bellas_artes

por Patricio Villena

Si bien el identitarismo, y más aún su versión pancriolla, como forma más o menos estructurada de ver el mundo, es relativamente nuevo, de una manera u otra ha tomado ciertos elementos de las doctrinas nacionalistas clásicas y, por tal motivo, ha encontrado acogida entre los seguidores de éstas, en donde la protección y perpetuación de la población indígena de sus lindes es uno de sus cénit.

Más allá del punto anterior, si hay algo que compartían los nacionalismos (principalmente europeos del siglo pasado), es que creían que el sector de su población que se posicionaba como portaestandarte en la dura tarea del resguardo de sus tradiciones y en donde la sangre se renovaba y preservaba con el fin de hacer eterno a su pueblo, en donde brotó aquella semilla que dio forma a su identidad, era el campesinado y el mundo rural.

Para los nacionalismos europeos, especialmente para el nacionalsocialismo, el campo era el lugar desde donde las raíces de su historia habían brotado, considerando a las ciudades como centros de degeneración en donde la sangre de difumina, por lo que, de preferencia, las ciudades no debían ser más que sitios destinados al trabajo y otras tareas, pero no a la vida. Así mismo, el ideal del nacionalsocialismo, junto con la conformación de soldados políticos y una sociedad elitista, era crear una fuerza basada en la idea del guerrero agricultor como principio y final de la estirpe.

Pero, para nuestra identidad, para nosotros como criollos, para aquel grupo que da sus primeros pasos en el caminar de la historia de los pueblos, carente aún de una esencia clara, de un mito definido, de un devenir preciso, la ciudad ha representado algo totalmente diferente.

Son ellas, las ciudades, el punto de partida desde donde nuestro gatear ha comenzado su rumbo al sur en su proceso de maduración y no el campo o lo rural.

Remontémonos en un viaje mental hacia los primeros años de la conquista de América, no tan sólo por parte del imperio español, sino que también por el imperio portugués y británico.

Un mundo totalmente nuevo, lleno de peligros, de rostros raros y animales exóticos, donde en cualquier espeso bosque, inexplorado valle o desconocido monte, se podía encontrar la muerte.

Ante ese escenario, una ciudadela amurallada representaba el mejor de los refugios, un espacio de calma y seguridad, y el lugar más cercano en imagen a todo aquello que se había dejado atrás. La ciudad se transformaba así en el espacio nuestro, hogar del nosotros, ante todo el resto de su mundo, donde el ellos era amo y señor.

Los espacios fuera de la ciudadela eran tierra de cualquiera, menos del recién llegado, que, al final de cuentas y por más que se desee pintar de otra manera, era el invasor y el enemigo.

El dominio de los locales en las grandes extensiones inexploradas no era cuestionable. Pensar en las grandes llanuras con una mirada romántica como hacen muchos en la actualidad es lo que menos, creo, pasó por la cabeza de aquellos que plantaron las primeras picas acá. Para ellos, todo ese terreno desconocido, todos esos hermosos parajes, eran sinónimo de muerte.

Es por ello que las ciudades se transformaron poco a poco en el reflejo de su Vieja Europa, en su nuevo hogar. En ellas buscaban replicar, tal vez de manera humilde, su antigua vida y las instituciones que veían cada vez que paseaban por los pueblos en el viejo mundo.

Si bien nuestro carácter aventurero, el mismo que nos trajo a estas lejanas tierras donde otras estrellan nos guían, nos llevó a extender las zonas bajo nuestro control hasta dominar todo el territorio de punto a punto, esta tarea siempre fue acompañada de la edificación de nuevas urbes o, a lo menos, fortines que nos brindaban seguridad ante aquella ruralidad tan deseada hoy en día, pero tan peligrosa en aquellos lejanos tiempos.

Hoy en día, cuando aún buscamos los elementos precisos que nos ayuden a comprender mejor nuestra identidad, que vive dentro nuestro pero que ha sido mutilada en su proceso de conformación por aquellos Estados y naciones que se alzaron luego del fin de la era imperial (sin olvidar el desgarro realizado ya por foráneas religiones en el alma europea), las ciudades siguen siendo aquel espacio que nos recuerda de dónde venimos, quiénes somos y qué hemos hecho acá. Las ciudades siguen siendo la plataforma sobre la que se tambalea nuestra imberbe identidad.

Mientras deambulamos por sus calles y nos topamos con rostros de personas que nos enseñan que son iguales a nosotros puesto que compartimos la misma identificación, mientras vemos flamear en lo más alto banderas por las que podemos tener cierto cariño pero que aun así nos resultan un tanto extrañas y ajenas, sus monumentos a los rostros de los próceres de la historia, los nombres de sus calles, sus antiguas edificaciones, inclusive tipos de árboles que adornan sus espacios, traen a nuestras mentes, tal vez de manera inconsciente, el recuerdo de que todo aquello es lo nuestro, de que en todo eso fluye la mano de aquellos que desde lejanas tierras llegaron sin mucho y que fueron capaces de dominar y levantar un mundo. Tal vez no con la gloria de una Grecia o una Roma, pero sí con el mismo ímpetu de aquellos que no tienen nada y que lo quieren todo, de aquellos que dejaron de simplemente vivir para ser dueños de una historia labrada por sus propias manos.

No por nada hoy se intenta borrar todo rastro de aquella arquitectura y aspecto antiguo de nuestras ciudades a base de edificaciones sin belleza y carentes de “vida”. Es porque ellas, al igual como otras manifestaciones artísticas y culturales, son un reflejo de todo aquello que no quieren que seamos, de un vínculo con una historia y un hombre que desean sea olvidado y borrado, porque, para ellos, resulta peligroso un individuo con una identidad fuerte que lo liga a toda una historia de siglos y que no solamente se preocupa por respirar, sino que también por cumplir con su deber para con aquellos que ya estuvieron y para con aquellos que vendrán.

Las ciudades americanas (pensemos tan solo en el  casco viejo de Santiago, Lima, el magnífico Buenos Aires o el inmenso Sao Paulo- en contraposición a la moderna Brasilia) y sus monumentales edificaciones son la exteriorización del alma de hombres con una fuerte comunión con su pasado y con un tremendo deseo de trascendencia mediante la belleza como mayor herencia a las futuras generaciones, a la vez que erigen, tal vez sin que sea su intención real -pero lo esencial es invisible a los ojos- gigantes monumentos a sus antepasados.

Sí, es cierto, la cordillera, por lo menos en el caso de los chilenos, nos marca con su imponente cobijo, así como las extensas llanuras hacen los mismo con los argentinos, pero estos espacios naturales que forman parte de nuestra vida diaria, no tan solo para los criollos sino que para todos los habitantes de estos territorios, no se comparan con las ciudades, por lo menos no con la función que ellas desempeñaron y desempeñan, en el pasado como refugios ante un mundo desconocido e indómito donde se intentaba traer algo de lo que se había perdido en la marcha desde Europa y que hoy en día guarda aquellas muestras de lo que fuimos, que nos ayuda a recordar quienes somos y, con eso, alienta el paso firme en esta cruzada por trazar nuestro camino en estos parajes, donde será la sangre y no papeles la luz que nos guiará.

 

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