Patrick J. Buchanan

Ya que la guerra de culturas trata de irreconciliables creencias sobre Dios y el hombre, correcto e incorrecto, bien y el mal y está en la raíz de una guerra religiosa, estará con nosotros siempre y cuando los hombres sean libres actuar sobre sus creencias.

Sin embargo, dadas las divisiones entre nosotros, más profundas y más amplias que nunca, es una pregunta abierta en cuanto a cómo y cuánto aguantaremos como un solo pueblo.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la dictadura judicial comenzó una purga de manifestaciones públicas de la “nación cristiana” que Harry Truman dijo que éramos.

En 2009, Barack Obama replicó, “no nos consideramos como una nación cristiana”. El secularismo había sido entronizado como nuestra religión establecida, con solamente la más débil de las protestas.

Uno sólo puede imaginar cómo los iraníes o afganos tratarían los con jueces no elegidos que desislamizarían sus naciones. Cabezas rodarían, literalmente.

Lo cual nos trae a la primera escaramuza de guerra de culturas de la era Trump.

Escogiendo bando con el Procurador General Jeff Sessions contra la Secretaria de Educación Betsy DeVos, el Presidente anuló la Directiva de Obama que daba a los estudiantes transgénero el derecho a usar el baño de su elección en las escuelas públicas. El presidente Donald Trump envió el tema a los estados y locales para que decidieran.

Mientras que era tratado por los medios de comunicación y la Izquierda como la causa de los derechos civiles de nuestra era, el “debate de los baños” traía a la mente la observación de Marx, “la historia se repite, primero como tragedia, segundo como farsa.”

¿Alguien puede contender seriamente que si un muchacho de 14 años de edad, que piensa que es una chica, consigue utilizar el baño de las niñas es una cuestión derechos civiles comparable a que los afroamericanos obtuvieran derecho a voto?

Notablemente, hubo una vigorosa disidencia, de DeVos, para devolver este asunto a donde pertenece, con funcionarios estatales y locales.

Después de ceder en la cuestión del baño, ella sacó un comunicado declarando que todas las escuelas en Estados Unidos tienen la “obligación moral” de proteger a los niños del bullying, y dirigió a su oficina de derechos civiles para investigar todos los reclamos de acoso u hostigamiento “contra los que son más vulnerables en nuestras escuelas.”

Ahora, la intimidación es mal comportamiento, y puede ser un comportamiento horrible.

¿Pero cuando decidió un partido republicano que cree en los derechos de los Estados que esto es una responsabilidad de una burocracia que Ronald Reagan prometió terminar pero no pudor? ¿Cuándo el partido republicano se volvió aspirante a estado  sobreprotector?

La intimidación es algo que todos los niños en la escuela pública, parroquial o privada han sido testigos. A la vez que es lamentable, es parte de crecer.

Pero, ¿qué tipo de sociedad, qué clase de gente nos convertimos cuando empezamos a depender de los burócratas federales para detener que los niños grandes acosen y golpeen a los niños más pequeños o más débiles?

Mientras que el debate del cuarto de baño es una escaramuza en la guerra de la cultura, solución de Trump, enviar el asunto de nuevo a los Estados y a la gente a hacer ejercicio — puede señalar el camino a una tregua — suponiendo que los estadounidenses quieren todavía una tregua.

Para Trump la solución radica en el principio de subsidiariedad, propuesto primeramente en 1891 en la encíclica Rerum Novarum por el Papa León XIII — que los problemas sociales son mejor resueltos por la unidad más pequeña de la sociedad con la capacidad para resolverlos.

En resumen, la intimidación es un problema para que lidien los padres, maestros y directores, y de policías locales y del distrito escolar si pasa a mayores.

Esta idea es consistente con la idea republicana del federalismo — que el gobierno nacional debería llevar a cabo esos deberes, asegurar las fronteras, luchar las guerras de la nación, crear un sistema continental de carreteras y ferrocarriles — que los estados por sí solos no pueden hacer.

De hecho, la nacionalización de la toma de decisiones, la imposición de soluciones estándar a problemas sociales, las órdenes judiciales que emanan de la ideología de los jueces — a la cual no hay ninguna apelación — que está detrás de las guerras de la cultura aún pueden poner fin a este experimento en democracia.

Esos factores son las principales causas de la fiebre del secesionismo que se ha esparcido por toda Europa y ahora es visible aquí.

Consideren California. Los demócratas poseen cada oficina del estado, ambos asientos del Senado, dos tercios de ambas cámaras de la legislatura del estado, 3 de cada 4 de los escaños del Congreso. Hillary Clinton venció a Trump 2 a 1 en California, con su margen de 4 millones de votos.

De repente, California sabe exactamente lo que Marine Le Pen siente.

Y tal como ella quiere “Que Francia sea Francia” y dejar la UE, como los británicos hicieron con el Brexit, un movimiento se ha levantado en California por la secesión de los Estados Unidos y formar una nación independiente.

California secesionándose suena como una de las causas que podría traer a los demócratas de San Francisco a una gran alianza con Breitbart.

Un nuevo federalismo — un traspaso de poder y recursos de Washington hacia los estados, ciudades, pueblos y ciudadanos, para dejarlos resolver sus problemas a su manera y según sus propios principios — puede ser el precio de la retención de la Unión Americana.

Dejen que California sea California; dejen que el estado rojo de Estados Unidos sea el estado rojo de Estados Unidos.

Entrada original: http://buchanan.org/blog/secession-solution-cultural-war-126571

Traducción: Francisco Albanese

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