Francisco Albanese

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El fútbol es un deporte hermoso, impredecible, y altamente exitocrático. Al igual que la guerra que concentra e intensifica algunas de nuestras más fuertes emociones: valentía y miedo, resignación y pánico, egoísmo y auto-sacrificio, avaricia y generosidad, patriotismo y xenofobia” y “es el campo más arriesgado en el cual coincide el ingenio y la suerte” –como señala Keeley en su War Before Civilization–, el fútbol muestra situaciones que no vemos en un cotidiano donde las necesidades básicas están ampliamente cubiertas. De esta manera, en el fútbol podemos observar cómo distintas estrategias son puestas en juego con el objeto del triunfo, enmarcadas dentro de unas pocas normas, lo que marca su diferencia con la guerra, donde la falta de reglas es la única norma. Los juicios por crímenes son posteriores al resultado, y sólo si éste es desfavorable. El Campeonato Mundial de Fútbol Rusia 2018 ha terminado y ha resultado triunfador el conjunto que ha logrado emplear mejor los recursos disponibles para quedarse con la copa.

No hay que ser muy entendido en fútbol para haberse percatado de las bajas probabilidades de triunfo de la selección nacional de Croacia, o quizás sí. Más allá de la emocionalidad propia del juego, el fútbol debe ser analizado con racionalidad, y la selección de Francia no sólo contaba con mejores jugadores provenientes de diferentes continentes y acervos genéticos, sino también con una dirección técnica de mayor calidad y una experiencia más amplia como institución futbolística.

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Una de las razones por la que el fútbol es tan atractivo, es porque brinda la posibilidad de satisfacer la necesidad instintiva humana de sentirse parte de algo, dejar fluir el tribalismo propio del ser humano, y más propio aún de la masculinidad. Paradójicamente, una razón irracional, y es que la “hormona del amor” tiene un lado oscuro que este mundo que promueve la comunión global no ha podido ni podrá erradicar: experimentos recientes sobre juicio social y toma de decisiones en los seres humanos revela que la oxitocina tiene efectos sobre la confianza, la preocupación en-el-otro y sobre la cooperación, y sus efectos se muestran beneficiosos ante aquéllos que pertenecen al endogrupo de uno. El amor no sólo se trata de reproducción, sino que el circuito oxitocinérgico sirve para que el individuo tienda y defienda a su endogrupo (De Dreu, 2012). Por lo tanto, el amor proveniente de esta hormona no sería universalizable, y de ahí a que sea casi inevitable ver un partido –cuando la permanencia del equipo de uno no depende del resultado del partido en cuestión, claro– sin sentir algún grado de preferencia o favoritismo (Taylor et al., 2000; Heinrichs et al., 2009) por uno u otro, y es que “cuando la gente se reúne con otra que comparte sus valores, se potencia el nivel de oxitocina” (De Dreu et al., 2010).

El fallecimiento de un amigo de origen croata, en primera instancia, y la coherencia étnica europea y los intereses fenotípicos (no soy cercano a lo eslavo, pero por cierto estoy mucho más cercano a eso que al conglomerado evidentemente cónguido de la selección campeona), en segundo lugar, me llevó a preferir una –casi imposible– victoria croata antes que una victoria de la selección de Francia. Hago hincapié en la no homologación entre ‘selección croata’ y ‘selección de Francia’: por un lado, un equipo conformado por individuos pertenecientes a una misma nación (ethnos) con un origen, historia, valores, costumbres, lenguaje y herencia en común, es decir, compartidos; y, por el otro, un equipo conformado por individuos de múltiples naciones, distinto origen, distintas costumbres, distinta historia, donde la cultura y el lenguaje son compartidos por motivos circunstanciales.

Coherencia étnica de la selección croata.

Mientras que diferentes tribus, clanes y etnias eslavos separados confluyeron en un proceso etnogenético natural, orgánico y diacrónico para conformar a lo que hoy es Croacia, el caso de Francia es de una realidad distinta, donde poblaciones de amplia distancia genética y donde no comulgan intereses étnico-genéticos (porque hay europeos, magrebíes y africanos subsaharianos) circunstancialmente están envueltas en un mismo proyecto cívico. En efecto, la tónica de los equipos europeos en este mundial estuvo muy pronunciada: todos son reflejos cualitativos (y no cuantitativos, porque la cantidad de jugadores no europeos en las selecciones no representa la proporción de no europeos en los territorios de dichas selecciones) de su situación demográfica actual. Prácticamente, las únicas selecciones europeas de fútbol conformadas enteramente por etnias europeas fueron España, Croacia, Rusia, Islandia, Polonia, Suecia (caso curioso) y Serbia. El resto, una exhibición de las distintas etnias y razas que han estado colonizando progresivamente el suelo europeo y también a sus instituciones. Por esta razón, ya no tiene sentido hablar de “equipo galo” para referirse al elenco de Francia, pues dicho pueblo era homogéneamente europeo, mientras que la selección de Francia podría entenderse como una selección del mundo, es decir, de ningún país en absoluto.

Francia se corona como campeón del mundo rompiendo, otra vez, con la idea inicial del campeonato del mundo: que las distintas naciones compitieran entre sí para ver cuál era la que mejor jugaba al fútbol. El seleccionado de Francia es justamente lo contrario al espíritu inicial: un equipo que no representa a ninguna nación en concreto, que funciona en base al profesionalismo propio de un departamento de recursos humanos, donde se emplean a los mejores elementos sin importar su origen. Sin duda, esto ha sido, junto a otras variables, relevante para el resultado final, aunque honestamente no tenga nada de “nacional”, quedando en duda tras el olor a mundialismo, globalización, multirracialismo, la cuestión sobre cuál nación juega mejor al fútbol.

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Referencias bibliográficas.

De Dreu, C. (2012) “Oxytocin modulates cooperation within and competition between groups: An integrative review and research agenda” Hormones and Behavior 61 (2012) 419–428

De Dreu, C., L. Greer, M. Handgraaf, S. Shalvi, G. Van Kleef, M. Baas, F. Velden, E. Van Dijk, & S. Feith. (2010) “The Neuropeptide Oxytocin Regulates Parochial Altruism in Intergroup Conflict Among Humans.” Science  Vol. 328, Issue 5984, pp. 1408-1411 DOI: 10.1126/science.1189047

Heinrichs, M., B. von Dawans, & G. Domes. (2009) “Oxytocin, vasopressin, and human social behavior.” Frontiers in Neuroendocrinology Vol 30, Issue 4, 548-557

Taylor, S., L. Klein, B. Lewis, T. Gruenewald, R. Gurung, & J. Updegraff (2000). Biobehavioral responses to stress in females: tend-and-befriend, not fight-or-flight. Psychological review, 107 3, 411-29.

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