Francisco Albanese

Ya parecía algo extraño que siendo Guillaume Faye uno de los pensadores más citados en este espacio, no hubiera ninguna reseña de su obra — cada vez más llena de sentido — L’Archéofuturisme, que en español se traduciría como El Arqueofuturismo. Publicado originalmente en 1998, en esta oportunidad es revisada la primera edición en inglés, editada por Arktos Media en 2010, con pies de página de John Morgan y prologada por Michael O’Meara (“Toward the White Republic”, Counter-Currents Publishing; que seguramente revisaremos en algún futuro cercano).

Como ya casi todos estamos familiarizados con lo que es el GRECE y con la escuela de pensamiento desde donde aparece Guillaume Faye, me saltaré la parte donde se hace un recuento de la vida y obra del autor, que para este efecto poco importa realmente.

Cada vez que oímos sobre tradición (o, sobre todo, de Tradición, donde la mayúscula le da cierta categoría especial), nuestra mente dibuja un período con grandes sagas llenas de honor, costumbres ancestrales, belleza, grandiosidad, altos momentos del arte, letras maestras, luchas con espadas, hechizos mágicos (no, eso no, eso lo copié de “La Bella y la Bestia”), pero también se nos viene a la mente un mundo donde todos se acuestan apenas se pone el sol, las mujeres están relegadas a coser a mano en un rincón, nos iluminamos con velas, las mujeres llegan vírgenes al matrimonio, y todos nos vestimos con cuellito piqué, chalequitos amarrados al cuello aspirando a ser padres ejemplares de niños que corren descalzos por parajes dignos de la “La Novicia Rebelde”. No alagaré más la lista, pero es obvio que hablo de un mundo que sería bastante aburrido y alejado de lo que vivimos actualmente. Particularmente, uso un computador para escribir, voy al cine de vez en cuando y escucho discos compactos, cosas bastante modernas que digamos.

En contraposición a todo esto está el Arqueofuturismo.

El primer capítulo del libro nos hace una introducción a la Nouvelle Droite actual, explicándonos las razones del decremento de su influencia en la sociedad francesa, donde desde un pasado en el que cada número de Éléments golpeaba a la sociedad y donde GRECE era una voz que se hacía escuchar en los medios de comunicación (al tiempo que criticaba con fuerza a los medios mainstream), la Nouvelle Droite ha pasado a ser casi sectaria y eclipsada por la indiferencia. Interesante análisis del declive del GRECE al tiempo donde el Front Nationale comienza a crecer con fuerzas.

Uno de los alcances importantes en el primer capítulo, es aquel de entender que el alma artística europea no está solo en las antiguas figuras talladas en madera, sino también hoy, en construcciones tan diversas como los automóviles Ferrari o en cohetes espaciales.

Segundo capítulo: aquí comienza la catástrofe. El Arqueofuturismo demanda de un pensamiento radical, que puede sacudir la inercia y hundirla en el caos, algo así como el “filosofar a martillazos” de Friedrich Nietzsche. En efecto, el pensamiento radical integra los riesgos y los errores inherentes a todas las actividades humanas.

Guillaume Faye sitúa al Arqueofuturismo como la cosmovisión de un nuevo orden surgido a partir del caos (una convergencia de catástrofes), es decir, una idea para el mundo de la era post-catastrófica. En esta convergencia de catástrofes se harían partícipes la metástasis de la fábrica social europea, la crisis económica y demográfica europea, el caos del Sur (es decir, los países no blancos, exceptuando quizás China y Japón), la crisis económica global, el surgimiento del fanatismo religioso fundamentalista, la confrontación entre el Norte y el Sur en materias teológicas y étnicas, la contaminación del planeta, y la proliferación de armamento nuclear en países asiáticos. Todas estas catástrofes que estarían convergiendo serían el resultado de ciega confianza de la modernidad de creer en los milagros.

Una vez que la modernidad como tal (junto con todos sus mitos) colapse, se abriría paso el Arqueofuturismo como cosmovisión, donde la esencia del arcaísmo (que correspondería al “fundamento”, al “comienzo”) consiste en una médula inmutable estaría reconciliada con las formas que se vayan adoptando de acuerdo a los tiempos, es decir, la esencia del futurismo. Esto es importante, porque quita la idealización y nostalgia clásica casi ‘steampunk’ y algo luddita de los cercanos al tradicionalismo y se atreve a mirar a la ciencia y la tecnología como parte del alma europea, sin la diabolización típica de la tecnología, algo así como un ‘cyberpunk’ pero con valores tradicionales. De forma independiente a las ridículas comparaciones que acabo de hacer, podemos ver en la novela sci-fi Dune de Frank Herbert y en novelas gráficas tales como El Incal y Los Metabarones (de Alejandro Jodorowsky) referencias claramente arqueofuturistas, en la que un sistema de valores tradicionales que se remonta al pasado es transversal a un universo de tecnociencia que avanza hacia el futuro.

El Arqueofuturismo comprende que las formas son dinámicas y que avanzan conforme a la naturaleza del alma fáustica europea, y que el arte puede ser expresado a través de la tecnología, ya que el alma europea es de creación e invención permanentes, pero cuya dirección y valores deben permanecer fieles a la tradición. Arcaísmo y Futurismo serían, entonces, una alianza filosófica entre lo apolíneo y lo dionisíaco, alianza que sería abordada sin las objeciones morales inherentes del Tradicionalismo (atención a la mayúscula) ni el cuestionamiento de lo insignificante, propio de la modernidad.

Si pudiéramos hablar de una modernidad — o, mejor dicho, una Edad Moderna — no progresista eso sería algo parecido al Arqueofuturismo. Aunque, como ya sabemos, el advenimiento de la Modernidad era un hecho prácticamente inevitable, y Europa necesitaba despedazarse contra un muro para comprender que la idealización del ser humano puede ser más despiadada y peligrosa que los abusos sobre el Tercer Estado.

Para hacer la comprensión más amena, el último capítulo de Arqueofuturismo es un relato (ficticio, por supuesto) de tiempos arqueofuturistas (2073), donde se ilustra cómo sería un futuro posterior a la convergencia de catástrofes y al establecimiento del nuevo orden surgido a partir del caos. Como dato interesante para los lectores chilenos, este relato guarda cierto parecido al mundo surgido luego de “la Gran Catástrofe”, idea surgida en las páginas de los cómics de Ogú, Mampato y Rena (de guión y lápices del maestro Themo Lobos), sólo que sin tanto tribalismo prehistórico futurista a lo Mad Max o Carnivore (“Thermonuclear Warrior”, “World Wars III & IV”).

Finalizando esta reseña, hago una mención a la cubierta del libro, donde podemos ver a un hombre europeo (y bastante atlanto-mediterráneo, dicho sea de paso) en medio de una plantación de trigo, contemplando unas construcciones inmensas, muy en la sintonía del futuro que hemos imaginado luego de una hecatombe (ver el final de Interstellar, de Christopher Nolan).

PS. Como dato anexo, si alguien lee a David Myatt, lo planteado en El Arqueofuturismo es muy parecido a la idea de conquista del Espacio basado en un sistema ético y códigos de honor, que planteara el poco comprendido autor británico.

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