Francisco Albanese

El individualismo, la raza blanca y la individualidad

En más que repetidas oportunidades me he demostrado políticamente favorable al Liberalismo. Probablemente, esto se deba a alguna tendencia individualista de mi ascendencia, algo no del todo extraño, teniendo en cuenta que Europa, primero, y luego Occidente, han estado marcados creativamente por manifestaciones de la individualidad. Que negativamente el mundo moderno haya llegado a una crisis gatillada por un énfasis extremo en el individualismo[1], no quiere decir que deba condenarse la individualidad[2] en nuestra cultura. Por otro lado, como no me siento socialista de ningún tipo, tampoco abordo la individualidad como si ésta fuera pecado. Digamos que la acepto plenamente, y aunque estemos llegando a una era en que el ser humano se está viendo reducido a la mínima expresión – casi una desnaturalización del individuo a través de un individualismo ciego e imparable – igualmente preferiría que se mantuviera dicho individualismo antes que el colectivismo triunfara.

No queriendo ser malinterpretado, tampoco puedo mirar con buenos ojos que un colectivismo ajeno avance engullendo a nuestra cultura. Quizás peque de idealista, pero creo que es más fácil que desde el individualismo pueda desarrollarse una concientización – donde la voluntad individual juega un papel importantísimo – para la recuperación del sentido de pertenencia al grupo, que desde lo colectivo pueda surgir algún atisbo de creatividad dotado del significado o carga del Ethos europeo/blanco. Otros pueblos pueden cargar perfectamente con lo colectivo y desarrollarse exitosamente de esa manera, no lo dudo, pero los pueblos europeos y eurodescendientes, por siglos, han demostrado que su poder creativo radica en la singularidad y en la capilaridad. Los momentos más creativos de la historia de las razas blancas han estado marcados por la singularidad en conjunción con la pertenencia al grupo.

(Sin embargo, también he de reconocer que distingo una característica dialógica en el Liberalismo, una antítesis entre su teoría y su praxis: su individualismo extremo se vuelve colectivismo cuando avanza sin límites. Quizás más adelante revise la termodinámica del Liberalismo.)

Me gusta pensar en que los pueblos eurodescendientes poseen una individualidad holográfica, y que es eso lo que marca la diferencia con el colectivismo. Al tener una individualidad holográfica, todo el conocimiento del pueblo podría manifestarse en formas diversas a través de un individuo en particular, pues en todos habría un locus portador del conocimiento. En cambio, en el colectivismo, el individuo sería nada, pues el todo ocuparía todos los loci, anulando la singularidad. El problema con el hombre blanco hoy es la invisibilización conceptual de su esencia holográfica, anulada en favor de una esencia individual desarraigada de la pertenencia grupal. Los genios de Europa en el pasado siempre crearon en la soledad, desdeñando a las masas, aunque no ignoraban que pertenecían a un pueblo en particular. Los “genios” europeos/eurodescendientes de hoy en día, crean en una extraña soledad mental, sintiéndose completamente alejados y distintos del resto, distinción que paradójicamente refuerza la Igualdad. Demasiado distintos de todos los seres que son demasiado distintos entre sí… lo que termina por igualarlos a todos en la diferencia. Cualquiera puede ser genial hoy, porque como no hay vara para medir, entonces la creatividad es horizontal y todo es igualmente maravilloso. Dicho de otra forma, se ha democratizado la genialidad.

En esencia, el Liberalismo es igualitario al considerar a todos los seres como iguales desde su nacimiento, pero apela a una meritocracia que se había olvidado en los últimos estadios del tradicionalismo desigualitario: se asumía que las diferencias provenían desde el nacimiento, y la nobleza ya había dejado de justificarse en actos pues bastaba el status quo como verdad irrefutable. Efectivamente, Luis XVI estaba favorecido por la desigualdad desde su nacimiento (una herencia desvirtuada desde la jerarquía natural hacia la jerarquía de cuna, heredada a través de la sangre pero no en espíritu), pero carecía de los méritos que habían dado origen a la diferencia. Este secularismo entre el Derecho y el Poder (donde el Derecho hacía al Poder, pero no ejercía este último) terminó por justificar la subversión: una instrumentalización del sentido de la justicia y del sentido de la libertad (ambos valores europeos, sobre todo éste último) por parte de una élite de pensadores, condujo a una efervescencia social catalizada por la insensibilización de la nobleza respecto de la realidad de las masas – algo propio de las estructuras sociales a escala inhumana, demasiado grandes como para impregnarse de todas las realidades que existen dentro de la estructura – que se volcaron contra las instituciones que detentaban el poder y, en sincronía, mientras algunos apelaban que todos los hombres habían nacido iguales y, por tanto, no debían existir privilegios, otros se rebelaban contra un mandatario inútil. Si se rebelaban era porque podían, y si podían era porque el Poder impuesto por derecho divino no era tal. La historia es conocida, y terminaremos por ver cómo surge Napoleón de la misma manera que surgieron los primeros reyes: mediante una meritocracia donde el Poder hacía el Derecho.

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Notas.

[1] “La teoría individualista se negaba a reconocer que las personas existían no como individuos desconectados, sino como miembros de un todo supra-individual con conexiones espirituales, mientras que el individualismo en la vida social había alienado a los individuos unos de otros, atomizado la sociedad y destruido el sentido de interdependencia, y de comunidad orgánica y espiritual” Lucian Tudor, haciendo referencia al pensamiento de los revolucionarios conservadores, en “The German Conservative Revolution: An Introduction”, From the German Conservative Revolution to the New Right.

[2] Característica particular de la personalidad de un individuo que lo distingue singularmente de los demás.

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