La Bandera Confederada

Me gusta esta bandera, no puedo negarlo. La tildan de esclavista, de extraña a mi propio Sur, pero yo no lo creo. Las banderas siguen la suerte de los vencidos, es la ley de la historia. Pero me sigue gustando, la siento propia. Veo aquel Sur y veo mi Sur y no encuentro grandes diferencias. Quizá de forma, pero no de fondo. (más…)
Fundaciones Míticas

La primera fundación de Buenos Aires, mítica, perdida bajo el barro, es buscada todavía. El lansquenete alemán Ulrico Scmidl, escribe el primer libro en estas tierras del Sur, contando su historia. (más…)
Pasto para ovejas irresponsables
El discurso expresado es un claro indicador del público al que se aspira llegar, y ésa es la principal razón por la que nuestro mensaje no está suavizado, sino que es duro, cruel e incorrecto, y muchas veces nos negamos a la utilización de adjetivos para designar a otros. En este espacio, jamás se leerán acusaciones irresponsables como «Bachelet comunista», «la Nueva Mayoría es comunista», «mapuches comunistas», «estudiantes comunistas», «anarquistas terroristas», etc., no sin antes corroborar y tener la certeza que la acusación es como se insinúa.
Y es que si hay algo que detestamos, ese algo es la demagogia.
La Real Academia Española define a la demagogia como
1. f. Práctica política consistente en ganarse con halagos el favor popular.
2. f. Degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder.
Las líneas ideológicas de Derecha suelen quejarse de la ignorancia izquierdista, cuya principal arma es la sinonimia y el reduccionismo: todo es fascismo. Si hay una medida que favorezca al capitalismo, se la acusa de fascista. Si hay nacionalistas con una bandera, se les acusa de fascistas. Si hay algo que tenga un poco de opresión, se lo acusa de fascista. Simplismo puro, donde se meten dentro del mismo saco al nazismo, fascismo, franquismo, capitalismo, falangismo, machismo, nacionalismo liberal, patriotismo, y un montón de ideas que muchas veces no tienen relación entre sí, o incluso son, en esencia, antifascistas.
Con toda esta estrategia, la Izquierda busca estigmatizar lo que le parece mal a través de la adjudicación de una característica negativa (en este caso, el fascismo in abstracto), tratando al receptor como un imbécil, al entregarle información manipulada en forma de códigos tergiversados.

Del mismo modo, todo ente que realmente desprecia a su público objetivo (es decir, a los receptores), hace de esta manipulación de mentes un arte. Sin embargo, este hecho habla pésimo de los emisores, pues un mensaje claramente demagógico —cuyo fin es sencillamente engañar a las masas, apelando a la irracionalidad y el sentimentalismo— es un imán para masas ignorantes, susceptibles y, por lo general, descerebradas.
El manipulador de masas necesita de la ignorancia de éstas, las cuales se dejan controlar por información tergiversada, mentiras, verdades a medias, y un popurrí de todo tipo de artimañas que llenen el vacío de esperanzas y que expíen las responsabilidades de las multitudes. Para las masas, todos serán responsables antes que ellas mismas: serán los inmigrantes, será el capitalismo, será el Sistema, será la sociedad moderna, y una lista enorme de culpables de sus desgracias, cada una de las cuales redime al individuo de su responsabilidad en su desdicha en tiempo real. Es por esto que la demagogia, venga desde donde venga, necesita una condición para poder caer en suelo fértil: psicología izquierdista, alguien que no está dispuesto a hacerse cargo y que prefiere culpar antes que asumir.
Quien sepa que está en la razón, no necesita engañar para atraer, pues necesita que quienes formen parte de sus fasces lo hagan convencidos de sus mismos objetivos, pues la verdad que se proyecta hacia fuera, es la misma verdad que se vive por dentro.
Fundación de Santiago: el hito y el mito
La Historia se conforma de hitos y de mitos, y conforme avanzan los tiempos es que decidimos si mentirnos a nosotros mismos o abrazar la verdad. Los mitos deforman la Historia, la disimulan y embellecen lo cruento para volverlo digerible de acuerdo al contexto, y es así cómo nos lavamos el cerebro queriendo ver al Hito como un Mito que es creíble sólo en los cuentos de hadas.
La Fundación de Santiago —como tiempo cero de la Identidad Europea en el borde pacífico del suelo americano, es decir, de la Identidad Criolla— es un hecho que debemos asumir como Hito, por encima de todos los adornos poéticos. El Hito, el hecho, es que estamos aquí, 5 siglos después, por encima de todos los mitos, de todas las deformaciones, de todas las leyendas blancas y negras.
Y el Hito es que los Conquistadores no vinieron al Nuevo Mundo a continuar el Viejo, a hacer de éste una mera continuación y reproducción de la Europa lejana como quisiera entender el Mito, sino que vinieron a comenzar un mundo, no a ser parte de la Historia, sino a escribir otra nueva con sangre, con sudor, con lágrimas, con fuego, con esperanzas, con sufrimiento y, por sobre todo, con futuro.

El alef del criollismo de la costa pacífica está bajo nuestros pies. Sobre él, cientos de años de historia del ayer nos hacen comulgar con el presente. Un núcleo de vivencias, experiencias, relatos y cantos de nuestros ancestros.
Bajo nuestros pies, un pasado que no volverá, que se fue para siempre. Un pasado lleno de aciertos y de errores. Un pasado que es pasado. En nuestros pies, nosotros: el presente, lo que vivimos, lo que somos. En nuestros pies, nosotros: la identidad que se vive, que no está escrita en los libros porque nosotros somos los que le damos forma.
Sobre nuestras cabezas está el cielo azul, que es el mismo que hizo que nuestros ancestros en las lejanas tierras de las montañas, valles, jabalíes, lobos y ciervos, supieran que el mundo en el que vivían era más grande que lo que pudieron imaginar.
Con aciertos y errores, el destino forjado desde el ADN impulsaría a los Conquistadores al inmenso mar en la búsqueda de nuevos horizontes bajo el mismo cielo azul, pero en una nueva tierra fértil, que sería labrada para hacer germinar a los hijos de Europa en su afán por comenzar un mundo nuevo.
El país de la infelicidad y el resentimiento
Si hay algo que las redes sociales han logrado con creces, es la posibilidad de dar tribuna a los invisibles que antes no eran escuchados más que por sus familias y amigos. El bajo costo del servicio, la nula censura y el ausente filtro idiomático han permitido que cualquiera que tenga acceso a internet pueda ladrar lo que sea sin temor. Incluso, hay algunos que han llegado a categorías tales como «Comentarista Destacado» en relación al número de comentarios que efectúan, algo muy ad hoc a la sociedad en la que vivimos, donde la cantidad está por encima de la calidad.
Como buen observador —lo que no me hace distinto de un fisgón cualquiera que mira escondido tras un muro, lo acepto— dedico algunos minutos de mi tiempo a leer noticias de distintas fuentes y, por sobre todo, los comentarios de la gente común acerca de las mismas noticias, pues considero que es ahí donde reside la opinión pública pues, en cambio, la televisión y la radio dirigen al público mostrando sólo las cosas más «jugosas», sin darnos el beneficio de encontrarnos con información primaria.
Lo preocupante de esta información primaria es que —al reflejar lo que la gente es, lo que piensa— logra graficar las emociones y sentimientos de las personas como si fueran la más chocante obra de arte. El odio y resentimiento con los que la gente se expresa es un indicador de lo que ocurre en su interior como una respuesta contra las agresiones del medio, las cuales no tienen que ser físicas necesariamente. Sabemos perfectamente que nuestra sociedad está construida sobre tramas de violencia y abuso de poder, disfrazadas elegantemente con buenas intenciones e ideales de justicia, por lo que no es extraño que la gente se sienta agredida y vulnerada aún en su vida cotidiana, ya sea por tarifas abusivas, impuestos absurdos, y por las sirvengüenzuras varias a la que se ve sometida el ciudadano común que no es beneficiado por un Estado que cada vez se identifica menos con sus esclavos.

(sic) Malditos politicos ladrones ay ke matarlos a todos ay ke cortarle las manos para ke dejen de rovar los mataria con mis propias manos
El lenguaje agresivo («estos malditos», «hay que quemarlos», «los mataría lentamente para que sufran», «hay que colgarlos», etc.) que se deja ver en los comentarios de las redes sociales deja entrever cierto comportamiento esquizofrénico de la sociedad chilena: la gente que lanza comentarios invocando a la Ley de Lynch, al empalamiento y desollamiento públicos, es la misma que se deja dominar por la Ley de Moraga, viviendo vidas normales, insignificantes, sin sobresaltos y que, muy probablemente, no se verán alteradas más que por la muerte.
A pesar de tanto odio acumulado, podemos atestiguar que las cosas siguen igual: no estallan revueltas, mucho menos hay revoluciones, no vemos empalamientos públicos y definitivamente no hay personas que maten a otras lenta y dolorosamente para impartir la justicia. ¿Dónde va a parar, entonces, todo ese odio? No lo vemos traducido en resultados externos al individuo, como bien pudieron serlo la Revolución Francesa y la Revolución Rusa (que no menciono como ejemplo porque me agraden o algo así, sino por ejemplificar una obra que se pudo concretar gracias al resentimiento de las masas), sino que lo vemos traducido en la infelicidad de generaciones completas que pasarán a la Historia por ser nada, por alimentar un odio que se llevarán a la tumba, luego de una vida completa dedicados a subsistir mediante las apariencias.

(sic) hijos de puta hay qe kemarlos vivos qe sientan el doloor una y otra ves antes de morir
La enfermedad es evidente: mientras el discurso habla de paz, de inclusión y de igualdad, los sentimientos fantasean con sueños de violencia, brutalidad y muerte… al tiempo que las acciones reflejan nada, pues nadie hace nada. Con una estructura enferma, llena de frustraciones, de fracasos, de vidas insatisfechas, de gente no realizada, no es de extrañar que las redes sociales funcionen como verdaderos ventiladores de mierda de una sociedad conformada por chihuahuas y poodles que ladran pero no muerden.
Los Blancos del Sur

Nosotros, los blancos del Sur, llegamos antes de la Segunda Guerra Mundial a América, hace cinco siglos o un siglo, da lo mismo. Digo esto porque por más influencia que hayan tenido ciertos hechos en la historia del mundo, nosotros no participamos. (más…)
Contradicciones, realismo y utopía
Las personas se mueven según sus pautas culturales, según sus valores o la falta de ellos. Eso Antonio Gramsci lo sabía muy bien, tanto más teniendo un hermano dirigente fascista, en momentos en los que el fascismo conquistaba a las masas. (más…)
Que los muertos entierren a sus muertos

Hay cosas que han muerto, pero quedan a la intemperie. Todos pasan a su lado pero nadie observa, nadie reconoce, nadie mira. (más…)
Mastershit Post Masterchef

Si bien no soy muy fanático de la televisión y menos aún de los reality shows, debo reconocer que el recién terminado concurso de cocina «Masterchef» me atrapó y me pareció muy interesante. Pero lo que más me llamó la atención fueron las reacciones tras la final de dicho concurso de talento culinario. (más…)
En defensa de la verdadera latinidad
«Nosotros, la gente común, tenemos ancestros, y aunque no tenían títulos, no eran los peones de los cagaderos, sus actos de audacia, su vasallaje, sus sufrimientos, están escritos en llanto con letras de sangre, su sangre, nuestra bandera de sangre.»
Soy fanático de los dibujos animados, y entre todos ellos (dejando de lado a Ren & Stimpy, Rocko y Bugs Bunny) soy fanático de Disney. He visto casi todas sus películas, tengo montones de libros relacionados con su historia, me sé las canciones, diálogos y perfiles psicológicos de sus personajes desde Oswald The Lucky Rabbit hasta Wall-E, por dar un ejemplo de ayer y hoy.
He visto cómo sus princesas arquetípicas protagonistas pasaron de ser caucásicas adolescentes, a ser pakistaníes (pues Jasmine de árabe tiene poco y nada), aborígenes americanas, chinas, afroamericanas y gitanas, y era cuestión de tiempo que, con la globalización y el expansionismo de la corrección política, aconteciera la aparición de una princesa, digamos, «latina».

Ya sea por ignorancia sobre el mundo hispanoparlante, o por mero acatamiento de lo políticamente correcto, Disney reveló en twitter la primera imagen de Elena de Avalor, quien exhibe un evidente mestizaje entre conquistadores españoles y poblaciones indígenas centroamericanas, suponiendo una mala interpretación total de la idea de la hispanidad y la latinidad.
Por años, el término «latino» ha sido sinónimo de un ser que se encarna como un residuo cultural, social y racial de las consecuencias humanas del choque de civilizaciones y la alienación producto del capitalismo despiadado (asociado siempre a la «amenaza marrón» tercermundista que golpea las puertas del patio trasero de Estados Unidos).

«Latino»
Ser latino hoy ha pasado de indicar a los descendientes de los pueblos que hablaban lenguas derivadas del latín, a señalar a los pueblos de América que hablan lenguas derivadas del latín. La diferencia no es insignificante, puesto que la primera aseveración está asociada a ser latino-descendiente, mientras que la segunda está asociada a ser latino-parlante. Dando otros ejemplos, sería como afirmar que los haitianos son franceses por hablar francés, y los afroamericanos anglosajones por hablar inglés.
De esta manera, los pueblos originarios de América, es decir, aquéllos que estaban antes de la llegada de los europeos, quedarían excluidos de la pertenencia étnica latina. Ahora bien, el caso del mestizaje se vuelve algo más complicado: ¿cómo definir la pertenencia de quien pertenece a muchos grupos? Esta vez, la pertenencia choca contra el muro de una especie de «tragedia de los comunes» de la pertenencia: si pertenece a mucho, pertenece a nada. Triste, sí, pero cierto.

El verdadero latino.
El cruce étnico y racial ha sido determinante en la disolución de culturas enteras, que ahora se funden tristemente en un tercermundista manchón multicolor en vestimenta pero monocromático en visión del mundo, y eso es exactamente lo que exhibe Elena de Avalor, y es contra esa difamación del legado de la latinidad que nosotros, los verdaderos latinodescendientes, es que debemos levantarnos y recuperar el verdadero legado de nuestros antepasados.








