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Por Patricio Villena

Hoy leía un artículo denominado “Al rescate de vándalos, alanos y suevos en Hispania”, referente a un nuevo trabajo del escritor español Daniel Gómez Aragonés, en el que señala que decidió dedicar su libro a estos pueblos olvidados por la historiagrafía local y que, junto a los más conocidos godos, se transformaron en una de las piedras más molestas en la bota romana, en agentes importantísimos para la transformación de Hispania y el norte de África, y en la semilla que dio vida a una de las más añosas naciones europeas, España. En dicho artículo también critica la connotación de “época oscura” que muchos historiadores le suelen dar a dicho periodo cuando, en realidad, si bien fue una etapa de decadencia para el imperio romano de occidente, también fue un periodo de crecimiento para pueblos que venían en auge.

¿Pero qué tiene que ver todo eso con nosotros, cuando nuestra vida se remonta a varios siglos después de dichos sucesos? Por lo menos a mí me llevó a pensar que, si bien, cronológicamente, estamos alejados de dicho periodo y de aquellos pueblos, el destino de nuestros antepasados no es muy diferente.

Así como vándalos, alanos y suevos –y los pueblos germanos en general- dejaron sus tierras debido a las dificultades de la vida y a conflictos armados que se desataban con furia, nuestros ancestros, aquellos que llegaron en las primeras oleadas como los más próximos y que aun incluso viven, también lo hicieron.

Así como vándalos, alanos y suevos –y los pueblos germanos en general- se debieron enfrentar a enemigos feroces y en minoría numérica con el solo ímpetu de sus ganas de vivir y de su deseo de libertad y bienestar de los suyos, nuestros ancestros también lo debieron hacer.

Así como vándalos, alanos y suevos –y los pueblos germanos en general- llegaron a parajes desconocidos, en donde debieron romperse el lomo para poder trabajar dichas tierras, levantar sus pueblos y posteriores ciudades, nuestros ancestros también lo debieron hacer.

Es sencillo hoy en día mirar a esos primeros hombres y despreciarlos o subvalorar su hazaña, pero, si lo miramos objetivamente y nos sacamos las preconcepciones, nos daremos cuenta que, en la gran mayoría de los casos, eran hombres y familias pobres, no los grandes magnates que nos hacen creer, gente tan humilde como aquel joven campesino blanco que aún hoy existe en nuestros campos, con sus manos ajadas por el trabajo y su piel curtida y color oliva  por el sol.

Nos impresionamos con las tremendas proezas de otros ancestros nuestros, como el caso del gran Leonidas y sus “300” espartanos, de la coalición europea comandada por Aeceo contra los hunos o la defensa de Covadonga a manos de Don Pelayo, pero olvidamos la increíble gesta que representa el conquistar un continente entero con recursos extremadamente acotados, defender los nuevos terrenos con guarniciones ínfimas, como es el caso de la estoica Inés de Suárez y su defensa de Santiago.

Tampoco podemos resumir todo a la guerra contra otros, porque si algo hicieron nuestros ancestros en esta tierra, tanto los primeros como los posteriores, es enfrentar una de las batallas más duras y en las que, como especie, solemos perder: el enfrentamiento contra la naturaleza.

Las zonas que a nuestros bisabuelos y abuelos les dieron, esas supuestas tierras prometidas en la cabeza de los progres, suelen no haber sido más que espesos bosques, extensos desiertos, solitarias pampas o fríos terrenos, y fueron ellos, que a pura fuerza de voluntad, trabajo de día y noche y la mirada en un futuro mejor para los suyos, hicieron de aquellas abandonadas zonas, en muchos casos, los lugares más bellos que hoy tenemos; prósperos y ahora ricos – para aquellos que buscaron con trabajo mejorar.

Puede ser que nuestros ancestros, en algunas oportunidades, no portaran un yelmo y sí un sombrero que los protegía del frío y del sol en sus largas jornadas de trabajo;  puede ser que no portaran una espada o una hacha y sí un arado, un martillo, un cincel o cualquier otro instrumento que los acompañaba en el forjar de su futuro; puede que no hayan ocupados sus caballos para embestir a las huestes enemigas, pero sí para abrir la tierra que nos alimenta y despejar los caminos que hoy recorremos.

Grandes historias y epopeyas tiene nuestro pueblo, pero éstas no se remontan a milenios atrás, a las grandes civilizaciones o a aquellos pueblos más pequeños que emprendieron una tremenda travesía por sobrevivir, tampoco se restringen a tiempos en que pieles y cascos nos cubrían o solo hachas y espadas eran nuestras armas. Nuestras vida, nuestra historia como criollos es en sí una proeza, una epopeya, olvidada y pisoteada por el peso de aquella historia que nos dice que no somos más que usurpadores y ladrones, malos invitados y asesinos, cuando, al final del día, nos fuimos ni somos más que un bestión de un pueblo que se niega a morir, que, con una mano por delante y la otra por detrás, atravesó el mundo en busca de un nuevo destino al alero de la Cruz del Sur.

Nuestra historia y nuestra vida, como raza y como pueblo, es una epopeya.

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