Francisco Albanese

El siguiente artículo es una réplica a las entradas “¿Ni uno solo?” y “Preguntas”, escritas por César Tort en La Hora Más Oscura.

La mejor prueba de que los criollos de las Américas han estado dormidos en una falsa Weltanschauung es que ningún intelectual, que yo sepa, ha criticado el mestizaje como el factor primordial del rezago en esta parte del continente.

Efectivamente, desde la academia nunca ha existido – o lo ignoro por completo – una adjudicación al factor racial (manifestado como una realidad mayoritariamente mestiza) como causa principal del subdesarrollo en América (excluyendo Estados Unidos y Canadá). Sin embargo, y contra toda corrección política, este bloqueo intencional por parte de la intelligentsia, que siempre atribuye el subdesarrollo a una cuestión relacionada con el capitalismo, la globalización, idiosincrasia y, en último caso, a la cultura, contrasta con la perspectiva del hombre común, al menos en Chile, de que “la raza es la mala”. Probablemente derivado de la pictocracia con la que se regía la Colonia, ya que es difícil que toda la población tenga nociones de genética, hasta el día de hoy sobrevive la idea de relacionar la cromatografía fenotípica con alguna suerte de categoría cuantitativa de superioridad (y, por tanto, también de inferioridad), generalmente tomando como indicador el progreso económico. Hago mención al caso de “la raza es la mala” pues, en Chile, la raza se hace sinónimo de pueblo, i.e., el acervo genético (en término materiales puros y duros) y, con ello, nociones de eugenesia son reflejadas en el discurso de la sociedad de manera transversal a las clases socioeconómicas (derivadas también de la pictocracia de antaño). Se habla de “mejorar la raza” a blanquearla, asumiendo que lo blanco es mejor, y que la inyección de genes blancos en la raza, (es decir, el acervo genético), sería la manera de combatir las falencias de origen (o sea, lo que corresponde a lo que emerge del mismo ser, i.e., el pueblo).

¿Qué individuo en el mundo hispanohablante cree en “las 14 palabras”?

Pregunta interesante, porque apela tanto a la realidad racial del individuo, como a su consciencia y a su altruismo. Una pregunta personal y racional porque implica, en el caso de que el individuo en cuestión no sea un reflejo de lo que se aspira en “las 14 palabras”, que éste vaya en contra de su naturaleza y niegue su instinto a perpetuar sus genes. Es una obra de verdadero altruismo el restringir la llama roja con tal de que la llama azul de otros pueda arder.

Por lo que me ha tocado observar desde mi experiencia personal, la observancia de “las 14 palabras” en individuos que dicen profesar dichos principios, va desde lo mínimo hasta lo nulo. Voluntary Human Extinction Movement sería una instancia mejor.

¿Hay gente en Latinoamérica que tome las 14 palabras con tanta seriedad que estén pensando no sólo en emigrar a regiones más blancas, sino que quieran hacer una carrera dura de activismo pro blanco en la nación blanca a reconquistar?

Efectivamente debe haberla, aunque el número –teniendo en cuenta la cantidad de individuos racialmente conscientes (con todo lo que eso involucra)– francamente debe ser muy reducido. Ahora bien, ¿qué significaría hacer una “carrera dura”? Localmente, y por el momento, el activismo ha apuntado a la recuperación y reivindicación de instancias artísticas, históricas y culturales eurodescendientes aunque, por supuesto, sin un activismo personal que implique la observancia de la segunda pregunta antes mencionada, todo lo que se haga por la reivindicación étnica y cultural sería inútil.

Pecando de autorreferente, cito un artículo que escribí en otro sitio:

Por reduccionista y materialista que parezca, si tuviéramos que prescindir de todo para dejar lo estrictamente necesario, podríamos destruir todo rastro que quede de cultura europea y aún así no preocuparnos por la supervivencia de nuestro legado: mientras se mantenga el sustrato creativo, entonces existirá la posibilidad de crear otra vez. De este modo, si metiéramos todas las artes, letras, idiomas, teogonías, panteones, costumbres, valores e intereses europeos en un horno, lo quemáramos y lo echáramos al mar, y nos quedáramos con unos cuantos seres humanos vueltos a la Prehistoria, podríamos estar seguros de que se existe la probabilidad de que se levante una gran cultura a partir de esos “hombres de las cavernas”.

Ya antes el mismo sustrato genético pudo hacerlo, sustrato genético que no contaba con nada más que los genes con los que la Naturaleza, por medio de la Evolución y Selección Natural, amoldó a este grupo de seres humanos. Si esos genes desaparecen, entonces mantener la cultura será como rendir culto a la cáscara de una fruta muerta. No vaya a ser que por volcarnos a defender “logros” y construcciones de los últimos dos siglos, terminemos perdiendo de vista lo que la Naturaleza ha construido durante milenios.

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