Francisco Albanese

Nota del Editor: Este artículo se escribió hace un año, pero había permanecido sin editar ni publicar hasta hoy.

Con motivo del 83° aniversario del natalicio de Pentti Linkola, uno de los pocos ecologistas contemporáneos que se han volcado hacia las ideas de Derecha, comencé a escribir esta nota. Por esas cosas del destino, Douglas Tompkins, otro ecologista de la línea profunda, a su vez, fallecía el mismo día, 83 años después del nacimiento de Linkola. Chile se vio bastante conmocionado con la noticia pues, para bien o para mal, durante los últimos 25 años Tompkins ha estado bajo la mira, y múltiples tributos se han hecho en su nombre, algo no menos paradójico, puesto que un país que quiere posicionarse como industrializado, es poco y nada lo que puede deber a un personaje que destinó gran parte de sus recursos y medios para frenar definitivamente toda industrialización del Cono Sur. (Cabe destacar que no condeno moralmente este truncamiento a la industrialización, puesto que yo mismo soy partidario de las ideas y principios de la deep ecology. Me limito sencillamente a exponer los hechos como son.)

Dejando algo de lado toda teoría no oficial (conspiraciones, planes ulteriores, rumores, etc.), creo necesario hacer una revisión de las ideas que motivaban –explícitamente– el accionar de la Foundation for Deep Ecology,  fundación que era presidida por el desaparecido Douglas Tompkins. Me remito exclusivamente a las ideas que han sido planteadas públicamente, pues, tanto en la forma y en el fondo, este artículo no pretende exponer ningún tipo de plan oculto, ni colonización, ni el reprobable accionar del mal llamado filántropo (si la motivación no es antropocéntrica, entonces el término filatropía está mal utilizado).

Efectivamente, creo que los problemas ambientales globales se deben a los factores señalados por FDE, con los cuales concuerdo casi en su totalidad (no me extenderé sobre ellos, pues están descritos de manera bastante clara):

  • La pérdida conocimientos, valores y éticas de comportamiento tradicionales que celebran el valor intrínseco y sagrado de la naturaleza y que dan la preservación de la Naturaleza una importancia primordial. En consecuencia, el posicionamiento de la superioridad humana por sobre otras formas de vida, como si nos tuviéramos garantizado el derecho por sobre la Naturaleza; la idea de que la Naturaleza está aquí principalmente servir al propósito y la voluntad humana.
  • El prevalecimiento de paradigmas económicos y de desarrollo del mundo moderno, los cuales dan importancia primordial a los valores del mercado, no a la Naturaleza. La conversión de la naturaleza en forma de mercancía, el énfasis en el crecimiento económico como panacea, la industrialización de todas las actividades, desde lo forestal a la agricultura y la pesca, incluso hasta la educación y cultura; la loca carrera por la globalización económica, la homogeneización cultural, acumulación de mercancía, urbanización y alienación humana. Todo esto es fundamentalmente incompatible con la sustentabilidad ecológica en una tierra finita.
  • Culto a la tecnología y una fe ilimitada en las virtudes de la ciencia; el paradigma moderno que desarrollo tecnológico es inevitable, invariablemente bueno y debe ser comparado con el progreso y el destino humano. A partir de esto, nos hemos quedamos peligrosamente no críticos, ciegos a los profundos problemas que la tecnología ha forjado, y en un estado de pasividad que confunde a la democracia.
  • Superpoblación en el mundo subdesarrollado y en el superdesarrollado, colocando cargas insostenibles sobre biodiversidad y la condición humana.

El accionar de Tompkins saca a relucir algunos asuntos que no son menores:

Efectivamente, la naturaleza se ha visto reducida a un bien de consumo, y el auge del Capitalismo ha sido, en gran parte, responsable de esta misma reducción a bien de consumo y posterior sobreexplotación y destrucción. No obstante, de no existir capitalismo ni libre mercado, iniciativas como la de Douglas Tompkins y la Foundation for Deep Ecology no podrían llevarse a cabo. Probablemente, la consolidación del capitalismo es un hecho inevitable, aun cuando los esfuerzos del populismo socialista estén direccionados para invertir esta situación y cambiarla por una preferencia hacia “lo público”. Las iniciativas privadas en favor de la preservación han sido más eficaces que las iniciativas públicas enfocadas en la conservación. El estado se ha mostrado incapaz y sobrepasado al asumir el rol de administrador de los recursos naturales, así como de desplegar castigos severos a quienes dañan el patrimonio (e.g., expulsar a un turista israelí de un parque por hacer fuego; expulsar a dos turistas israelíes por hacer fuego en un parqueobligar a un turista israelí a realizar planes de seguimiento luego de quemar 20.000 hectáreas; etc.).

Se ha asumido que la  naturaleza está al servicio de la voluntad humana, lo que ha repercutido negativamente en el medio ambiente. Sin embargo, aspirar a que el hombre europeo occidental se mantenga indiferente ante su entorno y sólo acepte los cambios y los embates de la naturaleza es algo utópico, un idealismo que se escapa de las decenas de miles de años de evolución durante el Paleolítico, que dotaron a éste de los rasgos que definieron su personalidad fáustica. Sin ir más lejos, en el hombre fáustico yace tanto la semilla de la destrucción del medio ambiente, como la semilla de la reconstrucción y salvación de la misma especie humana.

Dialógicamente, hay una estrecha relación entre la salvación humana y la destrucción humana. En el afán de salvar a la misma especie, se han elaborado medidas de adaptación que han permitido al hombre occidental sobrevivir ante cualquier escenario que le presente la naturaleza, para luego exportar el conocimiento y tecnología para que otros pueblos hagan lo mismo en sus respectivos lugares. Son estas medidas de adaptación diseñadas para salvar al hombre las que han estado atentando contra la naturaleza, poniendo el peligro la existencia del ser humano, destruyéndolo. En la destrucción del hombre, la intención inversa, entonces, puede revertirse el proceso que, surgido de la intención de salvarlo, lo está condenando a la destrucción.

En las propuestas planteadas por Pentti Linkola y Douglas Tompkins podemos notar cierto impulso fáustico, un afán de remediar el caos, restablecer un orden que se ha perdido, pero restablecerse desde el impulso humano, tomando protagonismo para reconstruir lo mismo que se ha destruido anteriormente. En dejar estar, en no tocar (es decir, decretar non-take areas), existe una voluntad activa, haciendo distinción con la mera indiferencia ante la situación global. Quizás aunque algo radicales y poco correctas, estas ideas de ecologismo profundo puedan, al conjugarse con una visión arqueofuturista, jugar un rol importante en un futuro cercano, sobre todo en un mundo donde se puede notar que progresivamente va cobrando relevancia el tema ambiental ya no como una curiosidad de unos pocos entusiastas “del verde”, sino como una necesidad extrema de asegurar un hogar para las generaciones venideras.

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