Patricio Villena

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Sigue la crisis “terrorista” en Europa, por más que las cosas estén ahora un tanto más calmadas –o eso nos hace creer la prensa. Sigue la fiesta para todos aquellos que desean ver la sangre del Viejo Mundo correr por sus irreconocibles calles. Sigue la algarabía para todos aquellos “modernos europeos” que desean ver desangrar su tierra y a su gente para así librar al mundo de la tan deleznable y pesada carga que sus ancestros le dejaron a cuestas tras cometer las peores salvajadas de la historia (como si la historia de los otros pueblos se hubiera escrito entre flores y abrazos, tolerancia y amistad).

Los ataques perpetrados durante ya un tiempo  en Francia por supuestos musulmanes (y digo “supuestos”, ya que aún no existe certeza –y nunca existirá- sobre los realizadores de dichos actos), el posterior hallazgo de una ambulancia repleta de explosivos en Alemania (qué suerte la de la policía alemana para sospechar de una ambulancia y justo encontrar ésta llena de explosivos), el tiroteo al grito de “Alá es grande” acaecido en Bosnia, la decapitación de una pequeña niña a manos de su cuidadora musulmana en Moscú, las olas de violaciones y ataques sexuales ocurridos en Alemania y países nórdicos ocultados a la prensa por presiones políticas, los hechos de violencia de magnitudes acaecido en Bruselas, capital de Bélgica, entre otros ejemplos, no son más que la punta del iceberg de algo que por décadas se viene fraguando.

Diferentes reacciones se han exhibido a lo largo y ancho del mundo producto de estos ataques, diferentes hipótesis y acusaciones han surgido de mano de una sobrepoblación de cientistas políticos titulados en la ilustre Universidad de las Redes Sociales, el Internet y el Copiar y Pegar. Desde el facilismo de acusar todo como un ataque de falsa bandera hasta el fanático llamamiento chovinista a bombardear Medio Oriente, de todo se ha visto circular de la mano de neófitos politólogos.

Durante unos días estuvo de moda la bandera de Francia en el perfil de millones (de estúpidos) que piensan que esas señales de apoyo significan algo al lado de las balas y los explosivos, para luego ser reemplazada por la bandera de Siria tras el surgimiento de revisionistas que alegaban contra la falta de consciencia de todos aquellos que lloraron a mares por un centenar de blanquitos franceses muertos cuando en países como Palestina, Irak, Siria y Nigeria (Sudáfrica a ninguno de los progres se le pasó por la cabeza, más allá de que algunos organismos internacionales ya han reconocido, ante la fuerza de la evidencia, que existe un silenciado genocidio blanco) mueren miles de personas al año a causa de ataques perpetrados por grupos de fanáticos de todo tipo. Muchas banderas conmemorativas, muchos “Je sui” tanto, muchos rezos, muchas velatones, mucho de todo ha pasado por los medios de comunicación de masas como forma de contrarrestar la violencia experimentada en el Viejo Mundo, menos un llamado a dar la respuesta más efectiva posible contra ésta: la violencia misma.

Bueno, a pesar de cualquier lloriqueo, a pesar de quien haya sido el –verdadero- responsable tras tales hechos de violencia, a pesar de las -verdaderas- motivaciones de los atacantes, los muertos ya están tiesos esperando ser depositados seis pies bajo tierra (si es que ya no lo están). Por más llantos y lamentos, por más banderas francesas en los perfiles de las redes sociales o la melodramática entonación de la Marsellesa que se pueda efectuar,  por más imágenes de su dios en Facebook pidiendo un milagro, los muertos no se levantarán de sus tumbas (salvo si la pesadilla constante de los muertos vivientes al estilo The Walking Dead pasa de la pantalla chica a las calles), aunque bien les vendrían unos cuantos Don Pelayo, Carlos Martel, Ricardo corazón de León, Juan de Austria, entre tantos otros héroes hoy catalogados como déspotas asesinos por muchos.

Tras los ataques perpetrados en Europa nos encontramos con hechos que se han denunciado en más de una oportunidad en esta misma página, como son: la necesidad de la tenencia y porte de armas entre los ciudadanos para su protección (tanto de enemigos externos como contra los traidores sentados en las poltronas del Estado), el peligro que implica la aceptación de una comunidad fuertemente cohesionada dentro de una colectividad que ha perdido todo vínculo de unión excepto la vergüenza, así como el drama de la sustitución poblacional y la debilidad de la población europea actual que está siendo suplantada por una población forjada en el duro mundo de las bandas criminales (como son los exportados desde centro y sudamérica) o el tronar de las explosiones ante la marcha de la democracia tocando a las puertas del desierto –en busca de petróleo, control geopolítico y mediático, entre otros manjares.

Hoy Europa,  más allá de que existen titiriteros orquestando todo desde sus palacetes, se encuentra en una  guerra solapada, donde las trincheras no existen y los hombres uniformados suelen no verse (más allá de las fuerzas de seguridad conteniendo cualquier aparente oposición contra el status quo), entre dos bandos: los infieles y aquellos que hacen la voluntad de Dios.

Es que como bien dice Radu Stoenescu “Con el Islam no es un problema de números. El problema con el Islam son sus principios. ¿El Islam es una ideología o sólo un credo religioso? No importa cuántos son. El problema es que la gente que sigue el Islam está de alguna manera en un partido político que tiene una agenda política que básicamente significa implantar la ley musulmana y construir un Estado islámico donde quiera que estén.”

Sí, el Islám no es el único enemigo que Europa tiene en la actualidad, tampoco es el más poderoso y peligroso, así como tampoco es el que causa directamente  más daño, pero sí es el que la está atacando de manera más frontal y radical en la actualidad.

Europa debe vencer con urgencia sus demonios internos, su falta de cohesión, su sentimiento de culpa, su vergüenza, su mariconería y su debacle moral; esa es su primera tarea para con ellos, pero no deben dejar de ver el peligro que el islam representa en su suelo en la actualidad y la necesidad que existe de hacerle frente.

Mientras, por un lado,  la Identidad siga tomando cada vez más fuerza como estandarte de batalla, más allá de las diferencias ideológicas entre sus seguidores, aunque todos sepamos que sus cunas suelen ser similares y las discordancias mínimas y accesorias, mientras que, por el otro, grupos de choque como Sons of Odin o los hooligans en Alemania o Bélgica se apronten para la lucha frontal contra aquellos que amedrentan a sus conciudadanos en las calles y que violentan sexualmente a sus niños y mujeres, habrá esperanza para el Viejo Mundo que cae en penumbras tras el avance de la media luna.

No olvidar nunca que el primer enemigo somos siempre nosotros mismos como individuos y los traidores dentro de nuestra propia gente, que hay otros más poderos escondidos como ratas -como las ratas que han sido siempre- tras las sombras articulando el mundo para que su ínfima casta consiga el poder absoluto, pero ahora es el extremismo islámico el enemigo que en las calles se encontrará abusando de su gente y destruyendo todo a su paso.

¡Que las cimitarras vuelvan a rodar!

 

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