Maurice Bardèche

El Sueño Fascista, Parte 3

Artículo publicado originalmente como “The Fascist Dream, Part 3”, por Maurice Bardèche, en Counter-Currents. Traducción por A. Garrido.

Parte 3 de 3

Nota del Editor:

“El Sueño Fascista” es la tercera parte y final de Qu’est-ce que le fascisme? (¿Qué es el Fascismo?) De Maurice Bardèche (Paris: Les Sept Couleurs, 1961).

El propósito del Estado fascista es dar forma al hombre de acuerdo a un modelo particular. A diferencia de los Estados democráticos, los Estados fascistas no vacilan en enseñar sobre moral. Los fascistas piensan que la voluntad y energía disponibles para la nación son su capital más preciado. Ellos hacen su más alta prioridad incentivar las cualidades colectivas que dan forma y preservan la energía nacional. Buscan desarrollar cualidades nacionales tales como la disciplina, el gusto por el orden, el amor al trabajo, el sentido del deber y del honor. En la práctica de tareas cotidianas, estos principios morales nacionales son expresados en un sentido de responsabilidad, un sentido de solidaridad, conciencia de los deberes del mando, el sentimiento de estar en el hogar en un orden aceptado y en una tarea importante.

Estos sentimientos no son enseñados en escuelas con frases escritas en pizarrones. Si la educación es para despertarlos en un niño, es el propio régimen el que debe desarrollarlos en los hombres, con justicia en la distribución del ingreso nacional, por el ejemplo que establece, por las tareas que éste desarrolla.

La disciplina no surge en la acción con el toque de una varita mágica o en respuesta a un llamamiento grandilocuente: es una señal de la estima que un pueblo da a aquellos que lo dirigen, y un régimen debe ganar esto cada día mediante la seriedad de sus acciones y la sinceridad de su amor al país. La disciplina de una nación es un arma que es forjada como la disciplina de un ejército. Se entiende que es un tesoro que debe ser protegido. Pero es por sobre todo la recompensa de hombres que se entregan completamente a su trabajo y son ejemplos de coraje, abnegación y honestidad.

Esta cohesión de la voluntad nacional es, además, posible sólo en un país limpio. Ningún régimen debería estar más preocupado por el honor, honestidad, salud moral que un régimen autoritario, y debe primero que todo ser implacable en consideración a sus propios funcionarios. Esto no siempre ha sido visto en el pasado. Pero hay muchas otras cosas que no siempre hemos visto en el pasado. Tal auto-disciplina es la única cosa que legitima la disciplina que uno exige de los demás.

Pero la política de limpieza es más que sólo eso. Es también sobre la eliminación sistemática de todo lo que desincentiva, mancha y desagrada. No estoy hablando de revistas pornográficas cuya supresión los devotos y moralistas creen que salvará a la nación. Principalmente, hablo de las fortunas amasadas sin trabajo, éxito injustificado, ladrones triunfantes y sinvergüenzas, el espectáculo que es infinitamente más desmoralizante y dañino que las nalgas de chicas de portada. No quiero el reino de la virtud, mucho menos del orden moral. Pero considero que es obvio que uno no puede pedir a un pueblo que ame su trabajo y que lo haga con seriedad y precisión sin remover de circulación social a aquellos que insultan nuestro trabajo y nuestra conciencia mediante su manera de hacerse ricos.

El fascismo no solamente propone otra imagen de la nación sino que del hombre. El fascismo premia algunas cualidades humanas sobre todas las demás porque las mismas parecen dar fuerza y duración al Estado así como significado a las vidas individuales. Estas son las cualidades que han sido requeridas en todos los tiempos de los hombres que participan en empresas difíciles y peligrosas: coraje, disciplina, el espíritu del sacrificio, energía – virtudes requeridas de los soldados en combate, pioneros, marineros en peligro. Estas son cualidades peculiarmente militares y, por así decirlo, animales: nos recuerdan que la primera tarea del hombre es proteger y someter, un llamado que la gregaria y pacificada ciudad nos lleva a olvidar, pero que es despertado por el peligro y cada logro difícil donde el hombre de nuevo encuentra sus adversarios naturales: tormentas, catástrofes, desiertos.

Las cualidades humanas del hombre han engendrado otras que son inseparables de él, porque pertenecen a un código de honor que fue establecido en el peligro: ellas son la lealtad, fidelidad, solidaridad, abnegación. Estas cualidades son los fundamentos de las relaciones entre hombres en todos los tiempos, incluso en horas de incertidumbre y abandono. Constituyen un sistema de compromisos mutuos sobre los que todos los grupos de hombres pueden vivir. El resto de la moralidad es nada más que una serie de aplicaciones, que siempre varían con el tiempo y lugar.

Estas cualidades que son funcionales, por así decirlo, y que el sueño fascista toma como esencial, a su vez dan lugar a otras que son su refinación, que siempre con tiempo y lugar, y que se vuelven esenciales a su vez, en la medida que el animal humano es más conciente de quién es y de lo que merece. Estas cualidades son lujos que las sociedades militares se dieron a sí mismas mientras tomaban forma y constituían su jerarquía. Ellos incluyen el orgullo, escrupulosidad en votos, generosidad, respeto a un adversario valiente, protección del débil y desarmado, desprecio a los mentirosos y respeto a aquellos que luchan justo.

Estas cualidades cívicas todavía agitan oscuras palpitaciones cuando nuestras ciudades decadentes honran a aquellos que, en el pasado, hicieron su negocio para luchar y ser plenamente hombres. Ellos se encontraron tanto en el ejército como en órdenes religiosas, entre los príncipes sarracenos y samurai. Ellos constituyen, en el fondo, el único código que las sociedades militares han reconocido según su vocación; ellos son esenciales al honor del soldado.

Se nos dice que más tarde los monjes guerreros se convirtieron en matones y sodomitas, barones ladrones, y príncipes degolladores. ¿Cuándo la riqueza y sobre todo el poder no han degradado? Es la idea lo que importa. Esta hermosa bestia humana, esta saludable bestia humana soñaba el fascismo.

Sin duda es triste que el lodo de la guerra lo haya hecho casi irreconocible, que la furia de la guerra lo haya borrado como una estatua en el desierto, azotada por los vientos de la venganza y el odio. No digo “esto es lo que fue”. Digo “esto es lo que podría haber sido y a veces fue”. Esto es el sueño fascista, que fue el sueño en el corazón de unos pocos.

La derrota del fascismo no debería hacernos olvidar que la imagen existe, que aún permanece grande, y que otros pueden encontrarla de nuevo bajo nuevos nombres. El mismo término fascismo sin duda se hundirá, porque está demasiado cargado con calumnias, porque está perdido en un mar de sombras bajo una niebla maligna. ¿Pero qué importa la palabra? Todos sabemos que la orden espartana, el hombre espartano, es el único escudo que permanecerá cuando la sombra de la muerte se levante sobre Occidente. Lenin profetizó que el fascismo sería la última forma adoptada para la supervivencia por las sociedades que no se rindan sin pelear contra la dictadura comunista.  Si Occidente ya no tiene fuerza, si desaparece como un hombre viejo que se ahoga, no podemos hacer nada por él. Pero si se levanta para defenderse, la profecía de Lenin se hará realidad. Bajo un nombre diferente, un rostro diferente, y sin duda sin proyecciones del pasado, en la forma de un niño que no reconocemos, la cabeza de una joven Medusa, el orden espartano renacerá: y paradójicamente, sin duda, será la última defensa de la Libertad y la buena vida.

El Sueño Fascista, Parte 2

Artículo publicado originalmente como “The Fascist Dream, Part 2”, por Maurice Bardèche, en Counter-Currents. Traducción por A. Garrido.

Parte 2 de 3

Nota del Editor:

“El Sueño Fascista” es la tercera parte y final de Qu’est-ce que le fascisme? (¿Qué es el Fascismo?) De Maurice Bardèche (Paris: Les Sept Couleurs, 1961).

El Fascismo opone otra imagen del hombre a la del hombre democrático, otra concepción de la libertad a la de la jactanciosa libertad democrática.

La democracia no pone límites a la libertad más allá de prohibir dañar a otros. Los demócratas son rápidos en descubrir que uno puede dañar al gobierno sin dañar a otros, y sus códigos están llenos de ofensas políticas. Pero nunca han admitido que sin dañar a otros individualmente, uno todavía puede dañar a la nación como un todo a través del abuso de la libertad.

El Fascismo se opone a este anárquico concepto de libertad con una concepción social de la libertad. Éste no permite lo que daña a la nación. Permite todo lo demás. Es erróneo creer que está en el espíritu del fascismo limitar la libertad individual o la libertad de pensamiento. Nada tiene cambios en la vida cotidiana de un país cuando éste se vuelve fascista: al contrario del famoso dicho, cuando alguien toca el timbre a las siete en punto, debe ser el lechero.

Pero el fascismo no permite a alguien labrar imperios capturando las mentes de los tontos. El público no es un estanque donde puedes pescar todo el año y donde piratas bien equipados tienen el derecho a arrastrar fortunas con sus redes. Cualquiera puede pensar lo que quiera y decirlo. Pero la desviación de la voluntad del pueblo debe ser castigada en un país bien regulado, igual como al ladrón de electricidad. No es razonable que la ley proteja a los conejos pero no a nuestras mentes.

La anárquica libertad de la democracia no sólo permite la desviación de la voluntad popular y su explotación por intereses privados, ésta tiene consecuencias aún más graves. Abre la vida en todos lados a cada inundación, a cada miasma, a cada viento sucio, sin barreras, hasta la decadencia, explotación, y sobre todo mediocridad.

Nos hace vivir en una estepa que cualquiera puede invadir. Hay una palabra para el orden puramente negativo: la defensa de la libertad. Pero esta libertad es como una droga que pruebas una vez, es un crisma que se recibe, y entonces el hombre es abandonado indefenso en la estepa. Los monstruos pueden hacer sus nidos en esta estepa: ratas, sapos, serpientes lo convierten en una alcantarilla. Estos enjambres tienen derecho a crecer, como ortigas y maleza.

La libertad permite todo. Toda la suciedad de la que otros se quieren deshacer tiene el derecho absoluto de establecerse en la estepa, de hablar, de recurrir a la ley, y también de mezclar nuestra sangre con sueños negroides, bocanadas de brujería, pesadillas caníbales – flores monstruosas alfombrando insondablemente cerebros extranjeros. El surgimiento de una raza mestiza en una nación es el verdadero genocidio moderno, y las democracias modernas lo promueven sistemáticamente.

En cuanto a la mediocridad, surge como un insidioso veneno en aquellos pueblos que han recibido educación pero no metas e ideales. Es la lepra espiritual de nuestro tiempo. Nadie cree nada; todos temen ser embaucados. El Estado democrático a nadie le da una misión. No da más que una voz vacía, una libertad sin contenido, sin rostro, que malgastamos en placeres sórdidos. Todos están encadenados por su propio egoísmo. Todos están disgustados al ver su propia imagen, y la de su lamentable felicidad, en su vecino. Y odian estos espejos de su miseria.

¿Puede el fascismo ser una fe? Ésa es una palabra grande. Nuestras religiones están muriendo; no tienen sangre; el hombre espera nuevos dioses.  Ninguna imagen de la ciudad puede reemplazar a los dioses. Pero el destino de los hombres puede aún ser una razón para vivir. Si nuestras vidas están condenadas a la noche, la alegría de construir, la alegría de la devoción, la alegría del amor, y también el sentimiento de haber cumplido fielmente nuestros deberes humanos siguen siendo un ancla a la que podemos aferrarnos. Estas vías que hemos trazado para nosotros mismos han salvado a los hombres de nuestro tiempo que no se resignan a la mediocridad y el asco.

El sueño fascista ve estas rutas a la alegría como abiertas para todos los hombres. No hay verdadero fascismo sin una idea que muestre todas las posibilidades de una gran obra. Y el verdadero fascismo es precisamente involucrar a toda la nación en esta obra, movilizar a la totalidad de ella, para hacer de cada trabajador un pionero y soldado de esta tarea y así darle el orgullo de haber peleado en su fila. El espíritu del fascismo consiste sobre todo en dotar a cada uno con la grandeza de la tarea cumplida por todos y así darle una alegría interior, un compromiso profundo, una meta vital que iluminará y transformará sus vidas.

Es falso pensar que esta idea debe ser expresada por una política de conquista. Ésa es la forma fácil y vulgar de grandes empresas que ya no pertenecen a nuestro tiempo. La creación de infraestructura nacional, la realización de un orden social justo y un pueblo saludable, la transformación de nuestras vidas de acuerdo al mundo moderno, la propagación de nuestra influencia y ejemplo son hermosas y difíciles tareas a las que cada uno puede contribuir a su propia manera.

Cuando todo es una aventura, esto comunica el espíritu de la aventura. Transformar Corrèze puede ser tan emocionante como organizar un servicio de correo aéreo, pero es necesario inyectar la idea de que esto es una empresa emocionante. El fascismo reconoce esta irremplazable mística del logro. Es un signo de degeneración cuando la adoración a un hombre sustituye la tarea a ser cumplida y cuando la nación se nutre con nada más que palabras, autoridad sin programa, retratos disfrazados de principios: es nada más que un burro con un policía siguiéndolo detrás.

Así el fascismo conduce a una moralidad social diferente que la democracia, y busca desarrollar un tipo humano que las democracias ignoran o combaten.

Los demócratas creen en la bondad natural del hombre, en el progreso como el curso de la historia. Piensan que todas las partes de la personalidad merecen igual desarrollo. Para ellos, el Estado no hace morales a los hombres, solamente les enseña a leer; la educación es una panacea que puede obrar milagros. La democracia no interviene para establecer su propia imagen del hombre. Su fino ideal en ningún lado existe. Uno no puede siquiera decir que los hombres a cargo eligen temas  acordes a su agenda, como líderes de seminarios. La democracia está sólo interesada en los diplomas. La democracia distribuye premios por excelencia. Ella sitúa a sus mejores alumnos en el Panteón. Pero en 100 años, no ha producido a un solo héroe.

Los fascistas no creen en la bondad natural del hombre; no creen que el progreso sea la irreversible dirección de la historia. Ellos tienen esta ambiciosa idea de que el hombre tiene el poder para crear, por lo menos en parte, su propio destino. Ellos creen que las revoluciones de la historia, por supuesto, tienen causas y preparaciones de todos los tipos, pero que están finalmente determinadas y dirigidas por la energía de un hombre o de un grupo, sin la cual estas revoluciones ni siquiera habrían ocurrido. Así consideran las victorias y derrotas como el resultado de una mezcla de causas remotas, las oportunidades del momento, y la tenaz voluntad de los hombres, que no puede ser equiparada, y no abandonan la esperanza de que el hombre pueda, mediante la fuerza de la prudencia y la energía, resistir a los eventos. En particular, creen que el rumbo responsable es desarrollar a su pueblo las cualidades que les permitirían sobrevivir y no ceder ante la adversidad.

El Sueño Fascista, parte 1

Artículo publicado originalmente como “The Fascist Dream, Part 1”, por Maurice Bardèche, en Counter-Currents. Traducción por A. Garrido.

Parte 1 de 3

Nota del Editor:

“El Sueño Fascista” es la tercera parte y final de Qu’est-ce que le fascisme? (¿Qué es el Fascismo?) De Maurice Bardèche (Paris: Les Sept Couleurs, 1961).

La dictadura es perenne. Los romanos suspendían las libertades de la república cuando la patria estaba en peligro. La convención hizo lo mismo. El régimen de la “patria en peligro” es uno autoritario impuesto en casos graves para asegurar la independencia y la salvación del país. Naciones en guerra, ciudades bajo asedio, un país dividido por la por la guerra civil eran necesariamente gobernados de acuerdo a métodos autoritarios independiente del personal político en posición en el momento.

Estos métodos se caracterizan por limitaciones a las libertades tradicionales y en particular una cierta disciplina en la libertad de discusión. Esta disciplina, de acuerdo a cada caso, puede ser voluntaria o impuesta. El propósito de estos regímenes autoritarios interinos es, por la duración de la crisis, unir como un haz todas las fuerzas del país y no permitir a los intereses privados o influencias extranjeras desviar en beneficio particular las fuerzas necesarias para la defensa común.

Esta autoritaria conducción de la nación que la gente acepta, y que incluso a veces pide, en tiempos de crisis, ¿puede convertirse en un método estándar de gobierno, cuando el peligro ha pasado? El Fascismo es una respuesta afirmativa a esta pregunta. Los partidos fascistas afirman que el habitual abuso de la libertad es lo que conduce a los períodos de peligro cuando la independencia y vida de la nación están en riesgo. Ellos sienten la necesidad de prevenir el retorno de estos períodos de crisis y aceptar cierta disciplina nacional como normal. También creen que las actuales condiciones de la vida política ponen a todos los países en un constante estado de peligro y que las medidas necesarias para asegurar su independencia y salvación deben ser tomadas ahora, si no quieren estar desarmados cuando los peligros surjan.

El Fascismo es, primero que todo, un tratamiento pragmático sugerido por la propia crisis, o la amenaza de una crisis. Esto surgió en todos los países del mundo, y por eso es que tiene tantas caras diferentes. Esta reacción defensiva toma su forma e inspiración de la imagen que los hombres más concientes y vigorosos de cada país tienen de su pasado y del genio de su raza. Todo fascismo es una reacción al presente, y toda reacción fascista es una resurrección del pasado. El Fascismo es, en su esencia, nacionalista, por lo que sus aspiraciones son a menudo intraducibles para extranjeros, y a veces inexportables. Y esto explica la idea que incluso objetivos oponentes al fascismo tienen de él, es decir que sólo puede promover la conciencia nacional, que es inútil para extranjeros, y que sólo puede conducir a una política de prestigio, expansión egoísta, y conquista.

Este es el más común malentendido sobre el fascismo – por lo menos de los que vale la pena de examinar. Y los hechos parecen sostener esta interpretación, ya que los dos más famosos ejemplos de fascismo de pre-guerra pueden ser citados en apoyo de esta concepción.

Pero esta tesis no toma en cuenta los cambios que la idea fascista sufrió durante la guerra mientras el rostro del mundo moderno aparecía más claramente. Además, no toma en cuenta el contenido real, que reemplazó las diversas versiones instintivas del fascismo y que también emergió bajo la presión de la guerra y en reacción al mundo moral en que hemos vivido desde el fin de las hostilidades.

La evolución del fascismo durante la guerra ha escapado a casi todos los observadores, quienes estaban ansiosos en condenar y escasamente interesados en la historia exacta. En el comienzo de la guerra, el fascismo era nacionalista, arrogante, imperturbable. Afirmaba el triunfo de ciertas cualidades humanas sobre cierta mediocridad humana. Impuso este triunfo sobre todas las quejas; nada prometió; le importaba poco ser admirado o supuestamente imitado.

Pero entonces el gigantesco personaje de la guerra, la aparición de los dos grandes polos de los tiempos modernos desde la niebla en que eran apenas diferenciables, hizo a los fascistas darse cuenta tanto de la fragilidad del fascismo como de su significado. Entonces el gobierno de Hitler habló a Europa: éste apareció como un futuro, como una recompensa, como una rehabilitación. Apenas importa si era sincero o intentaba engañar. Para aquellos que pelearon y vivieron por el fascismo, la idea fascista tenía un dramático nuevo contenido, que no tenía antes.

Se les dijo que el fascismo era la mejor defensa contra el comunismo y también la lucha contra el liberalismo destructor. Pero ahora sabían que el fascismo era una lucha vital, una defensa desesperada. Sabían que una victoria fascista era la única oportunidad para establecer un tercer orden, un tercer mundo y que la derrota del fascismo condenó a los hombres, por quién sabe cuánto, a una estéril oposición de democracia liberal y comunismo.

Sabían también que la idea de unidad europea no era meramente un tema de propaganda: esta unidad es necesaria; es la única vía para salvarnos de los dos monstruos que han aparecido; y si el fascismo pierde la guerra, sabían que esta unidad no sería realizada, para Europa sería una tierra conquistada; se convertiría en parte de los Estados Unidos o de la Rusia Soviética; se convertiría en una tierra dependiente, un nuevo tipo de colonia; nunca tendría la oportunidad de hacer realidad su concepción original de la política, esta nueva idea del hombre que sólo ella podía sostener.

Que Ribbentrop mintió, que Goebbels mintió, que ellos seguían soñando en anexiones y hegemonía, es de ninguna importancia. Esta idea fascista cambió y tomó su forma definitiva sin ellos. Surgió entre aquellos que pelearon, aquellos que cayeron, aquellos que pronto serían proscritos y condenados. Surgió del sacrificio y luego de la persecución. Es el bautismo de las ideas por la historia. El Fascismo podría no haber sobrevivido a la victoria del fascismo. Su paradójica resurrección hoy día, su resurrección con un nuevo rostro, bajo tantos nuevos rostros, es el resultado de esta espontánea vida en combate, en el crisol, en la destrucción. “Si un grano de trigo muere, yo te digo…”[1]. El grano de trigo está muerto, podrido cada día, y hoy la tierra está seca, la tierra se está levantando con una nueva vida que reconocemos.

La guerra también enseñó a los fascistas por qué ellos son fascistas. La propaganda de los vencedores pretendía mostrar “la verdadera cara del fascismo”: destacaron el gueto de Varsovia y los campos de exterminio; exhibieron miles de cadáveres y demandaron justicia. Pero el fascismo no es responsable de los cadáveres, ni de la guerra, ni especialmente de la ilegal y subterránea guerra que por primera vez fue empleada contra civiles en lugar de combatientes. Liberamos al fascismo de los métodos de exterminio que han sido usados equivocadamente bajo horrendas condiciones mostrando que el fascismo no resulta en racismo y así los fascistas no necesitan aceptar la responsabilidad por una política a la que su doctrina no conduce.

En cuanto a los crímenes de guerra que no son consecuencia de una interpretación aberrante del racismo, sino que son atribuidos a la brutalidad del fascismo: las democracias y los países comunistas han mostrado a través de su conducta de guerra que estos no pertenecen a un campo, sino que todos los lados cometieron crímenes. Por otra parte, la invención de la guerra subversiva y la interferencia ilegal con civiles mediante actos de guerra se origina en los procedimientos de defensa que las autoridades militares han aceptado para la protección de sus tropas, y esta reacción de las autoridades no es peculiar a los países fascistas. Los ejércitos de los países democráticos, situados en las mismas circunstancias, tuvieron que defenderse a sí mismos también, contrario a sus mejores naturalezas, por métodos que hacen doler la conciencia de cada soldado, pero son una inevitabilidad de la guerra subversiva. Ejemplos que podrían ser citados están presentes en la mente de todos: sólo prueban que ninguna nación, ningún régimen, puede escapar al destino de la represión cuando el adversario hace la autodefensa inevitable. Esto está confirmado por los hechos que aprendimos de que las campañas sobre atrocidades no son nada más que instrumentos de propaganda. Uno siempre protesta contra los males que uno ha sufrido e ignora aquellos que uno comete. Estas atrocidades son ciertamente una de las más graves manchas de nuestro tiempo. Pero el uso hecho de ellas por intelectuales deshonestos e hipócritas no es menos vil.

Mientras los adversarios del fascismo pretenden que la guerra mostró “la verdadera cara” de hombres que piensan diferente a ellos, los fascistas por su parte descubrieron las concepciones del hombre y el orden por las que están peleando. En particular, entendieron que no pelearon por la resurrección del Sacro Imperio Romano o por las legiones del César, y que los caballeros teutónicos, centuriones, samurai, y cruzados fueron sólo versiones geográficas y accidentales de la imagen que portaban dentro de ellos. Entendieron lo que arriesgaban perder en la derrota, lo que estaban en proceso de perder, comparando sus propias ideas de la vida y el hombre con aquellas ofrecidas por la democracia liberal y el comunismo. Se volvieron concientes del hombre fascista, un tipo moral demasiado nuevo para haber encontrado a su historiador. El hombre fascista estaba en ellos. Él ha sido fundido en la oscuridad por la inmensa sombra de la estatua de la Gestapo que ha sido levantada con gran fanfarrea para situarse en el lugar público de la historia.  Hoy, el hombre fascista está de vuelta. Y la Gestapo ha cambiado de lado.

Esta nueva imagen del hombre es lo esencial. Las características del fascismo, hemos visto, son discutibles, y sólo un pequeño número de aquellas que hemos examinado han sido mantenidas en una lógica definición del fascismo. El partido único, métodos policiales, propaganda, cesarismo, la misma presencia de un Führer no son necesariamente atributos del fascismo; aún menos una alianza con la política reaccionaria, la negación del control y membresía abierta a las masas, la inevitabilidad de operaciones de prestigio e incursiones militares.

Una firme y estable dirección de la nación, la primacía del interés nacional sobre el interés privado, la necesidad de una lealtad disciplinada aceptada por el país, son los verdaderos fundamentos políticos del fascismo, aquellos que emergen de su definición misma. El poder podrá ser ejercido en un estado fascista por un comité central, un consejo, o una junta así como por un líder designado; tal mando no necesita ser brutal o abusivo. Puede también ser tolerante y flexible. El instrumento político esencial del fascismo es el rol que concede a una minoría de militantes desinteresados y comprometidos capaces de liderar mediante el ejemplo de sus propias vidas y portar el mensaje de un gobierno justo, leal y honesto. Los famosos métodos fascistas son así constante e incesantemente reevaluados. Más importante que los mecanismos es la idea de que el fascismo tiene del hombre y la libertad.

Notas

1. Juan 12:24