Francisco Albanese

Cada defensor de una idea tratará de hacer que ésta prevalezca por sobre las otras, o que al menos sea escuchada por todos hasta que, fruto de sus esfuerzos y sus argumentos, alguna persona la capte, la abrace y también se vuelva defensora de esa idea. De hecho, el fin de defender una idea, es decir, externalizarla de la realidad individual para volverla pública, primero entre los más cercanos y luego a los más lejanos, es lograr que otros sufran una transformación desde un estado inicial hasta un estado de convencimiento respecto de una idea en particular. Posteriormente a esta transformación, el individuo convertido, tal como el mecanismo de un virus, pasará a replicar la información, buscando infectar a otros.

En todo este proceso, la coherencia y fortaleza argumental del emisor se vuelven la diferencia vital entre aceptar o rechazar la idea por parte del receptor. La calidad de la información se volverá la diferencia entre la prevalencia o la desaparición del virus.

De todos los argumentos, el argumento científico siempre será el que tenga más peso, ya sea porque presenta evidencias surgidas de estudios, o por la alta valoración y aprecio por la ciencia y la tecnología en el mundo moderno. Por esta razón, y pese a no ser infalible, el recurrir al argumento científico es una buena manera de otorgar validez a la idea que se defiende, como también puede ser una ayuda para destruir el argumento contrario.

La raza y sus diferencias es un tema candente para algunos, tanto para defensores de la mantención de estas diferencias como de los detractores que sueñan con borrar las barreras (o al menos relativizarlas), y podría reconocerse que, cuanto menos, el tema de la existencia de las diferencias raciales es un tópico que no deja a nadie indiferente o sin opinión. Un tema así, si bien su motivación primaria se debe, en la mayoría de los casos, a una cuestión sentimental y de principios, en caso de ser defendido, necesita argumentos mucho más sólidos, contundentes y coherentes que los argumentos que busquen eliminar las diferencias.

Quienes reconozcan la existencia de las razas pero sean contrarios a la diferenciación racial, no necesitarán argumentos más grandes que sus motivaciones, es decir, el acabar con la diferenciación, por ser una forma de discriminación. Ante esto, basta con promover las mezclas para acabar con la diferencia, el principal enemigo de la igualdad. El mundo moderno o, más exactamente, el área bajo la hegemonía del Primer Mundo, adora la corrección, adora el bien común (que vino a sustituir al bien supremo), y rechazará cualquier cosa que, para la ideología del bien común, promueva la diferencia, pues la diferencia es discriminación, y la discriminación es un combustible para el odio.

Una falla clásica pero rotunda de los defensores no científicos del diferencialismo racial, es la de ejemplificar estas diferencias usando a animales de distintas especies para graficar, de mejor y más clara manera, sus argumentos en favor del diferencialismo. Es así como relaciones interraciales entre negros y blancos pasan a ser ejemplificadas usando, por decir algo, perros y gatos respectivamente.

Usualmente, cuando estos argumentos son escuchados por receptores que no tienen mayor formación científica, logran comprender la analogía y, muchas veces, le encuentran la razón al emisor en su argumento. Por otro lado, cuando estos argumentos son recibidos por un receptor con una formación científica un poco más informada que la media, también logra comprender la analogía, pero si el receptor no sólo está más informado, sino que, además, es detractor del diferencialismo, hará uso de un sencillo argumento científico para destruir las pretensiones del defensor de la idea: negros y blancos pertenecen a una misma especie y son capaces de reproducirse entre sí, perros y gatos corresponden a especies distintas, incapaces de procrear en el caso de copular. Un argumento destruyó al otro: el detractor tiene la razón en la batalla argumental.

Analizando la falla, el ejemplo dado corresponde en realidad a una relación interespecífica, pues son dos especies distintas, mientras que la relación que trataba de ejemplificarse correspondía a una relación interracial, es decir, intraespecífica, pues ocurre dentro de la misma especie. Tanto las relaciones interraciales, es decir, que ocurren entre dos razas, como las relaciones intrarraciales, es decir, que ocurren dentro de una misma raza, se clasifican dentro de las relaciones intraespecíficas, pues las cruzas en ambas situaciones resultan en individuos fértiles.

Un error de ejemplificación puede ser fácilmente destruido si es tomado ad litteram y luego reducido ad absurdum, puesto que la ridiculización no proviene del contraargumento del receptor, sino del argumento del emisor. Sin embargo, superando un poco las complejidades sociológicas y antropológicas de las relaciones interraciales (e interétnicas, también), puede distinguirse que las relaciones desnudas que subyacen a estas interacciones son manifestaciones complejas de las relaciones intraespecíficas puras y duras.

Las relaciones intraespecíficas posibles no son muchas, a saber: competencia y asociación.

En la competencia, dos individuos, o dos grupos de individuos, pueden competir por los recursos que ofrece el medio; por la posibilidad de reproducirse, y por la dominación del territorio.

Al igual que dos grupos de chimpancés pueden combatir a muerte por capitalizar la disponibilidad de recursos (por ejemplo, comida y agua), hallazgos arqueológicos han demostrado que en el Paleolítico y el Neolítico se produjeron verdaderas razias (o limpiezas étnicas) donde tribus y aldeas completas (hombres, mujeres, ancianos y niños) fueron masacradas sin piedad por el hecho de considerarse amenazas para la supervivencia de otra tribu, la que veía mermada sus oportunidades para alimentarse (aritmética básica) (Más información: Keeley, L. H. 1996. War Before Civilization. Oxford University Press). Hoy por hoy, no estamos tan alejados de la competencia por el acceso a los recursos: no es necesario atestiguar una guerra multinacional por petróleo, sino que basta ver las reivindicaciones por tierras ancestrales, las que si bien pueden no ser explotadas en términos monetarios, su atribución simbólica y cultural también es una modalidad de explotación, tal vez menos invasiva, pero no menos antropocéntrica.

La competencia por dominación del territorio puede tener dimensiones tangibles e intangibles. Una dimensión tangible sería la sencilla erradicación de poblaciones de un suelo en común en un momento dado. Dicho suelo en común en algún momento pudo haber estado dominado por un grupo A, para luego aparecer un grupo B y comenzar a apoderarse del espacio físico. Por lo general, estos conflictos de intereses son resueltos por medio de la violencia entre los grupos, mientras que los defensores del igualitarismo (o detractores del diferencialismo) promueven las cruzas entre los grupos para fortalecer la unión y eliminar las diferencias. El problema con esta solución es que la diferenciación racial, es decir, la naturaleza, actúa como un flujo conducente a la especificidad. Probablemente, si esta diferenciación siguiera su curso natural, las distintas razas humanas podrían algún día volverse especies distintas, no siendo posible ya que su cruza genere individuos fértiles. La diferenciación racial, por otro lado, permite que ciertas características (como por ejemplo, algunas enfermedades, algunas características psicológicas, etc.) se vayan aislando y siendo cada vez más específicas para algunos grupos.

Que en América interactúen razas derivadas de Oriente, grupos blancos europeos y afrodescendientes es debido a causas que trascienden la naturalidad de las migraciones del Paleolítico, sino que muchos de estos movimientos humanos han estado motivados primero por afanes imperialistas, de dominación, esclavitud, y luego por una negativa mezcla entre el capitalismo de las grandes corporaciones y la intelectualidad izquierdista pro-inmigración, como es el caso de las oleadas migratorias hacia Europa en las últimas décadas.

Una dimensión intangible, o no tan tangible como el territorio mismo, es la dimensión cultural. En el Cono Sur podemos distinguir claramente una dominancia cultural europea, pese a que la población blanca no sea mayoritaria. El avance de esta dominación puede avanzar hasta el nivel en que los grupos humanos ajenos a esa cultura dominante terminen por olvidar completamente sus propias creaciones, y reivindiquen las creaciones de la cultura dominante. La dominación puede no ser sólo física, sino que también cultural.

En la asociación, los individuos se agrupan para obtener beneficios derivados del trabajo en conjunto. Este tipo de relación ha sido fundamental para la supervivencia humana, pues de esta manera se optimizado el esfuerzo de caza y la obtención de alimentos, reproducción, protección del perímetro, y la protección de las crías. En efecto, la diferenciación racial y étnica ha estado íntimamente relacionada con la asociación, ya que una agrupación de individuos permite la permanencia de cierto acervo genético, que puede manifestarse tanto en los fenotipos como en las costumbres, comportamientos, lenguas y saberes del grupo humano.

Ahora bien, surge la pregunta políticamente correcta: si tanto la competencia como la asociación son relaciones intraespecíficas, ¿por qué, entonces, no podría existir una asociación multirracial, si es que el trabajo en conjunto puede reportar beneficios? En una teoría desnuda, y sin más variable a considerar que la pertenencia a la especie humana, esto podría ser posible. No obstante, las asociaciones anteriores (producidas y reforzadas recursivamente durante decenas de miles de años) han provocado que en el presente los grupos humanos, aun a pesar de poder producir cruzas fértiles al mezclarse los grupos entre sí, presenten intereses distintos, comportamientos distintos, y modos de ser distintos. Efectivamente, todas las personas somos distintas en intereses, comportamientos y modos de ser, pero si analizamos el asunto mediante una generalización, podremos ver que a pesar de existir una diversidad a nivel de individuos, los grupos humanos (tanto etnias como, con mayor razón, razas) manifiestan tendencias a ciertos intereses, comportamientos y modos de ser, algo suficiente para hacer una caracterización.

Y si la caracterización racial es sólo una construcción social y no tiene nada que ver con los genes, dejemos, entonces, a un dálmata o a un cocker o a un pugh cuidando de nuestra casa pues, después de todo, todos son perros, ergo, todos se pueden comportar  igual a la hora de confiar la seguridad en ellos.

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