu’est-ce que le fascisme? (¿Qué es el Fascismo?) De Maurice Bardèche (Paris: Les Sept Couleurs, 1961).

La dictadura es perenne. Los romanos suspendían las libertades de la república cuando la patria estaba en peligro. La convención hizo lo mismo. El régimen de la “patria en peligro” es uno autoritario impuesto en casos graves para asegurar la independencia y la salvación del país. Naciones en guerra, ciudades bajo asedio, un país dividido por la por la guerra civil eran necesariamente gobernados de acuerdo a métodos autoritarios independiente del personal político en posición en el momento.

Estos métodos se caracterizan por limitaciones a las libertades tradicionales y en particular una cierta disciplina en la libertad de discusión. Esta disciplina, de acuerdo a cada caso, puede ser voluntaria o impuesta. El propósito de estos regímenes autoritarios interinos es, por la duración de la crisis, unir como un haz todas las fuerzas del país y no permitir a los intereses privados o influencias extranjeras desviar en beneficio particular las fuerzas necesarias para la defensa común.

Esta autoritaria conducción de la nación que la gente acepta, y que incluso a veces pide, en tiempos de crisis, ¿puede convertirse en un método estándar de gobierno, cuando el peligro ha pasado? El Fascismo es una respuesta afirmativa a esta pregunta. Los partidos fascistas afirman que el habitual abuso de la libertad es lo que conduce a los períodos de peligro cuando la independencia y vida de la nación están en riesgo. Ellos sienten la necesidad de prevenir el retorno de estos períodos de crisis y aceptar cierta disciplina nacional como normal. También creen que las actuales condiciones de la vida política ponen a todos los países en un constante estado de peligro y que las medidas necesarias para asegurar su independencia y salvación deben ser tomadas ahora, si no quieren estar desarmados cuando los peligros surjan.

El Fascismo es, primero que todo, un tratamiento pragmático sugerido por la propia crisis, o la amenaza de una crisis. Esto surgió en todos los países del mundo, y por eso es que tiene tantas caras diferentes. Esta reacción defensiva toma su forma e inspiración de la imagen que los hombres más concientes y vigorosos de cada país tienen de su pasado y del genio de su raza. Todo fascismo es una reacción al presente, y toda reacción fascista es una resurrección del pasado. El Fascismo es, en su esencia, nacionalista, por lo que sus aspiraciones son a menudo intraducibles para extranjeros, y a veces inexportables. Y esto explica la idea que incluso objetivos oponentes al fascismo tienen de él, es decir que sólo puede promover la conciencia nacional, que es inútil para extranjeros, y que sólo puede conducir a una política de prestigio, expansión egoísta, y conquista.

Este es el más común malentendido sobre el fascismo – por lo menos de los que vale la pena de examinar. Y los hechos parecen sostener esta interpretación, ya que los dos más famosos ejemplos de fascismo de pre-guerra pueden ser citados en apoyo de esta concepción.

Pero esta tesis no toma en cuenta los cambios que la idea fascista sufrió durante la guerra mientras el rostro del mundo moderno aparecía más claramente. Además, no toma en cuenta el contenido real, que reemplazó las diversas versiones instintivas del fascismo y que también emergió bajo la presión de la guerra y en reacción al mundo moral en que hemos vivido desde el fin de las hostilidades.

La evolución del fascismo durante la guerra ha escapado a casi todos los observadores, quienes estaban ansiosos en condenar y escasamente interesados en la historia exacta. En el comienzo de la guerra, el fascismo era nacionalista, arrogante, imperturbable. Afirmaba el triunfo de ciertas cualidades humanas sobre cierta mediocridad humana. Impuso este triunfo sobre todas las quejas; nada prometió; le importaba poco ser admirado o supuestamente imitado.

Pero entonces el gigantesco personaje de la guerra, la aparición de los dos grandes polos de los tiempos modernos desde la niebla en que eran apenas diferenciables, hizo a los fascistas darse cuenta tanto de la fragilidad del fascismo como de su significado. Entonces el gobierno de Hitler habló a Europa: éste apareció como un futuro, como una recompensa, como una rehabilitación. Apenas importa si era sincero o intentaba engañar. Para aquellos que pelearon y vivieron por el fascismo, la idea fascista tenía un dramático nuevo contenido, que no tenía antes.

Se les dijo que el fascismo era la mejor defensa contra el comunismo y también la lucha contra el liberalismo destructor. Pero ahora sabían que el fascismo era una lucha vital, una defensa desesperada. Sabían que una victoria fascista era la única oportunidad para establecer un tercer orden, un tercer mundo y que la derrota del fascismo condenó a los hombres, por quién sabe cuánto, a una estéril oposición de democracia liberal y comunismo.

Sabían también que la idea de unidad europea no era meramente un tema de propaganda: esta unidad es necesaria; es la única vía para salvarnos de los dos monstruos que han aparecido; y si el fascismo pierde la guerra, sabían que esta unidad no sería realizada, para Europa sería una tierra conquistada; se convertiría en parte de los Estados Unidos o de la Rusia Soviética; se convertiría en una tierra dependiente, un nuevo tipo de colonia; nunca tendría la oportunidad de hacer realidad su concepción original de la política, esta nueva idea del hombre que sólo ella podía sostener.

Que Ribbentrop mintió, que Goebbels mintió, que ellos seguían soñando en anexiones y hegemonía, es de ninguna importancia. Esta idea fascista cambió y tomó su forma definitiva sin ellos. Surgió entre aquellos que pelearon, aquellos que cayeron, aquellos que pronto serían proscritos y condenados. Surgió del sacrificio y luego de la persecución. Es el bautismo de las ideas por la historia. El Fascismo podría no haber sobrevivido a la victoria del fascismo. Su paradójica resurrección hoy día, su resurrección con un nuevo rostro, bajo tantos nuevos rostros, es el resultado de esta espontánea vida en combate, en el crisol, en la destrucción. “Si un grano de trigo muere, yo te digo…”[1]. El grano de trigo está muerto, podrido cada día, y hoy la tierra está seca, la tierra se está levantando con una nueva vida que reconocemos.

La guerra también enseñó a los fascistas por qué ellos son fascistas. La propaganda de los vencedores pretendía mostrar “la verdadera cara del fascismo”: destacaron el gueto de Varsovia y los campos de exterminio; exhibieron miles de cadáveres y demandaron justicia. Pero el fascismo no es responsable de los cadáveres, ni de la guerra, ni especialmente de la ilegal y subterránea guerra que por primera vez fue empleada contra civiles en lugar de combatientes. Liberamos al fascismo de los métodos de exterminio que han sido usados equivocadamente bajo horrendas condiciones mostrando que el fascismo no resulta en racismo y así los fascistas no necesitan aceptar la responsabilidad por una política a la que su doctrina no conduce.

En cuanto a los crímenes de guerra que no son consecuencia de una interpretación aberrante del racismo, sino que son atribuidos a la brutalidad del fascismo: las democracias y los países comunistas han mostrado a través de su conducta de guerra que estos no pertenecen a un campo, sino que todos los lados cometieron crímenes. Por otra parte, la invención de la guerra subversiva y la interferencia ilegal con civiles mediante actos de guerra se origina en los procedimientos de defensa que las autoridades militares han aceptado para la protección de sus tropas, y esta reacción de las autoridades no es peculiar a los países fascistas. Los ejércitos de los países democráticos, situados en las mismas circunstancias, tuvieron que defenderse a sí mismos también, contrario a sus mejores naturalezas, por métodos que hacen doler la conciencia de cada soldado, pero son una inevitabilidad de la guerra subversiva. Ejemplos que podrían ser citados están presentes en la mente de todos: sólo prueban que ninguna nación, ningún régimen, puede escapar al destino de la represión cuando el adversario hace la autodefensa inevitable. Esto está confirmado por los hechos que aprendimos de que las campañas sobre atrocidades no son nada más que instrumentos de propaganda. Uno siempre protesta contra los males que uno ha sufrido e ignora aquellos que uno comete. Estas atrocidades son ciertamente una de las más graves manchas de nuestro tiempo. Pero el uso hecho de ellas por intelectuales deshonestos e hipócritas no es menos vil.

Mientras los adversarios del fascismo pretenden que la guerra mostró “la verdadera cara” de hombres que piensan diferente a ellos, los fascistas por su parte descubrieron las concepciones del hombre y el orden por las que están peleando. En particular, entendieron que no pelearon por la resurrección del Sacro Imperio Romano o por las legiones del César, y que los caballeros teutónicos, centuriones, samurai, y cruzados fueron sólo versiones geográficas y accidentales de la imagen que portaban dentro de ellos. Entendieron lo que arriesgaban perder en la derrota, lo que estaban en proceso de perder, comparando sus propias ideas de la vida y el hombre con aquellas ofrecidas por la democracia liberal y el comunismo. Se volvieron concientes del hombre fascista, un tipo moral demasiado nuevo para haber encontrado a su historiador. El hombre fascista estaba en ellos. Él ha sido fundido en la oscuridad por la inmensa sombra de la estatua de la Gestapo que ha sido levantada con gran fanfarrea para situarse en el lugar público de la historia.  Hoy, el hombre fascista está de vuelta. Y la Gestapo ha cambiado de lado.

Esta nueva imagen del hombre es lo esencial. Las características del fascismo, hemos visto, son discutibles, y sólo un pequeño número de aquellas que hemos examinado han sido mantenidas en una lógica definición del fascismo. El partido único, métodos policiales, propaganda, cesarismo, la misma presencia de un Führer no son necesariamente atributos del fascismo; aún menos una alianza con la política reaccionaria, la negación del control y membresía abierta a las masas, la inevitabilidad de operaciones de prestigio e incursiones militares.

Una firme y estable dirección de la nación, la primacía del interés nacional sobre el interés privado, la necesidad de una lealtad disciplinada aceptada por el país, son los verdaderos fundamentos políticos del fascismo, aquellos que emergen de su definición misma. El poder podrá ser ejercido en un estado fascista por un comité central, un consejo, o una junta así como por un líder designado; tal mando no necesita ser brutal o abusivo. Puede también ser tolerante y flexible. El instrumento político esencial del fascismo es el rol que concede a una minoría de militantes desinteresados y comprometidos capaces de liderar mediante el ejemplo de sus propias vidas y portar el mensaje de un gobierno justo, leal y honesto. Los famosos métodos fascistas son así constante e incesantemente reevaluados. Más importante que los mecanismos es la idea de que el fascismo tiene del hombre y la libertad.

Notas

1. Juan 12:24

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