Francisco JavGzo

Nota del autor: No hace muchos días se celebró el festival de Navratri (este año, desde el domingo 29 de septiembre al martes 8 de octubre), coincidiendo con la necesidad personal de retomar esta reseña que comenzó a redactarse hace un año.

¿Vivimos en la era de la “muerte de Dios” o del “regreso de la religión”? Las creencias religiosas parecen estar desmoronándose, pero seguimos oyendo sobre el resurgimiento del “fundamentalismo”. De hecho, al menos en Europa occidental se habla más que nunca de la religión ahora que había perdido el control de tantas mentes.

Alain de Benoist, ¿Qué es religión?

Hasta que escuché el podcast Stirring The Cauldron with Marla Brooks con Aki Cederberg de invitado (hoy offline), no había oído hablar del libro que convoca esta reseña, publicado por Destiny Books en 2017 (disponible en Book Depository por menos de US$17, un precio más que accesible[1]), y tampoco había reparado en su autor, hoy próximo al lanzamiento de su Holy Europe, el que parece prometedor considerando el contenido del libro actualmente en reseña.

Divertido, clarificador, lúdico, refrescante, apasionante y emotivo, Journeys in the Kali Yuga: A Pilgrimage from Esoteric India to Pagan Europe entrega mirada occidental a la religiosa y atestada India, tratando sobre los peregrinajes de Aki Cederberg —quien, por cierto, ha escrito varias veces para The Fenris Wolf, la publicación de Carl Abrahamsson— hacia la India y Nepal y sus experiencias con los Naga Babas, “los desnudos”, descendientes de los genes místicos de Dattatreya, a quienes Cederberg describe como “los Hell’s Angels de la espiritualidad india”.

Cederberg, originario de Finlandia, abre el libro (su primer libro traducido al inglés) hablando de símbolos, sobre cómo éstos han estado presentes en sus sueños, dándole un hilo conductor al texto. Símbolos y sueños como manifestaciones de algo grabado desde mucho antes. Diciéndolo metafóricamente —o no tan metafóricamente—, grabado en la sangre.

El primer capítulo, “Pilgrimage”, hace un recuento general de uno de los viaje de Cederberg hacia la India y Nepal (al que se refiere como un “magical mystery tour”, haciendo referencia al álbum de The Beatles—referencias a la cultura popular se leerán a lo largo de todo el libro), describiendo, desde una perspectiva occidental y primermundista, las características culturales y sociales de la India, refiriéndose al caos, el desorden, las ciudades y medios de transporte atestados y las maneras diferentes de ver la vida.

 Dussehra 2019: Last day of Navratri also celebrated as Vijay Dashami in India; heres why

Durante el festival de Navratri (Nueve Noches), celebrando a la Diosa en sus diversas formas, las calles estaban llenas de estatuas de la feroz diosa Durga. Concluyendo el festival estaba Dussehra, que celebraba la victoria del dios Rama sobre el demonio Ravana. En un campo en Faridabad, un barrio pobre de Delhi, tres gigantescas estatuas de demonios llenos de explosivos fueron encendidas con flechas ardientes por tipos vestidos de dioses. Las estatuas explotaron y se estrellaron contra el suelo con una fuerza acorde a la de los demonios. El aire se llenó de humo y gritos; el cielo llovió trozos de ceniza y brasas ardientes. Las masas reunidas corrieron locamente alrededor de las ardientes y desmoronadas estatuas de fuego, la escena que recuerda a una ebria guerra onírica. Empujando a través de las multitudes, sentí la mirada de miles de ojos, mientras la policía ejercitaba el control de multitudes con golpes inmisericordes de sus bastones.

Y también de ver la muerte, como relata un joven nepalí: “la familia no se emociona mucho aquí porque creemos que la destrucción significa creación. Así que no tenemos miedo de morir, tememos más al karma”. Esta referencia a la muerte, que se mantiene durante todo el libro, marca una diferencia con Occidente, donde ciertos reductos espirituales repiten constantemente que la muerte es sólo parte de un ciclo, cuando la realidad es que tememos a la muerte y tenemos un apego enorme a la vida: no sólo disfrutamos la vida, sino que también la apreciamos porque tenemos una relación dialógica con lo que invertimos en ella—la apreciamos e invertimos dinero en ella por esa razón, y la apreciamos por el dinero que hemos invertido en ella. La India, por otro lado, arrastra miles de años de una visión donde vida y muerte se entrecruzan con cotidianidad.

La India descrita por Cederberg es una en un estado constante de caos y violencia: mientras la población vive su religión de manera real y efectiva cada día, la forma en la que la sociedad funciona es a golpes y pesares, una eterna cadena de sufrimientos y moscas y auténticos sacrificios de sangre y estándares por debajo de lo deseable muy alejada de la idealización occidental respecto de lo que es en realidad la India. Quizás la materialización misma de esto sea el río Ganges, fuente de vida y de muerte simultáneamente: perfectamente puro y a la vez exageradamente contaminado.

Recorriendo templos y lugares votivos, Cederberg nota la falta de aleatoriedad y arbitrariedad en lo sagrado, siendo los lugares significativos para el emplazamiento de recintos sagrados, manifestaciones de la naturaleza (y de accidentes en la corteza terrestre, para ser más exactos). La naturaleza es sagrada, y sus accidentes orográficos son manifestaciones de dioses y espíritus.

La búsqueda de lo divino conduce al autor a la búsqueda de Shiva, el bebedor de venenos, el dios forajido de la destrucción pero también de la creación (puesto que estos procesos no son uno sin el otro, es decir, no son estáticos, los atributos de la divinidad se deben comprender como intercambiables, dinámicos. La divinidad es absoluta, por lo que aspectos que podrían parecer contradictorios para el ser humano, en los dioses no están en una contrariedad excluyente; en lo absoluto, aspectos negativos y positivos participan en un drama cósmico eterno: |-1| = |+1|; “en su ser, Shiva trasciende todas las dualidades; en sus contrastantes cualidades él apunta al principio de unificación”), el salvaje dios de los animales y bestias ferales del bosque. Y la búsqueda de Shiva conduce a Cederberg a la búsqueda de los Babas, místicos/magos/locos cuya devoción shivaita es una semejante a la reverencia de lo odiano—para diferenciarlo de lo odínico— a la que se refiere Edred Thorsson[2], donde el odiano no busca rendir culto ni adorar a Othínn, sino ser como él, transformarse en él. Para el caso de los babas, éstos se transforman prácticamente en ídolos vivientes, tomando una apariencia salvaje, agreste, cubierta en ceniza y malas, desafiante de las convenciones sociales. Respetados y temidos, no poseen nada, por lo que tampoco nada les puede ser arrebatado. ¿Qué se le puede quitar a un hombre que nada tiene? De una forma, Fight Club, de Chuck Palahniuk, evoca esta misma esencia —la del sadhu—, en la que el space monkey ha abandonado todo, lo cual lo libera de ataduras innecesarias para su experimentación del drama de la vida.

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Aki Cederberg.

En el segundo capítulo, Cederberg relata sobre su experiencia conociendo a Baba Rampuri, un naga baba que, al igual que Shiva, el dios foráneo que no encaja con el resto del panteón, es extranjero, ya que es un americano que dejó California a los 19 años para irse a la India—dos veces inadaptado: la primera, por no encajar en la sociedad occidental, y la segunda, por no encajar del todo en la sociedad india, al ser blanco y aún tener mentalidad occidental (y se le podría sumar actualmente una tercera, ya que ha vuelto a vivir en los EEUU, después de años en la India).

El libro habla de símbolos, y mientras Cederberg habla de las semejanzas del trishul, el tridente de Shiva, y la runa Algiz (que tiene tatuada en su brazo desde muy joven), Baba Rampuri habla del “trishul original”, mostrando a Cederberg una figura con cuernos parecidos a los de un toro, de tres caras y piernas cruzadas basada en el Pashupati encontrado en Mohenjo-daro, la imagen arquetípica de Shiva y que guarda un gran parecido con Dionisios, Baco, Pan y Cernunnos. Rampuri expone sobre la importancia de diferenciar entre el signo y el símbolo, y cómo el recuerdo de algo pasado se vuelve clave para el hermetismo europeo: “cuando algo nos recuerda a algo más, es una marca que nos indica relaciones escondidas, relaciones que existen bajo la superficie.”

A través de pujas y sílabas indestructibles, Cederberg es iniciado durante un retiro en Suecia, hacia donde viaja Rampuri desde la India. Ahí toma la senda del yoga, que dista bastante de la idea New Age de hacer posiciones y cantar Om. El yoga es sobre disciplina e inteligencia, guardando semejanzas con la magia y alquimia europeas, donde Guru Dattatreya tiene un parecido en forma y fondo con Hermes Trismegisto.

La religión de Shiva, en la cual Cederberg profundiza haciendo referencias a los libros de Alain Daniélou, no sería una moralista ni ritualista, sino una naturista y extática, el resultado de los esfuerzos del hombre desde sus más remotos orígenes por comprender la naturaleza de la creación en su equilibrada belleza y crueldad, una vía más instintiva y directa de comunicarse con las fuerzas creativas de la vida.

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Copias del libro Journeys in the Kali Yuga en diferentes lugares del mundo. Mi copia es la del cuadrante inferior izquierdo, junto a Shiva Natarasha haciendo la tāṇḍava para destruir el Universo.

Como un niño entusiasta, Cederberg hace conexiones entre los cultos y tradiciones bacantes dionisíacos olvidados ya en Occidente, comprendiendo a las diferentes figuras arquetípicas. Rampuri nota su entusiasmo y no lo frena, incluso, lo asiste en esto. Para Rampuri, el Uno se refleja en su naturaleza inmensa, y toma infinitas manifestaciones y formas.

Los peregrinajes en la búsqueda de la experiencia religiosa de Cederberg a través de la orden de los Naga Babas lo llevan repetidas veces a la India, y de vuelta a Europa, siendo un extranjero en la orden. Con humor, sorpresa y emoción, el autor relata la experiencia de un occidental —y, más aún, uno del primer mundo— en un país del tercer mundo donde la tradición politeísta nunca se ha detenido, y de donde los dioses nunca se han ido, y donde la comprensión del mundo y la experiencia vital dista demasiado de la nuestra.

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En una espiritualidad viviente, signos y símbolos deben ser comprendidos más allá de las formas, más allá de la ejecución vacía de la cáscara cultural. Blóts, pujas, sabbaths pueden ser celebrados sin siquiera acercarse a la comprensión de lo numinoso.

No es necesario ir a la India para el desarrollo de una espiritualidad viviente. En efecto, tampoco es necesario ir a los lugares votivos de la antigua Europa pagana pre-cristiana para hacerlo (sin embargo, si alguien tiene la oportunidad de hacerlo, aunque sea por una mera curiosidad o deseo de estudio, hágalo). La Europa chamánica vio en la naturaleza a lo divino, y en sus distintas manifestaciones comprendió cómo lo elemental toma formas diferentes que no son inmutables ni eternas, sino que están en constante dinamismo—en la danza extática de Shiva Natarash, de Baco, de la furia de Cernunnos, en los cuernos-pararrayos que, clavados en la tierra, apuntan hacia lo alto. De esta manera, lo divino puede ser encontrado en cualquier parte del mundo.

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“Arder es aprender—todo es ceniza”

Para el caso de lo criollo, hacer un copycat de la espiritualidad sería ridículo. Pese a que personalmente no guardo demasiado aprecio por la espiritualidad neolítica, consideraría más respetable una espiritualidad neolítica que entienda el significado que subyace a las cosas (es decir, la manifestación de la naturaleza interpretada por el hombre) antes que una espiritualidad que imponga significados culturales que nacieron de un contexto, a un contexto incorrecto—una especie de disforia de significado. Exempli gratia: lo coherente sería que una celebración criolla “pagana” (es decir, de la versión renactor de lo que se piensa era lo pagano) del renacer de la vida, del florecimiento de las plantas, de la fertilidad —es decir, Ostara— en el Hemisferio Sur, se hiciese en primavera, que es cuando renace la vida, y no realizarla en Otoño porque los ancestros europeos lo hacían en esa fecha. Las fechas son posteriores a la naturaleza, son culturales y sirven para que el ser humano se ordene, pero no debe perderse el significado de las cosas: Ostara importa porque marca —con el equinoccio—el comienzo de la primavera, que es lo que celebraban los pueblos europeos neolíticos. La experiencia de lo numinoso debe entenderse desde la fuente del numen.

Journeys in the Kali Yuga: A Pilgrimage from Esoteric India to Pagan Europe ha sido uno de los mejores libros que he leído en los últimos años, y el mejor que he leído en 2018. Absolutamente recomendable.

“Espejeando al cielo, el océano es el gran desconocido sobre el cual se hace el viaje. Su elemento, agua, es eternamente cambiante, sin bordes y no estático. Cruzar el océano puede asemejarse a cruzar el abismo. Es una atemorizante confrontación no sólo con la muerte y la temporalidad sino también con el vacío existencial y el nihilismo, los cuales deben ser superados por el navegante—el héroe-iniciado.”

Aki Cederberg, ‘A Wolf Age’, Journeys in the Kali Yuga.

Notas.

[1] https://www.bookdepository.com/es/Journeys-Kali-Yuga-Aki-Cederberg/9781620556795

[2] Thorsson, Edred. 1987 Runelore: A Handbook of Esoteric Runology