Newton Schner Jr.

Hubo un tiempo en mi vida en que escuchaba mucho a Arvo Pärt. Vivía solo, había comenzado a trabajar como profesor de alemán, había estado algún tiempo sin electricidad en casa por elección propia. En aquel momento, solía despertar a las 5 de la mañana, y era una sensación extraña.

Era como una mezcla entre la sed de vida y una predisposición a negar y abandonar el plano físico, como si el mundo que no está ante nuestros ojos pudiera ser el único real y posible. En las mañanas frías y oscuras, cuando dormía en el sofá de casa y tomaba mi desayuno en un silencio meditativo y distraído, inmerso en mis pensamientos, contemplativo salía caminando al trabajo incluso durante el amanecer, los 40 ó 50 minutos de caminata a menudo apenas eran percibidos. Era como si la música de Pärt me diera una posibilidad de ir al encuentro del hogar de mi espíritu, era cuando los recuerdos de todo lo que ya había vivido, los lugares por los que había pasado, todo lo bueno y lo malo que había hecho en mi vida y a los demás, a las personas a quienes había complacido y dañado , las chicas por las que me había apasionado, los encuentros prolongados y repentinos, pasajes de libros que me habían marcado, autores que eran casi como amigos imaginarios, escenas de películas, familiares y alumnos, pinturas, paisajes y formas, es como si todo eso fuera al encuentro de algo más distante que mucho de lo que incluso estaba dentro de mí, tal vez no pertenecía por completo, eran quizás los sueños no vividos de mis padres, abuelos, bisabuelos, y todos aquéllos que me precedido en el mundo y también con todo lo que me era permitido soñar. Todo ese pensamiento se mezclaba con mis pasos largos, con las subidas y bajadas típicas de Ponta Grossa, y finalmente con los colores el cielo de otro día que pasaba.

Posesiones o la ausencia de ellas, las tantas burocracias de la vida en sociedad y dentro de un estado, reparaciones de automóviles, la rutina, las peleas familiares, todo lo que puede existir de secundario, todo lo que es insoportable e incapaz de contener vida, los números y tantos datos y términos que sólo se acumulan en los sótanos del cerebro sin que nos sirvan de nada, facturas y plazos, documentos que se suponen importantes, los deberes del día siguiente; todo eso me era ilusión — la única certeza de que estaba vivo y que lo que llamamos vida todavía tenía un provecho, un propósito y cargaba en sí algo mágico, se daba sólo en los momentos de silencio, cuando Pärt resonaba en mi mente, y los buenos deseos por el prójimo, por las figuras lejanas que ya habían partido, los recuerdos, la soledad, la infancia y la ancianidad, el significado de la belleza y la intención del corazón, las glorias de la historia, las formas y los lugares lejanos que imaginaba poder estar un día, venían y se convertían en mi gran certeza y mi bien más preciado que el hogar de mi espíritu podía tener.

Rilke decía que la música por sí sola es capaz de arrancar desde donde se encuentre, sin nunca volver al mismo lugar. Cuando oigo Pärt, es como si me fuese permitido pensar que muchas veces no se ha devuelto completamente a este plano, como si fueran memorias arquetípicas y que todo lo que es real puede que sea una ilusión. Es como si nos fuese permitido contemplar una imagen, una forma, tal vez una figura distante que pudo haber sido la memoria de lo que llamamos vida.

Entrada original: http://inacreditavel.com.br/wp/arvo-part-e-o-lar-do-espirito/

Traducción: Francisco Albanese

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