Patricio Villena

¿Qué es la vida sino un laberinto difícil de comprender para nuestra limitada capacidad? ¿Qué es la existencia sino una danza constante en torno al desconocimiento? Pues eso es el caos precisamente. Es aquel orden no predecible de las cosas, son aquellas fuerzas o esferas del conocimiento que escapan de nuestros lindes pero que, no por ello, son un desmadre sinsentido.

Eso ha sido hasta ahora nuestra historia, la vida del pueblo criollo, un danzar improvisado al compás de las notas caóticas del devenir histórico.

Si bien sabemos por qué estamos aquí, quiénes somos (a lo menos algunos) y, someramente, qué deseamos para nuestro futuro, todo lo que hemos hecho hasta ahora es, cual nuevo ciego adaptándose a la oscuridad, dar pasos inseguros por donde pensamos que es correcto seguir. Pero aquello no puede continuar para siempre, porque así como el orden –cuando ya ha constreñido en exceso sus cuerdas termina desbordándose en un desorden aparente descontrolado– el caos también, necesariamente, una vez liberada toda la energía acumulado debe tener un fin que lo lleva a desembocar en un nuevo orden.

Nuestra historia como criollos no escapa a aquella relación algo extraña entre el caos y el orden, que, si bien parecen formar parte de un oxímoron, danzan en perfecta armonía. Nuestra historia es reciente, y  es por ello que aún hay muchos cabos sueltos que no hemos podido atar para lograr llegar a la interiorizada comprensión de que no somos aquellos mestizos que suelen decir desde el poder, ni tampoco  aquellos europeos que muchos piensan ser ¿por qué? Porque somos algo distinto, algo nuevo, porque somos criollos, hijos de una sangre y una tierra  que durante millones de años caminaron por distantes  y distintas veredas y que el desarrollo de la historia ha forzado a que se compatibilicen en una imberbe relación que aún no consigue su perfecta amalgama.

Vivimos actualmente en el periplo del caos, que para muchos suele partir con el despertar de un sentimiento de rechazo o incomprensión de aquella figura basada en cuestiones jurídicas y culturales que ha determinado el contenido de los gentilicios que hoy lucen nuestras cédulas de identidad, donde la sangre, siempre importante para todos aquellos que velan por su legado, poco y nada de peso tiene.   El cuestionamiento al Estado en el que residimos, a su adoctrinamiento cultural, al vernos las caras con nuestros connacionales y no sentir aquella afinidad natural que se da entre los “iguales”, comienza el pavimentar de aquella consciencia insipiente del “ellos” y el “nosotros” basada en la célula madre de la identidad, que es la estirpe; empieza a nacer la idea de que si bien vivimos todos juntos en un mismo territorio, eso no nos hace iguales ni hermanos.

Claro que existe en todos nosotros un amor por estas tierras, porque sabemos la cruda realidad que enfrentaron nuestros antepasados al pisar por primera vez sus nobles terruños, porque sabemos que sangre, sudor y lágrimas es lo que ha marcado su historia, en las que un calor incomprensible en sus pechos los ha llevado a trabajar día y noche con el fin de replicar aquello que dejaron atrás tras bajar de los barcos o aviones; y es por eso que un criollo suele ser también un buen patriota, porque es esta tierra, su patria, aquella que, en gran medida, forja su particular identidad que lo diferencia de sus semejantes en Europa o también, por ejemplo, en Sudáfrica, reside su hogar, su suelo.

Claro que existe en gran parte de nosotros un espíritu indómito y solidario, que comprende que la rebelión contra la realidad actual es absolutamente necesaria e imperiosa, y que el solo fin del sistema presente asegurará la supervivencia de su gente y que en esa lucha estamos todos, no tan solo los criollos, sino que la humanidad completa, más allá de sus orígenes y cualquier otra diferencia. Es que hemos desarrollado toda nuestra vida, por lo menos en lugares como Chile, aprendiendo a convivir con aquellos que son diferentes a nosotros pero que vive las mismas penurias, sabiendo que cada uno tiene su lugar acá. Sabemos que  aquel dicho “juntos, pero no revueltos”, es la mejor premisa popular que podemos seguir si queremos que nuestro pueblo tenga la chance de madurar.

Pero este amor por nuestra tierra y ese espíritu solidario con aquellos compatriotas con los que sufrimos las mismas desgracias pero que no son iguales a nosotros, jamás, jamás de los jamases, debe estar por sobre el deseo de conseguir aquella unidad entre criollos que tanto hace falta hoy en día. Aquella unidad que trascienda a las fronteras político administrativas que los Estados liberales fijaron; porque la tinta nunca puede pesar más que la sangre.

Para ello, necesitamos que el reconocimiento personal como criollo y luego a nivel país con otros pares, culmine con la férrea convicción de que es más hermano nuestro el argentino, uruguayo, brasileño u otro criollo en la lejanía, que aquel que pisa el mismo suelo nuestro, que puede luchar a nuestro lado contra el sistema, que posee el mismo DNI que el que descansa en nuestras billeteras, pero que no comparte el mismo origen, la misma herencia biológica que corre por nuestras células.

Marchamos por  un camino caótico hacia el orden que vendrá. Aquel orden que será real cuando nuestra identidad sea un estilo y una forma de vida, nuestra identidad sea un escudo ante los nacionalismos chovinistas que hoy dividen a hermanos de sangre y cuando nuestra cultura sea el reflejo de aquella identidad que brota de aquella fusión entre lo genético y lo terrestre elevándose hacia los aires en la conformación del Ser.

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