Francisco JavGzo

Baruch Spinoza, filósofo neerlandés: "No importa qué tan delgado lo cortes,  siempre habrá dos lados" - Mejor con Salud

Hay conceptos filosóficos cuya aparente simplicidad oculta toda una metafísica. El conatus de Spinoza es uno de ellos. A primera vista, podría parecer que significa poco más que el instinto de autoconservación: todo ser intenta continuar existiendo y resiste aquello que amenaza con destruirlo. Sin embargo, la formulación de Spinoza va mucho más allá de la mera supervivencia biológica. El conatus no es un impulso adicional que posee un ser ya constituido; es la esencia activa mediante la cual ese ser existe. Designa la afirmación interna de toda cosa finita, la potencia mediante la cual mantiene su organización característica, entra en relación con otras cosas y se esfuerza por aumentar su capacidad de actuar.

Esta doctrina ofrece un posible fundamento ontológico para interpretar el dinamismo de las civilizaciones. Si todo individuo finito expresa su esencia mediante un esfuerzo particular de perseverancia, y si los individuos complejos pueden estar compuestos por muchos cuerpos que actúan conjuntamente, entonces las comunidades históricas también pueden entenderse —cuidadosamente y por analogía— como composiciones organizadas de potencia. Sus religiones, instituciones, formas artísticas, tecnologías y ambiciones políticas aparecerían entonces como modos históricamente específicos de persistencia y no como adornos culturales arbitrarios. Desde esta perspectiva, el alma fáustica de Oswald Spengler puede leerse como una manifestación civilizatoria particular del conatus universal: el esfuerzo occidental por perseverar mediante la expansión, la trascendencia, la transformación técnica y la superación de límites.

La esencia actual de la cosa finita

La formulación clásica aparece en la Parte III de la Ética: “Cada cosa, cuanto está a su alcance, se esfuerza por perseverar en su ser” (Spinoza, 1994, E3p6). La proposición siguiente radicaliza la afirmación: este esfuerzo “no es nada más que la esencia actual de la cosa misma” (E3p7). El conatus, por tanto, no debe imaginarse como un instinto añadido a una sustancia por lo demás pasiva. Una cosa no adquiere el deseo de conservarse después de haber sido constituida; su propia actualidad consiste en el ejercicio de una potencia determinada.

Esto se desprende de la metafísica más amplia de Spinoza. Existe una sola sustancia infinita, Dios o Naturaleza, mientras que los seres particulares son modos finitos mediante los cuales se expresa la potencia de la Naturaleza. Una cosa finita no es una sustancia independiente situada fuera del orden de la causalidad. Es una organización temporal pero real de potencia dentro de ese orden. Su existencia es, por consiguiente, activa y relacional: persiste únicamente en la medida en que mantiene la estructura que la convierte en el individuo particular que es.

Se han rastreado precedentes importantes de esta doctrina en Gersonides, quien vinculaba la forma de una cosa con la fuerza natural mediante la cual preserva su existencia. De manera semejante, Spinoza identifica el conatus tanto con la esencia como con la potencia, integrándolo en un sistema radicalmente inmanente en el que la potencia de los seres individuales expresa la potencia de la propia Naturaleza (Harvey, 2012).

La doctrina, por consiguiente, va más allá de la preservación de la existencia desnuda. Un individuo complejo sigue siendo él mismo manteniendo una relación característica entre componentes que cambian continuamente. Un cuerpo humano intercambia materia con su entorno, experimenta modificaciones, sana, envejece y se adapta. Su continuidad reside en una relación organizada de movimiento y reposo, no en la inmovilidad material. El conatus de un ser semejante es, por tanto, el esfuerzo por preservar una forma mediante la transformación.

Las implicancias históricas se desprenden directamente de esta concepción. Perseverar no implica necesariamente conservadurismo en el sentido político ordinario. Un ser puede preservarse cambiando: abandonando una estructura obsoleta, incorporando un elemento externo, formando una alianza o desarrollando una nueva capacidad. La identidad puede, bajo ciertas condiciones, exigir metamorfosis.

Más allá de la inercia mecánica

Una interpretación influyente identifica el conatus con una versión metafísica de la inercia. Spinoza conocía el principio cartesiano según el cual un cuerpo tiende a permanecer en su estado existente. Desde esta lectura, todo modo finito continúa en su determinación presente a menos que sea desplazado por una causa externa más fuerte.

Existe cierto fundamento textual para esta interpretación. Spinoza insiste en que una cosa no puede contener dentro de su propia esencia la causa de su destrucción. La destrucción debe provenir de una potencia externa que altere su relación constitutiva. Sin embargo, el conatus es más rico que la mera continuación mecánica. Se ha sostenido que el esfuerzo de los seres complejos incluye tendencias hacia condiciones que aumentan su actividad. Una mente no se limita a continuar pensando aquello que ya piensa; se esfuerza por imaginar cosas que aumenten la potencia del cuerpo y por excluir ideas asociadas con aquello que la disminuye (Carriero, 2011).

La investigación reciente ha distinguido, en consecuencia, entre interpretaciones inerciales, imitativas y reflexivas de la doctrina. La interpretación inercial enfatiza la reproducción de un estado existente. La interpretación imitativa subraya que el deseo humano se orienta hacia objetos mediante los encuentros con otros. La interpretación reflexiva permite que la razón y la autocomprensión reorganicen el deseo y transformen así la manera en que un individuo persevera (Knio, 2024).

El conatus no dicta un comportamiento fijo; puede sostener múltiples lógicas de acción. Su esfuerzo es universal, mientras que sus objetos concretos se forman histórica y socialmente. Los seres humanos buscan aquello que imaginan que aumentará su potencia, y esa imaginación está configurada por la educación, las instituciones, la imitación, la memoria y los afectos colectivos. El dinero, la gloria, la salvación, el territorio, el conocimiento, el dominio tecnológico y la continuidad comunitaria pueden convertirse en objetos hacia los cuales se orienta el deseo.

El mismo esfuerzo universal puede producir, por tanto, conductas radicalmente distintas. Una persona puede preservarse mediante el retraimiento, otra mediante la dominación, otra mediante la comprensión intelectual y otra mediante la cooperación. El principio común no elimina la singularidad; adquiere una forma singular mediante el encuentro entre la constitución de un ser y su entorno.

Deseo, alegría y aumento de potencia

En los seres humanos, el conatus aparece como voluntad cuando se refiere a la mente, como apetito cuando se refiere conjuntamente a mente y cuerpo, y como deseo cuando el apetito se vuelve consciente (Spinoza, 1994, E3p9s). El deseo, por tanto, no es una deficiencia medida frente a un bien trascendente. Es la expresión consciente del esfuerzo del individuo.

Aquí se invierte el razonamiento moral tradicional. No deseamos algo porque primero lo reconozcamos como bueno; lo llamamos bueno porque lo deseamos. El valor surge de la relación entre un objeto y nuestra potencia de actuar. Algo es útil cuando se compone favorablemente con nuestra constitución y dañino cuando descompone o debilita esa constitución.

La alegría y la tristeza corresponden a cambios en esta potencia. La alegría es el tránsito hacia una mayor perfección o capacidad de acción, mientras que la tristeza es el paso hacia una menor. La cuestión ética concierne a los efectos reales del deseo: si aumenta la potencia del individuo y conduce hacia una mayor actividad, y no si se ajusta a una ley impuesta desde fuera de la Naturaleza.

Spinoza distingue aquí entre afectos pasivos y activos. Los afectos pasivos surgen cuando somos solo una causa parcial de lo que sucede en nosotros. Somos movidos por fuerzas cuya naturaleza comprendemos de manera inadecuada. Los afectos activos surgen de ideas adecuadas y de acciones que se siguen más plenamente de nuestra propia naturaleza. La libertad no significa escapar de la causalidad; significa actuar a partir de una comprensión más adecuada de las causas que nos constituyen.

El desarrollo de esta doctrina en la filosofía madura de Spinoza ha sido interpretado como una revisión importante de la relación entre conocimiento y afecto. El conocimiento adecuado por sí solo no supera automáticamente la pasión. Un afecto solo puede ser vencido por otro afecto contrario y más fuerte. La comprensión racional se vuelve efectiva cuando reorganiza el deseo y genera una orientación activa más poderosa (Sangiacomo, 2016).

La vida racional es, por tanto, el perfeccionamiento del esfuerzo. La razón no extingue el conatus; permite al individuo distinguir entre aumentos aparentes de potencia y aumentos genuinos.

El problema de la teleología

El lenguaje del esfuerzo puede parecer teleológico. Si una cosa se esfuerza por preservarse, ¿actúa en función de una meta futura?

Esta cuestión ha generado un importante debate en los estudios sobre Spinoza. Spinoza rechaza célebremente las causas finales. La Naturaleza no actúa de acuerdo con propósitos modelados sobre la intención humana. La lluvia no cae para que crezcan los cultivos ni los ojos son producidos con el fin predeterminado de ver. Tales explicaciones proyectan los deseos humanos sobre la Naturaleza.

Una crítica influyente sostiene, por consiguiente, que la derivación del conatus corre el riesgo de reintroducir la teleología que Spinoza rechaza oficialmente. El paso desde la afirmación de que las cosas resisten su destrucción hasta la afirmación más fuerte de que buscan aquello que favorece su conservación puede parecer atribuir propósitos orientados hacia el futuro a los seres naturales (Bennett, 1983).

Otras interpretaciones defienden una teleología limitada o inmanente: los seres finitos poseen tendencias características sin estar dirigidos por un propósito cósmico externo.

Una lectura más clara separa el comportamiento orientado a fines de la causalidad final trascendente. Un ser vivo puede estar organizado de tal manera que busque alimento, evite peligros y repare lesiones. Estas tendencias se siguen de lo que el ser es actualmente y no requieren suponer que la Naturaleza lo diseñó conforme a un propósito preexistente.

El conatus es la operación presente de una esencia cuya actividad tiene consecuencias direccionales, y no la búsqueda de un estado futuro ideal impuesto desde fuera. Una cosa no recibe su propósito desde el exterior; su modo de esforzarse se despliega desde su propia constitución.

Composición, cooperación y poder político

Como los seres humanos son finitos, ninguno puede preservarse por sí solo. Cada uno depende de innumerables cuerpos externos. El problema central de la existencia es, por tanto, un problema de composición: ¿con qué seres puede un individuo formar relaciones que preserven y aumenten su potencia?

La filosofía política de Spinoza se desarrolla a partir de esta condición de dependencia. La asociación humana pertenece plenamente a la naturaleza, pues los individuos coordinados pueden realizar aquello que el aislamiento vuelve imposible. Cuando los cuerpos se combinan en una relación estable, forman un individuo compuesto más poderoso.

La razón revela que otros seres humanos se encuentran entre las cosas más útiles disponibles para la humanidad. La cooperación puede aumentar la capacidad de todos los participantes. Sin embargo, las comunidades políticas normalmente no se fundan únicamente en la razón. Surgen a través de temores, esperanzas, memorias y deseos comunes. Las instituciones organizan estos afectos y producen una potencia común relativamente estable.

La multitud puede interpretarse así como una expresión política del conatus: las potencias individuales no desaparecen dentro del colectivo, sino que componen una capacidad compartida de acción (Fallas Vargas, 2004). El Estado puede, por consiguiente, entenderse como un esfuerzo organizado de perseverancia. Busca estabilidad interna, protección frente a enemigos externos, continuidad jurídica y reproducción de las condiciones de las que depende su poder.

Pero un orden político puede malinterpretar sus propios intereses del mismo modo que un individuo. Un Estado gobernado predominantemente por el miedo puede preservar la obediencia mientras debilita la iniciativa y la confianza social. Un imperio puede expandirse hasta que su expansión destruya las bases materiales o institucionales de su poder. Una civilización puede perseguir el poder tecnológico mientras disuelve las relaciones comunitarias que originalmente hicieron posible ese poder.

El conatus no garantiza una autoconservación exitosa. Explica el esfuerzo, mientras que la sabiduría depende de la adecuación con la que un ser comprende su propia potencia y sus circunstancias. Un bien imaginado puede contribuir a la descomposición del ser que lo persigue.

Persistencia mediante la transformación

Una reconstrucción contemporánea del conatus resulta especialmente útil porque rechaza la suposición de que perseverar deba significar simple repetición. Los sistemas complejos pueden preservarse mediante transformación interna, hibridación y reorganización reflexiva. La reproducción puede convertirse en una condición del cambio en lugar de su opuesto (Knio, 2024).

La continuidad cultural sigue la misma lógica. Una civilización no puede persistir congelando todas sus instituciones en un único momento histórico. Las lenguas cambian, las élites son reemplazadas, se adoptan tecnologías externas, las religiones se reinterpretan y las formas políticas se reconstruyen. La continuidad reside en la persistencia de una organización u orientación más profunda a través de esos cambios.

Esta concepción rechaza tanto un tradicionalismo rígido como la identificación automática del cambio con el progreso. El primero trata toda alteración como pérdida de identidad; la segunda supone que toda innovación aumenta la potencia. Un análisis spinozista examina, en cambio, si una transformación preserva y fortalece las relaciones constitutivas del individuo de que se trate.

La tecnología puede aumentar la potencia efectiva ampliando la memoria, la percepción, la movilidad, la salud o la coordinación. También puede producir dependencia, pasividad, vigilancia y vulnerabilidad ecológica. Su significado depende de la composición en la que entra y de si esa composición se vuelve más estable y capaz de actuar.

Las civilizaciones enfrentan la misma ambigüedad. La exploración, la conquista, la expansión comercial y la innovación científica pueden expresar un esfuerzo por aumentar la potencia, pero esas mismas actividades pueden terminar socavando el cuerpo social que las generó. La distinción entre un aumento real de potencia y uno imaginado sigue siendo fundamental.

Del esfuerzo universal a la forma colectiva

El conatus pertenece universalmente a toda cosa finita, pero universalidad no significa uniformidad. Cada ser se esfuerza de acuerdo con su constitución particular, su historia de encuentros y el entorno dentro del cual actúa. Aplicado analógicamente a las colectividades humanas, esto significa que distintos pueblos pueden preservar y ampliar su potencia mediante formas diferentes.

Una sociedad marítima puede expresar su esfuerzo colectivo mediante la navegación, el comercio, la organización naval y el descubrimiento geográfico. Un imperio terrestre puede enfatizar la continuidad territorial, las fronteras fortificadas, las carreteras y la centralización administrativa. Una civilización religiosa puede preservarse mediante la ley sagrada, la transmisión ritual y la reproducción de una comunidad de fe. Otra puede organizar su conatus alrededor de la distinción individual, la competencia política, la innovación tecnológica o el dominio del conocimiento abstracto.

Estas diferencias no necesitan concebirse como esencias metafísicas inmutables. Pueden surgir de una prolongada interacción entre geografía, instituciones heredadas, memoria colectiva, estructura política, práctica económica, herencia biológica y afectos transmitidos socialmente. Los grupos enseñan a sus miembros qué merece admiración, qué constituye peligro y qué formas de acción prometen un aumento de potencia.

Mediante la imitación, la educación, la selección y la reproducción institucional, determinadas orientaciones se vuelven duraderas. Una civilización puede tratarse, por tanto, como un individuo compuesto solo en un sentido cualificado. No posee un alma metafísica separada que flote por encima de sus miembros. Su aparente unidad consiste en cuerpos coordinados, símbolos compartidos, prácticas establecidas, disposiciones heredadas y patrones recurrentes de deseo. Su conatus colectivo es la tendencia organizada de estas relaciones a reproducirse y defenderse.

La personalidad histórica de Occidente vuelve especialmente sugerente esta posibilidad. Su creatividad inquieta ha sido asociada con la exploración, la rivalidad artística, la competencia intelectual, el dominio tecnológico, el individualismo heroico y un rechazo reiterado a aceptar límites establecidos (Duchesne, 2011, 2014–2015, 2017). El horizonte geográfico es atravesado, el océano cartografiado, los cielos penetrados matemáticamente, la materia descompuesta, el cuerpo alterado tecnológicamente e incluso los límites heredados de la vida se convierten en objetos de intervención deliberada.

Dentro de la morfología de Spengler, estos fenómenos están unidos por el símbolo primordial fáustico del espacio infinito. La verticalidad gótica, la música polifónica, la matemática infinitesimal, la navegación oceánica, la experimentación científica, la expansión territorial y la exploración espacial pertenecen a una dirección civilizatoria común. El alma occidental persevera mediante un movimiento continuo más allá de lo inmediatamente dado.

Leída a través de Spinoza, esta dirección fáustica puede entenderse como una actualización histórica del esfuerzo universal: una forma civilizatoria en la que la perseverancia se vuelve inseparable de la expansión, la distancia, la innovación y la superación de resistencias. La civilización fáustica preserva su identidad mediante una autotransformación continua. Su relación característica con el mundo es activa, proyectiva y apropiativa.

Sin embargo, la analogía también revela una contradicción. Un conatus puede equivocarse respecto de aquello que verdaderamente favorece su preservación. La expansión de la potencia puede convertirse en la descomposición del ser que se expande. La tecnología puede extender el cuerpo civilizatorio mientras vacía la sustancia cultural que le otorgaba dirección. La ambición universal puede disolver la particularidad histórica. El crecimiento económico puede consumir las bases ecológicas, demográficas y comunitarias de las que depende la continuidad. Una civilización puede conquistar la naturaleza exterior mientras pierde el dominio de su propia composición interna.

Lo fáustico, por tanto, no es idéntico al conatus. Es una gramática civilizatoria mediante la cual el conatus adquiere forma histórica: una respuesta particular a la exigencia universal de la existencia finita de perseverar, componerse, aumentar su potencia y actualizar las posibilidades contenidas en su forma. Otros pueblos, imperios, grupos étnicos y civilizaciones pueden responder de manera distinta a esa exigencia: mediante continuidad, encierro, orden sagrado, parentesco, adaptación, equilibrio o retraimiento. El esfuerzo permanece universal; su lenguaje histórico no.

Para Occidente, ese lenguaje ha sido históricamente el de la distancia, el ascenso, el descubrimiento, la individuación y la conquista de lo desconocido. Sus creaciones más elevadas nacieron de una negativa a aceptar lo inmediatamente dado como horizonte definitivo de la existencia. La catedral se elevó porque el mundo visible no bastaba; el océano fue atravesado porque la línea costera no podía seguir siendo el límite de la experiencia; la naturaleza fue matematizada porque la apariencia ocultaba relaciones más profundas; los cielos fueron penetrados porque la Tierra misma ya no podía contener el alcance del esfuerzo occidental.

El mismo impulso atravesó el arte, la teología, la exploración, la guerra, la ciencia, la filosofía y la tecnología. En cada caso, la forma emergió de la resistencia y la potencia se hizo visible mediante la superación de límites.

La preservación de la civilización occidental no puede reducirse a conservar sus monumentos, instituciones o vocabularios heredados una vez desaparecida la fuerza animadora que los creó. Una civilización sobrevive solo superficialmente cuando permanecen sus formas externas mientras se ha perdido la dirección interior que alguna vez hizo necesarias esas formas. Museos, constituciones, universidades, iglesias y tecnologías pueden perdurar como cáscaras vacías si la voluntad que les dio sentido se ha agotado.

Preservar Occidente en un sentido sustantivo significa preservar el impulso del cual surgió: la disposición a explorar, construir, distinguir, arriesgar, investigar y transformar. Si el impulso fáustico desapareciera, la civilización podría continuar administrativa, económica y tecnológicamente mientras dejaría de existir en un sentido histórico más profundo.

Mantenido conscientemente —disciplinado por la forma, orientado hacia la continuidad y liberado de la mera nostalgia— ese impulso todavía podría transformar la decadencia en creación renovada. La tarea consiste en seguir siendo capaz de atravesar nuevamente el horizonte; y para que ello sea posible también se requiere la preservación física y mental —es decir, la continuidad biológica y psicológica— del pueblo que dio origen a esa civilización.

Referencias

Bennett, J. (1983). Teleology and Spinoza’s conatus. Midwest Studies in Philosophy, 8(1), 143–160.

Carriero, J. (2011). Conatus and perfection in Spinoza. Midwest Studies in Philosophy, 35(1), 69–92.

Duchesne, R. (2011). The uniqueness of Western civilization. Brill.

Duchesne, R. (2014–2015). Oswald Spengler and the Faustian soul of the West. The Occidental Quarterly, 14(4), 3–22.

Duchesne, R. (2017). Faustian man in a multicultural age. Arktos.

Fallas Vargas, F. (2004). El conatus como categoría radical en la teoría política de Spinoza. Revista de Filosofía de la Universidad de Costa Rica, 42(106–107), 25–34.

Harvey, W. Z. (2012). Gersonides and Spinoza on conatus. In O. Fraisse (Ed.), Modern Jewish scholarship on Islam in context (pp. 283–296). De Gruyter.

Knio, K. (2024). Calibrating the conatus in morphogenetic regulation: Towards a problématique of perseverance. Journal for the Theory of Social Behaviour, 54(4), 402–421. https://doi.org/10.1111/jtsb.12408

Sangiacomo, A. (2016). Before the conatus doctrine: Spinoza’s correspondence with Willem van Blijenbergh. Archiv für Geschichte der Philosophie, 98(2), 144–168. https://doi.org/10.1515/agph-2016-0007

Spengler, O. (1980). The decline of the West (C. F. Atkinson, Trans.). Alfred A. Knopf. (Original work published 1918–1922)

Spinoza, B. (1994). A Spinoza reader: The Ethics and other works (E. Curley, Ed. & Trans.). Princeton University Press.