Francisco Albanese

Visitando ayer la antigua ciudad de Pompeya, luego de visitar en los días previos a Herculano y subir al cráter del volcán Vesubio, me encontré con unos basureros para depositar la basura según los tipos de ésta (algo ampliamente difundido por Europa), adornados con diseños romanos que imitaban mosaicos. En la parte frontal, una frase en latín que decía “Hospitum discrimina, barbarorum incuria” —que podría entenderse como “El hombre civilizado diferencia, al bárbaro le da igual”— hace referencia a mostrar lo adelantado, evolucionado y civilizado del individuo a través de demostraciones de responsabilidad con el medio ambiente y compromiso con las iniciativas de reciclaje, medida que me parece muy buena pues apela al esfuerzo desde las bases para hacer del planeta un lugar más limpio, y también de crear conciencia respecto del lugar del individuo en la creación del futuro.

Sin embargo, la frase me dejó pensando respecto a lo que es ser civilizado y ser bárbaro el día de hoy, y cuál es la presente realidad respecto a discriminar, es decir, diferenciar.

¿Hospitum discrimina?

Probablemente, entre todas las cosas que se le permiten al hombre civilizado, discriminar no se encuentra dentro de esa lista, y es que el esfuerzo constante por expandir más y más la civilización –o lo que se entiende por ésta– a todos los rincones del planeta, obliga al hombre civilizado a entender al mundo como una masa indiferenciada donde todo es igual, todo vale lo mismo, todos son especiales y todos (lo que realmente es un eufemismo para hablar de “las minorías) merecen ser tratados como lo más maravilloso que hay. La civilización ha avanzado hasta el punto de odiar al componente biológico y cultural que le ha dado forma, y se siente con el deber moral de retribuir –mediante medidas etnofóbicas y xenofílicas– el daño que ha hecho al mundo. De esta manera, se cae en ridiculeces y absurdos que dejarían con indigestión a los primeros navegantes que se lanzaron al mar a la conquista de nuevas tierras, miles de años antes de la llegada de Cristóbal Colón a América, y también a cualquier pueblo sobre la tierra con una pizca de sentido común, y es que sólo a algunos se les ocurren medidas que actúen en desmedro de su propia gente.

No obstante, en las contracciones de la civilización, en los puntos muertos donde poco y nada importa ser civilizado, donde la corrección política se entiende como lo que es, una muestra de cinismo e hipocresía sin sentido y que conduce sólo a la autodestrucción y a un mundo donde el suelo está lleno de huevos que nadie quiere pisar para evitar que un pollito muera, existen los bárbaros, aquéllos que ‘balbucean’ porque no entienden el lenguaje que impone la civilización a su séquito y tampoco lo aceptan. No sufren ni lloriquean por lo que provoca la civilización porque sencillamente les da igual: viven su mundo aparte, esperando en las contracciones de la civilización (lo que forma bordes de la civilización dentro de la civilización misma, como una isla o como las burbujas que forman los agujeros de un queso) para transformar a otros civilizados en bárbaros.

A diferencia del lema presentado en los basureros de Pompeya, en el mundo moderno debería hablarse que “Barbarorum discrimina, hospitum incuria”, ya que es el bárbaro el que diferencia, mientras que al hombre civilizado le da igual y se esfuerza por ver al mundo con ojos de igualdad, a pesar de que todos sus sentidos le dicen que la realidad no es así. ¿Criminalidad, violencia, destrucción y disolución de las identidades locales? El hombre civilizado lo asumirá como algo normal y una distorsión de lo que en realidad ocurre porque, para él, “prejuicio es ignorancia”. El bárbaro, en cambio, no teme a reconocer las cosas como son, y no se esforzará por autoengañarse y tratar de disimular lo que ven sus ojos. Tiene la capacidad de discriminar y no sentir culpabilidad por eso, porque sabe que en ver la realidad tal como es está la clave de su propia supervivencia, como si se arrimara a los restos flotantes en medio de un mar de suicidas que elige abrazar una masoquista ignorancia con tal de no ofender los corazones de aquéllos que, en la cruda realidad, poco les importa los sentimientos e intereses del prójimo.

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