Mes: enero 2015

La del lagarto y la del burro

Francisco Javgzo

Cuando se hizo el homenaje a Pinochet (figura que no aprecio ni en lo más mínimo), toda la izquierda intelectualoide, como la que aparece en el video #DerechoalaComunicacion, rasgó vestiduras en contra de la Libertad de Expresión, pues acá en Chile, la libertad de expresión es garantizada siempre y cuando sea políticamente correcta: mientras no ataque a una minoría «vulnerable», mientras no cometa el error de defender a un facho, mientras no sea machista, mientras uno no ponga en tela de juicio los DD.HH., etc.

Como creo en los contextos históricos y territoriales distintos, no juzgo a la Izquierda chilena por asociación ideológica: si Cuba o Venezuela quieren perseguir a sus detractores, no es un asunto ni responsabilidad de la Izquierda chilena y, por lo demás, tampoco tienen la misma orientación (la Izquierda chilena se siente muy a gusto con el liberalismo económico, jamás optarían por un modelo socialista).

La libertad de expresión se ejerce, pero también se comprende y respeta: si alguien de un bando antagónico quiere expresarse, pues es libre de hacerlo. Pedir cabezas es intolerancia y estrechez, sean del bando que sea.

El mundo aún está consternado con la intolerancia islámica frente a la opinión (más aún, ante algo que era sólo un chiste) porque es una violación completa a la libertad de opinión (valga la redundancia).

Tal como el video de Israel en Español pregunta ¿Estás en el lado que cree en debates abiertos, o el lado que reprime la libertad de expresión?, debo reconocer que definitivamente estoy en el lado de la libertad de expresión lo que, según el video mencionado, me dejaría en el lado de Israel.

Por eso mismo, pues estoy en el lado de la libertad de expresión, condeno los ataques a Charlie Hebdo, porque fue ejecutado por intolerantes sin humor que dejan que sus emociones dicten su conducta. Éstos, a  su vez, no distan demasiado de los izquierdistas clásicos que luchan por todas las causas: todos ellos preferirían vernos muertos antes de que exista otra opinión.

Pero, ante la intolerancia, ni perdón ni olvido: cada vez que nos asombremos de que en un lado tan lejano ocurren cosas así, no olvidemos que acá en Chile no estamos muy lejos de esa medieval realidad. El lagarto Murdock fue, no hace mucho, prueba tangible de la falta de humor y la intolerancia. Probablemente, no entró ningún grupo a dispararle en su casa, pero sí le hicieron la vida imposible y trataron de matarlo socialmente, deteniéndose sólo cuando lo vieron humillado pidiendo perdón.

Y no, no justifiquemos con ninguna de esas ideas de los límites, del odio, de la segregación y de todas esas cosas que se les ocurren a los delicados de Izquierda (y con ello, no me refiero al PC/PS/PPD, sino a toda la mentalidad igualitarista y pro-victimismo), pues la cuestión es clara: ¿Estás en el lado que cree en debates abiertos, o el lado que reprime la libertad de expresión?

Yo estoy en el lado en que los chistes son tomados con humor, donde no hay enyegüecimientos y definitivamente no hay totalitarismo alguno que impida el debate de ideas o la expresión de las mismas.

Olvidando al Rey Abdalá

Francisco Javgzo

No acostumbro a hacer festines sobre los muertos pero, aun sabiendo que este mundo es una porquería, que la vida apesta, y que las cosas irán para peor (algo que, sinceramente, me parece maravilloso), debo confesar que con el reciente deceso de ‘Abd Allah ibn ‘Abd al-‘Aziz Al Sa‘ud, más conocido en los medios como el Rey Abdalá de Arabia Saudita, por un instante, y en mi opinión, el mundo fue un lugar mejor.

Respecto a la eternización en el trono de Arabia por parte de la familia Saud, es un asunto que no me compete pues, al final, cada pueblo decide su destino, para bien o para mal; pero la presencia de los Saud en la posición estratégica de la puerta de Oriente trasciende al espacio vital de la propia Arabia, golpeando a distintos lugares del globo.

Abdalá no sólo encarnó la personificación del abuso y el despotismo sobre un pueblo, el que debía aguantar todo el rigor de la ley (misma ley que no toca a la familia real) y costear los lujosos vicios de sus oligarcas gobernantes, sino que representó el repugnante doble estándar de las potencias atlantistas, últimos despojos de un Occidente que se cae a pedazos.

Primeramente, reconozcamos la verdad: si la familia Saud está hoy en el poder, ha sido por obra y gracia de Occidente.

Los mismos poderes que claman por democracia, por derechos humanos, por libertad y por ideas típicas del panfletarismo occidental, han callado por décadas ante el abuso ejercido por estos estados autoritarios fundamentalistas que no han dudado en empobrecer y abusar de los mismos pueblos que deberían defender, puesto que, si bien son anti-occidentales en esencia, son pro-occidentales en lealtad política. Y las potencias occidentales no sólo han callado, sino que, además, han apoyado militarmente dichos gobiernos.

Peor aún: el mismo Occidente liberal que tanto ha buscado la valoración de la mujer, la abolición de la persecución religiosa, el sano secularismo y la tolerancia a la diversidad sexual, ha cooperado con un Estado opresivo sin precedentes, mientras socava y derrumba a aquellos estados que poseen los regímenes más flexibles y justos, pues no basta sólo con ser occidentalizado, sino que debe estar alineado con las potencias atlantistas. Los ejemplos están a la vista, y la Primavera Árabe es testigo del poder de Occidente.

Occidente, que también ha declarado la guerra al terrorismo, ha callado frente al financiamiento de células radicales islámicas por parte de estos «grandes amigos» de Occidente porque, claro, mientras hayan grupos radicales, habrán excusas para las invasiones, instauración de Democracia y una buena dosis de…. el mismo fundamentalismo opresivo que se supone que combaten las potencias occidentales.

La partida del rey Abdalá, muy probablemente, no significará ningún cambio en el vetusto búffer de corrupción pro-occidental en el corazón de Oriente Medio, pero, definitivamente, invita a la reflexión occidental de cuál es el papel que con nuestro silencio cómplice estamos jugando en la Historia, y si es que queremos seguir siendo los mayores instigadores de terrorismo en el mundo.

Rumbo a la fragmentación de Chile

Francisco Javgzo

En veinte años más habrá un movimiento separatista no-étnico dentro del territorio chileno y, muy probablemente, triunfará.

No, lamentablemente no será un movimiento indígena ni criollo ni nada que se le parezca. Es más, se basará en el despreciable Ivs Soli, pero bueno,  no se puede pedir que el país cambie en veinte años lo que se le ha adoctrinado e impuesto por cientos de años. Pero separatismo habrá, quizás no violento, pero sí democrático: la gente afectada apoyará en masa la iniciativa.

Pese a anexarse el Norte y el Sur, el imaginario chileno nunca incluyó estos dos lados, algo no extraño, teniendo en cuenta que la mayor parte del país está viviendo concentrada en la Zona Central. Peor aún, el Norte es visto como un desierto inhóspito, hostil y hasta deshabitado; esto no es tan alejado de la realidad, bastando observar la densidad poblacional de tan grande extensión territorial.

Para el espíritu patriota, el Norte tiene importancia debido a la Guerra del Pacífico y contra la Confederación Peru-Boliviana, importancia que, paradójicamente, saca a relucir lo poco importante que tiene el Norte: se habla de la sangre derramada, se habla del territorio conquistado, se habla del mar que Chile posee, pero jamás se habla de su gente, reflejando una valoración basada en un profundo utilitarismo: es el mar con su pesca, es el desierto con sus minerales.

Peor aún, son ignoradas algunas causas humanitarias de la Guerra del Pacífico: no sólo se combatió por territorio y recursos, sino también por la población «chilena» que habitaba en dichos territorios, es decir, el componente humano, lo que –para un verdadero nacionalista– debería ser lo que realmente importa.

Crudamente, el Norte se ha tomado como una simple fuente de recursos para alimentar de recursos al país, siendo utilizados éstos por el resto del país, y siendo devuelto un porcentaje de éste al lugar de origen de los mismos. Desgraciadamente, no puede decirse que el presupuesto destinado sea el mejor, y las paupérrimas condiciones con las que ha quedado el Norte luego de algún tiempo en que distintos desastres naturales han causado de las suyas, deja demostrado el poco interés del gobierno central en regiones demasiado lejanas y poco pobladas como para que influyan de forma significativa en la aprobación a la gestión.

Como si el tema económico y la sensación de desamparo no fueran motivos suficientes para un quiebre con la administración central, existe un descontento generalizado en materia de política inmigratoria: aun cuando no es necesariamente la inmigración la culpable de las tasas de desempleo en la zona (recordemos que las crecientes tasas de empleo debido a la minería son cada vez más utilizadas por gente chilena, pero que proviene fuera del Norte, no por extranjeros), las regalías existentes y las otras manifestaciones de discriminación «positiva» respecto a extranjeros aumentan la sensación de abandono en el Norte.

Como bien se ha hecho análisis en este blog sobre la línea divisoria entre el nosotros y el ellos Ius Soli, muchas veces no existe gran diferencia entre los componentes étnicos de un lado con los del otro pero – en este caso – el abandono por parte del gobierno central ha forzado a una condición de nosotros y ellos por exclusión, donde unos reciben todos los beneficios, y otros reciben todos los perjuicios.

Si bien este separatismo no tiene nada que ver con un tema de identidades locales (las que siempre han existido, sin importar las líneas divisorias territoriales) y menos aún con identidades étnicas, es el centralismo estatista chileno injusto y pasado de moda el que terminará por provocar el quiebre territorial que tanto asusta a los apólogos del patriotismo, no el comunismo internacional (si es que aún existe), ni el sionismo, ni los capitales extranjeros ni ningunos de los culpables clásicos que emergen cuando los seres no son capaces de asumir sus errores.

Corazones de Hierro (Fury)

Francisco Javgzo

Si alguien es fan acérrimo, intransigente y visceral del III Reich, probablemente le asquee el hecho de que esta película trate de un grupo de soldados aliados, aunque no se puede esperar otra cosa de Hollywood, por lo que no se puede pedir peras al olmo y se debe juzgar el filme por lo que es. (más…)

Olvidando a Pedro Lemebel

Francisco Javgzo

Habiendo fallecido Pedro Lemebel, con el revuelo esperable en las redes sociales (no sólo virtuales) en admiración, veneración y tributo a su obra, es lógico que también nosotros tributemos. Particularmente, no tengo nada contra la prosa de Pedro Lemebel que, sin ser excepcional como nos quiere hacer creer el oficialismo y la farándula artistoide, tampoco el bodrio que algunos quisieran ver en él.

Su inspiración fue bastante limitada: como todas las minorías, no amplió sus horizontes más allá del universo en el que se movía, por lo que si uno no tenía interés en leer sobre homosexualidad, travestismo, pobreza y uno que otro contenido de opresión social, entonces la obra de Lemebel inherentemente rechazaba al lector por falta de motivación.

En su obra, no existía la homosexualidad sino como una declaración de principios y una posición a la sociedad, y para ella, la única manera de entrar en «complicidad con la obra», era siendo partidario de la Izquierda victimista propia de los años 90s, pues realmente dudo que un admirador de Corea del Norte y de la Rusia Soviética fuera capaz de sentirse «tocado» desde la diferencia que buscaba plasmar su obra. Lemebel, el luchador social (en palabras de la presidente Bachelet) de las oportunidades y de la inclusión, con su obra, acentuó la diferencia y la envió al gueto.

Respecto a su transgresión, la verdad que fue bastante poca, y basta con ver cualquier desfile de travestis y luchadores por la diversidad para encontrar performances parecidas, y es que hay que reconocer que el país ha avanzado exactamente hasta donde la intelligentsia quería llevarlo: un entorno donde no sorprende absolutamente nada de lo que debería sorprendernos.

Pese a no ser artífice, Pedro Lemebel fue un constructor, ayudando a dar forma a esta sociedad de mente abierta que tenemos hoy, revestida con discursos de respeto al otro. En este sentido, emerge la figura sombría: Lemebel el colaborador de la nueva estructura opresiva, intolerante y totalitaria de la mentalidad chilena, donde sólo está permitido transgredir y ser fanático mientras provenga desde los reinos de la corrección política, jamás desde la incorrección.

Como ocurre luego de cualquier muerte, aparecen los admiradores «de siempre» que jamás estuvieron, transformando todo en un circo de lágrimas falsas, dedicatorias vacías, twitteos carentes de sentimiento y estados de facebook de fingido dolor, que no hace más que reforzar el incorrecto (como enemigo de la corrección, no de «equivocado») prejuicio sobre la lucha por reivindicar la debilidad, la pequeñez, la alienación, la horizontalidad y la necesidad constante de la autoafirmación en un mundo delicado e hipersensible.

El cambio y la verdad: Nietzsche y Occidente

Más malas noticias: Carlos Martel no va a resucitar. Carlomagno tampoco. Bueno, a decir verdad, ese hombre asesinó unos cuantos europeos también. Cristo tampoco va a resucitar. Creo que la mayoría de los europeos sí son Charlie, en rigor: todo Occidente es Charlie. Por eso: no me interesa Charlie ni Occidente. Si esto es una cruzada de cristianos contra musulmanes, no me interesa; del mismo modo que no me interesa el fanatismo musulmán.

Todo cambio es primero antropológico, vale decir: un cambio en el hombre. Las conductas, regidas por actitudes y valoraciones, se visten de religión, de ideología, pero responden a lo que el hombre es en su trama profunda de intereses. Occidente también es eso: un código de conducta asimilado durante miles de años. Una asimilación de dogmas, de conceptos, de conductas que responden a esos dogmas y conceptos. Lo que se nombra hoy con desprecio, las palabras que se utilizan para nombrar «el mal» son códigos que disparan conductas: que el hombre antiguo, es algo anterior al hombre «evolucionado»; que el «pagano» es un primitivo. Esto pese a que el hombre antiguo comprendía el universo de un modo mucho más amplio, y pese a que el cristianismo haya quemado todo el conocimiento y la comprensión humana anterior a él.

Todo cambio es un cambio antropológico. Lo demás es una pérdida de tiempo.

¿Qué la verdad? preguntó el romano. Todos aquí tenemos nuestra verdad. Supongo que eso habrá pensado. Los judíos quieren que ejecute a uno de ellos; aunque yo, como romano y bajo la ley romana, no le encuentro delito. Pero estoy en Judea, ¿y qué vale más en Judea para Roma? ¿La política de Roma con Judea? ¿O los problemas de los judíos con un alborotador judío? Nunca imaginó, que luego la verdad sería la del alborotador judío, en la propia Roma.

Retomando el milagro anunciado al principio: si esperan a las SS europeas no van a venir. La cosa es sencilla: cada uno está sólo con su tribu, y si no tiene tribu está completamente sólo. Formen clanes y confederen los clanes. Eso funcionó por milenios: se llamaba Roma (no sé si lo recuerdan). Quizá todavía funcione. Al menos es algo básico, orgánico, natural. Tenía razón Nietzsche, la decadencia comenzó después de los presocráticos.

Hoy de nuevo los romanos nos preguntamos «¿Qué es la verdad?» Y cumplimos así nuestro deber de romanos, nuestro destino.

Nietzsche: el más incomprendido de todos. La sociedad occidental no acepta lo evidente. Milenios de dogmas, conceptos y estructuras la han convertido en lo que es hoy. El salto propuesto por Nietzsche es demasiado alto. Cuando decimos que Occidente debe caer, no invocamos la destrucción y la muerte — aunque ronden y se manifiesten — sino la desaparición de un tipo de hombre. Oriente nos lleva en eso mucha ventaja: ellos al menos saben que existe el dolor. El hombre sin tal consciencia no es un hombre. Además señores, el hombre blanco ha sido «Oriente» por milenios, ya que no existía Occidente ni la llamada filosofía Occidental.

Cuando Schopenhauer, Nietzsche y Heidegger vuelven a las fuentes, no hacen más que volver a nuestra patria de origen.

El pan-criollismo como destino del hombre blanco americano

Para nosotros, el criollismo es el destino común de la descendencia europea en América. Para dejarlo más claro: del hombre blanco americano. Nuestra óptica, dentro de esos límites es también clara: no arrastramos los lastres que destruyeron y destruyen a Europa.  Los enfrentamientos de aldea, de región, de principados o reinos, eso no tiene nada que ver con nosotros.  Tenemos muchas desventajas, pero también una ventaja: todo hombre blanco americano en tanto criollo consciente, nos enriquece y puede ser nuestro hermano.

Nos aporta tanto el ruso, el lituano, el ucraniano, como nuestro origen español o la “italianidad” que por ejemplo en la Argentina es evidente. No seríamos lo que somos sin los irlandeses, sin los galeses, sin los alemanes, sin los portugueses. Todo suma a una identidad que no tiene urgencia en odiar a los suyos, sino al contrario.  En este espacio infinito y con nuestra particular historia, ese tipo de odio es para nosotros extraño, incomprensible.  Puede que sea la necesidad, o la secular relación con otras gentes lo que nos hace sentir así; lo cierto es que donde está todo por hacer hay algo atávico, elemental, profundo, que nos une.  Esto no quiere decir que salgamos triunfantes de la contienda; pero al menos que la sangre derramada no sea entre nosotros.

Esto elemental que debe sentirse antes de explicarse, es un patrimonio que debemos defender y desarrollar.  Estamos antes del capitalismo y  quizá del cristianismo. No es que no nos hayan alcanzado, pero nos alcanzaron menos. Cuando uno pisa Europa se da cuenta de cuáles son las diferencias  y hasta dónde llega el cambio antropológico en una sociedad distópica.  Podemos concordar en la teoría, pero muchas veces a la hora de actuar nos damos cuenta que no actuamos igual: nuestros intereses, nuestro estilo, nuestra forma de ser son distintas.  Hay un alma colectiva que acompaña la recreación de la etnia, pero debe ser un alma grande, no declamada sino ejercida en la acción cotidiana. Hay códigos no escritos, esos son los más importantes. ¿De qué sirve declamar ideologías, cuando al actuar lo más importante no es lo declamado, sino que termina siendo lo mismo que para los demás? Por eso desconfío de las etiquetas. Las ideologías suelen funcionar como funciona la crítica para la literatura: los que no la sienten ni la entienden son los que se dedican a ella.

Desde el Quebec hasta la Patagonia, podemos encontrar un tipo de personas que, aún sumidas en el caos y en la confusión, emergen cada tanto con su carácter más profundo. Nos resta saber hasta dónde ese carácter, esa identidad y ese destino pueden desarrollar suficiente poder y conciencia para sobrevivir.

No habrá otro 732

Francisco Javgzo

«Si los europeos entregan armas [a los rebeldes], el patio trasero de Europa se convertirá en terrorista y Europa pagará el precio por ello.

— Bashar al-Assad en Frankfurter Allgemeine Zeitung.

«Me rebelo contra el destino. Protesto contra los venenos del alma y los deseos de individuos invasores de destruir las anclas de nuestra identidad.«

— Dominique Venner, «Las razones para una Muerte Voluntaria».

«Odio decir que te lo dije. Creo que ya te lo dije.«

The Hives, «Hate to say I told you so«

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Dominado contra Dominado

Francisco Javgzo

No suelo escuchar radio, pero ante el llamado telefónico de un odioso amigo («en Palabras sacan Palabras de la Radio Futuro están hablando de la multiculturalidad»), no pude sino escuchar un programa con atención.

Para mi sorpresa, no se abordó el tema de la multiculturalidad desde una perspectiva políticamente correcta (es decir, ese particularismo insípido con gusto a psicología izquierdista), sino desde un incorrecto anti-republicanismo unitario, donde se culpaba a la naciente República de Chile como responsable de la gran mayoría de los conflictos interétnicos ocurridos en la actualidad.

El programa reconocía la realidad multicultural desde la Conquista, donde situaciones como los primeros cruces (de golpes, de genes, de palabras) entre europeos y pueblos originarios dieron origen a las cromatografías de identidades primigenias, las que fueron mutando en el tiempo, hasta tomar la forma que podemos testimoniar hoy.

Lo anterior no es nada nuevo, aunque sí rompe con el clásico cuento del origen de Chile ultramanoseado especialmente por los nacionalistas, quienes pretender ver en un choque étnico una maravillosa mezcla donde sale a relucir lo mejor de cada grupo, creando algo nuevo y uniforme.

Como consecuencia de esta distorsión poética de la realidad es que el unitarismo sea defendido con tanta alevosía, como si fuera algo positivo el que desaparezca lo anterior para crear algo nuevo o, mejor dicho, que desaparezca la pluralidad anterior para dar origen a una singularidad: la suma donde 1 + 1 = 1. Si matemáticamente a alguien no le calza esto, debe comprender que se trata de la disolución de las identidades para que sólo exista una.

Avanzado el programa, se tocó un tema casi tabú para la corrección política: los colonos europeos como víctimas del Estado. Aquí se le da un tono disruptivo a la conversación: se incluye la variable Estado en la fórmula, y se lo incluye como una variable distinta a la nación (jurídica, claro). Esto es algo fundamental para comprender el problema, pues la visión simplista reduce todo a un conflicto entre chilenos (o, mejor dicho, esa rara variedad de mestizos y blancos que están afectos al occidentalismo) y mapuches.

Los más apegados a una visión izquierdista (es decir, victimista) de la realidad, acusarán a todo lo Occidental de malo, y a lo europeo de usurpador, etnocida y ambicioso, donde los mapuches serían pobres víctimas en manos de malvados eurodescendientes.

Por otro lado, los apegados a una visión derechista liberal, patriota-demagógica y pseudo-nacionalista, acusarán a los mapuches de ser terroristas-extremistas, quemadores de bosques, acosadores de pobres colonos bienhechores que vinieron a engrandecer a Chile, inadaptados y antisociales que no acatan lo establecido por el Estado de Chile, que son chilenos como todos, que son flojos porque no trabajan la tierra y un sinfín de epítetos destinados para caracterizar su desadaptación a «la cultura de Chile.»

La visión de la realidad de Palabras Sacan Palabras se acerca mucho a la nuestra, al margen de las dos primeras: el unitarismo hegemónico Occidental liberal y su integración forzosa de pueblos diferentes es culpable de la creación del polvorín de odio, descontento y confusión interétnica (e intraétnica también). La naciente República de Chile «importa» colonos europeos para ocupar tierras donde anteriormente habitaban pueblos que no eran funcionales al naciente estado y a su idea unitaria, destinándole tierras de las cuales Chile no era dueño o, al menos, el dueño indiscutible, dejando a los colonos a la merced de su suerte. La represa de odio no se rompió de inmediato, pero sus fisuras comenzaron a hacerse más notorias con la vuelta a la Democracia. En relación al proceso de desadaptación progresiva del Pueblo Mapuche, no queda sino asumir que es algo lógico: décadas de imposición y dominación cultural occidental no pasan desapercibidos, y ante el peso de la bota gigantesca del cccidentalismo, lo deseable -para cualquiera que se diga defensor del nacionalismo e identidad de los pueblos- es que sacuda la comodidad desde sus cimientos, haciendo hervir al inconsciente colectivo de los pueblos. Negar esto es el primer paso para abrazar al mundo como una vulgar aldea global y uniforme.

De la misma forma en que dos perros son llevados a un corral para luchar hasta la muerte, eurodescendientes y mapuches fueron conducidos por la República (en nombre de las mejores intenciones, pues el liberalismo es básicamente bien intencionado, salvo que su visión de la realidad es un tanto idealizada, chocando mortalmente contra el muro del realismo racial) para despedazarse mutuamente. Al igual que los perros de pelea, en esta bomba de tiempo, ambos «bandos» enfrentados son, en esencia, inocentes, para disgusto de los observadores a los que se hizo referencia más arriba.

Dejando de lado la demagogia propia de los nacionalistas liberales así como la de los indigenistas, y tratando de ser lo más objetivos posibles, Matías Catrileo, Werner Luchsinger, Vivianne Mackay, Edmundo Lemun, y muchos otros tuvieron muertes inevitables en función del tiempo (el pasado es pasado), pero que, con un poco de inteligencia, comprensión, racionalidad, separatismo y visión racial, podría evitarse que nuestra realidad siga siendo una canción de Eskorbuto.

Perdida la esperanza
Perdida la ilusión
Los problemas continúan
Sin hallarse solución
El pasado ha pasado
Y por él nada hay que hacer
El presente es un fracaso
Y el futuro no se ve