Francisco Javgzo

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A raíz de la bullada (y fracasada y no autorizada) marcha para manifestarse en contra de las medidas inmigratorias actuales, varios quisieron manifestarse al respecto. Algunos, como el profe Palavecino[1], menos alarmistas y más sensatos y realistas, optaron por tomar el asunto con humor y comprender que estos grupos no constituyen una amenaza para la estabilidad ni institucionalidad, mientras que otros, como el escritor Carlos Peña[2], rector de la UDP, optó por una vía más confrontacional, de denuncia y dando una voz de alarma en relación a los grup(ill)os nacionalistas en su columna “Defensa de la inmigración”.

En orden de ser consecuente con los principios básicos de una sociedad abierta y democrática, Peña acepta y defiende el derecho a “pensar estupideces o creer supersticiones”, lo que está muy bien porque no sólo fomenta el diálogo y la transferencia de información (incluyendo el de la violencia verbal), sino también descomprime un poco las tensiones inherentes al disenso de la sociedad. Una sociedad sana no es la que no discute, sino aquélla donde sus discusiones no desembocan en situaciones que ponen en peligro la continuidad pacífica (es decir, la ausencia de violencia física) de dicha unidad jurídica. Respecto a ese tema, no tengo mayor objeción ante lo planteado por el columnista.

“Defensa de la inmigración” tiene razón, parcialmente, en un punto: los grupos nacionalistas (que, en realidad y como hemos visto a lo largo de los años en este sitio y otros, corresponden a movimientos nacionalistas de carácter cívico con cierto misticismo proveniente de mitos fundacionales) buscan (y encuentran) excusas para la xenofobia aunque, con más certeza, esto corresponde a una suerte de alterofobia, para separarlo del rechazo al que es étnicamente extranjero (por ejemplo, una comunidad aymara Made in Chile que rechace a aymaras Made in Bolivia no estarían siendo xenófobos, sino alterófobos, pues no serían extranjeros entre sí, pero encontrarían razones externas a lo étnico para rechazar – basarse sencillamente que el que no pertenece a este equipo ya es el otro.

Efectivamente, este rechazo es tribal y pone en jaque no sólo a las buenas costumbres, sino también al moderno ideal de comprensión universal, de no-separación con el otro sino que disolución de las distancias. Alcanzar dicho nivel de cercanía y de pulverización de lo tribal roza lo utópico, porque apela a un nivel de racionalidad que no sólo no es generalizado, sino que está ampliamente golpeado por asuntos (y miedos) cotidianos. Carlos Peña habla de “semilla xenófoba”, no obstante, ¿podría decirse que la xenofobia y alterofobia son la excepción, cuando es la oxitocina la que promueve el etnocentrismo humano[3]?

Afortunadamente, no me he pronunciado contra la inmigración per se, pues me parece un absurdo, como también es un absurdo ser pro-inmigración per se en la forma en que se está pronunciando Peña: el argumento moralista para justificar la inmigración porque la gran mayoría tiene ancestría inmigrante es algo limitado, un reduccionismo que no se ve sustentado más allá de un tema moral. Más allá de las falacias y justificaciones baratas para oponerse a la inmigración como un todo, lo cierto es que la entrada de flujos humanos provoca una serie de disturbios en el tejido social, por lo que la procedencia del flujo inmigratorio, la cantidad, los lugares a los que arriban los nuevos colonizadores, el nivel educacional, la distancia cultural, etc. importan a la hora de discutir sobre las materias inmigratorias. Lo otro es argumentum ad hominem, un juego infantil de sacar cosas en cara, más allá si los increpados esgrimen argumentos simplones y simplistas. Tampoco hay que olvidar que no todo aquél que muestra preocupación respecto a cómo está siendo llevado el tema de la inmigración es un xenófobo-nacionalista-patriotero.

Las sociedades modernas, como señala Carlos Peña, son plurales. Sin embargo, creer que eso en sí sea una ventaja o fortaleza es, más bien, una suposición sin mayor respaldo histórico: en las sociedades diversas, es decir, étnica y culturalmente diversas, los grupos humanos no tienden a estar en equilibrio ni tener el mismo poder; todo lo contrario, tienden a estar sometidos a un grupo que concentra más poder, el que incluso puede conducir a tratos vejatorios y violaciones de derechos humanos a los grupos dominados. Ahora bien, pensar que la democracia moderna no aspira a la uniformidad es un tanto inexacto desde el momento en que se aspira que los valores democráticos sean los que rijan a las sociedades de forma indistinta a su origen, haciendo difusos los límites de la identidad y la autoidentificación (los parentescos) para dar paso a la absoluta diferencia, que es una forma de absoluta uniformidad.

Carlos Peña aboga por la sustitución de la nación como una unidad con un origen en común por la nación como una unidad con un futuro en común. Lo curioso es que, de alguna manera, lo que Carlos Peña defiende en la práctica no es tan distinto a lo que los nacionalistas clásicos (cívicos) defienden al menos en América: hitos y mitos fundacionales donde los orígenes de los pueblos tienden a disiparse y engendrar un nuevo pueblo (la nueva nación), donde los valores terminan siendo compartidos y defendidos, con la salvedad respecto de Peña que éste último no haría diferencias con las unidades que estarían fuera de la unidad, mientras que los nacionalistas clásicos sí hacen la diferencia, a pesar que los orígenes puedan ser diversos (paradojas del nacionalismo cívico). Mientras los nacionalistas cívicos Made in Chile reivindican y celebran la cruza inicial entre poblaciones europeas e indígenas que daría origen al ‘chileno’, Carlos Peña no celebra explícitamente la cruza, sino más bien la coexistencia de seres en una sociedad democrática y diversa (donde la cruza sería una consecuencia, no la causante de la nación).

La rabia de Peña y el desprecio que éste muestra por los sentimientos de identificación con alguna unidad (que él reduce al mero orgullo sin sentido de haber nacido en algún lugar en particular) no se sostienen más que en especulaciones y utopías — es un debería ser así: deberíamos ser racionales, deberíamos no discriminar, deberíamos no tener prejuicios, etc. Efectivamente, los grupos nacionalistas esgrimen falacias y están equivocados en muchos asuntos, disparándose en los pies, lo que no significa que Carlos Peña tenga la razón en este asunto: responder falacias y argumentos que rozan el fanatismo con argumentos que se apegan a una defensa irrestricta de la inmigración, desconociendo que la diversidad étnica, cultural, religiosa, etc. puede ser un potencial sustrato para las odiosidades, no sólo no refuta de manera convincente a los argumentos de estos grupos, sino que, además, puede poner en jaque — de aplicarse — a la ansiada armonía y paz de la sociedad liberal a la que aspira Carlos Peña.

Notas.

[1] “La prohibición favorece a los loquitos. Debieron dejarlos marchar. Hubieran convocado a cuatro gatos y habría material para memes y chistes.”

[2] http://www.elmercurio.com/blogs/2019/08/11/71591/Defensa-de-la-inmigracion.aspx

[3] https://www.pnas.org/content/108/4/1262.full