Sebastián Vera

JuraIndependencia

“Si, como es evidente, podemos reconocer la existencia de fuertes sentimientos de nacionalidad en las poblaciones de los diversos Estados iberoamericanos, esto no indica, en manera alguna, una supuesta identidad étnica ni originaria que habría sido el sustento de estos Estados.” — José Carlos Chiaramonte

Analizar la génesis del Estado chileno desde un punto de vista histórico es algo que muchas veces se limita, de una forma errada, a enumerar punto por punto determinados hechos históricos de una forma superficial, limitándose a fechas, acontecimientos, número de muertos, instituciones creadas, etc, siendo el alcance más “complejo” el realizado en relación al contexto de lucha de algunos sectores de terratenientes criollos en contra de las autoridades peninsulares. Esta, sin embargo, es la forma menos objetiva que existe de tratar el tema, entre comillas, porque es esta una versión parcial entregada por aquellos que sustentan las mismas ideas de aquellos que dieron forma al Estado chileno.

Si bien es cierto que en aquél determinado periodo histórico surgieron disputas entre distintas facciones de los mismos, es también cierto que estas se debieron en la mayoría de las ocasiones, si no en todas, a choques de caudillos, confrontaciones personalistas surgidas a raíz de situaciones fácticas y no respecto a materias de fondo. Al contrario, en relación a estas siempre existió un consenso más o menos generalizado, a veces con disensiones en pequeñas materias.

De esta forma, siempre rigieron las ideas surgidas en el seno de un grupo de intelectuales que tuvieron en la segunda mitad del siglo 18 la oportunidad de plasmar sus construcciones teóricas en la praxis: la Revolución Norteamericana en un primer momento, y luego la Francesa. De este modo, siempre se tuvo en mente una concepción estatal basada en las ideas de la Ilustración, o sea, el Estado-Nación, separación de poderes del liberalismo clásico (en términos de Montesquieu, en Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial), parlamentarismo, democracia, positivismo mecanicista, entre otras características, con todo lo que ello implica, con sus luces y sombras.
Dentro de estas consecuencias se encuentran el desarraigo forzado del pueblo llano de sus costumbres ancestrales, del vínculo con su pedazo de tierra y los lazos de comunidad formados y afianzados orgánicamente a lo largo de siglos si no miles de años (en el caso americano y europeo, respectivamente), la pérdida de la noción comunitaria de vida[1] y el surgimiento de sociedades atomizadas donde cada uno se las veía exclusivamente por las suyas, junto con una visión e interpretación exclusivamente legalista de las instituciones y relaciones que articulan el desenvolvimiento de un grupo humano que desarrolla su existencia en un mismo territorio.

Negar el hecho de que el movimiento independentista americano esgrimía como bandera de lucha estas ideas es ignorar el detonante principal, fundamental, de estos procesos, junto con su contenido ideológico.

En el caso concreto de Chile, y a nivel quizás demasiado detallado, pero no por eso menos importante, es de suma relevancia tener presente que toda facción, todo caudillo sustentaba estas ideas. Así, la tendencia de muchos movimientos de corte patriota o nacionalista de preferir o exaltar a Carrera en desmedro de O’Higgins no tiene razón de ser.

Argumentar que O`Higgins tenía vínculos con la masonería y Carrera no, denota un profundo desconocimiento de situaciones concretas que, de una forma u otra, provocan situaciones y acontecimientos de una gran importancia y trascendencia para generaciones posteriores. La Logia Lautarina, a la que O’Higgins pertenecía, tenía inspiración masónica, sí, pero como individuo O`Higgins no era masón, o al menos no se sabe con certeza, caso distinto al del tan alabado Carrera. Por lo demás, esta último venía influido con las ideas mencionadas arriba desde Europa, siendo la diferencia que este residió en España y no en Inglaterra, como O`Higgins, lo cual le impidió rodearse de contactos de la talla del venezolano Francisco de Miranda. Hechos como este explican que no haya tenido la bendición de otros próceres latinoamericanos, como José de San Martín. Siendo bastante honestos, el destino de la nueva patria no habría tenido un devenir distinto en cuando a la estructura estatal, siendo indiferente el que la facción de Carrera hubiese resultado vencedora, por lo que se debe dejar de santificar a este personaje histórico. Hacerlo no tiene sentido.

Un análisis del surgimiento de un Estado con todas sus instituciones, órganos y demás elementos inherentes debe necesariamente ser complementado y, más importante aún, relacionado, como mínimo, con el momento histórico en que esto ocurre, no sólo en cuanto a los hechos, sino también, y principalmente, con el desarrollo de las ideas en boga en ese periodo. El entendimiento de aquella trilogía permite comprender el devenir de la historia republicana chilena hasta nuestros días, en sus parámetros esenciales.

Para el común de las personas, las ideas de la Ilustración, inspiradoras de la existencia de Chile como república independiente, si bien pueden parecer a simple vista como aceptables e incluso deseables si nos dejamos llevar por un a impresión puramente superficial, hay que recordar siempre que estamos en un planeta llamado Tierra y la aparición de un determinado conjunto de postulados intelectuales referentes a materias políticas tiene siempre un trasfondo menos idealista que pragmático. En el caso que nos convoca, este trasfondo político sería la destrucción del Imperio Español, fomentada por su más acérrimo enemigo en materia comercial en aquél momento: Gran Bretaña. Y qué manera de tener éxito. La influencia inglesa, proyectada en los jóvenes aristócratas idealistas criollos a través de la siempre tentadora masonería y su sistema de logias, se dejó sentir de forma potente en los años posteriores a la proclamación de independencia de las antiguas colonias españolas de ultramar.  La verdad de las cosas, la influencia venía de antes, pero una vez concluidas las guerras de independencia se dejó sentir de una forma más expresa. Sólo como dato, es necesario recordar las muchas crónicas que nos hablan del contrabando comercial con las colonias españolas llevado a cabo por los británicos (y también por franceses), a través del cual se hizo un verdadero tráfico de ideas[2], a través de medios a veces tan poco ortodoxos como lemas republicanos impresos en piezas de loza[3]. Recordemos también que numerosos jóvenes pertenecientes a las elites económicas de las colonias estudiaron varios años en Inglaterra. Entre ellos, Bernardo Riquelme, más tarde Bernardo O`Higgins.

De esta manera, surgieron Estados tapones, como Uruguay, empréstitos, cooperaciones en el plano militar, entre otros variados y relevantes (hasta el día de hoy) aspectos.

Entonces, ¿corresponde la Independencia de Chile y de las demás colonias españolas de ultramar y el resultante desmembramiento del Imperio Español y su desaparición como potencia mundial, a un plan orquestado por Inglaterra? La respuesta es, a grandes rasgos, sí, dejándose en claro el hecho de que, efectivamente, por lo menos a la fecha de la celebración de la Primera Junta de Gobierno el año 1810, existían ciertas molestias entre la elite criolla en lo que se refiere a ciertos efectos de las reformas borbónicas impuestas desde la metrópoli, particularmente en lo que se refería a la designación de autoridades peninsulares con la prohibición expresa de entablar cualquier tipo de relaciones con los locales, además (y principalmente) de las muy hirientes limitaciones comerciales.
O sea, ¿Chile debe su existencia a ideas propagadas intencionalmente entre la alta sociedad criolla que, junto con demandas de mayor autonomía respecto a la autoridad peninsular central, desembocaron en peticiones cada vez más exigentes las que, aprovechándose de una seguidilla de hechos políticos y militares ocurridos en el Viejo Mundo, derivaron en lo que hoy la Historia designa con el nombre de procesos independentistas? De nuevo, sí.

Esto ya de por sí descarta cualquier intentona “nacionalista” de aferrarse a viejas banderas que nos fueron impuestas sin preguntarle a nadie, sino sólo con el consentimiento de los pijes de la época.

No está de más agregar que no se está realizando un juicio moral sobre las materias en cuestión, si no que sólo se están interpretando los acontecimientos que todos conocemos desde una (muy sucinta) perspectiva diferente a la que entrega la historiografía oficial.

Una vez conocidas, aunque si bien a grandes rasgos, las taras que sufre la República chilena desde el punto de vista de la historia y la ciencia política desde sus mismos inicios como Estado independiente, se entienden los arduos esfuerzos realizados por la autoridad de turno durante poco más de 200 años para darle a nuestro país una uniformidad, una organicidad sin la cual no es posible su subsistencia en el largo plazo. Es en este punto donde se hace necesario explicar el título del presente ensayo.

El falso o errado concepto de la ley fue un término creado y esgrimido por Diego Portales para designar el, a su juicio (que por cierto compartimos), incorrecto proceder de las autoridades del país al intentar modificar realidades inherentes a la sociedad chilena a través de leyes que, debido a su inexistente vínculo con la experiencia en terreno, quedaban sólo en el papel, el aguanta todo, según reza un dicho popular. Siguiendo la misma línea, creemos que los cambios deben provenir de los mismos elementos que conforman y que son la base y el núcleo de toda sociedad o nación: las personas. Los cambios que se intentan realizar a través de meras palabras y leyes no han tenido y no tendrán mayor incidencia en la realidad, por más palabras poéticas que se utilicen o por muchas buenas intenciones que contengan, salvo por medio de una represión constante que, tarde o temprano, provoca una sed de verdad y justicia entre los engañados que desemboca, según lo que nos puede enseñar la historia, en el derrocamiento de las estructuras de poder.

Así, si bien la idea del “falso concepto” vendría a aparecer un par de décadas después de los hechos que se han tratado durante el desarrollo del presente texto, y en relación a las leyes incapaces de modificar ciertos comportamientos de los habitantes del país y ciertas tradiciones en materia gubernamental y administrativa, creo que es perfectamente aplicable a la mentalidad de las personas que dieron el empuje inicial a nuestra vida republicana y, en consecuencia, aplicable a la misma idea de república moderna en torno a la cual surgió el Estado en nuestro país. Chile está viciado desde sus orígenes como país independiente. Todos los demás gobiernos, movimientos y tendencias ideológicas en el poder sólo han intentado darle vida a un ente deforme que, cual infante nacido enfermo en correctos tiempos antiguos, debió haber sido arrojado por las laderas de la Historia como una intentona fruto de masturbaciones mentales de ratas de biblioteca trasnochadas.

Lo que se forjó en el segundo decenio del siglo 19 fue la plasmación de la ambición de crear una nación por medio de la tinta y no de la sangre, siendo aún esta la cruz que debemos cargar. Mientras no dejemos de contemplar papeles estériles y de crear utopías en nuestras mentes, y comencemos a darnos cuenta de la importancia de que lo que llevamos en las venas y lo que vemos en el espejo, nunca se conocerá la paz en estas tierras amparadas por los dictados de la (sin)Razón.

[1] Cartes Montory, Armando, “Un gobierno de los pueblos: Relaciones Provinciales en la Independencia de Chile”, Ediciones Universitarias de Valparaíso, Valparaíso, 2014, primera edición

[2] Alvez Marín, Amaya, Apuntes para el Curso de Historia Constitucional de Chile, Fondo de Publicaciones Universidad de Concepción, 2004, p.4.

[3] “El contrabando de las marinos extranjeros incluía entre sus especies relojes, tabaqueras y baratijas que traían grabados los símbolos y lemas de la libertad, provocando así un contrabando en las ideas.” Sergio Villalobos

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