Patricio Villena

criollo 123

Ha pasado menos de un año desde que conmemoramos una vez más, en una reducida pero tremendamente simbólica actividad, el Día de la Raza, el día del comienzo de nuestra historia en nuestra tierra americana, conquistada  y colonizada por nuestros ancestros, y  trabajada con posterioridad por aquéllos que decidieron quedarse y perpetuar su linaje en la lejanía de nuestro nuevo hogar.

Sin lugar a dudas que, para nosotros, los identitarios australes, los del fin del mundo, aquellos orgullosos criollos que rigen su vida bajo la luz que nos brinda la Cruz del Sur, la conmemoración de la llegada española a las costas americanas es la mayor festividad que hoy en día resguardamos como tesoro; pero que esto no se malinterprete. No es un fetichismo por lo español, no es pleitesía a la corona hispana así como tampoco a su cultura o a la cruz ya que, como hemos dicho con  anterioridad, no somos hispanistas y la hispanidad no nos quita el suelo, toda vez que deja relegado y olvidado el aporte efectuado al constructo criollo por el resto de los pueblos europeos y porque así mismo se ha convertido (¿o siempre lo fue?) en la representación gráfica y material de aquéllos que posicionan a la cultura por sobre los genes, de aquello contra lo que luchamos. A final de cuentas, la hispanidad no es más que una cierta proto-globalización y, por lo tanto, asesinato sistematizado de Identidades.

Pero bien, la hispanidad es otro cuento y no es en lo que deseo centrarme ahora. Les dejo ese placer a todos aquellos que restringen su vida a un apellido, un idioma, una fe y un imperio.

Dicha actividad -–la conmemoración del Día de la Raza– no es posible restringirla a una mera remembranza más, ya que ella es –-o debiese ser– una manifestación real de la unión entre el pasado (bien lejano, por lo demás) con sus herederos en el presente, deseosos de que dicho legado sobreviva a las vicisitudes del tiempo y se propague hasta los anales del mismo; es una muestra de la tan manoseada conjunción entre pasado-presente-futuro que con frecuencia sale a colación.  La conmemoración del Día de la Raza es manifestación latente del alma henchida de orgullo de un  pueblo (la parte primordial del mismo, aquella que siente correr su sangre y no aquella que tiene secas sus venas) que se niega a morir y que lucha contra las mentiras e imposiciones del Sistema con el objeto de perdurar mientras los otros caen abatidos por la metralla homogeneizante postmoderna.

Sí, qué importante que resulta recordar a nuestros antepasados, reconocer su historia, que es la nuestra, valorarla y luchar por ella, pero no solo de recuerdos vive el hombre, no solo de palabras bonitas y fastuosos rimbombantes discursos.

Siempre hemos sido un pueblo que ha sobrevivido más allá de su cantidad, prosperando entre nuestra gente la calidad por sobre el número, lo que nos ha llevado necesariamente a que siempre seamos menos cuantiosos en comparación a otros pueblos con los que hemos o convivimos o cuando la hora de medir fuerzas toca nuestra puerta. A pesar de lo anterior, aquello, en la mayoría de los casos, no ha resultado ser óbice  para  salir airosos ante el choque con comunidades inmensamente superiores en número, ni tampoco ha sido obstáculo  para alcanzar niveles de desarrollo (más allá de que el propio desarrollo se genera según las necesidades que  cada comunidad determina según su entorno) que son pauta para el mundo  actual, deseoso de implantar un modelo monofocal de vida, en que los logros y males gestados en Occidente son exportados a todos los confines de la Tierra. El problema de lo señalado anteriormente es que nosotros ya no somos aquellos hombres y mujeres del ayer.

¿Dónde se encuentran atrapados los aventureros, guerreros, poetas, científicos, filósofos, intelectuales  y, más básico aun, padres y madres que a los que el ADN de nuestro pueblo dio vida en el pasado?  ¿Dónde ha quedado ese pueblo valiente, capaz de tomar las armas cuando el momento lo ameritaba, capaces de resistir y sobreponerse a los más terribles escenarios? La verdad, no lo sé, pero pareciera que cuando llegue el momento en que los necesitemos no estarán ahí para ayudarnos en la resistencia contra las hordas que hoy invaden Europa y contra los agentes del Sistema que buscan frenar cualquier atisbo de orgullo racial blanco que se interponga en su meta de crear una masa trabajadora parda, sin voluntad y sin libertad, sin vida.

Es que, como dije con anterioridad, ya no somos los del pasado. Ya no contamos con un espíritu capaz de sobreponerse a toda adversidad y (con tiempos de conflictos tocando a nuestras puertas) tampoco contamos con un grupo de guerreros capaces de dar la vida por su pueblo. A lo más encontramos entre nuestra juventud un puñado de fuertes e idealistas capaces de ofrendar su vida por su pueblo y por su raza, y que, lamentablemente, sabemos que cualquier resistencia por su parte significaría, cuando las cosas realmente se pongan oscuras, la muerte de los mejores  guerreros que quedan entre nuestra alicaída raza (obtendremos mártires a los cuales recordar, pero no resultados reales). Así mismo, podemos contar con un número no menor de trabajadores administrativos que, por un mero contrato, saben que su obligación laboral es luchar, pero, a su vez, sabemos que la letra chica  de dichos contratos señala que solo deben combatir  por aquello que los POLÍTICOS, manejados por los ECONOMISTAS, les ordenen… y todos sabemos que dicha gente –políticos y economistas- no son para nada cercanos a nuestros intereses genéticos –aquellos jóvenes que piensan que en la policía o ejército, más allá del conocimiento técnico que puedan adquirir, ayudarán a los suyos cuando sea necesario, tengan casi certeza de que aquello no será así.

Es bajo este nuevo escenario que se planta ante nosotros, donde el mestizaje es pan de cada día, donde el debilitamiento físico, mental y espiritual de nuestra juventud es cada vez más potente, donde vemos la tierra de nuestros ancestros invadida sin nadie más que unos cuantos jóvenes aun europeos capaces de defenderla, donde los blancos en el resto del mundo sienten poco o nulo apego por sus raíces, pero, por sobre todo, donde aquellos que quieren ver al hombre blanco arder son grupos organizados y fuertes, viriles e instintivos, cohesionados  y con la experiencia sobre sus hombros de una vida siempre cuesta arriba y, más importante aún, mucho más numerosos que nosotros, que ahora la natalidad, entre los nacionalistas blancos y entre la  masa blanca  zombie que tiene los mismos genes pero carecen de consciencia étnica, se transforman en un tema central en nuestro futuro próximo.

Durante las últimas décadas, las tasas de natalidad dentro de la población blanca han sufrido un decaimiento considerable, mientras que las tasas de  natalicios en grupos no-blancos  han aumentado progresivamente. Si bien antes existía, dentro de estos últimos, cierto equilibrio entre nacimientos y defunciones debido a precarias condiciones de vida, hoy vemos que gracias a los beneficios que ha traído la globalización y el capitalismo (de algún modo hay que mantener feliz al rebaño) las probabilidades de sobrevida se han disparado.

Mientras nosotros perdemos la vida procurando generar las mejores condiciones –económicas- para traer un niño al mundo, olvidando que no somos nosotros quienes conciben un bebé sino que es la Naturaleza quien en sus azares consigue dicho pseudo-milagro, mientras nosotros seguimos, tal vez inconscientemente, bajo la lógica de la estrategia K, aquellos grupos no-blancos, que ya nos superan ampliamente en número, siguen reproduciéndose como si viviesen aun bajo las precarias condiciones de vida que los llevaron a adoptar la estrategia r como modelo de supervivencia… el problema es que ya no mueren como antes.

Mientras nosotros seguimos actuando como si pariéramos menos pero mejor, cosa que ya no es tal puesto que parimos menos y  cada vez de  peor calidad, educando a nuestros niños según como nos enseña la corrección política actual, donde la vergüenza por lo propio y la sublimación de todo lo foráneo es central, ellos, los otros, los no blancos,  siguen pariendo más y más niños que se transformarán en paladines de la defensa de su comunidad contra los “opresores” y “salvajes” racistas, esclavistas y xenófobos “imperialistas” blancos. Porque sí, los jóvenes no-blancos que llegan a países blancos o donde hay una población blanca considerable  o que se planta como grupo dominante mas allá de su reconocimiento como blancos o no, también se ven afectados por este deseo del Sistema de querer que todos seamos una masa uniforme carente de cualquier elemento diferenciador que pueda crear unidad entre sus empleados, pero ellos jamás, a diferencia de la juventud blanca, olvidan que forman parte de una comunidad y  no de cualquier comunidad, si no que de una comunidad minoritaria (aunque sean mayoría debido a su concentración en determinadas zonas) oprimida y que debe todos sus males (siempre es más fácil culpar a otro) al terrible hombre blanco; comunidades que suelen tener su elemento de unión en el origen común.

Dentro de nuestra población,  gracias a la inmensa sabiduría de un Sistema que nos quiere destruir porque sabe que la raza blanca consciente y  organizada es la única capaz de hacer temblar su poderío que se sostiene en bases no muy sólidas (más  allá de cualquier apreciación ideológica, ya demostró la Alemania de los años 30 lo que es capaz de hacer un pueblo con un destino y objetivo común), se ha implantando la idea de que tener niños es un problema, que lo que debe primar es lo económico ante que la formación de una juventud sana por lo que nos limitamos a tener tan solo un bebé, que antes de todo está la formación académica y profesional individual  de los futuros padres, que abortar es una decisión personal  y algo normal y que es como ir a comprar dulces y que, por sobre todo, querer tener hijos blancos es prácticamente un crimen contra la humanidad. Es en este último punto, en el referente a tener hijos blancos, que me quiero centrar.

Sabemos, como bien dice Greg Johnson en su texto Genocidio Blanco (White Genocide)  que existen  “personas en posiciones de poder que están promoviendo políticas que saben que llevarán a la extinción de la raza blanca”, por lo que es, hasta cierto punto, comprensible y entendible que la mayoría de las personas de nuestra raza, luego de décadas y décadas de bombardeo mediático anti-blanco (el mantra “Anti-Racista es una palabra en clave para Anti-Blanco” puede sonar hasta idiota, pero es cierto) se hayan tragado todas las falacias que nutren la llamada “culpabilidad blanca”, llegando al absurdo de no querer traer más demonios al mundo absteniéndose de engendrar o realizando obras de expiación, como abrir las fronteras de sus países para que entre quién sabe qué por sus lindes o adoptando niños de otras razas (ellos no teniendo la culpa de nada) en lugar de adoptar a los abandonados o malaventurados de la propia.  Junto a los anteriores se haya otro grupo, aquellos que han optado por la corrección polítca y todo lo que ello implica. Desde travestis raciales que rebuscan algún indicio no claro de vinculación con alguna comunidad no-blanca para configurarse como miembros de dicho grupo (quienes probablemente lo consideren un idiota desfachatado) hasta mamertos que catalogan cualquier medida en pos del bienestar de su raza de nazi y genocida.

El primer grupo, aquellos que han creído la propaganda anti blanca, es un sector que con trabajo puede ser rescatable y que, hasta cierto punto, no son culpables de lo que les ha pasado; el segundo grupo, aquellos que conscientemente han optado por el camino anti-blanco, es un sector contra el que no queda más que el enfrentamiento, ya sea por las ideas o por otros medios, toda vez que no atienden a argumentos y su lógica, como buenos seguidores de la escuela de Frankfurt, responde a la mera irracionalidad. Pero existe un tercer grupo, que para mí es el peor y que no merece contemplación alguna: aquellos que conscientes de lo que son, que orgullos de su linaje, deciden abril las piernas o “meter su espada” donde no corresponde con consecuencias lamentables pasados nueve meses.

¿Cómo pueden aquellos decir que aman a su pueblo cuando le han dado la peor puñalada por  la espalda?

¿Cómo pueden aquellos luchar por su pueblo cuando han perdido la mayor de las batallas?

¿Cómo pueden aquellos hablar contra el multiculturalismo y la destrucción de las identidades cuando los despide con un beso cada vez que salen de su casa?

Si amas a tu pueblo, busca a una persona de entre tu gente, de preferencia que mantenga una cierta concordancia valórica, y hazla tu pareja; si deseas dar algo grande a tu pueblo como es tener un hijo, que éste sea capaz de perpetuar tu linaje y no que se transforme en la cierra que destroza la cadena; si quieres poder descansar tranquilo cuando te llegue el momento de partir de este mundo, que sea tu familia, aquella que te está despidiendo, el reflejo de la batalla que elegiste para tu vida.

No es tan difícil mantener las piernas juntas o el arma en el pantalón, no es tan compleja la elección que se debe hacer, más que mal te encuentras voluntariamente por esta senda.

No dejes que la calentura de unos cuantos minutos sea la carga que llevarás a cuestas toda tu vida, que sea la ola que no pudo tumbar nuestros barcos, la espada que no pudo atravesar nuestras corazas, la peste que no pudo dejarnos seis pies bajo tierra, la hambruna que acabó con nuestra historia.

Si quieres amar y luchar realmente por tu estirpe, que sea primeramente concibiendo aquella vida que nos permitirá seguir en la batalla o, a lo menos, no haciendo en este sentido todo aquello que crees incorrecto, cosa que cuando llegue cada 12 de Octubre puedas alzar orgullosamente la mirada.

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