Francisco Albanese & Aarón Garrido

Ante las preguntas de César Tort, y para contextualizar el por qué no haya existido “ni uno solo”, hay algunos puntos que deben ser tomados en cuenta.

La realidad americana angloparlante, originada a partir de la colonización británica –o mejor dicho, inglesa– está dominada por una realidad biológica ampliamente europea (i.e., blanca), la que es transversal a todas las clases sociales. En esta realidad, que ya desde hace siglos es multirracial, el mestizaje siempre fue un hecho minoritario, anormal y mal visto.

Las cruzas interraciales han estado marcadas durante siglos por la discriminación, discriminación de todos los pueblos. Esta realidad puede atestiguarse incluso en películas absurdas de Hollywood donde el tipo blanco se enamora de la tipa negra y tienen que luchar contra las familias de ambos para que triunfe el amor.

Guess who.

La realidad americana hispanoparlante, originada a partir de la conquista hispánica está dominada por una realidad biológica ampliamente mestiza, aunque, para evitar confusiones de quienes se toman el asunto literalmente, hablaremos de “raza mixta” (ni de una ni de otra), hecho que es transversal a todas las clases sociales pero va descendiendo en proporción a medida que se va escalando en las clases sociales. En esta realidad, la multirracialidad existe pero es menor, ya que está ampliamente dominada por la mezcla; esto ha producido que el mestizaje sea asumido como algo perfectamente normal.

Las cruzas interraciales han estado impregnadas de indiferencia, puesto que no hay una consciencia respecto a las identidades humanas. Prácticamente, por siglos a nadie le ha importado perder su identidad indígena en caso de mezclarse con un eurodescendiente, y viceversa.

Efectivamente, los análisis hechos por autores como George Lincoln Rockwell y William Pierce gozan de gran lucidez, pero también están enmarcados dentro de una zona segura, donde la temática racial es un tema común y donde la mixtura de identidades raciales es un hecho minoritario. En cambio, en la América hispanoparlante, donde la norma es no poseer más identidad que el resultado final de la mixtura de identidades (es decir, prácticamente ser nada, ya que la consciencia para involucrar lo estético, pero no la carga completa), la corrección política cuando la norma general (mixtura) es tocada se hace sentir.

A blanquearse se le llama “mejorar la raza”, pero el emisor siempre asume que fue conquistado por un europeo proveniente de tal o cual lado (lo que también denota anacronía, en cierto modo, ya que no hay una contextualización temporal del asunto). Dicho de otro modo, siempre se parte de la idea de pertenecer a una mezcla de razas, la que toda la población presentaría, es decir, nulo rigor histórico. Por otro lado, en este rincón de América, el querer ser blanco está –por sobre todo– socialmente motivado, pues se incluye dentro de las características propias de la jerarquía social, como podemos atestiguar en Entre raza y clase social: Hacia la Etnogénesis Criolla.

Hay un dicho famoso en Chile –dicho cada vez que se ejecuta algo de manera poco óptima, mala o ineficiente– que merece una revisión: “es la raza la mala”.

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