Francisco Albanese

Afirmamos que el esplendor del mundo se ha enriquecido con una belleza nueva: la belleza de la velocidad. Un coche de carreras con su capó adornado con grandes tubos parecidos a serpientes de aliento explosivo… un automóvil rugiente que parece que corre sobre la metralla es más bello que la Victoria de Samotracia.”

Filippo Tommaso Marinetti, Manifeste du futurisme.

Nos enseñaron que todo tiempo pasado fue mejor, aunque, en realidad, sólo hacen referencia a que todo tiempo en el cual no existía nuestra generación era mejor que éste, el tiempo en el que nosotros vivimos. De esta manera, la mentalidad conservadora ―aquélla que intenta febrilmente de volver a un estado anterior, pues teme del futuro, algo así como unos ludditas del tiempo, a pesar de que en aquel estado anterior, cuando ocupaba el lugar del tiempo presente, pudieron haber existido conservadores que querían volver al estado anterior al suyo, y así― hace parecer que entre la generación de nuestros padres y la de nosotros hay un abismo impresionante, siendo la generación de nuestros padres comparable a la de la cultura helénica clásica, o a la del Renacimiento, mientras que la nuestra, a pesar de estar enmarcada dentro del mismo contexto temporal de nuestros padres y abuelos (con diferencias casi imperceptibles para alguien que observara desde el pasado), es retratada como algo profundamente lejano, comparable a nada, semejante a nada. Tan sólo un desierto de comodidad e indiferencia.

En palabras simples y sin rodeos, nuestra época es, entonces, una porquería. Y hemos crecido odiando nuestra época y, con ella, a todo lo que ha nacido en nuestra época.

Dentro del identitarismo, existe cierta tendencia a una valoración exacerbada de la Tradición y todo lo que tenga que ver con ella, sobrevalorando su estética, sus formas, y hasta su estilo de vida. Y se asume que esto es contrario a la tecnología y el desarrollo, que serían intrínsecamente perversos y enemigos del mundo “mejor” que fue forjado por las identidades. Se añora el mundo del pasado, y se quiere pensar que el identitarismo reivindica todo esto como un bien en sí mismo. Nada más equivocado.

Odiar la tecnología es como odiar los genes, la historia y el arte. Si el arte es algo propio de una cultura y, por lo general, una manifestación propia de un pueblo, ¿no sería la tecnología, entonces, un producto cultural y hasta racial, tan íntimamente relacionado con la identidad como el arte y los genes?

La tecnología no es universal, si bien su uso pueda ser universal, pero su creación es propia de un pueblo determinado, aun cuando otros pueblos se puedan valer de ella. Entonces, ¿cómo puede plantearse un secularismo, un divorcio entre identidad y tecnología?

Seamos aún más concretos: enciendo mi reproductor de dvd, y conecto el subwoofer para ver/escuchar una presentación de Lebensessenz que me envió Newton (a quien conocí por internet hace casi ya 10 años) por correo. Dos opciones se me presentan: puedo leer Generation Identity de Markus Willinger en formato kindle en mi Tablet, o TYR Journal #4, impreso. Sin internet, por tanto, sin tecnología, no hubiera podido obtener ninguno de los dos libros. A través de la tecnología, pudimos conocer y contactar a Lucian Tudor y Jack Donovan y llegar a un acuerdo para editar sus libros. Gracias a la tecnología, Guillaume Faye puede escribirnos correos electrónicos desde Francia, a decenas de miles de kilómetros de distancia, y sugerirnos que realicemos una conferencia (“Il faut organiser une grande conférence au Chili”). Gracias a la tecnología, cada día podemos movilizarnos de una ciudad a otra en apenas unas horas. Y casi toda esa tecnología es, en su origen, una manifestación del alma fáustica de los pueblos europeos. ¿Cómo odiar el avance tecnológico?

Todo invento del pasado fue, en algún momento, tecnología de punta. Condenar el presente por apegarse al pasado es propio de un fundamentalismo románticamente absurdo. El folklorismo poético está obsoleto, tan obsoleto como el modernismo, pues volver a esos estados, es decir, el retorno a un estado anterior en enemistad con el presente así como el apego a un presente negando las raíces brutales que condujeron a lo que la tecnología es hoy, es, en esencia, contrario a lo fáustico. Y si es contrario a lo fáustico, es contrario a la naturaleza europoide.

Si un montón de imbéciles usa teléfonos inteligentes atados a monopods para usos tan vanos como fotografiar su comida, o sus zapatos, o si los niños juegan con aparatos electrónicos en vez de jugar con bolitas o caballitos de madera (que también fueron avances tecnológicos alguna vez), o si se producen pequeños revuelos cuando no hay redes de wifi o 4G disponibles, no es culpa de la tecnología, sino del inmediatismo cómodo y descerebrado, que es justo la antítesis de la tecnología, siempre en vertiginoso desafío a lo establecido y lo estático.

Anuncios