Francisco Albanese

Nota del Autor: Este artículo es una réplica a “La libertad pesa menos que la sangre”, publicado aquí. Recomiendo leer primeramente dicho artículo, para contextualizar las ideas.

Disentir es algo que nos podemos permitir: no somos autoritarios ni intolerantes a dialogar. Respetamos los puntos de vista distintos y los combatimos en el plano de las ideas. Y a veces, al haber distintas maneras de pensar, no hay ganadores absolutos, pero en el camino se han desgranado argumentos que hacen que el cerebro funcione corriendo cual ardilla bajo los efectos de la metanfetamina. Y también podemos disentir entre nosotros, algo que enriquece la perspectiva.

En “La libertad pesa menos que la sangre”, Villena, haciendo una reflexión sobre la idea de libertad y del libertarianismo, habla de dos tipos de libertarios (o, diría yo, de partidarios del libertarianismo  y la libertad):

Aquéllos que buscan cambiar las atribuciones del Sistema o, derechamente, derrocarlo, para conseguir una verdadera libertad; y

Aquéllos que se tragan el cuento de la libertad cedida por el mismo Sistema, siguiendo al final a pies juntillas todos sus postulados deconstructivistas.

Particularmente, creo que, sin pensarlo mucho, podría adscribirme al primer grupo. No analizaré mayormente los alcances del libertarianismo, pues no lo considero medularmente importante para lo que se quiere exponer. Basta la esencia tras la defensa ideológica de la libertad.

En el artículo, Villena expone sobre cómo la Libertad pesa menos que la Sangre (un eufemismo para generalizar ideas como raza, etnia, identidad, herencia, genes, etc.). Sin embargo, considero que esta priorización es incorrecta, no porque la Libertad pese más, sino porque no existe una dicotomía, sino que la primera es una manifestación de la última. En este sentido, creo que el análisis del autor entrega un falso positivo, pues detecta algo (es decir, la dicotomía), donde no lo hay. Espero, desde mi orilla, no entregar un falso negativo. Entiendo hacia dónde apunta el autor, y creo que ambas ideas pueden ser complementarias según la afinidad individual.

La exacerbación de la idea de la libertad, es decir, lo que entendemos comúnmente por “libertinaje”, es algo altamente autodestructivo y casi suicida, pero que dista bastante de ser sinónimo de libertad, de la misma manera en que la gula se aleja bastante del hecho de alimentarse. En ambos casos, hay un desorden y descontrol de una manifestación natural y/o noble, lo que no quiere decir que la idea primigenia deba ser condenada por manifestaciones descontroladas de la misma. Con la libertad individual aparece, en una relación dialógica y recursiva, la responsabilidad individual, y esta responsabilidad proviene desde el instinto, porque es una manifestación del instinto de supervivencia. Si como más de lo que necesito para vivir y más de lo que mi cuerpo puede procesar, terminará teniendo consecuencias desastrosas para el organismo. La llamada de alerta (la responsabilidad) que es activada por el instinto de supervivencia, también se activa en actos voluntarios individuales. Escuchar la llamada o no es un asunto del individuo (un acto racional), donde la falta de vitalidad puede influenciar significativamente en la decisión individual: cuanto menores son las ganas de vivir, más autodestructivas serán las decisiones individuales.

Arriba hice mención a que la Libertad es una manifestación de la Identidad, y esto es debido a que la identidad blanca europea ha situado a la libertad (individual primero, y como grupo, después) en un lugar de alta valoración, más que ningún otro conjunto de identidades humanas (razas). La raza blanca, y sobre todo aquellas etnias provenientes de Europa Occidental, comprenden la vida desde una perspectiva libre. Históricamente, los individuos se asociaron libremente en unidades con intereses en común (comunidades, tribus), producto de una evolución que se originó en la glaciación de Würm. Toda responsabilidad para con el grupo surge desde la libertad individual, desde la elección libre de los miembros de la comunidad. Que el alma de la raza blanca occidental sea fáustica es producto su valoración de la libertad.

¿Acaso no es aquella proclamación de la libertad como la gran matriarca –sentada a la derecha del gran patriarca Dinero– por la que precisamente todo se ha ido al carajo hoy?

Sí, pero no. La proclamación exacerbada de la libertad fue el síntoma, un indicador, pero la enfermedad es otra, y ésa es la falta de vitalidad étnica y racial. Los bárbaros germanos y galos, amantes de la libertad, no concebían estar bajo un yugo, y su pasión por la libertad era un síntoma de la salud (vitalidad) que gozaban dichos pueblos. El libertinaje propio de la Roma decadente no fue el culpable de su decadencia, sino la pérdida de la voluntad de vivir, de la cual el libertinaje era sólo una consecuencia. La pérdida del horizonte étnico, es decir, la entropía del universalismo, que es cuando la identidad crece tanto que termina por diluirse al absorber todas las fronteras étnicas y culturales, termina por entronizar una idea vacía de la libertad, ya que sobrevive como el súmmum bonum de algo que ya no existe, algo así como el olor que deja un cadáver incluso después de haber sido retirado de un lugar: sobrevive una libertad (idea de alta valoración entre los europeos occidentales) desmedida carente de responsabilidad individual (porque la vitalidad se ha perdido).

Es por ello que, por lo menos para mí, como nacionalista blanco, como identitario, la libertad jamás puede ser posicionada como ultima ratio entre nuestra gente, ya que lo central para todos nosotros debe ser, antes que cualquier otra cosa, la vida como motor de existencia, la vida de nuestra hermandad, de nuestra comunidad, de nuestra etnia, de nuestra estirpe, de nuestra raza.

La libertad puede ser perfectamente ser la ultima ratio y el súmmum bonum que nos mueve, pero eso exige que haya una comprensión a cabalidad de la idea de la libertad, de su trasfondo y que su significado no es el mismo para nosotros que para otros pueblos, así como también debemos comprender que la libertad – como la entendemos nosotros, la raza blanca, la identidad criolla – no surge por generación espontánea, ya que eso significaría una aceptación de un súmmum bonum universal e igualitario. De esta manera, una comprensión real de la libertad exigiría, al mismo tiempo, una revisión a nuestro lugar en el mundo, un pensar en quiénes somos y de dónde venimos, preguntas claves que conducen a la concientización de la identidad de los grupos humanos. Es tiempo de repensar el libertarianismo, desuniversalizarlo y situarlo en el lugar que le corresponde, como una ideología blanca pensada para blancos. Extrapolar nuestra idea de Libertad sería un error, pues se asumiría que no existen diferencias entre las maneras de pensar de los distintos pueblos, arrojando un falso negativo.

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