Negación 3PT
Ya en un espacio más «dicharachero» como éste como en uno más serio como en nuestros textos creados como think tank, hemos analizado, contrastado, refutado y hasta desdeñado algunas conexiones entre el nacionalismo clásico y el identitarismo, las ideas de tercera posición (entendiendo como tal, para este artículo, a esa mezcolanza extraña que se produce al profesar una vorágine de tercerposicionismos que finalmente se manifiestan como nutzismo, aunque en realidad es de todo un poco, ergo, nada) frente a nuestra realidad, el oxímoron «nacionalista» liberal y, últimamente, la relación entre el nacionalismo clásico y el separatismo, hijos ambos del pensamiento liberal, con el fin de hundir al nacionalismo clásico en el olvido.
Ahora es el turno del nacionalismo clásico sudamericano para que sea olvidado por la tercera posición.
Ya refutamos antes la aplicabilidad de la tercera posición en nuestra realidad-país, debido a un irrenunciable requisito étnico-biológico que está ausente, ahora es el momento de visibilizar la incoherencia del nacionalismo comprendido por la tercera posición, y el nacionalismo comprendido por el liberalismo (nacionalismo clásico).
Respecto a la idea de nación, el identitarismo/Nueva Derecha y la tercera posición (entendamos como tal, el nazifascismo genérico, excluyendo las ideas que no comulgan con lo étnico) concuerdan que debe existir una realidad sanguínea, conditio sine qua non es posible que exista una nación en lo absoluto. De esta manera, es usual que a este tipo de nacionalismo, para diferenciarlo de su homólogo liberal, se le llame «etnonacionalismo», nombre que veremos más frecuentemente en los movimientos indianistas.
Ahora bien, no es necesario profundizar mucho para encontrar que la batería ideológica del Tercer Reich y el Fascismo italiano no sólo era contraria al liberalismo, sino también a sus creaciones, incluyendo la concepción de Nación y Estado modernos:
con igual claridad se perfilan los contornos de una nueva organización de Europa: unos contornos que ya no siguen las fronteras que les asignaba una concepción nacionalista. [1]
Para la tercera posición, la nacionalidad no es el contrato voluntario que da forma y origen a la nacionalidad jurídica del liberalismo, pues el vínculo existe desde el momento de la concepción del individuo o incluso antes, pues obedece a un conjunto de factores biológicos y culturales que terminan en la concepción del individuo, por lo que la línea divisoria entre el ser y el no ser de la nacionalidad está marcado por un fuerte componente que no admite travestismo: banderas, fronteras, constituciones y marcos jurídicos pueden mutar tantas veces como el individuo quiera, basta sólo moverse; mientras que la etno-realidad del individuo es algo actual, innegable e irrenunciable.
Desde este ángulo, es sencillamente incompatible conjugar una idea liberal (la del nacionalismo) con la tercera posición (el nacionalismo étnico). Por dar un ejemplo burdo, si un tercerposicionismo chileno, aunado bajo la bandera chilena y la defensa del territorio chileno como valor irrenunciable y un tercerposicionismo argentino, aunado bajo la bandera argentina y la defensa del territorio argentino como valor irrenunciable, pese a tener la misma etnia, se vieran enfrentados por una disputa territorial, podrían ocurrir las siguientes situaciones:
A. Cada ismo se decanta en favor de su territorio y su Estado-Nación, prevaleciendo entonces su parte liberal, ergo, su idea etnonacionalista no vale nada;
B. Cada ismo se decanta en favor de su etnia, prevaleciendo entonces su parte iliberal, ergo, su idea de nacionalismo clásico y su aparataje simbólico no vale nada.
Podrá parecer incorregiblemente excluyente, pero lo cierto es que las síntesis forzadas entre liberalismo-iliberalismo conducen, tarde o temprano, a la autodestrucción y desmembramiento del leivmotiv mismo de los tercerposicionismos. Y es que, simplemente, ambas ideas no son sólo esquizoides de unir, sino que también son contrarias.
Si antes descartamos explícitamente una síntesis entre nacionalismo clásico e identitarismo/NR, ahora, además, queda en manifiesto la contradicción entre las leyes de Thermidor y las leyes de la Sangre.
Los padres de la Patria quisieron un país libre donde todo aquél que quisiera entrar y defender los valores y símbolos patrios, fuera considerado no sólo amigo, sino que uno de nosotros, por lo que las discriminadoras (pues se es o no se es) ideas de la tercera posición se vuelven las más grandes blasfemias ante la sombra proyectada desde el pasado.
La sola justificación de que uno (etnonacionalismo) es un derivado del anterior (nacionalismo clásico) no sólo hace llorar sangre a los próceres de uno u otro lado, sino que finalmente terminará por condenar a quien defiende tal potpurrí, a un abismo de tropiezos ideológicos y de formas que constantemente se repelen con el fondo.
1. «Idea y aspecto del imperio». Cuaderno de la SS. N°7. 1943
Nacionalismo es Separatismo
El nacionalismo moderno es un derivado y consecuencia del pensamiento liberal, donde la nacionalidad se reduce a un mero contrato unilateral donde el individuo decide el tiempo de su pertenencia a una institución intangible, aunque manifiesta a través del territorio y los alcances de éste.
Todos los estados soberanos de América, quiéranlo aceptar algunas personas o no, son producto del pensamiento liberal, manifestado a través de la exacerbación de la libertad que deviene en el separatismo, esto es, la decisión individual en el colectivo de pertenecer o no pertenecer.
De esta manera, fruto del pensamiento liberal, es que las élites decidieron desvincularse de España y el Reino Unido, por dar ejemplos. Probablemente, no hubo una separación inmediatamente territorial, ya que los estados separatistas estaban ubicados en otro continente, pero el hecho de desentenderse jurídicamente de una institución mayor marca una gesta de separatismo.
Los nacionalistas clásicos, es decir, cimentados en fundamentos ideológicos liberales, generalmente tienden a defender la idea del nacionalismo concreto, que vendría a ser la nación (jurídica, claro, pues es un contrato unilateral que mantiene el individuo con el país) como hecho consumado, o sea, la nación formada. Antes de eso, el que se considerará posteriormente como nacionalista, dentro del marco del colonialismo se autoconsiderará como patriota, puesto que defiende el suelo donde habita como el ideal supremo por defender. Ya que dentro del marco jurídico no se considera como independiente hasta que exista una aceptación/reconocimiento bilateral, el patriota no proclamará su nación hasta que la independencia sea un hecho. Esto, debido a que el liberalismo reconoce la nacionalidad como hecho externo, no como realidad interna, a pesar de que el individuo pudo haberse reconocido como perteneciente a tal nacionalidad al margen de ser o no visibilizado por otras instituciones jurídicas (Estados).

Anterior al nacionalismo moderno, entonces, está el Separatismo, pues antes de que se formara la nueva nación jurídica, estaba la voluntad de no pertenecer a la nación establecida, y esa voluntad se manifiesta en el deseo de romper el vínculo, i.e., intenciones separatistas. Una generación de nacionalistas, entonces, estuvo precedida por generaciones de separatistas.
Curiosa es la relación dialógica de amor/odio entre Nacionalismo y Separatismo. El Separatismo es la manifestación de una voluntariedad de individuos de no pertenecer a algo, para pertenecer a otra cosa, para luego instituirse como algo formal y establecido (la nación jurídica), mientras que para el Nacionalismo no existe amenaza más grande que la del Separatismo.
Para el Nacionalismo, el surgimiento del Separatismo hace descargar todo el anti-liberalismo que porta algo que, por esencia, es liberal, pues si por acuerdos es que las masas (comandadas, obviamente, por élites) decidieron pertenecer a algo, lo lógico sería que con el mismo sistema de pensamiento se permitiera el término del acuerdo si es que un grupo así lo decidiera, algo que, como hemos atestiguado, no ocurre.
De esta manera, es común que nacionalistas locales apoyen a nacionalistas de otros lados en su lucha contra los grupos separatistas (sean catalanes, sean mapuches, sean ucranianos ruso-parlantes), puesto que estos grupos encarnan la ruptura de su idea de unión, pese a que también hayan surgido desde una idea rupturista.
Lo débil del nacionalismo clásico respecto al separatismo es que, una vez este último se ha consolidado como Estado independiente y con un nacionalismo propio, pasa a ser reconocido por el mismo nacionalismo que alguna vez lo vetó. Estas incongruencias ideológicas del nacionalismo clásico son las mismas que causarán su ruina como idea, que se mantendrá como una eterna relación dialógica de autonegación y autoafirmación, conducentes a una anulación de la transcendencia de lo «nacional» en favor de lo individual.

Kratos en kratei
The apes in their cages surrounded by thorns
That are forcing us to live here
Sepultura, «From the past comes the storms«
Respecto a si en Chile se vive algún tipo de supremacismo, esto es, la vía iliberal donde un grupo humano se posiciona por sobre los demás (no necesariamente en desmedro del resto), la respuesta sería sí.
Ahora bien, si este supremacismo es de carácter racial, como bien podría pensar algún comunero mapuche al observar –desde lo rural– a la clase gobernante chilena, la respuesta sería no, debido a que si bien los gobernantes y la “plana mayor” de Chile corresponden a individuos de raza blanca, lo cierto es que la raza blanca está presente en todas las clases sociales (variando en las proporciones, claro), aun cuando los estrados medio y bajo no tengan mayor peso en la toma de decisiones de gran alcance, ni tampoco en sus organizaciones comunales (si es que éstas existiesen).
Aquí viene lo paradójico: los pilares del supremacismo en Chile descansan sobre una relación dialéctica entre liberalismo e iliberalismo, ya que es completamente iliberal (o anti-liberal) el posicionarse sobre otros e imponer la voluntad de un grupo por sobre la del resto (como ya hemos visto que hace el anti-liberal y autoritario Lobby LGBT), a la vez que la libertad para elegir el separatismo es propio del liberalismo.
La clase –digamos– dirigente, exhibe no sólo un sistema de cruzas e influencias que en nada ha variado desde el Renacimiento, sino que sencillamente se ha instaurado como un tipo de nobleza no-formal, pero no por ello menos real. En efecto, la facultad subyacente reivindicada por la clase dirigente de definir quien entra y quien no entra en sus círculos, es la misma capacidad que se le niega al resto de las personas de origen europeo en Chile, la misma capacidad que está bajo ataque bajo el bombardeo constante de la corrección política y sus sirvientes: los medios de comunicación masivos y el Estado.
Sin ningún tipo de reparo, han creado –de forma abstracta, claro– un país dentro del país, donde el país interior (el suyo) sobrevive a través de un uso sin remordimientos del sistema neoliberal del país exterior (la porquería que nos dejan para que nos callemos). Lo gracioso es que la estructura está diseñada para que el país multicultural exterior termine creyendo que necesita las migajas del país interior y, peor aún, creyendo que el país exterior es todo cuanto sus ojos ven.
Por ejemplo, a la lucha incansable (y hasta «nacionalista») por los recursos naturales presentes en Chile, se antepone un violento golpe de realidad: los recursos no sólo no pertenecen a las masas, sino que tampoco son necesarios para la subsistencia y, es más, la explotación de éstos va en desmedro de la sociedad y la naturaleza.
¿Alguien piensa que la explotación de litio puede que la levadura de la economía chilena se levante? Y si alguien piensa así, ¿puede alguien creer que se va a ver beneficiado en su individualidad gracias a la explotación de estos recursos? Actualmente, la minería en Chile, por conceptos de royalty, deja cifras que corresponden a las migajas de las migajas de las ganancias de la explotación minera, produciendo que esta misma explotación, con su inyección de recursos para un sector del país que no es mayoritario, provoca que el costo de la vida sea cada vez más alto, poniendo en peligro los trabajos más tradicionales, el desarrollo local y la pequeña y mediana empresa.
La supremacía iliberal se defiende, cínicamente, a través de argumentos liberales, obligando a aceptar la aplanadora de la estructura pública para proteger los intereses de privados (¿alguien podría explicar eso?). Mientras nadie vela por los particulares que día a día sufren por las alzas del metro, la misma estructura que se supone favorece la colectividad favorece a los privados (i.e., particulares) para que persigan a todos aquéllos que se las han ingeniado para sortear –de forma poco honesta, claro está– los callejones cuasi-monopólicos de los precios. Al mismo tiempo, y propio de la misma esquizofrenia, el Gobierno, como vil perro policía al servicio del país interior, lanza discursos por un país (exterior) mejor y más justo.
¿Dialéctica liberal/iliberal, o esquizofrenia interior/exterior?
El odio como manifestación de la inferioridad
El ser humano que se siente inferior siempre responde y se rige mediante el odio. El que se siente pobre y desdichado, direccionará sus frustraciones contra lo que considere enemigo, y se sumirá en un combate que supera la razón, mezclando un presente de resentimiento con respuestas instintivas y básicas de defensa, siendo el odio la dinamita de descompresión de la inferioridad.
El pobre odiará al rico porque lo culpará de su desgracia actual, el antisemita odiará al judío de una forma muy parecida a la del comunista, pues verá en él a la fuente de su desgracia. En algún lado, otros odiarán a los comunistas porque temerán a ser despojados de sus pertenencias.
El ser humano que se sienta por sobre otros, no tendrá odio, sino desprecio a lo que no considerará a su altura. Tanto odio como desprecio parten de una condición fundamental de desigualdad, aunque el primero está destinado desde abajo hacia arriba, y el segundo desde arriba hacia abajo.
El fracaso de los movimientos de masas que tratan de apostar a alternativas nacionalistas, patriotas o cualquiera que parte de una identificación nosotros/ellos, comienza desde el momento en que eligen fundamentos vacíos para justificar su existencia, dando más importancia al ellos que al nosotros. Por ejemplo, un movimiento que nazca a partir del odio contra extranjeros, perderá su razón de ser cuando los extranjeros se vayan, por lo que no se justificará su permanencia en el tiempo, porque, como movimiento, era un fin en sí mismo.
Ser anti algo en un clásico de las tendencias modernistas, y es esta misma condición la que hace que estas tendencias no tengan ni pies ni cabeza. En ese sentido, los grupos odiados tienen todo por ganar, puesto que al no estar sujetos ni justificados por el odio, su existencia tendrá una razón de ser mayor a la de los grupos de odio. Un grupo de extranjeros de una nacionalidad o comunidad determinada, bajo el ataque de los grupos de odio, reforzarán más los lazos que los unen, y darán mayor prioridad a eso que los une más que a eso que los separa, puesto que, para ellos, se vuelve una cuestión de supervivencia.
En los grupos bajo ataque, el odiar al que odia se vuelve menos importante que el amar al semejante, pues en la unión de estos estará la fortaleza que no se tiene como individuo, apostando a una especie de amor por lo propio: viendo reflejado el mismo rostro y los mismos valores en los miembros de la comunidad, el individuo extrapolará su instinto de supervivencia aún más allá de las fronteras del odio que exhiben sus enemigos.
La unión en el odio está condenada a fracasar, porque todo lo que tienen por defender del nosotros está en función de ellos y por lo que tienen por perder frente a ellos, mientras que ellos viven por ellos, y cada paso que avanzan sobre el nosotros es un paso que ganan para ellos, para nadie más.
Liberalismo: expectativa y realidad
After all, “liberal education” is not supposed to mean education by a bunch of dogmatic liberals who all think alike. Liberal education is an education that expands the horizons of students by exposing them to a variety of different viewpoints.
Greg Johnson, The Persecution of Kevin MacDonald
Poniéndome el parche antes de la herida, debo decir que no soy liberal, aunque eso no me impide reconocer algunas de las bondades que puede presentar el liberalismo, y es que el liberalismo, debido a su énfasis en la individualidad y el individualismo, debería proporcionar y garantizar un caldo de cultivo perfecto para toda libertad de pensamiento, donde no debería existir ninguna fuerza externa que manipule las libertades individuales.
Además, el liberalismo debiera garantizar el derecho inviolable a la libertad de expresión, pues no debiera existir ninguna macroestructura por sobre el individuo que le niegue a éste el libre ejercicio de la identificación y reivindicación de las ideas con las que se sienta cómodo.
De un país que fuera auténticamente liberal, deberíamos esperar que proliferaran en completa libertad todo tipo de alternativas y opciones, estén en pro de algo, o en contra de algo. De esta manera, cualquier iniciativa totalitaria, nazi, comunista, fascista, democrática, cristiana, atea, reggae, abortista, gay, reggaetonera, etc., podría tener sus facciones a favor como en contra, y todo con permiso garantizado y validado por la simple existencia de la libertad individual.
En Chile sabemos que no hay tal libertad.
Que el MOVILH pueda hacer de las suyas dentro del marco de la legalidad, expresarse y creer en lo que creen, es un ejemplo vivo de un país liberal. Que nadie pueda hacer nada, decir nada contra el MOVILH y que, inclusive, existan programas gubernamentales diseñados para cambiar la mentalidad de las personas para que defiendan lo que el Lobby LGBT quiere, es lo más anti-liberal y totalitario que puede haber.
Sintetizando un poco la idea, tenemos:
Expectativa del Liberalismo: sistema basado en la libertad del individuo para expresarse, asociarse, pensar, etc.
Realidad del Liberalismo: sistema basado en la libertad del individuo para expresarse, asociarse, pensar, etc. siempre y cuando sus ideas sean amigables con los valores de Izquierda.
Entonces, de lo que se supone que debe ser un sistema que materialice la Libertad como el bien más preciado, no nos queda más que una dictadura despótica cimentada sobre una batería de valores que son considerados como el bien. De esta manera, el espectro de la tolerancia se ve estrechado dentro de lo que se considera bueno, y todo lo que se considera malo, i.e., valores no amigables con la Izquierda, quedan proscritos, invisibilizados y sacados del marco de la legalidad.
Si alguien, luego de la noticia sobre Nicolás y sus dos papás reaccionó mal y con intolerancia, lo cierto es que, desde una perspectiva liberal, está en su justo derecho, tanto como el MOVILH estaría en su derecho a producir dicho cuento. Pero ya vemos que al materializar lo que estaba en la expectativa para llevarlo a la realidad, muchos terminaron perdiendo su libertad en el camino, en el nombre de la misma.
La igualdad como distopía
“How in the hell could a man enjoy being awakened at 8:30 a.m. by an alarm clock, leap out of bed, dress, force-feed, shit, piss, brush teeth and hair, and fight traffic to get to a place where essentially you made lots of money for somebody else and were asked to be grateful for the opportunity to do so? ”
? Charles Bukowski, Factotum
El Dador de Recuerdos («The Giver»), dirigida por Phillip Noyce, es una película basada en la novela distópica escrita originalmente por Lois Lowry, del mismo nombre. Desgraciadamente, no he leído el texto original, por lo que me limitaré sólo a comentar la película.
Un futuro post-algo (no cuesta mucho imaginar que se trata de algún evento apocalíptico o bélico) da origen a una comunidad aparentemente perfecta, donde no existe la guerra, ni el dolor, ni el sufrimiento, ni ninguna de las cosas que han aquejado a la humanidad desde el amanecer de los tiempos.
La película es presentada en blanco y negro, pero a medida que avanza van apareciendo colores, lo cual tiene una razón: la comunidad, en su búqueda de un mundo mejor y más pacífico donde no exista la envidia y la codicia, ha suprimido la diferencia y con ello, las cualidades que hacen la diferencia en las cosas. Han dejado atrás el afán de poseer lo ajeno y su consecuencia -la competencia, la violencia y la guerra- a través de la creación de un mundo plano en el que no existe ningún tipo de grupo, tribu, raza ni individualidad, siendo entronizada la Igualdad y la sistematización de esta sociedad perfecta: naces, creces, la Comunidad te encomienda una labor según tus capacidades y habilidades, y luego, cuando eres viejo y después de una vida útil al servicio de la Comunidad, eres liberado.
Para los progresistas más interesados en las cuestiones semánticas, una pregunta nace: ¿cómo puede ser una distopía una sociedad basada en la igualdad y la no violencia?
En esta utopía distorsionada, no hay mayor diferencia entre la belleza y la fealdad, puesto que como impera la Igualdad, no existe la diferencia ni los matices, ni siquiera las dicotomías, sino que sólo una gran y plana totalidad llena todos los aspectos de la vida de la Comunidad, en la que tampoco hay insatisfacción ni descontento, pues todas las formalidades son estrictamente observadas y cumplidas.

Sí, la Comunidad logró un sistema perfecto, cordial, basado en las buenas relaciones y súmamente óptimo en cuanto al funcionamiento de la sociedad, pero el costo fue alto: anulando las emociones (esa oscuridad caótica primigenia que infunde imperfección) han vuelto la vida en una maquinaria, deshumanizando al ser humano. No existe el odio que conduce a la violencia a la que la Comunidad teme, pero tampoco existe el amor, pues una cosa no es sin la otra. En esta sociedad, ha suprimido «el caos del amor loco» (citando a Alejandro Jodorowsky en «El Incal»).
¿Y qué es el equilibrio sino un balance entre el caos? La Comunidad perfecta es una manifestación del desequilibrio absoluto, de la destrucción de la individualidad en nombre del «bien mayor», que en realidad es una distorsión. ¿Cómo puede existir comunidad (i.e., una unión de individuos basada en valores en común) si es que la individualidad ha sido relegada al abismo del olvido y las cosas peligrosas?
En escritos anteriores, he planteado la peligrosidad del res nullius, donde lo que es cosa de todos, se vuelve cosa de nadie. En esta distopía existe una supresión absoluta de la individualidad y una exaltación de la comunidad (o, mejor dicho, la sociedad), creando un mundo demente y deshumanizado, desequilibrado, donde lo límbico y lo neocortical son reducidos a meros recuerdos del pasado para estos Golems modernos (aunque ninguno recuerda nada, por algo existe un «Receptor de recuerdos», que es el encargado de llevar todos los recuerdos de la memoria colectiva de eras anteriores y humanas). Por otro lado, nuestro mundo, nuestro Occidente, ha degenerado en una distopía no muy distante a una deshumanización por res nullius (recordemos tan sólo «El Mundo Feliz» del que nos hablara en su momento Aldous Huxley): existe una supresión absoluta de la comunidad y una exaltación de la individualidad a través de una distorsión de la realidad, donde la aldea global es presentada como una «Comunidad Global», que de comunidad tiene poco y nada. En la distopía en la que vivimos, tampoco existe el equilibrio, y la vida se ha vuelto un festín de emociones vacías y metas que llevan al ser humano a un olvido y «superación» de su animalidad: estamos en presencia de una máquina totalitaria deshumanizante (el Liberalismo) como elemento supresor de las verdaderas libertades personales, falsificadora de la realidad.
Mirando nuestro alrededor y nuestra alienada individualidad, podemos percatarnos el «mundo feliz» no está tan distante como lo pensamos alguna vez.
Choque de civilizaciones y leyenda gris
En un intento de disimular la realidad, las voces que buscan dar tintes poéticos al pasado para legitimar el futuro, en un intento por conciliar el Encuentro de Dos Mundos, decidieron denominar al 12 de Octubre como el «Día de la Raza». Probablemente, en su origen hispano, dicha denominación sí cargaba con aspectos de identificación.
Las expresiones y significados no son siempre universales, y lo que en Iberia podía entenderse como la presencia de una misma raza tanto en la península como al otro lado del mar, en América venía a tener un nuevo significado. Y es que del choque de una cultura contra varias, así como la interacción entre dos razas, podía originar cualquier cosa menos una raza, pero -desde la corrección política- se insiste constantemente en la originación de una nueva raza a partir del choque de civilizaciones. O eso, o la invasión sangrienta y genocida.
Como buen apegado a la objetividad descarnada y dura, la historia la acepto tal como es, y me cuesta hacer juicios en retrospectiva porque es inútil y porque, además, es sumamente tendencioso.
Analizaré la siguiente imagen, con la que concuerdo y no concuerdo.

Si América fue o no descubierta, depende de la mirada del observador. Probablemente, los que ya vivían en América descubrieron Europa cuando los navegantes llegaron a la orilla, de la misma forma, América sí fue descubierta por el mundo, quitando el velo que estaba más allá del horizonte. De la oscuridad del desconocimiento, a la luz del imaginario. Otros pueblos europeos estuvieron antes en América, pero ninguno de ellos mostró América al resto del mundo, por lo que no hubo un descubrimiento del velo. Sí, claro, en América existía conocimiento, y cultura, y todo eso que la Izquierda nos dice siempre, pero yo no lo he puesto en duda.
Denominar «invasión» al proceso de colonización también es una cuestión de perspectiva. Yo mismo utilizo dicha expresión cuando me veo rodeado de colonizadores negros. Al «jugar de local», obviamente le daré una connotación negativa al alóctono.
El saqueo es propio del ser humano y, siendo más exacto, del hombre. El saqueo y la destrucción, como símbolos del triunfo, son más antiguos que cualquier ideología izquierdista llorona y rasga-vestiduras que podamos conocer. ¿Alguien imagina el desastre de Curalaba sin mapuches incendiando todo y destruyendo todo lo del invasor/colonizador que encuentran a su paso? ¿Alguien puede imaginar a los griegos entrado a Troya, si no es a sangre y fuego, para luego irse dejando atrás la ciudad en llamas?
Sí, muchos conquistadores estaban ávidos de oro, aunque en esos tiempos era de lo más normal estar ávido de algo. De oro, de mujeres, de conquistar, de aplastar. Ahí (en el tiempo), es decir, aquí (en el espacio), donde la corona y el gobierno no mandaban más que en lo nominal, es donde nació el libertarismo y el europeo pudo volver a la esencia de los bosques, volver a los tiempos donde el único derecho humano era el luchar por sobrevivir. Una tierra habitada, pero ajena, impulsaba las reacciones a la defensiva y, muchas veces, a la ofensiva. Agentes externos llegando en oleadas impulsaban las reacciones a la defensiva y, muchas veces, a la ofensiva. C’est la nature qui a raison.

Sí, es cierto: en América existían civilizaciones. Habían imperios enormes, y complejos entramados sociales, sistemas jurídicos y avances tecnológicos. En América, probablemente, había muchísimo más conocimiento respecto a materias astronómicas que en Europa. Cuando los defensores de los pueblos autóctonos, así como las voces de la Izquierda, claman por una América civilizada pre-colombina, tienen razón. Pero hay algo que hay que hacer notar desde la búsqueda de la objetividad y la verdad sin adornos: en América existían civilizaciones, y con ello la violencia, el abuso, la imposición, la esclavitud, el genocidio, el imperialismo y tantos otros sustantivos que desde la Academia nos dicen que son propios de Europeos, jamás de pueblos originarios. América no era una tierra de salvajes incivilizados, sino una tierra de salvajes civilizados, no muy distinta a Europa en estadio evolutivo.
La acción europea, muchas veces destructiva, sanguinaria y cruel, fue una realidad, ¡pero qué va!, la Historia es como es, no como la Izquierda quiere que sea. Ni leyenda negra, ni leyenda blanca. Siendo más exactos, el proceso de Descubrimiento/Visibilización, Conquista/Sometimiento y Colonización/Invasión (para todos los gustos) de América se asemeja más a una leyenda gris, pues no es la inocente historia que quieren proclamar algunos, ni la sangrienta saga que quieren retratar otros.
La diversidad en América es un hecho, y nada se saca con llorar sobre la leche (sangre) derramada. Estamos aquí, vinimos para quedarnos. No negamos el pasado, y si nuestros ancestros cometieron actos no muy aprobables, lo aceptamos. No somos unos cínicos para reivindicar lo bueno sin lo malo, si, a pesar de todo, somos herederos de toda la Historia, no de las cosas que sean «lindas».
Somos más concientes de la importancia de la supervivencia de los pueblos, y por ello nos rebelamos ante las leyendas que hablan de un pasado atroz y también ante un pasado paradisíaco, pero, además, nos rebelamos contra los mitos instaurados desde las cúpulas de poder, los mismos mitos que hablan del popurrí de identidades presentes en América como si del surgimiento de una raza nueva se tratase.
Somos los hijos de la sangre europea nacidos en suelo americano. Acepten nuestra presencia o esperen nuestra resistencia.
Repensando la inmigración
Hace algunos días, El Ciudadano publicó un artículo relacionado con la inmigración, el que seguramente fue un supositorio de merkén para los más apegados a los asuntos territoriales y sentimentales clásicos. Dicho artículo, contestaba a (o, mejor dicho, destruía) los prejuicios habituales sobre la inmigración, usando estadísticas y otros datos.
No rebatiré los puntos planteados en el artículo, puesto que los números son claros, aunque me gustaría hacer algunos alcances y, además, mirar desde mi perspectiva de descendiente de inmigrantes a algo que va más allá de un tema de nacer aquí o nacer allá. Tomaré alguno mitos.
Son demasiados los extranjeros en nuestro país. Nos están invadiendo.
350 mil inmigrantes viven actualmente en Chile, lo que sería suficiente para llenar una ciudad promedio. El tema de fondo es el ser inmigrante, puesto que acá en Chile basta que se nazca acá, o se regale la nacionalidad por gracia para ser parte del conglomerado. Desde una mirada poderosamente objetiva, y tomando en cuenta la historia de las movilidades de masas humanas, en Chile no hay 350 mil inmigrantes, sino millones. Incluso, los más originarios pudieron haber tenido cierto origen extranjero. Lo más gracioso es cuando los patrioteros de siempre hablar de aumentar la natalidad. Seamos sinceros: aumentar la natalidad es propio de mestizos, y de grupos humanos que sobreviven por número. Quienes -independiente si sean «nativos» o inmigrantes- pertenezcan a etnias de origen europeo, siempre darán preferencia a la calidad por sobre la cantidad, y no tendrán más hijos de los que pueden crecer bien. No se trata de llenar de críos de forma vulgar para que compitan con los hijos de los inmigrantes no blancos, se trata de que las etnias blancas nunca han sido numerosas. Si bien el tema transciende a un asunto netamente económico, lo cierto es que esto último juega un papel muy importante. ¿Parir y parir y pedir subsidios al Estado? Gracias, pero nosotros no.
Inmigración: 1 – Nacionalismo Clásico: 0.
Los inmigrantes que llegan al país son de bajo nivel educativo.
¿A alguien le importa el nivel educativo por sobre el origen étnico? Si es así, está mal. Es decir, si llega un miembro de ellos con un Premio Nobel bajo el brazo, ¿merecería estar con nosotros más que uno de nosotros sin premio, de bajo nivel educativo o sencillamente pobre? Yo apuesto por nosotros, pero en Chile no importa el origen bio-cultural del nosotros, sino que sencillamente el que el individuo nazca dentro de un límite, por eso cualquiera puede ser bienvenido si es que «aporta».
No podemos caer en un caso de eugenesia contra identidad, típico del patrioterismo clásico. «Traigamos buenos elementos, educados». Implícitamente, este pensamiento promueve el mestizaje y el multiculturalismo, que es lo que realmente tiene arruinado a este país, no la inmigración. En el nosotros del Ius sanguinis, tanto lo bueno como lo malo pertenece al mismo acervo, por lo que debemos hacernos cargo de todo. De eso se trata de ser una comunidad. Deshacerse de los elementos «malos», e importar los «buenos», es sistematizar al grupo humano, y con ello, destruir su identidad en pos de una mejoría.
Son responsables del aumento de la delincuencia.
Aquí hay un punto interesante, y si a alguien le causa molestia, es porque su sitio no está entre los partidarios de la identidad. Quizás la delincuencia no es tan alta en las estadísticas (y, por observación participante, sería lógico que los hechos delictuales perpetrados por extranjeros sean más numerosos en las zonas fronterizas, por razones obvias), aunque de todas maneras prefiero que sean delincuentes, antes que personas «de bien». Chile no sólo es un país multicultural, sino que sencillamente perdió la batalla contra el control migratorio. Asumiendo que la mayoría de los inmigrantes no son de origen europeo, ciertamente los prefiero de delincuentes y habitantes del ghetto, antes de ciudadanos de bien, integrados en la sociedad. El multiculturalismo es una porquería, el multiculturalismo no sirve, pero si no se ve el lado oscuro del multiculti, las masas no se percatan de la bomba de tiempo en la que están parados.
Por otro lado, si esos pocos que cometen delitos no lo hicieran, la gente no miraría mal al grupo completo, y con ello, la tasa de mestizaje aumentaría. Claro que esto es válido si los miembros del nosotros del Ius soli fueran los mismos del nosotros del Ius sanguinis. Si no, bueno, un poco de melanina a la ensalada genética puede que le dé un sabor a café.
Llenan las escuelas y le quitan los vacantes a nuestros hijos.
¿Alguien ha visto los programas educativos chilenos? Sus constantes apologías al mestizaje (no muy alejadas del nacionalismo clásico), al igualitarismo, a la inclusión y la integración, tarde o temprano terminarán haciendo que sean los mismos chilenos lo que exijan políticas de fronteras abiertas y es obvio, si cerrar o no cerrar fronteras y otorgar papeles o no de residencia se vuelven ideas inútiles cuando el caldo de cultivo completo está educado en la aceptación y sumisión al mundo globalizado. Y no han sido necesariamente los gobiernos de la Concertación los que han promovido esto, como le encantaría decir a los defensores de la derecha casposa y rancia.
Es cierto que otras banderas flamean en los colegios chilenos, pero ¿qué más se puede esperar si la misma bandera chilena representa los valores de inclusión y unidad? Que hoy flameen banderas de otros países en recintos que se suponen chilenos no es una ofensa, sino es coherente con la idea multiculti planteada poéticamente desde los mitos fundacionales.

Los inmigrantes no tienen derechos, ya que no son ciudadanos. No pueden quejarse.
¿A quién le importan los derechos? O sea, ¿basta que un inmigrante (que en realidad, es un colonizador no eurodescendiente) tenga sus «papeles al día» para dejar de ser blanco de los dardos de los defensores del suelo?
Legal, ilegal, regular, irregular. Todo eso da igual. Los inmigrantes no son el problema, sino que son un mero indicador de un problema mayor. Cuando hubo un input masivo de inmigrantes europeos durante el siglo XIX y XX, muchos de ellos no tenían papel alguno, y realmente poco les importaba el entramado jurídico. Tan poco como nos debe importar a nosotros. Un papel más o un papel menos son herramientas que validan la misma estructura que nos va dejando aislados y desamparados en «nuestro propio» país.
Citando a Alex Kurtagic, debemos comprender que «el debate sobre la inmigración es una pérdida de tiempo«. En una discusión, cualquier liberal medianamente educado puede destruir sin mucha dificultad los argumentos de cualquier patriotero. En su campo, no hay cómo ganarles. Pues es tiempo de sacarlos de su campo e invitarlos a contemplar la destrucción originada no por la inmigración per se, sino por el preciado multiculturalismo que tanto se empeñan en defender.

Confesiones de un patriota odioso
Si hubiera vivido en 1810 y hubiera sido algo así como una persona blanca e influyente, hubiera hecho lo imposible por participar de la Primera Junta de Gobierno.
Y cómo no, hasta el día de hoy suena ridículo jurarle fidelidad a un rey que si está encarcelado no es precisamente por ser fuerte, y que tampoco me consta que fuera lo suficientemente poderoso en su mismisidad como para venir a mandarme. ¿Jerarquía? Sí, quizás la respetaría si fuera desde un punto natural, pero definitivamente no respetaría a alguien que de designio divino tiene poco y nada, y, puesto que no creo en Cristo, difícil me parece que haya bajado de una nube para decirle a un tipo que él es el depositario del derecho divino para mandar a un montón de cabrones.
Al rey tribal podría –como dicen mis amigos argentinos– bancarlo, pero el rey perfumado y elegante no podría siquiera inspirarme para mantener la seriedad al ver su real sello impreso en esperma de vela.
Era el advenimiento de la era del populacho, de la colectividad, de la revancha disfrazada de justicia social, de las masas de gente con conciencia de clase destruyéndolo todo, y por otro lado, el pálido recuerdo de un mandato que aunque de naturaleza decadente (desde el punto de vista de los estadios de evolución de las civilizaciones), glorioso y concreción misma del poder bélico, daba sus últimos estertores.
Hubiera sido patriota, sí, porque hubiera sido independentista en lo económico, pues si al rey no se le veía nunca por estos lares, ridículo me parecía tener que pagar los impuestos que me exigía la corona, y es muy probable que me juntara con otros amigos vestidos de indios a tirar el té en el Río Mapocho.
Y hasta ahí hubiera llegado mi independentismo.
Para qué mentir y decir «no, hubiera sido un realista descarnado y hubiera luchado por eliminar de raíz todo germen republicano» si, para qué estamos con cosas, en ese tiempo no existían las bolas de cristal para predecir el futuro, y aún existiendo, es probable que hubiera militado en algún grupo de carácter ilustrado y agnóstico. Es muy probable que hubiera sido producto de mi época, y por muy reaccionario que sea hoy, en esa época hubiera sido revolucionario. Obvio: ser reaccionario hoy es defender ideales ancestrales, pero como lo revolucionario hoy es tiene el asqueroso olor a añejo que deja el perfume de liberalismo conservador, lo reaccionario hoy tiene el espíritu tira-piedras que tenía lo revolucionario en 1810.
Si hubiera sabido en qué iba a degenerar la reivindicación libertaria-independentista dos siglos después, probablemente hubiera envenenado a todos los de la Junta, aunque poco y nada hubiera cambiado en el futuro: en ambos bandos eran criollos los que estaban al mando, ninguno de los cuales se preocupó de lo realmente importante y que fue lo que nos hubiera condenado a la destrucción sin importar si hubiera ganado el bando realista o el patriota: el pecado original de Chile no fue expiado jamás, y la justificación eterna del multiculturalismo de la «nación chilena» para unos y la capitanía general de otros, iba a terminar por corroer cualquier intento de orden que se quisiera establecer desde una jerarquía decadente y sin visión de futuro.
Conoce al nuevo jefe, igual que al viejo jefe.
Los maestros absolutos del rock dándonos cátedra de lo significativo que fue la Primera Junta de Gobierno.
La multicultura de la basura
Si alguien ha llegado hasta aquí, no es por mera curiosidad. Curiosidad sería ver un volante pegado en la calle y ver superficialmente la página.
Si alguien llegó hasta aquí, es porque sabe en su interior que hay algo mal con su exterior, y sabe que hay algo que no ajusta. Sabe, o al menos, sospecha, que la sociedad multicultural como tal, no funciona.
No hay que ir demasiado lejos para poder dar testimonio, y tampoco tenemos que tener mayor formación académica para percatarnos de ciertas cosas que acontecen a nuestros alrededores. No es tan difícil, de hecho, basta sólo caminar unos pasos y salir de la casa.
Abramos las puertas de nuestras casas y veamos la realidad: vivimos en medio de un basurero. La sociedad multicultural es un basurero. No quiero dejar que mi coprolalia me supere (recordemos que ya antes comparé la corrección política con una chaqueta llena de mierda, la democracia chilena con un duopolio de excrementos y nuestra realidad con un gallinero), pero aquí no hay una comparación, sino definitivamente una igualación. Las calles están cubiertas con papeles y restos de comida, cajas de todo tipo, condones usados, toallas higiénicas, botellas, latas, colillas de cigarro, y todo desecho imaginable. No es una exageración, es lo que puede verse en la mayoría de las calles de las ciudades y pueblos chilenos.
En mis viajes al extranjero y recorridos por comunidades indígenas mucho más pobres en comparación a nuestros estándares, me ha tocado ver muchas pobrezas y carencias, pero no así basura. Por otro lado, no sería en absoluto mentira el afirmar que las ciudades más limpias del sur de Chile sean aquéllas pobladas en su mayoría por gente de origen europeo. Claramente, existen diferencias socioeconómicas profundas entre estos ejemplos, pero sale a relucir un elemento en común: ambos ejemplos presentan sino una uniformidad racial, una dominancia racial casi total respecto de los otros grupos humanos con los que hipotéticamente podrían compartir espacio.
En caso de que la pobreza económica fuera sinónimo de falta de cultura cívica, i.e., tirar un papel al piso, tal como sucede en los sectores más pobres del país, podríamos esperar que comunidades de etnias indígenas estuvieran tan sucias como los sectores mencionados anteriormente, cosa que no sucede.
La presencia de dominancia mestiza o de ninguna dominancia en absoluto, pero sí mucha heterogeneidad, i.e., gente de muchos grupos humanos distintos cohabitando, sin formarse barrios de grupos en particular (juntos y, además, revueltos), marca una tendencia notable en los sectores más sucios, pudiendo establecerse una correlación bastante incorrecta políticamente hablando: la baja claridad de pertenencia a una identidad étnica en particular es directamente proporcional a la cantidad de basura presente en los lugares donde estas poblaciones habitan.
Bien, hasta aquí tenemos el qué, pero aún no tenemos el por qué.
Solemos vivir en basureros urbanos o, al menos, en lugares muy sucios, pese a que se ha implementado un sinnúmero de programas de educación ambiental, de disposición de la basura y de cultura cívica. Cosas básicas, ni siquiera hablamos de reciclaje ni producción limpia. Usualmente, deberíamos esperar que los programas que se han guiado a la infancia y primeros estadios de vida tengan que surtir algún efecto en el tiempo, y bajo esta excusa terminamos justificando la suciedad pues «aún no se ha internalizado el problema.» Ahora, siendo objetivos, los niños que fueron intervenidos cuando se implementaron los primeros programas ya son adultos, y no son precisamente ejemplos de cultura cívica o de ciudadanos de barrios sin suciedad. Digamos que se asemejan más a las imágenes que siguen a continuación.


¿Cuál es el problema con los planes de educación ambiental, entonces?
Los grupos etarios no están equivocados, y de hecho, son los correctos, pues los estadios tempranos de la vida son ideales para cultivar las conductas y formas que queremos que se vean reflejadas en los individuos adultos. El problema es que la implementación de programas no puede tener una arista étnico/racial, salvo sólo si los lugares más limpios fueran el reflejo de las comunidades indígenas que tanto gustan a la gente de izquierda, misma gente que no teme a destruir estas mismas comunidades mediante el mestizaje y la imposición de sus vicios occidentales (o interculturalismo, como les gusta llamarlo).
El sentimiento de pertenencia a una comunidad, si no hay conciencia respecto a la amenaza que enfrenta la propia identidad (e.g., un refugiado tutsi), puede desarrollarse en el caso de vivir entre medio de semejantes, y verse uno mismo reflejado en los rostros de los demás, de la misma forma que los niños ven sus rostros en las caras de sus parientes y amigos. Aunque mitos liberales quieran imponernos que «todos tienen dos ojos, una nariz y una boca», igualando a todos los seres, lo cierto es que los niños no temen a discriminar a la hora de elegir a sus amigos, dejándose llevar por el instinto. Este sentido de pertenencia es menos conciente que el sentido de pertenencia de una identidad amenazada o minoritaria (prácticamente, no hay una necesidad de reconocer un nosotros y un ellos, pues sólo se contempla el nosotros), pero se traduce en sentimientos de cercanía instintiva, algo así como una hermandad, una verdadera comunidad.
La idea de comunidad involucra metas, valores y objetivos en común, así como también responsabilidades en común. El verse reflejado en el resto, hace que el ser responda ante un estímulo que afecte a la comunidad como si fuera propio. Lo que impacta en su comunidad, impacta en el individuo; botar basura en el lugar donde vive la comunidad, es botar basura en el lugar donde vive una parte del individuo, es afear el entorno, su entorno. Comunidades eurodescendientes y comunidades indígenas presentan un sentido de responsabilidad para con el resto, trascendiendo nivel socioeconómico, etario, etc., por lo que no es de extrañar que sus barrios y ciudades sean más limpios que los del resto de la sociedad.
La idea de comunidad para la sociedad multicultural (liberal o no) se ha visto reducida a una mera comprensión de la sociedad en su conjunto, confinada dentro de un espacio físico o territorio, donde el solo hecho de pertenecer a ese suelo es suficiente para ser considerado parte de la comunidad. El gran problema de la pertenencia al suelo, sin una pertenencia sanguínea al grupo humano que está sobre el sustrato, es que todo el entorno se transforma en res nullius, esto es, «cosa de nadie». Es de todos, ergo, es de nadie. Pertenece a todos, le pertenece a nadie. Puede ensuciarse, puesto que como es un bien público, es cosa del público el mantenerlo limpio, «no es cosa mía».
Mientras no se supere el multiculturalismo y la atomización de la sociedad en islas de individualismo, difícilmente se podrá superar el tema de la basura. Chile no es la «cultura de la basura», sino la multicultura de la basura. De la misma manera, los programas de educación ambiental estarán condenados a fallar mientras sigan estando elaborados basándose en una visión igualitaria y homogenizante del mundo, construidos desde el desarraigo de las identidades en pro de un mundo uniforme y sin diversidad.








