Juan Pablo Vitali

He leído la entrevista hecha por el Círculo a Lucian Tudor, y por momentos las coincidencias me han parecido asombrosas, ya no intelectuales, que esas van y vienen, sino trascendentales, vitales. Fue como si descubriera de golpe, alguna ley esencial de la naturaleza que momentáneamente había olvidado.

Los hombres blancos de la periferia, somos una raza dentro de la raza. Sometidos a tensiones espirituales específicas, descendientes del último gran viaje iniciático de la estirpe, observamos desde la lejanía fenómenos que desde el viejo centro no pueden apreciarse, y el primer fenómeno es: ya no hay ningún centro. Esa verdad tan terrible para algunos, para nosotros es una buena noticia o en todo caso una noticia intrascendente. No existe nadie en la historia que haya hecho algo memorable, sin creer que es el mejor. En el fondo (o no tan en el fondo), nosotros estamos seguros de ser los mejores.

Como aquel Kurtz de Conrad  en el medio del África, no vemos al otro como algo extraño. Un negro es para nosotros, un ser humano con una identidad tan natural como la nuestra. No necesitamos el miedo ni la especulación para hablar con él. Nuestra naturaleza es ir de frente, y acaso eso sea lo que nos perjudica. El conquistador, el viajero, el pionero, no pueden darse el lujo del miedo. El miedo es un privilegio de la centralidad, de la distancia que se pone con las cosas cuando se tiene poder. Nosotros no tenemos poder ni creemos en la centralidad. Somos una legión de la más alta cultura devenida en tribu, en clan, si fuera necesario en horda. Porque la cultura no es la forma que se necesita adoptar para sobrevivir, sino la íntima convicción de la permanencia. Y no es el burgués apoltronado quien permanece.

El profundo Sur del hombre blanco es, como la secular frontera de choque rumana, como la vieja Virginia o la Sudáfrica boer, un hogar muy distinto de lo que se denomina la Europa Occidental. Somos romanos, pero in dejar de ser bárbaros. Tal es nuestro destino. Algún día esa “unidad de concepción” se convertirá en “unidad de acción”. Nosotros los periféricos, mantendremos la llama creadora y eso nos dará  centralidad en un sentido geopolítico acorde a los tiempos.  A veces perdemos hasta la lengua natal, como les pasó a los rumanos Emil Ciorán o Mircea Eliade, pero no perdemos por eso la capacidad de creación, algo ya muy escaso en la “centralidad” de Europa. Somos el punto de encuentro de grandes tensiones, de grandes espacios, somos el gran retorno a lo esencial. Aún tenemos espacios a conquistar, y sobre todo espacios interiores a desarrollar. La locura es hoy la única variable cercana a la realidad. Kurtz estaba loco, según decían, sin embargo era el único en comprender la realidad. Ciertos escritores dicen verdades que los políticos no pueden ver, se adelantan a su tiempo. Pero para que una verdad se escuche se necesita repetirla, en eso estamos.

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