Jonathan Bowden

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Esto siempre es difícil de evaluar, pero desde esta distancia, tres diferentes puntas de lanza se distinguen en la niebla.La primera es un deseo evidente de auto-expresión – pero, como siempre, el nihilismo de Samuel Beckett debe evitarse, donde, durante una parte de la Trilogía, como Molloy, él declara: nada que expresar, no hay necesidad de expresar, un deseo cegador de manchar el silencio. Creo que la aporía que la postmodernidad se devora a sí misma debe ser evitada.

Sin embargo, creo que fantasía o phantasia de la mente semi-consciente es el vector más importante, estéticamente hablando. Todo mi trabajo ficticio sale del ánima, o esa parte de la conciencia justo bajo la racionalidad. Todos mis textos – como Kratos o The Fanatical Pursuit of Purity, por ejemplo – son sueños.

¿Pero soñar con qué fin? Bueno, el punto de partida esencial es el deseo de superar el dualismo en el sentido ético. Esto imputa lo siguiente: que todos mis personajes, en un cuento como Origami Bluebeard, no son ni buenos ni malos. Ellos son – más fundamentalmente – una mezcla de ambos y se alimentan mutuamente como rapaces dentro de un mundo de lo burdo.

Tampoco es una visión puramente misantrópica, en la que el vigor heroico es sólo el reverso del negativismo. El personaje, al menos como se postula en estas historias, es biológico, ordenado previamente, mórfico y predestinado – es principalmente Agustiniano en términos teológicos, en otras palabras. Pero contrariamente a la mayoría estimaciones judeo-cristianas de Kultur, esto no se observa en un estado desconsolado o mórbido. En lugar de estos oscuros trenos, la lógica pagana de Robert E. Howard es más aplicable. La estimación actual es que la civilización y la barbarie son mutuamente excluyentes, pero creo que no puedes tener el uno sin el otro.

En estas historias, obras, novelas cortas y novelas – incluso el diálogo de no ficción, Apocalypse TV – he intentado superar el dualismo dentro de un tópico literario no humanista. Esto significa que los personajes son muñecos o títeres en términos el Teatro de la Crueldad de Artaud, en un nivel, pero también son mucho más vivos en otro. En la mayoría de las novelas liberales contemporáneas – The Philosopher’s Pupil  de Iris Murdoch por ilustración – sólo los especímenes villanescos, macabros o negativos tienen vida. Mientras que en mis esfuerzos – historia trágica tales como Napalm Blonde – todos los personajes muerden y rabian; el amor es voltaico, no pronunciado y está más allá de lo que se remite al bien y el mal.

¿Por qué se hace esto? Simplemente para proporcionar una plantilla mediante la cual la batalla se produce entre lo supra-humano y lo sub-humano, per se, y existe a través o entre los individuos. Mi opinión es que la inmersión en el material onírico o solipsista que tiene un ritmo o vibración diferente convertirá a caucásicos débiles en neandertales cultos. Por lo que se requiere es una actitud ante la vida que avance hacia el gran mediodía, con los brazos abiertos, en la forma de la devoción al Sol en el final de El Juego de los Abalorios, de Herman Hesse.

No estoy predicando contra la intelectualidad, sino exaltando el libertinaje y la violencia ctónica de la reintegración. La aflicción que padecen los indoeuropeos es totalmente mental y subjetiva; están crónicamente temerosos de su propia sombra en términos jungianos. Si la civilización que crearon sus antepasados tiene algún futuro, entonces deben superar su resistencia al barbarismo; deben saltar sobre el altar de la alta cultura. Deben disipar la nube y diseñar un futuro donde el credo de Arthur Butz no tiene que ser verdadero (o no).

A decir verdad, en esta era aquéllos con  intelecto no tienen ningún coraje y los con algún mínimo de coraje físico no tienen intelecto. Si las cosas se han de modificar durante los próximos cincuenta años entonces debemos volver a abrazar ideal de Byron: el matón culto.

Entrada original: http://www.counter-currents.com/2010/08/bowden-why-i-write/

Traducción: Francisco Albanese

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