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por Jack Donovan

El Imperio de la Nada no tiene emperador.

Los romanos tenían lo que pudo haberse llamado un imperio con todas sus letras antes de que tuvieran un emperador. Pero a través de su expansión, emanando del centro del imperio, estaba Roma y su cultura. Estaba el panteón de dioses romanos, estaban los cultos y rituales romanos, había un conocimiento de que los territorios conquistados estaban siendo controlados por familias romanas, una clase patricia que alegaba tener un linaje que se remontaba hasta la misma fundación de la ciudad.

El imperio romano mantuvo una identidad cultural poderosa y centralizada durante sus siglos más exitosos e impuso su hegemonía cultural en todos sus territorios. Los pueblos conquistados sabían que estaban siendo dominados por los romanos y generalmente se les exigía que observaran las festividades romanas y que rindieran honores a los dioses romanos (los que, como es posible imaginar, daban a cambio gran poder a los romanos que los homenajeaban). Muchos de los nuevos súbditos romanos eran de todas formas politeístas y se les permitía adorar a sus antiguos dioses siempre que también lo hicieran con los dioses romanos.

Se dice a menudo que el problema que los romanos tenían con los cristianos era que estos se negaban a adorar a los dioses romanos. Esencialmente, se negaban a aceptar la identidad romana. Los cristianos querían conservar su propia identidad,  eso era todo para ellos. Los romanos sabían que la identidad lo era todo, que el orden social era el producto de una identidad compartida, y que tolerar el rechazo de su identidad centralizada y homogeneizadora significaría provocar que un pequeño disturbio destruyera todo lo que les importaba y lo que habían creado. Por lo tanto, persiguieron a los cristianos, aunque aparentemente lo hicieron con vigor insuficiente.

Otros imperios, ya fuese que tuvieran un emperador, un faraón, un gran jefe, o un rey o reina, mantenían una hegemonía cultural centralizada a través de los territorios adquiridos. Los pueblos conquistados sabían quienes los dominaban. El poder venía de un lugar y era la herencia de un grupo culturalmente unificado de gente. Tenía un origen y en la mayoría de los casos un rostro. Los súbditos sabían a qué dioses debían adorar y qué costumbres tendrían que adoptar si no querían pasar un mal rato.

El Imperio de la Nada no tiene emperador ni centro ni pueblo.

Uno podría decir que el centro cultural del Imperio de la Nada es Los Angeles, y estarían parcialmente en lo correcto. De hecho, la industria del entretenimiento de Hollywood ilustra razonablemente bien los mecanismos y valores del Imperio. La cultura que se produce lo es principalmente por lucro. Las películas y los programas de televisión se prueban con audiencias para asegurar la llegada más amplia y la ganancia más alta. El contenido producido puede gustar más a unos que a otros, pero nunca puede ser derechamente exclusivo. Todo debe ser para todos, y no mucho para algunos. El programa más exitoso es el que tiene una “llegada más universal”. A veces se dice que esto es hegemonía cultural, pero está enteramente dirigido con fines de mercado. Si los mormones se volvieran el grupo económico más poderoso y numeroso en la nación, y fuesen conocidos por ser ávidos cinéfilos, habrían más películas mormonas de alto presupuesto. Como la demografía en Estados Unidos ha cambiado, los grandes estudios se han apresurado a incluir actores que reflejen esa demografía. No hay una hegemonía cultural emanando de un pueblo en particular con una identidad particular, sino que un sistema de producción con fines de lucro que responde a cambios en el mercado, con el objeto de alcanzar a la mayor cantidad de consumidores posible. La única cultura que se está imponiendo a través de este mecanismo es la anti-cultura, un universalismo moral y cultural que disuelve las fronteras sociales para que el máximo número de consumidores se sienta incluido.

Si bien mucho producto cultural se genera en Los Angeles, California, Hollywood no es Roma. El “Pueblo de Los Angeles” no impone su cultura al mundo. Incluso si tuvieran una cultura, esta sería la heredada ética del show sensacionalista y del proxenetismo barato de los actores y productores que fueron algunos de los primeros grandes nombres en la industria.

La anti-cultura del Imperio de la Nada es impuesta pasivamente a través del espectáculo hollywoodense, un Circus Maximus moderno, pero activamente impuesto por las instituciones gubernamentales. Los gobiernos que lo imponen no están sólo ubicados en Washington, sino que también en las capitales de Europa y particularmente en Bélgica y en Nueva York. Naciones Unidas y la Unión Europea se alinean contra la identidad donde sea que se vuelva muy poderosa o amenace con desestabilizar la economía o con redibujar las fronteras existentes. Hollywood muestra imágenes de personas de diferentes grupos viviendo y trabajando juntas en paz y armonía, pero son los gobiernos, instituciones y organizaciones internacionales los que las castigan si es que no lo hacen.

Las grandes corporaciones también castigan y penalizan a la gente por “discriminación” en el lugar de trabajo, lo cual es actuar para proteger identidades excluyentes o imponer un código moral no universalista. En muchos casos, las corporaciones y abogados ambiciosos han ido mucho más lejos que los Estados en lo que se refiere a imponer la integración cultural, racial y sexual alrededor del mundo. Junto con las universidades, han sido la vanguardia de la implementación diaria de la “diversidad” y de la “sensibilidad cultural”.

Las corporaciones a menudo son retratadas como malvados grupos de hombres codiciosos que conspiran contras los intereses de las minorías, pero la realidad es que las corporaciones con acciones en el mercado no son nada más que una entidad legal, amoral que ve todo en términos de su margen de ganancias. Las personas son meros consumidores y empleados. Los trabajadores no son personas sino un set de habilidades animado que cumple funciones. Cuando sea rentable reemplazar gente por computadoras que puedan cumplir sus mismas funciones, serán reemplazados. Los cajeros automáticos y las máquinas de autoconsulta en las tiendas son ejemplos comunes, pero los ejemplos en las manufacturas y en otras industrias son innumerables. Como entidad legal, una gran corporación no tiene lealtad con ningún pueblo ni nación en particular. Cuando sea rentable, esa entidad importará personas que manejen ciertas técnicas que trabajarán por un salario inferior, o abrirán una sucursal en un país distinto si las personas ahí tienen las habilidades necesarias y trabajan lo suficientemente barato.

Identidades antagonistas son disruptivas para el ambiente de trabajo. La gente que se supone debe trabajar junta no puede ser parte de tribus interbeligerantes que siempre están amenazándose con cortarse la garganta mutuamente. No vas a aumentar la productividad colectiva diciéndole a tu colega mujer que se irá al Infierno, o que debería estar en la cocina, o que su religión es estúpida, o que su pueblo son un montón de pedófilos folladores de cabras. La corporación se beneficia de adoptar el enfoque romano: a los empleados se les permite mantener sus identidades culturales a un nivel superficial y no disruptivo mientras se arrodillen ante la cultura corporativa superior y sus metas.

Hoy, el eficiente encargado de recursos humanos explica, en un tono amable y conciliador…

“Susan, puedes usar un collar con una cruz; Mohammed, puedes rezar todas las veces que quieras durante el día mientras termines el trabajo; y Steven, puedes vestirte como mujer… siempre que todos acuerden en ser amables entre ustedes y adorar a Apple.”

Para algunos, lo que yo llamo el Imperio de la Nada puede invitar a realizar comparaciones con teóricos de la conspiración obsesionados con el Nuevo Orden Mundial o los masones o los Illuminati o el Grupo Bilderberg o la Catedral o la sociedad del espectáculo o, en el más atrevido y típicamente más anónimo de los círculos, el judaísmo internacional. Mientras que, ciertamente, algunos grupos e individuos absolutamente ejercen más influencia sobre la dirección de las cosas que otros, me muestro reticente a buscar algo tan novelescamente conveniente como un grupo de villanos que dominan el mundo en secreto.

Es posible que los reptilianos estén detrás de todo esto.

Pero entonces correctamente se llamaría el Gran Imperio Reptiliano, y eso sería un Imperio de Algo. Después de que los reptilianos se nos hubiesen revelado, después de unas cuantas batallas y escaramuzas, todos nos arrodillaríamos ante el Gran Verde (cuyo verdadero nombre no debe ser pronunciado) y si los reptilianos fuesen tan inteligentes como los romanos nos dejarían rendir honores al Gran Verde mientras continuamos adorando a nuestros tontos dioses terrestres, fumando marihuana, jugando videojuegos y masturbándonos con porno de enanos y burros, mientras se llevan un porcentaje considerable de nuestros recursos, almas o lo que sea que quieran.

Esto es… posible.

Sin embargo, la realidad de nuestra situación es mucho, mucho más mundana.

El Imperio de la Nada es una colección internacional de sistemas auto-perpetuadores con intereses propios que tienen intereses sobrepuestos. Estos sistemas (instituciones bancarias, instituciones militares y sus compañías vendedoras, gobiernos, sindicatos, grupos de intereses especiales, conglomerados mediáticos, compañías de entretenimiento y demases), todos estos sistemas están intentando sobrevivir a la manera de Darwin. Están todas conformadas por gerentes tratando de llegar más lejos en sus carreras, de proteger sus feudos profesionales o quizás sólo de prevenir que sus trabajadores sean despedidos. Están compuestas por gente normal cuidando de ellas mismas. Grandes y pequeños negocios tratando de crecer. Jefes de departamento tratando de justificar su presupuesto. Gente con variados intereses afirmándolos. Cosas aburridas. Burocracia.

Estas son estrategias humanas básicas de supervivencia que se han utilizado de una forma u otra durante toda la historia registrada. El comercio internacional no es nuevo. Los hombres de negocios no empezaron hace poco a querer ganar más dinero. Los Estados no se hicieron corruptos de un día para otro ni empezaron a buscar hoy ayuda de empresarios adinerados. Nunca ha habido en la historia de la humanidad algo así como una “prensa objetiva”. Y los burócratas, quienes sólo velan por su beneficio personal, han existido por miles de años.

Pero hasta hace poco, las naciones seguían siendo naciones. Eran naciones de lugar, idioma, religión y raza. La gente que vivía en diferentes naciones desarrollaba y mantenía culturas estrictamente diferentes. Los pueblos creían cosas distintas y turbas religiosas peleaban entre si. Los sexos tenían roles diferentes. La gente tenía raíces éticas por las que estaban dispuestas a pelear. No vendían tan rápido sus identidades y las identidades de sus ancestros para desaparecer en “el futuro”… hacia la vaguedad del “progreso”.

¿Por qué Occidente, una colección de naciones con idiomas e historias diferentes, una colección de reinos e imperios, se transformó en una colección de empresas e instituciones alineadas en contra de la identidad? ¿Cómo la hegemonía cultural impuesta a otros por Occidente se transformó en la cultura de la destrucción cultural?

Traducido por Sebastián Vera.

(Extraído del libro “Becoming a Barbarian”, de Jack Donovan, Dissonant Hum, primera edición, Cascadia, EEUU, págs. 43-48.)

 

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