Francisco Javgzo

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En el penúltimo capítulo de la octava temporada de Juego de Tronos, vimos como Daenerys Targaryen, la reina de dragones, quebrantadora de cadenas, reina de los Ándalos y los Primeros Hombres, hizo arder al mundo entero de una manera que hubieran envidiado los grandes villanos de la Historia y la fantasía. Con seguridad absoluta, sin titubear ni por un momento, la Reina de Dragones dejó llover fuego del cielo en una escena que podría asemejarse a la destrucción de Sodoma y Gomorra o, tal vez, al bombardeo de Dresde, cuando los Aliados soltaron 4.000 toneladas de artefactos explosivos e incendiarios sobre la población indefensa. Y no sólo eso: la Quebrantadora de Cadenas (la igualitarista reina que venía a salvar al mundo), además, permitió que sus efectivos arrasaran a la ciudad sangre, fuego y violaciones, en un frenesí sangriento e inhumano, comparable al de las hordas soviéticas entrando en Berlín, en un rito de devastación conducente a la obliteración. Algo así como la garantía de dejar una herida tan profunda sobre el enemigo derrotado, que el trauma de la guerra no pueda ser superado jamás. En el caso que hayan quedado sobrevivientes pues, como revelaban las imágenes, sólo cuerpos quemados quedaron repartidos, como si de las ruinas de Pompeya se tratara.

La destrucción de King’s Landing, pese a lo impactante del escenario de devastación ígnea, no debería sorprender a nadie: la persona que, en represalia por la muerte de infantes, mandó a crucificar a más de un centenar de maestros en Meereen, sin discriminar por su grado de culpabilidad; la persona que a sangre fría ordenó quemar vivos a los Tarly, a los Maestros, a Varis, y que quemó vivos a los khal, resulta ser la misma ejecutora del plan de venganza y toma de la ciudad, a la cual destruye de manera que nadie pueda vivir ahí otra vez (Atila el Huno, versión mujer rubia), quedando despejado simbólicamente el Trono de Hierro para ella.

Como se vio antes, pese a la considerable inferioridad bélica en relación a las tropas de la Reina de Dragones, para los Hijos de la Arpía no hubo piedad, y es que todo aquel que se interpusiera entre ella y sus sueños de un mundo mejor y más justo (que es el eufemismo para justificar su pretensión del trono absoluto), podía y sería destruido de manera inmisericorde.

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A pesar de que el reclamo del trono de la descendiente del Rey Loco estuviera legitimado en cierto mandato divino, es su autoconvencimiento sobre su misión terrenal de instauradora de un nuevo orden sobre los Siete Reinos lo que termina por convencer al resto de la legitimidad de su pretensión real, sin caer en cuenta los otros reinos de Westeros de los errores garrafales que estaban cometiendo al permitir que se erigiera la figura de esta, ahora, Reina Loca, en vez de cometer el magnicidio en su momento oportuno, antes de tener que transformarlo en un tiranicidio.

Primeramente, Daenerys Targaryen no hace su aparición como pretendiente al Trono de Hierro con tropas de Westeros, sino con efectivos importados desde Essos, es decir, las tropas dothraki y los Inmaculados. Los primeros, jinetes bárbaros que sólo viven por la destrucción de la civilización, los segundos, hormigas colectivistas carentes de toda individualidad y empatía, que son criados como despiadadas máquinas de guerra sin más objetivo que ése, la guerra. Ambos grupos, con sus visiones del mundo diferentes a las de Westeros, son introducidos por Daenerys Targaryen en tierras occidentales. En segundo lugar, se le permite a Daenerys Targaryen que concentre poder bélico y que haga uso de dragones, elemento que causa desequilibrio inmediato en comparación al resto de las potencias. Es como si surgiera una potencia con poder atómico, mientras que el resto sólo hace posesión de lanzas y espadas. (Aunque pudo ser útil para enfrentar al Night King, tampoco los dragones fueron decisivos en el combate.) En tercer lugar, la superioridad moral de su ideología pulveriza cualquier tipo de tolerancia para con los enemigos de su doctrina, los cuales deben ser destruidos físicamente pues su sola existencia ofende su proyecto de un mundo mejor. Esta moral universalizante no es compatible con las identidades particulares las que, a menos que renuncien a lo que son y abracen el proyecto del nuevo orden, serán destruidas sin miramientos.

Para peor, los delirios de justicia social de la Reina Loca no sólo son llevados a cabo desde lo ideológico, sino que son catalizados por los arrebatos emocionales de la reina, aumentando la peligrosidad de ésta: no sólo tenemos a un ser inestable emocionalmente y que legitima sus acciones desde la moral que le quiere imponer a todo el mundo (ya que considera que sólo ella está en la razón, todo el resto está equivocado y, por tanto, puede ser deshumanizado), sino que tenemos dinamita emocional, insoportablemente SJW, con capacidad casi ilimitada de fuego de dragón.

Por el bien de Westeros, los dragones deben ser exterminados, y la reina debe morir.

Sic semper tyrannis!

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