Maestros de la venganza

Maestros de la venganza, maestros de la revancha
Incitadores del caos, mensajeros de la rabia (más…)
La destrucción de lo establecido como terrorismo
Se nos había quedado algo en el tintero, respecto al Proyecto de Nueva Ley Antiterrorista.
Si usted entra al sitio web del Ministerio de Justicia, se topará con una noticia titulada Ministros del Interior y Justicia entregan a Comisión de Constitución del Senado Proyecto de Nueva Ley Antiterrorista. De ésta, extraigo el siguiente párrafo. Las negritas son mías:
La nueva ley contempla hasta tres años para las indagaciones y el Ministerio Público deberá guardar secreto de la investigación. También, incorpora las figuras de “asociación criminal terrorista” –cuya finalidad sea cometer crímenes de lesa humanidad y genocidio- y “delincuencia terrorista”, al tiempo que persigue crímenes cuyo propósito sea “socavar o destruir el orden institucional democrático, imponer exigencias a la autoridad política o arrancar decisiones de ésta”.
No estando familiarizado en lo absoluto con el derecho, ni la ley, ni mucho menos con el respeto a las normas (exceptuando los semáforos), no me es muy difícil de imaginar lo grave que es para cualquier estructura que se desacaten las reglas que ayudan a normar dicha estructura, sobre todo si se trata de una estructura coercitiva que deba ser impuesta sobre el individuo.
Si «terrorismo» se utilizaba para designar a las actividades violentas que, con o sin el afán de perseguir un objetivo claro, sembraban terror sobre la población o sobre un sector de ésta, lo cierto es que el terrorismo tiene siempre una direccionalidad bottom-up, jamás top-down, y cómo no, si es desde las estructuras que funcionan top-down que se hacen las acusaciones de terrorismo.
El terrorismo top-down, que no necesariamente es implícito (hay quienes no tienen mayor reparo en ejercerlo y demostrarlo), se manifiesta a través de formalidades que parecen hermosas en la mente humana: orden, orden establecido, paz, orden institucional democrático. De esta manera, y gracias a un gradiente de poder detentado, es siempre el individuo, grupo, facción que desafía al orden establecido el que puede ser tratado como «terrorista», jamás el Gobierno o Estado que ejerza medidas que infundan terror, así como el terror top-down para combatir el terror bottom-up se vuelve una medida necesaria y justificada por la población, por lo que se le desprende de su condición «terrorista».
Si «terrorismo» se utilizaba para designar a las actividades violentas que, con o sin el afán de perseguir un objetivo claro, sembraban terror sobre la población o sobre un sector de ésta, ahora ya no es necesario sembrar el terror, sino que basta con socavar el orden institucional democrático. Esta máxima, inofensiva para algunos (sobre todo para aquellos conservadores que están felices y satisfechos con el orden establecido, i.e., conservadores del liberalismo), esconde bajo su sombra una trampa, cual «efecto paraguas»: no se explicita que sea la violencia el método de demanda ante la autoridad (el clásico monopolio de la violencia por parte del Estado), sino que apunta a un ambiguo término «crímenes», que puede incluir cuantas acciones sean consideradas como tales en función del tiempo.

Si lo que ayer era legal (o, mejor dicho, no era ilegal), mañana perfectamente puede ser ilegal.
Si la Democracia se ha vuelto la verdad absoluta y la regla con que todo se mide, significa que la Democracia es lo establecido. Si la Democracia es la verdad y también lo establecido, entonces cuestionar dicha verdad puede dejar en tela de juicio su condición de absoluto, y de esta manera, puede ser amenazada su estabilidad. No es necesario atentar sólo físicamente contra el orden establecido para socavarlo, también hay formas más «sutiles» de causar efervescencia, o sencillamente de demostrar el descontento frente al orden establecido.
¿Quién asegura que los paros y huelgas no vayan a ser considerados como terrorismo en un futuro no muy lejano?
¿Quién asegura que un espacio cibernético como éste no vaya a ser considerado como terrorista en el futuro, debido a que nos manifestamos en contra del multiculturalismo y multirracialismo fomentado por el orden institucional democrático?
La libertad está en proceso de extinción. Esperemos que el Estado tenga reales razones para temer.
Negación 3PT
Ya en un espacio más «dicharachero» como éste como en uno más serio como en nuestros textos creados como think tank, hemos analizado, contrastado, refutado y hasta desdeñado algunas conexiones entre el nacionalismo clásico y el identitarismo, las ideas de tercera posición (entendiendo como tal, para este artículo, a esa mezcolanza extraña que se produce al profesar una vorágine de tercerposicionismos que finalmente se manifiestan como nutzismo, aunque en realidad es de todo un poco, ergo, nada) frente a nuestra realidad, el oxímoron «nacionalista» liberal y, últimamente, la relación entre el nacionalismo clásico y el separatismo, hijos ambos del pensamiento liberal, con el fin de hundir al nacionalismo clásico en el olvido.
Ahora es el turno del nacionalismo clásico sudamericano para que sea olvidado por la tercera posición.
Ya refutamos antes la aplicabilidad de la tercera posición en nuestra realidad-país, debido a un irrenunciable requisito étnico-biológico que está ausente, ahora es el momento de visibilizar la incoherencia del nacionalismo comprendido por la tercera posición, y el nacionalismo comprendido por el liberalismo (nacionalismo clásico).
Respecto a la idea de nación, el identitarismo/Nueva Derecha y la tercera posición (entendamos como tal, el nazifascismo genérico, excluyendo las ideas que no comulgan con lo étnico) concuerdan que debe existir una realidad sanguínea, conditio sine qua non es posible que exista una nación en lo absoluto. De esta manera, es usual que a este tipo de nacionalismo, para diferenciarlo de su homólogo liberal, se le llame «etnonacionalismo», nombre que veremos más frecuentemente en los movimientos indianistas.
Ahora bien, no es necesario profundizar mucho para encontrar que la batería ideológica del Tercer Reich y el Fascismo italiano no sólo era contraria al liberalismo, sino también a sus creaciones, incluyendo la concepción de Nación y Estado modernos:
con igual claridad se perfilan los contornos de una nueva organización de Europa: unos contornos que ya no siguen las fronteras que les asignaba una concepción nacionalista. [1]
Para la tercera posición, la nacionalidad no es el contrato voluntario que da forma y origen a la nacionalidad jurídica del liberalismo, pues el vínculo existe desde el momento de la concepción del individuo o incluso antes, pues obedece a un conjunto de factores biológicos y culturales que terminan en la concepción del individuo, por lo que la línea divisoria entre el ser y el no ser de la nacionalidad está marcado por un fuerte componente que no admite travestismo: banderas, fronteras, constituciones y marcos jurídicos pueden mutar tantas veces como el individuo quiera, basta sólo moverse; mientras que la etno-realidad del individuo es algo actual, innegable e irrenunciable.
Desde este ángulo, es sencillamente incompatible conjugar una idea liberal (la del nacionalismo) con la tercera posición (el nacionalismo étnico). Por dar un ejemplo burdo, si un tercerposicionismo chileno, aunado bajo la bandera chilena y la defensa del territorio chileno como valor irrenunciable y un tercerposicionismo argentino, aunado bajo la bandera argentina y la defensa del territorio argentino como valor irrenunciable, pese a tener la misma etnia, se vieran enfrentados por una disputa territorial, podrían ocurrir las siguientes situaciones:
A. Cada ismo se decanta en favor de su territorio y su Estado-Nación, prevaleciendo entonces su parte liberal, ergo, su idea etnonacionalista no vale nada;
B. Cada ismo se decanta en favor de su etnia, prevaleciendo entonces su parte iliberal, ergo, su idea de nacionalismo clásico y su aparataje simbólico no vale nada.
Podrá parecer incorregiblemente excluyente, pero lo cierto es que las síntesis forzadas entre liberalismo-iliberalismo conducen, tarde o temprano, a la autodestrucción y desmembramiento del leivmotiv mismo de los tercerposicionismos. Y es que, simplemente, ambas ideas no son sólo esquizoides de unir, sino que también son contrarias.
Si antes descartamos explícitamente una síntesis entre nacionalismo clásico e identitarismo/NR, ahora, además, queda en manifiesto la contradicción entre las leyes de Thermidor y las leyes de la Sangre.
Los padres de la Patria quisieron un país libre donde todo aquél que quisiera entrar y defender los valores y símbolos patrios, fuera considerado no sólo amigo, sino que uno de nosotros, por lo que las discriminadoras (pues se es o no se es) ideas de la tercera posición se vuelven las más grandes blasfemias ante la sombra proyectada desde el pasado.
La sola justificación de que uno (etnonacionalismo) es un derivado del anterior (nacionalismo clásico) no sólo hace llorar sangre a los próceres de uno u otro lado, sino que finalmente terminará por condenar a quien defiende tal potpurrí, a un abismo de tropiezos ideológicos y de formas que constantemente se repelen con el fondo.
1. «Idea y aspecto del imperio». Cuaderno de la SS. N°7. 1943
Nacionalismo es Separatismo
El nacionalismo moderno es un derivado y consecuencia del pensamiento liberal, donde la nacionalidad se reduce a un mero contrato unilateral donde el individuo decide el tiempo de su pertenencia a una institución intangible, aunque manifiesta a través del territorio y los alcances de éste.
Todos los estados soberanos de América, quiéranlo aceptar algunas personas o no, son producto del pensamiento liberal, manifestado a través de la exacerbación de la libertad que deviene en el separatismo, esto es, la decisión individual en el colectivo de pertenecer o no pertenecer.
De esta manera, fruto del pensamiento liberal, es que las élites decidieron desvincularse de España y el Reino Unido, por dar ejemplos. Probablemente, no hubo una separación inmediatamente territorial, ya que los estados separatistas estaban ubicados en otro continente, pero el hecho de desentenderse jurídicamente de una institución mayor marca una gesta de separatismo.
Los nacionalistas clásicos, es decir, cimentados en fundamentos ideológicos liberales, generalmente tienden a defender la idea del nacionalismo concreto, que vendría a ser la nación (jurídica, claro, pues es un contrato unilateral que mantiene el individuo con el país) como hecho consumado, o sea, la nación formada. Antes de eso, el que se considerará posteriormente como nacionalista, dentro del marco del colonialismo se autoconsiderará como patriota, puesto que defiende el suelo donde habita como el ideal supremo por defender. Ya que dentro del marco jurídico no se considera como independiente hasta que exista una aceptación/reconocimiento bilateral, el patriota no proclamará su nación hasta que la independencia sea un hecho. Esto, debido a que el liberalismo reconoce la nacionalidad como hecho externo, no como realidad interna, a pesar de que el individuo pudo haberse reconocido como perteneciente a tal nacionalidad al margen de ser o no visibilizado por otras instituciones jurídicas (Estados).

Anterior al nacionalismo moderno, entonces, está el Separatismo, pues antes de que se formara la nueva nación jurídica, estaba la voluntad de no pertenecer a la nación establecida, y esa voluntad se manifiesta en el deseo de romper el vínculo, i.e., intenciones separatistas. Una generación de nacionalistas, entonces, estuvo precedida por generaciones de separatistas.
Curiosa es la relación dialógica de amor/odio entre Nacionalismo y Separatismo. El Separatismo es la manifestación de una voluntariedad de individuos de no pertenecer a algo, para pertenecer a otra cosa, para luego instituirse como algo formal y establecido (la nación jurídica), mientras que para el Nacionalismo no existe amenaza más grande que la del Separatismo.
Para el Nacionalismo, el surgimiento del Separatismo hace descargar todo el anti-liberalismo que porta algo que, por esencia, es liberal, pues si por acuerdos es que las masas (comandadas, obviamente, por élites) decidieron pertenecer a algo, lo lógico sería que con el mismo sistema de pensamiento se permitiera el término del acuerdo si es que un grupo así lo decidiera, algo que, como hemos atestiguado, no ocurre.
De esta manera, es común que nacionalistas locales apoyen a nacionalistas de otros lados en su lucha contra los grupos separatistas (sean catalanes, sean mapuches, sean ucranianos ruso-parlantes), puesto que estos grupos encarnan la ruptura de su idea de unión, pese a que también hayan surgido desde una idea rupturista.
Lo débil del nacionalismo clásico respecto al separatismo es que, una vez este último se ha consolidado como Estado independiente y con un nacionalismo propio, pasa a ser reconocido por el mismo nacionalismo que alguna vez lo vetó. Estas incongruencias ideológicas del nacionalismo clásico son las mismas que causarán su ruina como idea, que se mantendrá como una eterna relación dialógica de autonegación y autoafirmación, conducentes a una anulación de la transcendencia de lo «nacional» en favor de lo individual.

Patriotismo/Nacionalismo o Identitarismo
La decimonónica y romántica (en sentido estricto) fórmula “Sangre & Suelo” representa bastante bien los principales factores que han intervenido en la génesis de las razas humanas. Por ejemplo, la raza blanca, como hoy la conocemos, existe gracias a la continuidad genética que permitieron los cruces intra-raciales (Sangre), pero también debido a que esto ocurrió por milenios en un contexto glaciar, que tuvo enorme influencia en su alimentación, desarrollo de aptitudes físicas, y adopción de una determinada ética. (más…)
Kratos en kratei
The apes in their cages surrounded by thorns
That are forcing us to live here
Sepultura, «From the past comes the storms«
Respecto a si en Chile se vive algún tipo de supremacismo, esto es, la vía iliberal donde un grupo humano se posiciona por sobre los demás (no necesariamente en desmedro del resto), la respuesta sería sí.
Ahora bien, si este supremacismo es de carácter racial, como bien podría pensar algún comunero mapuche al observar –desde lo rural– a la clase gobernante chilena, la respuesta sería no, debido a que si bien los gobernantes y la “plana mayor” de Chile corresponden a individuos de raza blanca, lo cierto es que la raza blanca está presente en todas las clases sociales (variando en las proporciones, claro), aun cuando los estrados medio y bajo no tengan mayor peso en la toma de decisiones de gran alcance, ni tampoco en sus organizaciones comunales (si es que éstas existiesen).
Aquí viene lo paradójico: los pilares del supremacismo en Chile descansan sobre una relación dialéctica entre liberalismo e iliberalismo, ya que es completamente iliberal (o anti-liberal) el posicionarse sobre otros e imponer la voluntad de un grupo por sobre la del resto (como ya hemos visto que hace el anti-liberal y autoritario Lobby LGBT), a la vez que la libertad para elegir el separatismo es propio del liberalismo.
La clase –digamos– dirigente, exhibe no sólo un sistema de cruzas e influencias que en nada ha variado desde el Renacimiento, sino que sencillamente se ha instaurado como un tipo de nobleza no-formal, pero no por ello menos real. En efecto, la facultad subyacente reivindicada por la clase dirigente de definir quien entra y quien no entra en sus círculos, es la misma capacidad que se le niega al resto de las personas de origen europeo en Chile, la misma capacidad que está bajo ataque bajo el bombardeo constante de la corrección política y sus sirvientes: los medios de comunicación masivos y el Estado.
Sin ningún tipo de reparo, han creado –de forma abstracta, claro– un país dentro del país, donde el país interior (el suyo) sobrevive a través de un uso sin remordimientos del sistema neoliberal del país exterior (la porquería que nos dejan para que nos callemos). Lo gracioso es que la estructura está diseñada para que el país multicultural exterior termine creyendo que necesita las migajas del país interior y, peor aún, creyendo que el país exterior es todo cuanto sus ojos ven.
Por ejemplo, a la lucha incansable (y hasta «nacionalista») por los recursos naturales presentes en Chile, se antepone un violento golpe de realidad: los recursos no sólo no pertenecen a las masas, sino que tampoco son necesarios para la subsistencia y, es más, la explotación de éstos va en desmedro de la sociedad y la naturaleza.
¿Alguien piensa que la explotación de litio puede que la levadura de la economía chilena se levante? Y si alguien piensa así, ¿puede alguien creer que se va a ver beneficiado en su individualidad gracias a la explotación de estos recursos? Actualmente, la minería en Chile, por conceptos de royalty, deja cifras que corresponden a las migajas de las migajas de las ganancias de la explotación minera, produciendo que esta misma explotación, con su inyección de recursos para un sector del país que no es mayoritario, provoca que el costo de la vida sea cada vez más alto, poniendo en peligro los trabajos más tradicionales, el desarrollo local y la pequeña y mediana empresa.
La supremacía iliberal se defiende, cínicamente, a través de argumentos liberales, obligando a aceptar la aplanadora de la estructura pública para proteger los intereses de privados (¿alguien podría explicar eso?). Mientras nadie vela por los particulares que día a día sufren por las alzas del metro, la misma estructura que se supone favorece la colectividad favorece a los privados (i.e., particulares) para que persigan a todos aquéllos que se las han ingeniado para sortear –de forma poco honesta, claro está– los callejones cuasi-monopólicos de los precios. Al mismo tiempo, y propio de la misma esquizofrenia, el Gobierno, como vil perro policía al servicio del país interior, lanza discursos por un país (exterior) mejor y más justo.
¿Dialéctica liberal/iliberal, o esquizofrenia interior/exterior?
El odio como manifestación de la inferioridad
El ser humano que se siente inferior siempre responde y se rige mediante el odio. El que se siente pobre y desdichado, direccionará sus frustraciones contra lo que considere enemigo, y se sumirá en un combate que supera la razón, mezclando un presente de resentimiento con respuestas instintivas y básicas de defensa, siendo el odio la dinamita de descompresión de la inferioridad.
El pobre odiará al rico porque lo culpará de su desgracia actual, el antisemita odiará al judío de una forma muy parecida a la del comunista, pues verá en él a la fuente de su desgracia. En algún lado, otros odiarán a los comunistas porque temerán a ser despojados de sus pertenencias.
El ser humano que se sienta por sobre otros, no tendrá odio, sino desprecio a lo que no considerará a su altura. Tanto odio como desprecio parten de una condición fundamental de desigualdad, aunque el primero está destinado desde abajo hacia arriba, y el segundo desde arriba hacia abajo.
El fracaso de los movimientos de masas que tratan de apostar a alternativas nacionalistas, patriotas o cualquiera que parte de una identificación nosotros/ellos, comienza desde el momento en que eligen fundamentos vacíos para justificar su existencia, dando más importancia al ellos que al nosotros. Por ejemplo, un movimiento que nazca a partir del odio contra extranjeros, perderá su razón de ser cuando los extranjeros se vayan, por lo que no se justificará su permanencia en el tiempo, porque, como movimiento, era un fin en sí mismo.
Ser anti algo en un clásico de las tendencias modernistas, y es esta misma condición la que hace que estas tendencias no tengan ni pies ni cabeza. En ese sentido, los grupos odiados tienen todo por ganar, puesto que al no estar sujetos ni justificados por el odio, su existencia tendrá una razón de ser mayor a la de los grupos de odio. Un grupo de extranjeros de una nacionalidad o comunidad determinada, bajo el ataque de los grupos de odio, reforzarán más los lazos que los unen, y darán mayor prioridad a eso que los une más que a eso que los separa, puesto que, para ellos, se vuelve una cuestión de supervivencia.
En los grupos bajo ataque, el odiar al que odia se vuelve menos importante que el amar al semejante, pues en la unión de estos estará la fortaleza que no se tiene como individuo, apostando a una especie de amor por lo propio: viendo reflejado el mismo rostro y los mismos valores en los miembros de la comunidad, el individuo extrapolará su instinto de supervivencia aún más allá de las fronteras del odio que exhiben sus enemigos.
La unión en el odio está condenada a fracasar, porque todo lo que tienen por defender del nosotros está en función de ellos y por lo que tienen por perder frente a ellos, mientras que ellos viven por ellos, y cada paso que avanzan sobre el nosotros es un paso que ganan para ellos, para nadie más.
Liberalismo: expectativa y realidad
After all, “liberal education” is not supposed to mean education by a bunch of dogmatic liberals who all think alike. Liberal education is an education that expands the horizons of students by exposing them to a variety of different viewpoints.
Greg Johnson, The Persecution of Kevin MacDonald
Poniéndome el parche antes de la herida, debo decir que no soy liberal, aunque eso no me impide reconocer algunas de las bondades que puede presentar el liberalismo, y es que el liberalismo, debido a su énfasis en la individualidad y el individualismo, debería proporcionar y garantizar un caldo de cultivo perfecto para toda libertad de pensamiento, donde no debería existir ninguna fuerza externa que manipule las libertades individuales.
Además, el liberalismo debiera garantizar el derecho inviolable a la libertad de expresión, pues no debiera existir ninguna macroestructura por sobre el individuo que le niegue a éste el libre ejercicio de la identificación y reivindicación de las ideas con las que se sienta cómodo.
De un país que fuera auténticamente liberal, deberíamos esperar que proliferaran en completa libertad todo tipo de alternativas y opciones, estén en pro de algo, o en contra de algo. De esta manera, cualquier iniciativa totalitaria, nazi, comunista, fascista, democrática, cristiana, atea, reggae, abortista, gay, reggaetonera, etc., podría tener sus facciones a favor como en contra, y todo con permiso garantizado y validado por la simple existencia de la libertad individual.
En Chile sabemos que no hay tal libertad.
Que el MOVILH pueda hacer de las suyas dentro del marco de la legalidad, expresarse y creer en lo que creen, es un ejemplo vivo de un país liberal. Que nadie pueda hacer nada, decir nada contra el MOVILH y que, inclusive, existan programas gubernamentales diseñados para cambiar la mentalidad de las personas para que defiendan lo que el Lobby LGBT quiere, es lo más anti-liberal y totalitario que puede haber.
Sintetizando un poco la idea, tenemos:
Expectativa del Liberalismo: sistema basado en la libertad del individuo para expresarse, asociarse, pensar, etc.
Realidad del Liberalismo: sistema basado en la libertad del individuo para expresarse, asociarse, pensar, etc. siempre y cuando sus ideas sean amigables con los valores de Izquierda.
Entonces, de lo que se supone que debe ser un sistema que materialice la Libertad como el bien más preciado, no nos queda más que una dictadura despótica cimentada sobre una batería de valores que son considerados como el bien. De esta manera, el espectro de la tolerancia se ve estrechado dentro de lo que se considera bueno, y todo lo que se considera malo, i.e., valores no amigables con la Izquierda, quedan proscritos, invisibilizados y sacados del marco de la legalidad.
Si alguien, luego de la noticia sobre Nicolás y sus dos papás reaccionó mal y con intolerancia, lo cierto es que, desde una perspectiva liberal, está en su justo derecho, tanto como el MOVILH estaría en su derecho a producir dicho cuento. Pero ya vemos que al materializar lo que estaba en la expectativa para llevarlo a la realidad, muchos terminaron perdiendo su libertad en el camino, en el nombre de la misma.
La igualdad como distopía
“How in the hell could a man enjoy being awakened at 8:30 a.m. by an alarm clock, leap out of bed, dress, force-feed, shit, piss, brush teeth and hair, and fight traffic to get to a place where essentially you made lots of money for somebody else and were asked to be grateful for the opportunity to do so? ”
? Charles Bukowski, Factotum
El Dador de Recuerdos («The Giver»), dirigida por Phillip Noyce, es una película basada en la novela distópica escrita originalmente por Lois Lowry, del mismo nombre. Desgraciadamente, no he leído el texto original, por lo que me limitaré sólo a comentar la película.
Un futuro post-algo (no cuesta mucho imaginar que se trata de algún evento apocalíptico o bélico) da origen a una comunidad aparentemente perfecta, donde no existe la guerra, ni el dolor, ni el sufrimiento, ni ninguna de las cosas que han aquejado a la humanidad desde el amanecer de los tiempos.
La película es presentada en blanco y negro, pero a medida que avanza van apareciendo colores, lo cual tiene una razón: la comunidad, en su búqueda de un mundo mejor y más pacífico donde no exista la envidia y la codicia, ha suprimido la diferencia y con ello, las cualidades que hacen la diferencia en las cosas. Han dejado atrás el afán de poseer lo ajeno y su consecuencia -la competencia, la violencia y la guerra- a través de la creación de un mundo plano en el que no existe ningún tipo de grupo, tribu, raza ni individualidad, siendo entronizada la Igualdad y la sistematización de esta sociedad perfecta: naces, creces, la Comunidad te encomienda una labor según tus capacidades y habilidades, y luego, cuando eres viejo y después de una vida útil al servicio de la Comunidad, eres liberado.
Para los progresistas más interesados en las cuestiones semánticas, una pregunta nace: ¿cómo puede ser una distopía una sociedad basada en la igualdad y la no violencia?
En esta utopía distorsionada, no hay mayor diferencia entre la belleza y la fealdad, puesto que como impera la Igualdad, no existe la diferencia ni los matices, ni siquiera las dicotomías, sino que sólo una gran y plana totalidad llena todos los aspectos de la vida de la Comunidad, en la que tampoco hay insatisfacción ni descontento, pues todas las formalidades son estrictamente observadas y cumplidas.

Sí, la Comunidad logró un sistema perfecto, cordial, basado en las buenas relaciones y súmamente óptimo en cuanto al funcionamiento de la sociedad, pero el costo fue alto: anulando las emociones (esa oscuridad caótica primigenia que infunde imperfección) han vuelto la vida en una maquinaria, deshumanizando al ser humano. No existe el odio que conduce a la violencia a la que la Comunidad teme, pero tampoco existe el amor, pues una cosa no es sin la otra. En esta sociedad, ha suprimido «el caos del amor loco» (citando a Alejandro Jodorowsky en «El Incal»).
¿Y qué es el equilibrio sino un balance entre el caos? La Comunidad perfecta es una manifestación del desequilibrio absoluto, de la destrucción de la individualidad en nombre del «bien mayor», que en realidad es una distorsión. ¿Cómo puede existir comunidad (i.e., una unión de individuos basada en valores en común) si es que la individualidad ha sido relegada al abismo del olvido y las cosas peligrosas?
En escritos anteriores, he planteado la peligrosidad del res nullius, donde lo que es cosa de todos, se vuelve cosa de nadie. En esta distopía existe una supresión absoluta de la individualidad y una exaltación de la comunidad (o, mejor dicho, la sociedad), creando un mundo demente y deshumanizado, desequilibrado, donde lo límbico y lo neocortical son reducidos a meros recuerdos del pasado para estos Golems modernos (aunque ninguno recuerda nada, por algo existe un «Receptor de recuerdos», que es el encargado de llevar todos los recuerdos de la memoria colectiva de eras anteriores y humanas). Por otro lado, nuestro mundo, nuestro Occidente, ha degenerado en una distopía no muy distante a una deshumanización por res nullius (recordemos tan sólo «El Mundo Feliz» del que nos hablara en su momento Aldous Huxley): existe una supresión absoluta de la comunidad y una exaltación de la individualidad a través de una distorsión de la realidad, donde la aldea global es presentada como una «Comunidad Global», que de comunidad tiene poco y nada. En la distopía en la que vivimos, tampoco existe el equilibrio, y la vida se ha vuelto un festín de emociones vacías y metas que llevan al ser humano a un olvido y «superación» de su animalidad: estamos en presencia de una máquina totalitaria deshumanizante (el Liberalismo) como elemento supresor de las verdaderas libertades personales, falsificadora de la realidad.
Mirando nuestro alrededor y nuestra alienada individualidad, podemos percatarnos el «mundo feliz» no está tan distante como lo pensamos alguna vez.
¿Qué más da?

Me enoja el hecho de que dentro de la consulta ciudadana desarrollada en la ciudad de Santiago se incluya dentro de las opciones el cambio de nombre del cerro Santa Lucía y me enoja aún más el hecho de que esa posibilidad pueda verdaderamente concretarse, pero siempre las cosas, antes de masturbar la mente imaginando sangrientas vendettas, hay que evaluarlas con la mente lo más fría posible. (más…)









