El discurso expresado es un claro indicador del público al que se aspira llegar, y ésa es la principal razón por la que nuestro mensaje no está suavizado, sino que es duro, cruel e incorrecto, y muchas veces nos negamos a la utilización de adjetivos para designar a otros. En este espacio, jamás se leerán acusaciones irresponsables como “Bachelet comunista”, “la Nueva Mayoría es comunista”, “mapuches comunistas”, “estudiantes comunistas”, “anarquistas terroristas”, etc., no sin antes corroborar y tener la certeza que la acusación es como se insinúa.

Y es que si hay algo que detestamos, ese algo es la demagogia.

La Real Academia Española define a la demagogia como

1. f. Práctica política consistente en ganarse con halagos el favor popular.
2. f. Degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder.

Las líneas ideológicas de Derecha suelen quejarse de la ignorancia izquierdista, cuya principal arma es la sinonimia y el reduccionismo: todo es fascismo. Si hay una medida que favorezca al capitalismo, se la acusa de fascista. Si hay nacionalistas con una bandera, se les acusa de fascistas. Si hay algo que tenga un poco de opresión, se lo acusa de fascista. Simplismo puro, donde se meten dentro del mismo saco al nazismo, fascismo, franquismo, capitalismo, falangismo, machismo, nacionalismo liberal, patriotismo, y un montón de ideas que muchas veces no tienen relación entre sí, o incluso son, en esencia, antifascistas.

Con toda esta estrategia, la Izquierda busca estigmatizar lo que le parece mal a través de la adjudicación de una característica negativa (en este caso, el fascismo in abstracto), tratando al receptor como un imbécil, al entregarle información manipulada en forma de códigos tergiversados.

Del mismo modo, todo ente que realmente desprecia a su público objetivo (es decir, a los receptores), hace de esta manipulación de mentes un arte. Sin embargo, este hecho habla pésimo de los emisores, pues un mensaje claramente demagógico —cuyo fin es sencillamente engañar a las masas, apelando a la irracionalidad y el sentimentalismo— es un imán para masas ignorantes, susceptibles y, por lo general, descerebradas.

El manipulador de masas necesita de la ignorancia de éstas, las cuales se dejan controlar por información tergiversada, mentiras, verdades a medias, y un popurrí de todo tipo de artimañas que llenen el vacío de esperanzas y que expíen las responsabilidades de las multitudes. Para las masas, todos serán responsables antes que ellas mismas: serán los inmigrantes, será el capitalismo, será el Sistema, será la sociedad moderna, y una lista enorme de culpables de sus desgracias, cada una de las cuales redime al individuo de su responsabilidad en su desdicha en tiempo real. Es por esto que la demagogia, venga desde donde venga, necesita una condición para poder caer en suelo fértil: psicología izquierdista, alguien que no está dispuesto a hacerse cargo y que prefiere culpar antes que asumir.

Quien sepa que está en la razón, no necesita engañar para atraer, pues necesita que quienes formen parte de sus fasces lo hagan convencidos de sus mismos objetivos, pues la verdad que se proyecta hacia fuera, es la misma verdad que se vive por dentro.

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