Francisco Albanese

pepe

Navegando anoche por internet, me topé con una nota titulada “Cómo construir una Alt-Right peruana y latinoamericana“, que consideré adecuado leer para comparar realidades entre los distintos países (definitivamente, Chile no es Perú), en vista de situar una verdadera derecha alternativa en el Cono Sur, alejada de la ideas de la derecha liberal conservadora.

El artículo defiende la idea de que esta alt-right hipotética debería dejar de mirar a Europa o EEUU para emularlas, algo que rescato y encuentro lógico. La alt-right no necesariamente tiene que ser un movimiento de blancos, pero sí tiene que ser un movimiento racialmente diferencialista, y asumir la realidad desde ese punto. Efectivamente, la realidad latinoamericana (incluso, entre países) difiere de la alt-right en Europa o EEUU, sin embargo, debe situarse en su contexto americano particular (cada país difiere de los otros) para establecer una línea base sobre la cual operar.

Pero con estadísticas o no, a todos nos queda claro que el supremacismo blanco no va a vender aquí si se quiere un mensaje populista masivo que sea capaz de poner en jaque al establishment latinoamericano.

Hay cierta confusión entre alt-right y populismo de Derecha: la alt-right no es populista (en efecto, será una especie de oposición sana a este populismo) ni Donald Trump es alt-rightist. Que la Alt-Right se haya acercado a él no lo hace a él ni a su proyecto populista un ejemplo de candidato de derecha alternativa. En palabras del propio Jared Taylor, “podemos ser simpatizantes de personas tales como Steve Bannon de Breitbart o Donald Trump debido a sus opiniones respecto de la inmigración, pero ellos jamás han abogado explícitamente por los intereses blancos”.

Siendo la mía una opinión estrictamente personal, considero que la alt-right (sobre todo la blanca) debe mantenerse fuera del espectro político, si bien podría operar en algunos partidos o movimientos a través de la estrategia de lobby: no se puede pedir que países mayoritariamente no blancos velen en favor de los intereses blancos, mucho menos a través de partidos de masas.

Los latinoamericanos tenemos una identidad tribal propia que reivindicaremos o recrearemos, teniendo la consciencia de vivir en un mundo disgregado que ha roto todo vínculo con la identidades tradicionales. Es aquí donde nuestras identidades mestizas tienen que saber reivindicar (y reinventarse) y converger una identidad criolla junto con la indígena.

Un proyecto unificador donde haya convergencia de una identidad criolla junto con la indígena puede ser populista, pero difícilmente alt-right, sobre todo porque esta unificación tiende a destruir las particularidades de las distintas identidades étnicas. Quizás una alt-right, para ser coherente con el realismo racial, deba apostar por cierto pan-secesionismo (un marco anarquista y contrario al nacionalismo liberal de las naciones-estados), donde las distintas identidades puedan operar dentro de sus espacios y dentro de sus capacidades y objetivos. Tratar de imponer intereses étnico-genéticos criollos (i.e., blancos) a las mayorías no transformará a las mayorías en criollos, y actuará más dentro del idealismo que dentro del realismo, tan necesario para el análisis alt-right del mundo.

Una alt-right mixta y una alt-right indígena son posibles, siempre y cuando comprendan las diferencias y mantengan las distancias entre sí, pues en el mestizaje está la muerte de la diferencia, y con ello, la muerte del diferencialismo racial desde el cual se plantea la alt-right.

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