Francisco JavGzo

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Alone, alone, all, all alone,
Alone on a wide wide sea!
And never a saint took pity on
My soul in agony.

Samuel Taylor Coleridge, “The Rime of the Ancient Mariner”.

En el Antiguo Testamento, el Dragón, la bestia ctónica, aparece bajo los nombres de “Leviatán”, “Monstruo” y “Serpiente”. Debido a que estos monstruos están asociados usualmente con el mar, a menudo el mismo mar es nombrado como una personificación del mal. (Sin ir más lejos, dentro de América, la novela por excelencia sobre temas marítimos —elección personal— Moby Dick acude al tema marítimo para realizar una representación del mal cósmico que desafía la validez de la teología cristiana[1]). Esto no es casual, pues el aspecto rabioso, furioso e impredecible del mar logra encarnar al Caos al cual la creación (o Dios, según el entendimiento del sistema religioso-espiritual en utilización), es decir, el Orden, se enfrenta constantemente, buscando la derrota de Lo Incontrolable. Representaciones y versiones de este mito sobran.

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A lo largo de toda la historia de las culturas europeas, sobre todo de aquéllas con orientación talasocrática, el mar ha representado a lo opuesto a lo uránico, a los aspectos telúricos que buscan febrilmente la aniquilación del Héroe Solar, el triunfo de los dioses del mar, que en realidad es el triunfo de las fuerzas del caos, de la naturaleza feral y primitiva, de lo titánico.

Quienes se desempeñan en trabajos ya sea en el interior de la tierra (sub-terra) o en el mar, podrán atestiguar sobre una espontánea espiritualidad y panteones de entes marítimos, leyendas y sensaciones relacionadas con el medio, algo que los conecta a otros compañeros de oficio de tiempos anteriores.

En el mar, en las cosas del mar, en los monstruos de la naturaleza, hay atracción en la belleza y el horror. En Moby Dick, o La Ballena, Herman Melville habla de esta dualidad en el monstruo marino:

Pero todavía no hemos explicado el encantamiento de esta blancura, ni hemos descubierto por qué apela con tal poder al alma: más extraño y mucho más portentoso…, por qué, como hemos visto, es a la vez el más significativo símbolo de las cosas espirituales, e incluso el mismísimo velo de la Deidad cristiana, y, sin embargo, que tenga que ser, como es, el factor intensificador en las cosas que más horrorizan a la humanidad.

El mar captura y atemoriza. En él, al igual que el Capitán Ahab, hay una necesidad del elemento fáustico, pues implica adentrarse en lo desconocido: mientras lo telurocrático —la idea del defensor— llama a defender lo conocido, a establecer un hogar, a arrodillarse ante las eternas leyes del hierro; lo talasocrático, por otro lado, empuja a la exploración, a internarse donde la incertidumbre es la única certeza. Ante un escenario bíblico de sumisión donde Jonás fue tragado por un monstruo marino, Ahab, el explorador del mar y del sendero de la mano izquierda, elige no someterse y, rico en hibris, se lanza al mar, enemigo de Dios, donde Dios no tiene control sino que reina la voluntad de las bestias ctónicas y el caos, pactando con el misterio, lo aborrecible, y lo primordial.

—¡No, no…, nada de agua para eso! Lo quiero de temple de auténtica muerte. ¡Eh, escuchad! ¡Tashtego, Queequeg, Daggoo! ¿Qué decís, paganos? ¿Me daréis bastante sangre como para cubrir este filo?

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Notas.

1. Herbert, T. W. (1969). Calvinism and Cosmic Evil in “Moby-Dick.” PMLA, 84(6), 1613-1619