Troy Southgate

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Aquellos de nosotros que valoramos nuestra identidad racial y cultural estamos justificadamente preocupados que grandes cantidades de migrantes económicos y refugiados están actualmente inundando Europa y parece justo decir que nuestro continente nunca será el mismo otra vez.

Hay varias maneras de reaccionar ante este problema:

  1. Oponerte físicamente a la presencia de estos recién llegados, al prepararte para años de atrincheramiento y conflicto racial;
  2. Depositar tu confianza en partidos y organizaciones que se oponen a la inmigración; o,
  3. Unirte a los liberales al renunciar activamente a nuestro patrimonio único y, por lo tanto, aceptar que estamos enfrentando la muerte lenta del genocidio étnico a través de un mestizaje a largo plazo.

Parece perfectamente claro para mí que ninguna de estas propuestas nos conducirá a una solución pacífica o agradable. Mientras tanto, la actitud de la Nueva Derecha a nuestro dilema actual es tan limitante como miope. De hecho, mientras que los semejantes a Guillaume Faye y Alain de Benoist han propuesto que busquemos preservar la civilización moderna, aplicando métodos de reforma, modificación temporal o interregno gubernamental, es esencial para los de la Derecha entender que tales objetivos ascienden a poco más que una obstinada negativa a aceptar el inevitable colapso de la civilización y a oler el café proverbial, pese a poseer la capacidad para identificar y explicar los signos de la descomposición, por tanto, las tácticas de tal gente son totalmente inadecuadas y la Derecha misma –incluso  aquellos que se estilan como “revolucionarios conservadores”– es simplemente un apéndice asediado y descontento que se encuentra ahora aferrándose con las yemas de sus dedos a los últimos vestigios de la infraestructura civilizacional. Vamos a ser claros en esto. No es una cuestión de luchar o huir, suspensión o conservación, optimismo o pesimismo, sino de honestidad y realismo.

Habiendo tomando sus nombres de las diversas tribus indoeuropeas que se establecieron aquí, las naciones de Europa ahora se han degenerado hasta tal punto que somos simplemente parte de una gran zona comercial. Una hinchada vaca lechera para los bancos y las corporaciones, si se quiere, que ahora llena nuestras tierras con las futuras hordas de un desarraigado y desplazado Homo economicus.

Como resultado, para nosotros se ha vuelto completamente anticuado y sin sentido retratar a Europa como un continente que –en palabras de Jean Thiriart– se extiende desde Galway a Vladivostok. Europa estaba originalmente compuesta por europeos, como Francia estaba compuesta por personas de acervo nórdico, alpino y mediterráneo, o las islas británicas fueron colonizadas por celtas, anglosajones y vikingos; pero éste no es el caso. Esos pueblos continúan, por supuesto, nada menos que en la sangre que corre por nuestras venas, pero varias décadas de mezcla racial –con muchas más por delante– significan que Europa ya no es exclusivamente europea.

Los globalistas están haciendo su mejor esfuerzo para redefinir lo que significa ser ‘Europeo’ en conjunto, reemplazando afanosamente la etnicidad con la noción más transitoria de ciudadanía, y también debemos preocuparnos de un mundo rápidamente cambiante. Está claro que alguien de origen africano o asiático no se puede descrito con exactitud como ‘sueco’, ‘italiano’, ‘español’ o ‘griego’. Claramente, el hecho de que un individuo nazca en un país en particular no los hace idénticos a los habitantes indígenas que han estado allí por muchos siglos y que otorgaron su nombre al territorio en primer lugar. Lo orgánico siempre debe tener prioridad sobre lo contractual. Europa, por lo tanto, no debe ser vista como un pedazo de territorio y el tiempo ha llegado para enfrentarse a la realidad y aceptar que tenemos que crear cientos de ‘mini-Europas’ centrados en nuestra propia identidad y valores.

Donde estarán estos nuevos enclaves, sólo el tiempo lo dirá, pero a menos que creemos nuevas patrias separatistas – incluso aldeas–  nuestros hijos, nuestros nietos y nuestros bisnietos pasarán a formar parte del creciente caos cosmopolitano que nos arrastrará en su órbita desastrosa y nos erradicará así como pueblo. Estamos, sin lugar a dudas, frente a gran adversidad, pero ahora es el momento de ser positivos. Si bien es cierto que cada pueblo necesita una tierra a la cual llamar propia, Europa prevalecerá dondequiera que haya europeos. Es momento de reagruparse. Nos hemos adaptado antes y lo haremos otra vez. Raza es nación y nación es raza.

Traducción por Francisco Albanese.

Entrada original: http://www.national-anarchist.net/2015/09/those-who-value-racial-and-cultural.html

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