Todos sabemos que los Gobiernos, sean del color político que sea, nunca dan –como se dice en Chile- puntada sin hilo, que tras cada una de sus medidas o tras cada una de sus pautas hay un objetivo mayor detrás que no muchos son capaces de apreciar, ya sea porque no les interesa o porque son incapaces.

Por lo menos hace ya más de un mes que en los distintos canales y medios de comunicación de país, sean estos privados o estatales, nos han bombardeado con programas que exaltan a la inmigración como el mayor regalo que un pueblo puede recibir, señalando que siempre tiene un valor positivo y que si algún problema se genera con los recién llegados no es por su culpa, sino que por la de aquellos cerrados de mente y corazón que no han tranzado y corrido lo suficiente sus márgenes de vida como para acoger a las pobres personas que huyen de sus países de origen.

Chile, por sus propias condiciones geográficas, siempre ha estado alejado de las olas de inmigrantes que acechan ciertos confines. Ser una angosta faja de tierra, con un infinito mar por un costado y una imponente montaña por el otro, con un extremo norte desértico y un extremo sur gélido poco amigables para la vida, ha servido para que no a muchos se le ocurra la idea de pisar estas tierras, salvo a aquellos que viven en los países vecinos del extremo norte y sur, donde las fronteras casi no existen, deambulando cotidianamente de un país a otro para luego volver al propio. Pero no hay frontera que resista los deseos filantrópicos de aquellos regentes que, ciegos ante los problemas de sus conciudadanos (puesto que no los experimentarán jamás), deciden darnos una muestra de bondad tremenda resolviendo abrir las puertas de par en par a aquellos a los que la vida ha golpeado duro, ya sea por una crisis económica, política, social o cualquier otra imaginable.

Este fin de semana, nuestra brillante Presidenta participó de la ceremonia litúrgica Tefilá por Chile en la comunidad judía de Santiago, donde señaló: “Vamos a trabajar, y estamos trabajando como gobierno, para poder acoger un importante número de refugiados, porque entendemos que la tragedia que se está viviendo, es una tragedia para la humanidad completa”[i]

La política de puertas abiertas que el Gobierno ha impulsado, omitiendo la necesaria regulación de un tema tan delicado como la inmigración descontrolada, ha generado que una ola de inmigrantes cónguidos, venidos principalmente de  República Dominicana, Colombia y Haití (aumentando esta última en un 400% desde el 2013) haya encontrado en Chile su nuevo hogar. Lo que no sucedió en tiempos de la Colonia esta acaeciendo hoy en día. Barrios enteros han sido tomados por la población venida de estos países,  con costumbres que chocan con la vida más apacible de la población local o de los migrantes típicos del país: argentinos, peruanos y bolivianos.

Más allá de la distinción racial y étnica que se puede realizar entre la población “nativa” de nuestras fronteras, el malestar contra los nuevos es generalizado, transversal, salvo entre los de siempre que en estas instancias encuentran un beneficio, ya sea contratando mano de obra barata para sus empresas o para que críen a sus hijos (ya no es difícil leer anuncios laborales pidiendo sólo haitianos o dominicanos).

Todos sabemos que la inmigración es un proceso natural en la vida del Hombre, que inclusive continentes se poblaron gracias a ella; así mismo, todos nosotros, criollos, somos, unos antes y otros después, fruto de la inmigración. Somos herederos de aquellos que por distintas circunstancias debieron dejar el Viejo Mundo con el objetivo ulterior de darle un mejor pasar a sus familias. Pero hoy  todo es diferente.

Mientras la inmigración proveniente de Europa sirvió para dar forma a estas jóvenes naciones con un acervo cultural y, hasta cierto punto, racial común, en donde bastas zonas del territorio se volvieron habitables gracias al trabajo de aquellos que llegaron con nada más que sueños, hoy vemos cómo la nueva inmigración, con una mentalidad tan precaria como aquella de la población local más pusilánime, llega exigiendo un montón de beneficios que el gobierno termina concibiendo y que ni los propios locales tienen, buscando conseguir el mayor bienestar posible a costa del menor trabajo posible.

Pero el mayor peligro para nuestros jóvenes países no es de corte económico ni social, o no por lo menos el que más me preocupa, más allá de las claras consecuencia que una ola de inmigración desregularizada puede traer en estos aspectos;  el principal problema es racial y, por lo tanto, identitario.

Es sabido por todos que la población chilena se compone de tres grandes grupos, siendo estos los mestizos, indígenas y criollos. Si bien es cierto que no existen grandes estudios sobre ésta materia que nos puedan arrojar luces sobre la composición exacta y porcentual en que cada grupo se enmarca, sí es fácil reconocer a simple vista a cada uno de ellos.

El problema que la inmigración nos traerá acontece desde el momento en que la población criolla de clase media en el país, en gran parte, desconoce su origen debido a la política institucionalizada que les señala que si no eres indígena eres mestizo y que nada más importa salvo el hecho de que eres chileno, así que amablemente te convidan a izar la bandera tricolor, zamparte una buena empanada, acompañarla con un refrescante terremoto, bailar un zapateado pie de cueca y ver la parada militar cada 19 de septiembre, junto con obviamente no perderte ningún partido de “La Roja de todos”.

La clase alta, lugar donde se concentra el grueso de la población criolla no sufrirá mayores inconvenientes con la inmigración, no por lo menos desde el punto de vista racial, ya que para ellos la gente de piel oscura no representa más que aquella gente que limpia sus casas y les cobra poco por trabajar en sus empresas. El peligro se concentrará en aquella masa blanca de clase media, aquella que ve al inmigrante negro como una curiosidad atractiva desde el punto de vista sexual y con la que siente cierta responsabilidad ética, especialmente con aquellos que provienen de Haití y que hemos sabido de primera mano la difícil vida que han pasado debido a nuestras fuerzas militares apostadas en dicho país desde hace ya varios años. Peor aún será para aquella pequeña pero no ello menos importante población criolla concentrada en las capas más bajas de la estructura socio-económica del país.

La política del país, siempre imitadora de los manejos en Europa (¿o simplemente buenos y obedientes sirvientes?) parece apuntar a la destrucción de cualquier grupo racial definido en el país, no tan solo al nuestro. Donde exista algún atisbo de Identidad, reconocimiento y aceptación de la realidad propia, constituye un peligro para los intereses del Sistema imperante, deseoso de una masa esclava sin origen y sin raíces que sólo sepa servir.

Es por ello que resulta imperiosa la tarea de trabajar con todavía más fuerzas por enseñarle a la gente que ellos no nacieron de la nada, que su vida no ha iniciado con el regalo de sus padres, sino que tras ellos existen siglos de historia, un legado próspero que se debe preservar.

Más allá de las diferencias, así como la lucha de hoy es de la Humanidad contra el Sistema, también lo es de la Identidad contra la Disonancia.

[i] http://www.latercera.com/noticia/politica/2015/09/674-646326-9-presidenta-bachelet-asegura-que-chile-acogera-a-importante-numero-de-refugiados.shtml

 

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