“Nosotros, la gente común, tenemos ancestros, y aunque no tenían títulos, no eran los peones de los cagaderos, sus actos de audacia, su vasallaje, sus sufrimientos, están escritos en llanto con letras de sangre, su sangre, nuestra bandera de sangre.”

Wagner

Soy fanático de los dibujos animados, y entre todos ellos (dejando de lado a Ren & Stimpy, Rocko y Bugs Bunny) soy fanático de Disney. He visto casi todas sus películas, tengo montones de libros relacionados con su historia, me sé las canciones, diálogos y perfiles psicológicos de sus personajes desde Oswald The Lucky Rabbit hasta Wall-E, por dar un ejemplo de ayer y hoy.

He visto cómo sus princesas arquetípicas protagonistas pasaron de ser caucásicas adolescentes, a ser pakistaníes (pues Jasmine de árabe tiene poco y nada), aborígenes americanas, chinas, afroamericanas y gitanas, y era cuestión de tiempo que, con la globalización y el expansionismo de la corrección política, aconteciera la aparición de una princesa, digamos, “latina”.

Ya sea por ignorancia sobre el mundo hispanoparlante, o por mero acatamiento de lo políticamente correcto, Disney reveló en twitter la primera imagen de Elena de Avalor, quien exhibe un evidente mestizaje entre conquistadores españoles y poblaciones indígenas centroamericanas, suponiendo una mala interpretación total de la idea de la hispanidad y la latinidad.

Por años, el término “latino” ha sido sinónimo de un ser que se encarna como un residuo cultural, social y racial de las consecuencias humanas del choque de civilizaciones y la alienación producto del capitalismo despiadado (asociado siempre a la “amenaza marrón” tercermundista que golpea las puertas del patio trasero de Estados Unidos).

“Latino”

Ser latino hoy ha pasado de indicar a los descendientes de los pueblos que hablaban lenguas derivadas del latín, a señalar a los pueblos de América que hablan lenguas derivadas del latín. La diferencia no es insignificante, puesto que la primera aseveración está asociada a ser latino-descendiente, mientras que la segunda está asociada a ser latino-parlante. Dando otros ejemplos, sería como afirmar que los haitianos son franceses por hablar francés, y los afroamericanos anglosajones por hablar inglés.

De esta manera, los pueblos originarios de América, es decir, aquéllos que estaban antes de la llegada de los europeos, quedarían excluidos de la pertenencia étnica latina. Ahora bien, el caso del mestizaje se vuelve algo más complicado: ¿cómo definir la pertenencia de quien pertenece a muchos grupos? Esta vez, la pertenencia choca contra el muro de una especie de “tragedia de los comunes” de la pertenencia: si pertenece a mucho, pertenece a nada. Triste, sí, pero cierto.

El verdadero latino.

El cruce étnico y racial ha sido determinante en la disolución de culturas enteras, que ahora se funden tristemente en un tercermundista manchón multicolor en vestimenta pero monocromático en visión del mundo, y eso es exactamente lo que exhibe Elena de Avalor, y es contra esa difamación del legado de la latinidad que nosotros, los verdaderos latinodescendientes, es que debemos levantarnos y recuperar el verdadero legado de nuestros antepasados.

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