Carlos Elgueta

Sin título

A estas alturas, no debería sorprender, en ningún caso, a quienes habitualmente visitan y leen este blog, que, en muchos de nuestros artículos se haga referencia o alguna mención al buen actuar de las comunidades indígenas presentes en Chile, en cuanto a la lucha por su autodeterminación como pueblos y a lo que a su independencia se refiere.

Me atrevería a decir que ello se debe, en la mayoría de los casos, a que la lucha llevada a cabo por las comunidades indígenas (o bien, a su círculo de activistas), nos dan lecciones de supervivencia y de cómo se debe llevar a cabo la lucha por la identidad ante un sistema avasallador que niega la realidad y la diversidad étnica presentes en Chile. Les guste o no a algunos, han sabido actuar de una manera excelente por su pueblo, por su cultura, por sus tradiciones, etc.

Tal reconocimiento no me hace ser pro-indígena, como me lo han dicho un par de veces, como tampoco me convierte en uno de sus activistas. Simplemente, hago el reconocimiento que ello merece, pues cada lucha llevada a cabo por una etnia, cada grito de supervivencia de un pueblo, cada golpe que éstos dan al Sistema, son una bofetada en la cara a quienes siguen forzando, mediante su discurso y/o acción, a que pueblos distintos deban convivir bajo el reconocimiento de una nacionalidad sin vida, artificial, como la chilena.

Si bien es cierto que, en varias ocasiones, no son personas pertenecientes a dichas comunidades las que agitan la lucha, también es cierto que dichas comunidades cada vez se encuentran en mejor posición para exigir del Estado respuestas a sus demandas. Así, nos podemos dar cuenta de que, a través de un trabajo de años, las comunidades indígenas han ganado su espacio en la sociedad, han ganado respeto y, en verdad creo que, muy pronto ganarán el reconocimiento, que tanto han buscado, de ser un pueblo distinto de lo que se entiende como “chileno”.

Eso es algo que me pone contento, pues es señal de que la lucha por la supervivencia de las identidades está tomando fuerza. Por lo tanto, el llamado a los nuestros a luchar por sus orígenes, por su pueblo, debe también tomar esa fuerza y dejar todo por ello. No se trata de una lucha por algo material –como lo pueden ser la lucha por la educación, por la salud, por la mal distribución de la riqueza, etcétera, que por cierto apoyo-, sino que es por algo mucho más importante: es la lucha por la continuidad de un pueblo. Se trata, en consecuencia, de una cuestión de vida o muerte.

Las identidades están despertando, y están actuando, frente a las constantes amenazas del Sistema que ponen en riesgo nuestro destino. Es de esperar que las ideas identitarias, y su lucha por supuesto, tomen la fuerza que merecen, para que, así también, despierten aquellas conciencias adormecidas, incapaces de ver aquello que corre por sus venas.

 

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