Francisco Albanese

El pasado es fácil de criticar, es duro de superar, y es difícil comprender. Pero hay algo del pasado que es lo que lo hace único, y es que el pasado es imposible de cambiar.

Podemos tomar un libro y leer, juzgar mirando hacia atrás y tener la respuesta adecuada y correcta, para esa situación que a pesar no haberla vivido, nos sentimos con el derecho de analizarla, y de medir según nuestra vara,
qué es lo que estuvo bien y qué es lo que estuvo mal.

Sin embargo, adornar o castigar una historia, sólo nos dejaría un gusto a brebaje rancio, pues, como hemos de saber, al descorchar muchas veces una botella, y sin siquiera tener la necesidad de probar su interior, es suficiente para percibir cómo el aroma pasa desde la frescura, hasta la urticaria amarga propia de algo que ya no es lo mismo.

Hoy, ya ni siquiera reviso la Historia.

Hoy, me dedico particularmente a pensar en la motivación propia del ser humano, en la motivación inherente a la naturaleza humana, que subyace a todos los procesos y acontecimientos históricos, pues detrás de la Historia, está el ser humano, y detrás del ser humano, está la naturaleza manifestada a través de la diferencia, a través de la particularidad, y a través de la realidad innata de cada pueblo.

Entender un proceso histórico sin entender al pueblo detrás de ese proceso histórico, es tratar de entender la magnitud de un incendio, sin comprender el material que le otorga las características al fuego presente en ese incendio.

Abandonando todo idealismo y adentrándonos en una mirada realista, pero de un realismo que transcienda la realidad inmediata, cultural y contextual, es decir de un realismo quizás simplista, quizás sencillo, quizás sumamente obvio, pero lo suficientemente relevante para comprender el por qué se realiza una acción, nos encontraremos en el punto que debemos examinar la naturaleza del navegante, y no sólo de aquéllos que desembarcaron un día como hoy, cinco siglos atrás.

Y esa naturaleza era fáustica.

Fausto, meditando sobre el Evangelio, reflexionaba:

Dice aquí: “En el principio estaba la Palabra”. ¡Ya me atasco! ¿Me ayuda a seguir alguien? ¡No puedo darle tanto valor a la “Palabra”!

¡Me socorre el Espíritu! De pronto lo he entendido; y pongo: “En el principio existía la acción”.

Una civilización es producto de una cultura. Y con virtudes y defectos, con aciertos y errores, la naturaleza fáustica del hombre blanco, llena de un espíritu imperativo e impetuoso, es lo que le ha permitido sobrepasar todo tipo de pronóstico adverso, de superar toda limitación impuesta por límites, hasta negarlos y dejarlos desterrados en la noche del olvido.

Y eso se hizo por el principio de la acción, por la motivación caótica surgida desde las oscuras profundidades del alma, hasta manifestarse en la luz.

Hoy, el incendio de esta civilización fáustica está dando sus últimos estertores de agonía, antes de extinguirse en la nada para no volver jamás.

Sean ustedes, entonces, quienes contra la adversidad y contra lo imposible, de nuestra cultura fáustica tomen las brasas que van a desatar el incendio en el mundo nuevo del mañana.

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