Francisco Albanese

Posteriormente a leer la nota “Lecciones desde Har Tsiyyon”, con la que concuerdo prácticamente en todo (de hecho, en otros artículos he abogado por la revisión de los métodos que han adoptado las organizaciones judías y sionistas, no tanto en la forma, sino en el fondo), y difiero en otros puntos, creo que es importante aclarar un punto, para evitar malas lecturas.

Villena decía en un párrafo:

(..) será siempre preferente tener a los nuestros educando a nuestros hijos, a los nuestros representándonos ante los tribunales de justicia, a los nuestros en los cuerpos de seguridad y fuerzas armadas, a los nuestros en las instituciones bancarias, a los nuestros ocupando un escaño en el congreso o algún puesto en el ejecutivo.

Esta forma de estrategia de discriminación positiva apunta claramente a la preferencia de unos por sobre otros, donde los unos actuarían no en desmedro de los otros, como quisiera dar a entender el discurso universalista igualitario, sino en favor de los suyos, es decir, de los nuestros.

Pero, ¿quiénes serían los nuestros?

Si analizamos el asunto genotípicamente, encontraremos personas que fenotípicamente podríamos incluir dentro de los nuestros, que pueden verse como nosotros, e incluso hasta podrían pertenecer a una raíz común con nosotros y, probablemente, podrían cooperar con el futuro que buscamos construir. Pero esta gente carece de una cuestión esencial para serlo: ninguno de ellos se sabe parte de nosotros, y ninguno de ellos nos reconocería a nosotros como sus semejantes, puesto que, desde su mentalidad dominada por un componente universal y universalista, nosotros somos parte de todo, no distinguiendo dónde empieza una identidad y dónde empieza otra.

El pueblo judío ha sabido triunfar mediante el reconocimiento recíproco de su gente, que es algo esencial para que las relaciones sean beneficiosas. En cambio, todo el resto el mundo que se encuentra sometido bajo una filosofía universalista, sólo ve al Todo, y por lo tanto ve sólo la Nada, incapaz de asumir la diferencia como una realidad y, acto seguido, comprender el sentido de pertenencia desprendido de esa diferencia.

Contrarrestando al Universalismo, el pueblo judío ha sabido comprender que esta idea debe aplicarse a todos, excepto a ellos, defendiendo su particularidad y lo que los hace distintos. No aceptan que nadie más que ellos determine su futuro, y son celosos respecto de sus asuntos internos. A ningún no-judío se le debe permitir influir en su destino, pues su supervivencia deje ser resguardada por ellos. Aclaro que entiendo perfectamente que no entiendo al pueblo judío como un hecho racial ni como un hecho étnico, pero su identidad, para ellos, funciona como ellos lo determinan.

Los nuestros, junto con serlo y parecerlo, deben también sentirlo. En el sentir lo que se es y lo que se parece se traza la línea que necesitamos para diferenciarnos a nosotros de ellos (todo el resto). Si alguien no se siente parte de algo, no sentirá a ese algo como parte de sí, y, por tanto, no podrá defenderlo porque no comprenderá los límites entre lo particular y lo universal. Y es en lo Universal que las identidades particulares se ven sacrificadas en el crisol del Dios de la Nada.

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